Ensayo sobre un diálogo virtual (parte II) | Antonio Adrián Montalvo

Por Antonio Adrián Montalvo

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

¿Y se te olvida preguntarme cual es mi posición? Esta bien. Entiendo la prisa por vivir de ese espíritu tuyo. Hay demasiadas cosas allá fuera esperando, para detenerse en ver como crecen mis barbas. Yo lo confieso, tampoco esperaba. Tu esencia radica en el amor a lo plural y lo diverso, y por tanto eres amante de tus propias y las propias palabras y versos hacia la vida de cada uno. Tu te involucras, en cuerpo y alma, con una verdadera lucha física, para que se respete el fundamento legal; la Constitución; los acuerdos establecidos; el contrato social. Y tu lucha tiene ya un par de siglos, por eso la entiendo épica; romántica; incluso eterna. ¿Como no voy a respetar tus sueños? También entiendo tu impaciencia, quizás porque sospechas que, con tantos de mis años, mi generación ya debería haber encontrado algo mas sustancial que palabras. Quizás por eso yo tengo arrugas en la cara y tu no. Pero te voy a responder de todas maneras, mientras espero a vernos de nuevo.

Según lo hablado, ya conoces mi postura sobre los pobres diablos que son escogidos por el sistema para liderar nuestra sociedad. Su renquear triste entre las ordenes que reciben y su mediocre ejecución; su efímera alegría en derrochar los sobornos que les corresponden (con qué hambre insaciable los he visto, gastando sus dineritos lo antes posible, lo peor posible, como perro callejero corriendo con media funda de basura). Y también he visto en sus ojos esa sensación profunda de ser traicionados; como lagrimita tatuada en su mejilla, cuando finalmente se les releva de sus altos puestos, para ocupar un cargo ficticio o una celda para ejecutivos, o para pudrirse entre las clases medias. ¿Hace falta hablar mas de ellos?

Para mi, trabajar con ellos, o para ellos, o en contra de ellos, es inútil. Para mi eso sería como cargar contra un espantapájaros para que los pajaritos puedan comer sin temor. Entonces, ¿qué?

