“La civilización del espectáculo” de Mario Vargas Llosa | Mayra Aguirre Robayo

Por Mayra Aguirre Robayo

 

Mario Vargas Llosa, escritor peruano, Nobel de Literatura. Foto tomada el 11 de mayo de 2016 en Salão de Atos de UFRGS (Fuente: https://bit.ly/33asPSJ)

El escritor peruano, luego de recibir el Premio Nobel de Literatura, en 2012, escribe un ensayo sobre la decadencia de la cultura contemporánea a la que la cultura del espectáculo ha sometido. La mira, no como un mero epifenómeno de la vida económica y social, sino como una realidad autómata, hecha de valores estéticos, éticos y de obras de arte y literarias que interactúan con el resto de la vida social y, son a menudo, un lugar de reflejos, como fuente de los fenómenos sociales, económicos, políticos e incluso religiosos.

La posmodernidad ha destruido el mito que las humanidades se humanizan. La civilización del espectáculo no inauguró lo que pensaban filósofos optimistas que se conseguiría progreso e igualdad de oportunidades en el sentido liberal. La moda, la publicidad impuestas aborregan al individuo privándole de lucidez y de libre albedrío, y lo hacen reaccionar ante la cultura imperante de manera condicionada y gregaria, como los perros de Pavlov.

Estudios de la cultura

Mario Vargas Llosa señala paradigmas de reconocidos intelectuales sobre las visiones de la cultura: el poeta, dramaturgo y crítico inglés T.S. Eliot en su libro Notas hacia la definición de cultura (1948) considera que la cultura está estructurada en el individuo, en la élite y en la sociedad, que se intercambia y se contrastan mutuamente de manera ordenada por lo que se mantiene cohesionada.

Las diferencias de clases desatan diversidad sociales y económicas, pero comparten la religión y la lengua. La cultura nace dentro de la religión; se sitúa en la suma de diversas actividades; es un estilo de vida, mientras que el conocimiento se conecta con la evolución de la técnica y la ciencia. T.S. Eliot mira que las artes provienen del cristianismo: La Divina Comedia de Dante Aligheri recuerda las estructuras del cielo, el purgatorio y el infierno. Sin religión no hubiera existido Voltaire y Nietzsche.

El crítico literario inglés George Steiner en su obra El castillo de Barba Azul: aproximación a un nuevo concepto de cultura (1971) está de acuerdo que la relación entre el arte y la cultura se da por la voluntad, que hace posible el gran arte y el pensamiento profundo, que nace de “una aspiración a la trascendencia”.

El filósofo se refiere a una respuesta negativa de la humanidad no judía con el pueblo que inventó al dios único, invisible, inconocible, todopoderoso. El cristianismo estuvo siempre con sus santos, el ministerio de la Trinidad y el culto mariano. Sin embargo, respeta la autocrítica enraizada en la cultura occidental por sus valores éticos que los califica de posvolterianos y la denomina poscultura; luego de las conflagraciones mundiales, los hornos crematorios nazis y el Gulag soviético.

El escritor parisino-autodidacta, vanguardista, provocador y contracultural de los sesenta Guy Debord, en su obra La sociedad del espectáculo (1967), califica de espectáculo a lo que Marx en sus Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 llamó la alienación o enajenación social resultante del fetichismo de la mercancía, que en el capitalismo los consumidores dan más preocupación que a la política, a la cultura y a la intelectualidad.

La adquisición obsesiva de mercancías produce el fenómeno de reificación o cosificación del individuo. El consumo sistemático de objetos inútiles y superfluos van vaciando la vida interior de las inquietudes sociales, debido a la futilización que domina la sociedad moderna, que ha afectado la libertad por el dinamismo del capitalismo.

