La náusea | Verónica Vidal

Por Verónica Vidal

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Comenzó la náusea con un tic nervioso en mi ojo derecho. Eran mis primeros cinco años como enfermera en un asilo escondido en la montaña. El discreto tic era la gota que florecía en mi intuición treintañera, algo iba a pasar.

Samuel Gretchen llegó al asilo el 27 de marzo. Lo observé de lejos: hombre de ochenta y cinco años, no muy alto, cabellos níveos. Me pareció solitario e inofensivo. El primer día lo encontré menos atento que una piedra. Eso no era novedad; los ancianos recién llegados tenían un período asocial la primera semana. Luego vi que su encierro era permanente. Abandonaba su trinchera dos veces al día: para bañarse y comer. Durante cinco semanas tuvo una rutina predecible y pobre en palabras. Movía los ojos de un lado a otro como si persiguiera figuras de humo que escapaban en el aire.

Después de varios días, mientras revisaba el diario de control, noté un cambio en su comportamiento: había dejado de bañarse. Los internos de un momento a otro podían modificar sus rutinas; dejaban de pasear o de leer. Con cada detalle anotado en el diario, mi ojo saltaba violento en su cuenca. Dejé mis cosas en el casillero y busqué el desayuno de Gretchen. El dolor de cabeza me apagaba la facultad de pensar. Entré en la sala con una mano sosteniendo la bandeja y con la otra tapándome el ojo. Tanteaba la perilla cuando sentí una neblina de voz saliendo por la puerta entreabierta:

—Tu alma asquerosa al fin huele, ¿eh, Samuel? No conforme con tu avaricia, llegaste a maldecir a Lorena y ahora tienen que encerrarte en este asilo para que no fastidies con tu descaro.

Después de ese reproche absurdo escuché varios golpes secos. Como los de un cuerpo que se rompe contra una pared.

 

***

Comenzó la náusea con un tic nervioso en mi ojo derecho. Era mi primera vez como interno en un asilo. El tic era la gota insistente que tarde o temprano me explotaría el cuerpo. Concretándose así mi causa natural perfecta para huir de ese sitio, aunque fuera con los pies por delante.

Fui llevado el 27 de marzo. Me mantuve en mi silla observando a las enfermeras y a los ancianos hacer el ridículo, cada uno a su manera. Nadie tenía tema de conversación, sólo hablaban de sus hijos. Aclamar a quien te abandonó ¡Ja! Si Lorena no hubiera muerto, yo estaría en mi casa. Pero ya no importa. El primer día llegó una enfermera con cabello color uva y piel de jabón barato. Horrenda. Quiso ser cortés conmigo, era su trabajo. Me encerré a pasar todo el día durmiendo, recordando a Lorena. Trataba de hacerme ver a mí mismo que mis horas estaban contadas, así que sólo me ocupaba de comer y bañarme. El ojo me saltaba en la cara, noche y día, como un niño que brinca en la cama y se golpea con el techo. No dejaba de pensar en Lorena y en que no pude verla de nuevo. No sabía dónde encontrarla. Dejó de hablarme y de vivir en la casa; dejó de perseguirme para lograr que me bañara. Decidí esperarla, no tardaría en molestarse una vez sintiera mi olor corporal.

Llamaron a la puerta de la habitación. El ojo, el maldito ojo no me dejaba ni caminar. Abrí y vi al imbécil de Santiago, un banco de arrugas y cáncer que también vivía en el asilo, paradote frente a mí como con ganas de reírse. El muy payaso empezó a balbucear:

—Gretchen eres un viejo hediondo, vine a decirte en nombre de todos los internos que te tienes que bañar o te echamos a patadas.

Se atrevió a entrar sin invitación y seguía hablando. Ya me tenía harto. Su voz se perdía en las nebulosas negras que me ocasionaba el tic. Descubrí que la carne de su rostro había desaparecido. Sus órbitas sin ojos tenían una sombra de odio y comencé a sentir su aliento a comida descompuesta. El mismo hedor que salía de la boca de papá cuando yo era niño y se acercaba para castigarme. Cuando embaracé a la mamá de Lorena y luego me abandonó con Lorena aún de meses, papá me amarró a un poste para golpearme con un palo y morderme con sus dientes podridos y astillados… Papá me ha mirado así cada vez que está a punto de matarme el cuerpo de dolor y espanto.

— Tu alma asquerosa al fin huele, ¿eh Samuel? No conforme con tu avaricia llegaste a maldecir a Lorena y ahora tienen que encerrarte en este asilo para que no fastidies con tu descaro.

Se me acercaba tanto, tanto que ya no podía ver más nada, sólo su cara vacía bailando de un lado a otro y a la que poco a poco le empezaban a salir ojos negros, sin lo blanco, que se ensanchaban y palpitaban como corazones a punto de reventar. Miré hacia arriba y toqué el techo con las manos; el ardor en la carne mermó y el ojo ya no pesaba. No pesaba nada. Ni los días ni el recuerdo.

 

 


Verónica Vidal (Venezuela, 1995). Escritora. Profesora de idiomas y editora adjunta de la Revista Literaria Awen (Venezuela). Mantiene las columnas de entrevistas: Antiliteratura de las cosas (Revista Littengineer, México-USA) y La Maga y el Quetzal (Revista El Camaleón, Guatemala). Ha publicado la plaquette de narrativa Cartuchos Vírgenes (Ediciones Awen, 2018) y el poemario Nardos Casi Despiertos (Ediciones del Útero, 2020). Actualmente vive en la ciudad de Lima.

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/puesta-del-sol-%C3%A1rbol-silueta-3156176/

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