El Tigre en el Noveno Círculo | Adrián Grimm

Por Adrián Grimm

 

…que con magnífica ironía me dio a la vez los libros y la noche.

Jorge Luis Borges

 

Se caía de vieja la casa señorial sobre la avenida 12 de Octubre, añorando las épocas de lujos y carnavales que nunca ocurrieron en esta ciudad. Mi empresa se llama Fixiones, o sea: Reparaciones; “Solo matrimonios no arreglo” es mi lema. Llevaba trabajando ahí tres meses haciendo estanterías, albañilería y pintura, como refugiado de las furiosas mujeres que me buscaban siempre en mis lugares de trabajo…

Vieja y poco gozada. A pesar de estar construida al pie de tremenda avenida estos balcones no habían visto, sino desfiles del niñito, huelgas hacia o desde el Congreso, tráfico mixto de buses, autos y estudiantes, o… de estudiantes, autos y buses, etc. Puros velorios, nunca una pompa, un desfile, un Triunfo. Ni bien entrando a las caballerizas el olor cambiaba, algo sintonizó en mi nariz, algo desde la piedra húmeda de los sillares hasta la tierra negra bajo las plantas… algo que yo no sabía entonces, pero era… tiempo encerrado.

Nunca he sido un gran observador y, en este silencio, uno no se da cuenta de quien lo escucha silbar, hasta que ese “quien” silba en contrapunto. Así nos hicimos amigos con el Tigre: Su caminar ciertamente felino y esas arrugas como contentas en las mejillas cuando fuma explicaron su apodo.

Por dentro, la casa está mucho mejor tenida, sobre todo la sección de la biblioteca. Tres salones grandes repletos de polvo y estanterías metálicas que íbamos metódicamente reemplazando por muebles de madera. El Tigre, moviéndose como gato traspasaba los libros de una estantería a otra como clasificándolos, limpiándolos y separando algunos ejemplares en mal estado. Vi que íbamos a necesitar muchas repisas más para todas esas colecciones y, sin embargo, la casa exigía trabajos mucho más importantes que don Nicanor o S. simplemente agendaban para luego. A las cinco en punto nos invitaban a tomar café antes de irnos y nos hablaba, como en chino… de ciertos temas literarios, el Tigre le seguía la corriente por horas, pero yo me despedía pronto, S. raramente hablaba.

—Casi siempre se cubría detrás de palabras orgullosas; a menos que estuviera cerca Bioy; entonces sus palabras creaban una especie de territorio erudito, en el cual cazaban solo los iniciados. Un día Bioy le dijo: “Uno es lo que otros han leído de lo que uno ha escrito”; Borges contestó: “Otros se enorgullezcan de las páginas que han escrito, yo de las que he leído…” Y allí, ante los ojos llenitos de luz de Bioy se destapó aquel Borges —soberbio, sí— y paradójico, que podía recitar de memoria cientos de líneas de las sagas nórdicas, o declamar en griego los fragmentos del poema de Parménides, o citar a Stevenson en su propio acento característico lo mismo que a Wilde o Ramón Llul. O agradecer la oscura impedimenta que adornaba su vejez. Era un monstruo. Era algo desmesurado, una pila de saberes inútiles y hermosos, algo así como una inmensa biblioteca en la oscuridad…

Al día siguiente los empleados sacaban muebles de otra sala aledaña y yo entré a medir las paredes y las ventanas. Siempre alternaba un librero de cerezo y otro de caoba, el ancho de cada librero fluctuaba según el espacio disponible, pero debían ser seis muebles en cada pared. En el centro, una mesa de café de caoba y un atril según me mostraron en una fotografía. Entre tanto el Tigre salía a los jardines a fumar y luego se colocaba su mascarilla, su delantal y manejaba los libros.

 

***

El Noveno Círculo se reúne a charlar todos los miércoles de noche, bien tarde, ya ebrios tomamos un tema o un libro y hablamos de él la semana siguiente. Asistimos casi obligados por los telefonazos de Nicanor, y siempre interesados en beber sus licores. Quien más habla es siempre Nicanor. Sus héroes literarios y las obras inmortales que habían dejado al mundo me ayudan cuando no puedo dormir. Aún así, los altos sillones son muy cómodos, tanto que su mastín adormecido en uno parece un juez considerando “verdad” aquello que su amo expone.