El Premio Nobel de Literatura se refiere también a Gilles Lipovetsky y a Jean Serroy (La cultura mundo. Respuesta a una sociedad desorientada) que defienden la idea de la entronización actual de la cultura global sustentada en el eclipse progresivo de las fronteras por obra de los mercados, la revolución cibernética, la creación de las redes sociales y la universalización de internet, —especialmente en las comunicaciones— se ha convertido en una cultura de masas, que ofrece novedades accesibles para el público y da placer y evasión fácil para todos.

En Francia, el sociólogo Frédéric Martel publicó, 2010, publicó Cultura Mainstream que muestra que la nueva cultura o cultura mundo de Lipovetsky y Serroy quedó atrás, desfasada por la frenética vorágine de nuestro tiempo. Vargas Llosa mira al reportaje con entrevistas como fascinante, ya que el mainstream ha diferenciado de la cultura del pasado que aquella pretendía trascender en el tiempo presente, durar y seguir viva en las generaciones futuras como: Faulkner, Tolstoi, Joyce, Thomas Mann, y no desaparecer consumidos como si fuesen fabricados al instante, como los bizcochos o el popcorn.

Reflexiones del autor

La industria cultural ha incorporado a los consumidores a la cultura de masas, que nace con el predominio de la imagen y el sonido sobre la palabra a través de la pantalla. Hollywood mundializa las películas llevándolas a todos los países. Estos procesos se han acelerado con la revolución cibernética, la creación de redes sociales y la universalización de internet. Las visitas a los museos son parte del mero esnobismo del perfecto turista posmoderno.

El novelista peruano favorece la democratización de la cultura, porque nació de una voluntad altruista, considera que la cultura no debería ser patrimonio de una élite minoritaria (la alta cultura). Sin embargo, argumenta que es complejo que tengamos aventuras literarias como las de: Jorge Luis Borges, Virginia Woolf, Chéjov. La literatura, el cine y el arte light se acomodan al lector y espectador de creerse culto, revolucionario, moderno y de estar a la moda. El frivolismo de la cultura de masas es rescatado por la existencia de cineastas como: Woody Allen, Luis Buñuel, Bergman, David Lean, Andy Warhol, Visconti, entre otros.

La civilización del espectáculo y el laicismo han ganado terreno: el budismo, el yoga, las iglesias evangélicas, la cienciología. Lamenta, la existencia de la cultura de superficie de oropel, de juego y pose, que es insuficiente para suplir las incertidumbres, mitos, misterios de las religiones que han sobrevivido a la prueba de los siglos.

En otro de sus capítulos: “Breve discurso sobre la cultura”, aplaude al sugestivo Mijaíl Bajtín —crítico ruso— que con su obra La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. En el contexto de François Rabelais (1941) contrasta con sutiles razonamientos y sabrosos ejemplos la cultura popular, como suerte de contrapunto a la cultura oficial y aristocrática, que brota de palacios, salones, conventos y bibliotecas. Mientras que la cultura popular nace en: tabernas, fiestas y del carnaval. Y señala, también, la división del mundo anglosajón entre la highbrow culture —ceja levantada— y lowbrow culture —ceja alicaída—. Poetas como T.S. Eliot, novelista como Joyce pertenecen a la primera clasificación y Ernest Hemingway por ser accesibles a los lectores, a la segunda.

Perfil

El Premio Nobel de Literatura (2010) nació en Arequipa (1936). Se ha desarrollado como periodista, ensayista, cuentista, guionista de piezas teatrales. Ha recibido varios premios: Biblioteca Breve, Miguel de Cervantes. Es miembro de la Academia de la Lengua. Su obra La ciudad y los perros (1962) es considerada como una novela moderna. Es parte del Boom Literario. Tiene varias novelas: Casa verde, Conversación en la Catedral, La fiesta del chivo, entre otras. Su última novela (2019) Tiempos recios, y en el 2020 publica Medio Siglo con Borges. Está vital a sus 84 años. Hace deporte una hora diaria.

 


Mayra Aguirre Robayo. Columnista de La Hora, docente universitaria (UTE), periodista, socióloga, crítica de cine y crítica literaria.

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