Despertar espiritual | Julio Miguel García V.

Por Julio Miguel García V.

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Tuk siempre se preguntó qué le pasaría al probar la infusión de los iniciados. Se decía que el efecto variaba dependiendo de quién se la tomara, pero el rostro de los consumidores le produjo un temor terrible. Aquellos eran gestos grotescos, distintos a cualquier expresión humana. Se suponía que no debía verlos antes de la edad adecuada, pero lo hizo, y el recuerdo quedó grabado en su mente como la llaga de un hierro hirviente en una piel delicada.

Su pelota de trapo rodó sendero abajo hacia la tienda donde se practicaba la ceremonia. Él escuchó los tambores retumbando tras las paredes de tela, se asomó por un diminuto resquicio, y fue entonces cuando los vio. Un grupo de jóvenes bebía un brebaje en pequeños potes de piedra. Las oraciones quedas de los sacerdotes saturaban el recinto mientras los iniciados se acostaban boca arriba con la cabeza apoyada en almohadones de paja. En un inicio no fueron más que respiraciones trémulas, repentinos estremecimientos en el pecho, jadeos. Inquietado por las oraciones, el fuego de las antorchas crepitó con una velocidad inusitada. Luego hubo un momento de silencio absoluto. Tuk sintió ese mutismo cernirse sobre sí como un tapón en los oídos, como la nota de una flauta cortada de golpe, como el aplauso inconcluso de un viento mudo. Entonces uno de los jóvenes expulsó el brebaje en una desmesurada arcada, empezando a toser. Parecía como si su cuerpo no quisiera hacer otra cosa más que vomitar, expulsar de sí un invasor fétido, indeseado, que torcía su boca en muecas de horror. Cuando el resto de los jóvenes repitió el angustioso gesto, los sacerdotes jóvenes, con suaves palabras, tuvieron que tranquilizarlos. Pasaron todavía algunos minutos hasta que su respiración se volvió pausada. Parecieron caer en un reposo profundo, pero los irises de sus ojos, abiertos, bailoteaban sin control. Como polillas atrapadas en una jaula, parecían perseguir algo que no lograban comprender.

Tuk nunca olvidó esos ojos. Corrió a su tienda embargado en lágrimas, y cuando le contó a su madre lo que había visto, ella le propinó una paliza más inolvidable aún. “No se lo contarás a nadie”, le dijo apretándole la barbilla. El prometió guardar el secreto, pero el temor persistió.

Diez años más tarde, Tuk espera el momento de la ceremonia. Los iniciados ingresan por grupos en la tienda del sacerdote, y luego de una hora, son arrastrados hacia afuera. No sabe si debería contarle a quienes esperan junto a él que el brebaje es más que un somnífero, que adentro les espera casi una hora de una agónica ensoñación. Ellos conversan, ríen, bromean. Ignorantes de lo que les espera, aguardan la celebración oficial de sus dieciocho años sin el menor temor.

Es así que el aterrorizado muchacho no tiene más remedio que tomar el brebaje. Mientras el líquido resbala por su garganta, su mente espanta el recuerdo de aquella otra ceremonia difusa, espanta cualquier otro recuerdo, como si ahí, entre las crepitantes antorchas, tratara de abrirse a lo extraño y a lo nuevo.

 

***

Un día después despierta en el claro tornasolado de un bosque. Le cuesta todavía un poco captar su entorno, recobrar el sentido, organizar en su mente los últimos sucesos. A su alrededor están sentados el resto de los iniciados, quienes, despertando de su celestial sueño, forman un círculo alrededor de un anciano interprete. Este enciende un pequeño fuego, recita una oración, y, sonriente, se dirige a ellos. “¿Qué visiones han atestiguado sus ojos en la región de la pre existencia? A Lautaga le agrada que sus historias sean dichas, escuchadas. Cuéntenlas, pues, compártanlas sin miedo.”

Temerosos al principio, los iniciados empiezan a describir sus visiones. Sus palabras son pinceles trazando colores. Algunos pintan tonos sombríos, otros lumínicos. Insólitas historias revolotean sobre la fogata, mientras cae la noche. Uno a uno levantan la mano para contar su trance, y Tuk sabe que pronto llegará su turno.

Entonces cierra los ojos buscando entre sus párpados. Sin encontrar nada.

O casi nada. Después del sabor amargo de la bebida solo hubo un humo blanco rompiéndose a pedazos, de inmediato, el vacío. Entre el barullo animado de la reunión, Tuk permanece silencioso pensando en cómo va a confesarlo; cómo va a decirle al intérprete que no quiere describir su experiencia. Porque al temor de antes es ahora una inquietud pasmosa y aplastante. Inaprensible.

Ya adultos, los iniciados de aquel sello habrían de buscar su sino en la guerra, las artes o la caza.

Tuk solo estudió la fórmula del brebaje.

 

 


Julio Miguel García V. (Quito, 1989). Estudió sociología en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y una maestría en “Ciencia Tecnología y Sociedad” en Viena, Austria. Ganador del XI Concurso Terminemos el cuento (2006). Se dedica a la escritura de ficción y a la corrección de textos. Le interesa la literatura, el cine y el entrenamiento físico. Suele asistir al club de lectura Bibliogatos.

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/persona-hombre-masculina-noche-919046/

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