A veces, la atmósfera se pone pesada por el tono de Nicanor, por eso hace años peleó de muerte con los doctores Byron y Edwin, y los perdimos para siempre. Pero ahora, justo antes de yo abrir la boca para bostezar o protestar, ya estaba él cambiando de tema con sutileza y maestría llevándonos a sus invitados por los dulces infiernos de la literatura de la mano de un Virgilio competente y rico. No faltaban ni el Cerbero, ni Caronte, ni el Leteo.

Esa noche que tanto se habló del Borges-Eco, en el personaje ciego de Yorge de Burgos, yo había llegado en trole a la reunión. Me subí medio lloviznando en la plaza de Santo Domingo. El rumbo al norte iba repleto. Sentía, sentíamos un alivio especial, un alivio cálido de estar parados y apretados respirando el aire del prójimo. Comodidad relativa, ilusión atmosférica, apreté mis libros en mi morral. En la Plaza del Teatro, se subió una vieja con un canasto oloroso a humitas y chocolate. El olor contaminó rápidamente la parte trasera del bus, y empañó los cristales de mis lentes. Estuve tentado a pedirle que me vendiera un poco, pero mejor era respirar despacio cual si fuera el perfume de una muchacha. Bajé en la parada de la Carolina a las 7:25, aún a tiempo para llegar a nuestro erudito Noveno Círculo.

En las horas de frágil felicidad que nos prodigaba, Nicanor colaba pequeños reproches a los que no éramos tan listos o exitosos como él: A todo el mundo. Aquellos que no necesitaban su perorata, tampoco la toleraban, pero los demás vivíamos constantemente en vilo con un oído puesto en su vozarrón, y un ojo fijo en su gran biblioteca esperando el ansiado momento en que muriera para salir con diez títulos en cada mano o, en futuros posibles ser admitidos en ese paraíso y fatigarlo como adanes desnudos, o serpientes. A veces, cuando estaba en Quito, nos visitaba Adriano Valarezo otro librero liberto, y luego del Círculo salíamos tambaleantes a joder y buscar pelea, pero los miércoles es difícil hallar lo que abunda cualquier viernes.

Cuando se fueron todos, hablamos de negocios: Encontré para Mendoza dos libros muy importantes para el estudio de la obra de Sor Juana Inés de la Cruz. Me los pagó sin regatear y los guardó debajo de un pañuelo en su mesita. Luego, casualmente, me comentó de su última adquisición: Un manuscrito atribuido a Pablo Palacio, me dijo así:

—Fíjate Tiger que Pablo Palacio había dejado empeñado en un estanco este manuscrito a cambio de unas pintas de aguardiente; pero luego no fue capaz de recuperarlo debido a un viaje que lo alejó por mucho tiempo de Loja, y quizás también por su estado mental. Costó mucho, sobre todo porque me emocioné cuando me lo trajeron, pero lo importante es que aquí constan sus “Cuentos Recetados”. Hay un boceto del “Hombre Muerto a Puntapiés” en el que el protagonista es el mismo Palacio, pero con la diferencia de que el hombre muerto no muere a puntapiés sino de una caída brutal y termina en el Machángara. El personaje queda en el fondo de la quebrada igual que Palacio con su cráneo destrozado, y el narrador baja hacia el río, como buscándose él mismo hablando en un tono tan mental, que sientes los chaquiñanes bajo tus pies. En verdad no muere a puntapiés, pero casi muere luego de una borrachera en Luluncoto, quizás empujado por un tal Epaminondas… quizás Epablinondas, como insinúa en el boceto.

No sé describir mi arrebato ni mi entusiasmo, fue un momento desesperante y la piel grasienta me deslizaba los lentes. Si me lo trajeran a vender… entendí por instantes a Nicanor. Toda la habitación y la casa, cada libro me olía a chocolate frío, a muchacha efímera, a sur vacío. Aunque debí minimizar mis emociones para herirlo, lo que hice fue abalanzarme en trance hacia el manuscrito sucio y semi-destruido. Lo hojeé, lo olí, lo sopesé, y aprehendí la hermosa e ilegible letra de Palacio, pero no lo leí ya que Mendoza dijo lo de siempre: “Hay gustos caros mi Tigre” y guardó el cuaderno en su escritorio lejos de las manos destructivas de los pobres. Aún “Texto en mano” le rogué que no sea melancólico y me permita leerlo, en busca de un detalle que mediaba entre el destrozo de la cara del personaje y la vergüenza de ser homosexual en esa sociedad. Para despejar esta duda debíamos acudir inmediatamente a las fuentes; pero Mendoza como siempre acaparaba para si todo el placer. Darle ideas eruditas era hacerle un bien que no merecía.