Yo pienso que el problema aparenta ser irresoluble porque no estamos entendiendo bien su naturaleza. Tu bisabuelo Esteban no lo decía así, pero lo voy a citar aquí de todos modos; para solucionar, o por lo menos, para entender un problema, lo primero que hay que hacer es saber cual mismo es el problema. Si tumbar espantapájaros, o perseguir liebres de madera no ha producido soluciones aceptables en las generaciones que recordamos, y definitivamente no en el estado de cosas de nuestra sociedad hoy día, es obvio para mi que estamos “gastando pólvora en gallinazos”. Quiero considerar contigo entonces la posibilidad de que no sean los gobiernos, o sus líderes, las transnacionales, o los grupos de poder, la razón de nuestra indignación y de nuestro desasosiego. Al principio de nuestra conversación opiné que ningún argumento humanitario o ético, puede cambiar a un sistema sin moral. Quizás entonces el problema podríamos ser nosotros mismos. Y digo nosotros, incluyéndonos a todos. A ti y a mi también. Voy a explicar bien este argumento, aparentemente autodestructivo, con un ejemplo: Durante mi juventud, el movimiento feminista de los ochenta luchó decididamente contra el machismo de la época, la violencia contra las mujeres y la injusticia laboral. Aunque ellas le pusieron todo el corazón, y contaron con nuestro apoyo y el de los movimientos de izquierda, realmente no consiguieron nada parecido al movimiento moderno del #metoo. El feminismo del siglo veintiuno no solo ha cambiado leyes y estatutos e incluso constituciones nacionales, para proteger a las mujeres y a los derechos de las mujeres, sino que ha hecho salir de sus madrigueras a una multitud de ratas abusadoras, protegidas por un sistema injusto e inmoral, y esto, por primera vez, ha incluido a ratas de gobiernos, transnacionales, y grupos de poder. Hoy sabemos que todavía hay muchas más, pero ya no altivas e impunes, sino mas bien asustadas y escondidas en las alcantarillas. Gracias al feminismo militante. Pero yo me pregunto estupefacto, ¿qué hacemos nosotros en nuestras poblaciones mineras alrededor del país por las niñas locales, regularmente raptadas y forzadas a la prostitución? ¿qué hacemos nosotros, tu y yo, ellas, #ellastambien, por las mujeres y niñas menores que son drogadas, violadas y explotadas para la trata, en este momento, en cada chongo de cada pueblito, en cada parroquia rural, en cada ciudad, en cada región, en este momento, en cada país del mundo? Yo mismo te contesto: en los países civilizados, les damos derechos laborales, seguro social, y sobretodo chequeos vaginales gratuitos, para que no vayan a contagiarnos, a nosotros o a nuestras familias. ¿y qué hacemos con las drogas psicotrópicas que se vendían afuera de tu colegio, y que ahora se venden en los baños de las niñas/neutros/niños, por los propios estudiantes, a sus clientes de doce añitos? Yo mismo te contesto: aceptamos, aprobamos, socializamos, y finalmente celebramos, nuestra libertad para escoger nuestro modo de vida. Pero, tras considerar mis ejemplos, uno se debería preguntar ¿de dónde nos sale toda esa inmoralidad? (yo llamo inmoralidad a aceptar socialmente el racismo, la violación o la adicción a las drogas como nuestra propia libertad). “Nosotros”, los pueblos de los países democráticos, los occidentales, los Aliados (sí, Ecuador declaró la guerra a Alemania en 1945, a pocas semanas de su rendición), el primer mundo, o algo rezagados, los países vehementemente en vías de desarrollo, parece que aceptamos la inmoralidad de nuestras sociedades como un problema que se resolverá solo. ¿Cómo? Bueno, ahí esta la cosa, los occidentales u occidentalizados, aquellos que sabemos usar o deseamos poseer una computadora o teléfono móvil, creemos que nuestra cultura sin dioses, orgullosa y omnipotente con su tecnología es la única realidad, y eventualmente lo resolverá todo. Para epidemias, hará una vacuna, para el hambre, alimentos nuevos, para la soledad, realidad virtual, para la prostitución… no se todavía, pero algo hará. Y las cosas son así, simplemente. Esto no me lo estoy inventando, Tenemos fe ciega en nuestros científicos, realmente no esperamos que un chaman cure al mundo del COVID… Si bien mostramos curiosidad e incluso interés por las otras culturas (en vías de forzado desarrollo) no dudamos que nuestra es la realidad. Es más, nuestra apreciación de culturas ya extintas, gloriosas, primitivas o milenarias, es metodológica, museográfica, coleccionista. Si bien podemos usar sus símbolos para una campaña política (la chacana en Perú, por ejemplo), esas “otras” realidades, son inaceptables mas allá de lo anecdótico, por la sencilla razón de que se basaban en mitos e ideas falsas sobre la realidad, como duendes y dioses. El mundo no se creó mágicamente por un ser celestial, dirá uno mismo… tiene millones de millones de años (lo dice la ciencia)… la vida es espontánea y universal, dirá otro. Ninguno de nuestros científicos, los cuales nos alimentan física y espiritualmente con su conocimiento y su tecnología, va a tomar en serio una realidad alternativa, basada en un cuento para niños, lleno de magia y “errores” científicos. Por eso consideramos a la Biblia filosóficamente infantil, mientras que Kant y Arturo Schopenhauer describen verazmente nuestra realidad. Y luego está la colonización…Durante nuestros siglos de desarrollo de la ciencia (porque todos contribuimos), solo nosotros pudimos aplastar las realidades de los salvajes y no al revés, como ellos querían. Nosotros, los occidentales ganamos. Son tres siglos de repetirlo, ¿cómo no lo vamos a creer?

Me estoy yendo por las ramas, como siempre, discúlpame. Demasiados recuerdos en mis estanterías. La cosa es así, según yo veo: en nuestro mundo, hemos perdido la moralidad más esencial, esa que otros pueblos disfrutaron por milenios, con sus creencias (¿ciertas?) y las leyes de sus dioses (¿reales?). Confiamos ciegamente en que el nuevo modelo de teléfono, el nuevo proyecto de Ley y la nueva vacuna, traerán por fin las soluciones a nuestras inquietudes. Nos creemos en la dirección correcta, hacia occidente. Mientras tanto, sin un Padre o Madre que nos cuiden y nos guíen, como a los antiguos egipcios, o los modernos indígenas ecuatorianos, vendemos a nuestras hijas y comerciamos con nuestros riñones y nuestros ojos. Les amaestramos a nuestros pobres hermanos asiáticos y africanos, y nos amaestramos a nosotros mismos desde niños. Nos autoconvencemos de nuestra moralidad superior, pero sin moral. ¿Sobreviviremos orgullosos los cuatro milenios del pueblo egipcio? Algo en nuestro interior, aún sin amaestrar, nos sugiere que no. ¿Es nuestra sociedad superior y sostenible? No parece. Pero yo individualmente creo con mi corazón que sí. ¿Quieres que te cuente cómo? Tenemos que sentarnos a hablar, viéndonos a los ojos…pero te adelanto que tiene que ver con volver a aprender todo desde el inicio…

 


Antonio Adrián Montalvo. Explorador y aventurero de profesión, ha viajado durante diez años con la National Geographic como Instructor de Fotografía. Marino mercante, licenciado en educación, y magister en ciencias ambientales, ha publicado sobre astronomía y una guía para las Islas Galápagos. Siendo buzo profesional, compositor y nieto orgulloso del poeta Antonio Montalvo, también disfruta escribiendo la poesía.

 


Foto portada tomada de: https://www.freepik.es/foto-gratis/manifestante-megafono-demostracion_5561966.htm#page=1&query=Activism&position=1

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