Todo caos vela orden, decía mi abuela con su pañuelo de limpiar amarrado a la cabeza. Por meses limpiamos y acomodamos sus libros, encuaderné sus folders y hace poco mandamos a construir unas estanterías de buena madera. Un tal José Luis, carpintero, trabaja para Nicanor. Si le das una foto, te puede construir guillotinas y muebles antiguos, es ruidoso y a veces nos encontramos en los patios cuando salgo a fumar. Le quiero pedir también un librero, pero eso será después de ser panas, no vaya a querer cobrarme lo mismo que aquí, sin rebajar alguito. El bus de vuelta estaba helado, aunque los vidrios seguían empañados. Limpié un poco mi ventana y vi en la calle a una pareja en motocicleta fundidos en una sola masa y dirección. Sus cascos juntos como capulíes chocaron cuando la moto frenó en un semáforo. Ella cubriendo como una capa la espalda de él.

José Luis me había contado entre risas y mocos la historia de como acabó trabajando para Nicanor Mendoza. La mansión para él era un oasis de paz, para mi albergaba el infierno. Pero el infierno de un hombre es el paraíso de otro y muchas veces es intercambiable. Su vida de noveleta y de catálogo de ferreterías había cambiado de divina a furtiva. Hace unos meses y varias vueltas de tuerca: José Luis Benítez se alquilaba de marido y se le daba bien hacerse pasar por mujer en la red. Aquello le daba un cierto aire de “hombre hábil y respetuoso”. Eso, multiplicado por su actitud silenciosa y sus precios proporcionales, le había granjeado una buena clientela y un círculo social secreto y melifluo. La mayoría de veces eran asuntos de atornillar cosas o conectar un cable viejo. Tan fácil y amable trabajo lo redondeaba ofreciéndoles de yapa cualquier otro arreglo de la casa. Muchas veces cosas en el dormitorio.

Mientras sus ayudantes Edwin (el Pulgas) y Álvaro (el camisas) seguían trabajando lentamente en la otra casa de Mendoza, tratando de alargar la obra y de aprovechar todo mendrugo de amor que su jefe hubiera dejado a medio atender José Luis Benítez, el Tigre, se frotaba los bigotes satisfecho, el amor y el dinero abundaban. La vida era rosa, por fin; aunque faltaban mujeres.

Ser marido de alquiler, o no ser. Extrañaba tantísimo a sus novias-jefas. Servirlas como nadie, atender a sus caprichos, colgar sus diplomas recibir su dinero, hacerles descuentos. Fatigaba sus herramientas en las paredes, baños y colchones de ellas. El boca a boca lo hizo famoso, sus precios proporcionales lo hicieron deseable.

Solo un defecto que llamaremos Guiomar, una esposa apócrifa. JLB había ideado una esposa-gerente que lo explotaba, la acusaba de tus estrés y soledad, de su silencio. Pequeña mentira que daba a sus clientas cierta culpa, cierto eco, cierta ventaja en la relación costo-beneficio. Quise recitarle eso de… Guiomar Guiomar reo de haberte creado ya no te puedo olvidar.

Entonces, alguien rotó el mundo y la relación de sexo-poder resultó afectada… según él en su contra y las clientas declinaron “sus servicios” en sororidad con su hipotética, pero victimizada esposa: Guiomar, la que lo alquilaba, la vanidosa, la cruel. Y ante su apresurada confesión de soltería, perdió todo crédito futuro ante esas damas. El nuevo mundo apareció armado y furioso en forma del chat de Las Vecis, que pedía a diario la cabeza y la ubicación de JLB el amante bandido.

Así, volvió a trabajar para hombres, contaba suspirando ya casi silencioso. Estuvo bien jodido un tiempo, pero fue remontando, pues hay muchos hombres que también requieren un marido en su casa. Es decir, requieren trabajos de pintura, carpintería y plomería mínimos. ¿Pensabais distinto?

—Afortunadamente, los hombres de hoy pagan más que las mujeres, o al menos… no solicitaban canjes; se sorprendía JLB. Así, el boca en boca lo llevó a esa vieja casa señorial de la Riofrío y Diez de Agosto. Daba pena verla, adornada y triste como dejada con los churos hechos pues se adivinada aún el lujo de su diseño bajo la suciedad y la humedad: la escalera de espiral doble, el soporte de la Araña de cristal desaparecida… solo la suciedad unificaba los tres pisos de altos tumbados. Su propietario Mendoza o su mayordomo, querían realizar cientos de pequeños arreglos siempre y cuando fijaran el precio por obra. Primero trabajarían en cada departamento, y luego en las áreas comunes y por último la fachada. Había trabajo para su “cuadrilla” entera, y los distribuyó en el tercer piso. Inodoros y lavabos art decó goteaban tranquilamente, teselas faltantes, filos golpeados. JLB ya tramaba alargar y aumentar las obras cuando S. El mayordomo lo llevó a la casa de su jefe cerca de la Cato para medir el espacio de una nueva estantería para libros.

Don Tigre prefería trabajar en silencio y pedía continuamente que JLB baje el volumen del celular, pero en cuanto empezaba a hablar, olvidaba trabajar y se sentaba cerca y le contaba miles de cosas inútiles. Le decía que ordenar una biblioteca es ya un ejercicio de critica literaria… y luego lo miraba con desencanto, como esperando un retruco que no llegaba jamás. Pero, a las 2 de la tarde servían el almuerzo en la cocina señorial, y a falta de mejor compañía (S. insistía en mantener su distanciamiento asocial) se hicieron amigos, o lo que sea que sean dos personas que se hablan en distintos idiomas mientras toman café con pan.

Al menos él tenia un apodo, a JLB le decían:

—Oiga.

Empezó a sentir una falta de aire o de energías. No se preocupó demasiado, las casas viejas guardan recuerdos y aromas. Pero, a la hora de salida aumentaba esa sensación, dos días después descubrió la causa: en esa casa no había una sola mujer. Le dijo al Tigre si quería ir al lado oscuro, y luego de traducírselo fueron a buscar mujeres.

—¿Cómo te llamas?

—Emma.

—¿Vamos?

—No. Primero bebamos.

La salida del tugurio era momento más feliz de la tarde. El JLB dijo:

—Creo que era virgen.

— Jajajaja, seguro que si.

 

***

Nicanor necesitaba un buen Quijote para obsequiar y había ido a una librería con leves esperanzas de encontrar algo lujoso. No lo halló, pero salió furioso de ver que sus libreros de caoba y de cerezo no tenían las repisas ligeramente inclinadas, ni permitían ver los títulos sin agacharse. Increpó salvajemente a JLB y le exigió que rehaga 14 estanterías listas. Eso aumentaba el trabajo de ambos, y tuvimos una tarde de vernos feo en el espeso silencio de la mansión. No lo dije, pero tendría que mover y remover miles de libros de polvosa literatura latinoamericana.

Nos encontramos sin querer en el cabaret. Cuando llegué, JLB invitó una ronda.

—Te juro Tigre que me desquito. Te juro. Nadie me humilla impunemente.

—Solo auméntale en la mano de obra, mijo. No te hagas mala sangre.

—Tú oíste lo que me dijo Tigre, no hay derecho a tratar así a nadie, sobre todo después de aprobar los diseños. Si hasta me dan ganas de quemar esa “famosa” biblioteca.

Decenas, cientos, mejor digamos miles de referencias pasaron detrás de mis ojos cuando escuché eso de quemar la biblioteca de Nicanor; secretamente también deseaba eso. Quemar libros a pesar de amarlos, solo para equilibrar el mundo de Nicanor Mendoza. Esa noche propuse que leamos y comentemos el Nombre de la Rosa en el Noveno Círculo a sabiendas de que seis cabezas piensan mejor que una.

 

***

Las nuevas repisas quedaron magnificas sin el “error” de antes, Nicanor sabía exigir y sabía mandar, acostumbrado desde el útero a hacerse obedecer tenía el lunes de mañana un jugoso bono para JLB: ˝Por el trabajo extra y otros temas”, le había dicho. Y JLB bajó el tono y estaba feliz de adecuar sus hermosos muebles las veces que dijera don Nicanor. Ni rastro del JLB ojirojizo, casilloroso, libriquemante. Pero yo no iba a olvidar ninguna de las muchas humillaciones; ni tampoco que, para mí, que debería como un Sísifo volver a mover y luego acomodar diez mil tomos, no hubo bono.

Me olió a fuego.

 

***

Otra vez, nos vimos con Nicanor en un lanzamiento literario, y luego de acabar con el vino gratuito, me invitó junto a algunos letrados a una tertulia. Sospeché desde el primer instante su jugada. No era la primera vez que nos hacía acudir para cubrirse de gloria, pero nos hacía sentir que esta vez sí, que al fin abriría la entrada de las puertas del paraíso de papel, y nos dejaría a solas con las serpientes. Mucho solía hablar del día de su muerte y del triste destino que esperaba a su colección: la separación, el robo, el olvido. Se me volvía imprescindible verlo tieso, me dolían los dedos de tanto fantasear con estrangularlo…

Esta vez se trataba de una edición príncipe encuadernada en zapa y sin título de los Textos Esenciales de Paracelso, pero dedicados por una tal “Su Manuela” a don Simón Bolívar Palacios, fechada en abril de 1819 impreso por Falçoes en Segovia. La sola vista de la dedicatoria nos sumió en un mundo de magia y rebeldía donde el amor era la piedra filosofal de la libertad, rezaba: «Quien desee cambiar el mundo, cambie antes todo de sí, queme su pasado. Le presto esta llama. Su Manuela». ¿Qué hacía ese libro en manos de esa mujer en esa ciudad en ese momento? ¿Poseía la palabra presto los tres significados de la actualidad? ¿Qué hacía ahora en manos de este ex banquero? Solo volverse polvo.

Todos pudimos ver las anotaciones de mano de Don Simón. Guardé, sin embargo, silencio de tumba mientras Mendoza descubría su juego. Cuando la algarabía del hallazgo terminó, nos informó que enviaría el libro a Paris para que fuera restaurado y luego lo donaría a algún museo bolivariano de América. Por eso debía protegerlo de la luz para que no se dañara. Lo entendimos enseguida. Byron S. dijo algo al oído a Arturo G. se levantó y salieron diciendo que no tenían tiempo para esas payasadas. El doctor Víctor M., le sugirió comprobar ciertas frases importantes que ya no recuerdo y Javier Vásconez, entre gotitas de saliva y gestos de sus manotas le deseó el destino de Borges: La gloria y la ceguera. Su tono se endureció tanto que parecía una maldición.

Entonces vi su destino. No el fuego sino la noche. Mi venganza.

Preví la ceguera de Nicanor como castigo ejemplar y superior al burdo incendio. Privarlo de sus libros, aunque no de su biblioteca. Las palabras de Javier Vásconez no habían terminado de resonar en el salón, pero yo ya había imaginado una complejísima maquinaria vengadora. Nicanor leía con ojos viejos, y debía refrescarse cada media hora con lágrimas artificiales. Bromeábamos que eran extraídas de niños bien prohibiéndoles el celular, y planeé reemplazar las lágrimas por acido sulfúrico diluido. No vería venir el golpe.

Estaba ya en lo de restaurar los libros dañados y volver a dorar los títulos desaparecidos, cuando Nicanor apareció con la novedad de que el trabajo que yo hacía, le sería grato hacerlo él. Me remuneró generosamente —todo hay que decirlo— pero yo le pedí aun más dinero y también le pedí prestados ciertos libros de-lo-más-selecto de su biblioteca. Es decir, me hice echar de su casa y de su vida, pero ya la maldad estaba hecha y no había modo de volver atrás.

Parece que no queda tiempo, ya casi no me queda tiempo. Tengo una especie de premonición. Un aviso. Toda la vida he buscado esta sensación de que no queda tiempo, porque dentro de ella, el tiempo pulula mejor; sientes la caída. Supongo esta será la sensación que sienten los pintores al pintar, o los escritores al escribir; ah, si yo la sintiera escribiendo…, pero yo este sentimiento lo encuentro principalmente en los robos y en la lectura… o combinados.

Volví a Quito luego de tres semanas en el Tingo en casa de mi madre. Quería ver a Nicanor. ¿Ya estaría ciego? Me heló la sangre su correo electrónico. Nada más formal que un e-mail a la Nicanor. Me invitaba a la apertura de su Biblioteca privada. Su letra arial negrita me pareció de la de un ciego, acepté encantado y mandé a limpiar mi único traje negro, ese.

Al entrar, escuché su vozarrón, nada quebrado esta vez. Decía:

—Así, como hay el arte de la gastronomía, y el del comer; ¿Habrá arte del escribir y del leer? ¿Hay más mérito en escribir un poema o en leerlo? ¿Hay más arte en congelar el verso en el papel, o en liberarlo con una mirada? ¡El arte de leer se inventa en cada libro, o es plagio del arte de leer de otra gente! Para mi, el gran arte de las letras no es sino la resurrección. La resurrección de los pensamientos de Tolstoi en la carne de cada lector, los sentimientos de Kafka en mil nervios ajenos, la maldad de Sade vivida y vuelta a vivir por los siglos de los siglos como una materia sagrada; lectora lectorum.

Inevitablemente, sus palabras causaron en mi alma otras palabras…

—En las letras existe la resurrección, y para algunos, la inmortalidad. Para otros algo aún mejor: La gloria. ¿Qué habrá que leer para alcanzarla? ¿Es de humanos? Yo ya alcancé la gloria, creo, cuando hice que cayera alguien más de la misma. Para yo subirme a ella, tuve que destronar a otro auriga que ya había estado sobre ella demasiado tiempo. Para él la gloria era impresionar, alumbrar y oscurecer, para mí, solo estaba en destruir algo grande. Era Mendoza un Goliath, yo tan solo un David y casi ni eso.

Me acerqué a la mesa de honor para ver al ciego en ciernes, lo hallé flanqueado de escritores y periodistas, me impresionaron sus ojos. Sus ojos viejos de lector experto, eran ahora ojos nuevos de niño sabio. Nicanor resplandecía no solo de alegría, sino de juventud y de algo nuevo en él… algo que visto en otras gentes se podría considerar Gratitud. Quise escabullirme, no verlos. Imposible, esos ojos me llamaron y me dijeron: Ven Tigre.

—Sé mis manos y mis ojos. Me dijo a penas estuvimos solos.

—¿A qué te refieres?

—Lo sé todo. El ácido en mis lágrimas, muy ingenioso, muy borgizante. Doloroso, pero esclarecedor. He vuelto a leer letras pequeñas y a gozar esos Dureros, gracias, mientras dure. Pero debes reconocer que mereces un castigo Tigre.

—El veneno de un hombre es medicina para otro. Wilde dixit.

—Y el paraíso de uno es el infierno de otro… por eso tu castigo es lo que será.

Cuando volví, el Noveno Círculo leía La Divina Comedia de Alighieri con ocasión de la inauguración de la nueva Biblioteca de Mendoza. Me pareció doblemente adecuado, por el Círculo y por la Traición. Mendoza no me atacó en ningún momento ni retiro su oferta de trabajo. Empecé a tomarlo en serio.

 

***

Don Nicanor suspendió las obras y nos mandó a construir unas piezas redondas, algunas con espejitos, algunas con engranajes. Antes de eso estuvo encerrado tres días y solo entraban doctores a verlo. Luego salía siempre cubierto del sol por S. Traía gafas y un antiguo libro con gráficos complicados. Las piezas de madera o de metal que acabamos eran comprobadas por S. Y llevadas a uno de los salones vacíos para armar una rara esfera compuesta de otras esferas que llamaban “Gata de Schrödinger”. Me entregó un dibujo del sistema Ptoloméico y unas ilustraciones de La Divina Comedia según Traquair. Algunas piezas requerían adaptaciones para ser ensambladas, pero cuando estuvo acabada, era como una rueda hecha de ruedas, y en el centro de todo esto rehaciéndose a pesar de los giros y gracias a ellos mismos, una silla, una híperforma, un arquetipo. Si te sentabas en el trono, podías leer textos que Mendoza mandó a pintar en colores fosforescentes, cosas de ángeles y bibliotecas y tigres, que ni el Pulgas, ni el Camisas, ni yo entendimos.

 

***

Mi trabajo como librero ex liberto consistía en preparar e introducir las charlas del Noveno Círculo los miércoles. El resto del tiempo era para catalogar los libros y supervisar adquisiciones, atender a los visitantes y recomendar lecturas. Esperé la retaliación de Mendoza durante casi un año y bajé la guardia. Me dejé los ojos y las manos en la biblioteca, convirtiéndola en lo que queríamos que fuera.

Pasaron los días, las lluvias, los cheques.

Para celebrar el primer año de funcionamiento Mendoza quiso una exposición de distintas ilustraciones de la Obra de Alighieri. No vi el golpe viniendo, aunque sonaba como un tren saliendo de un túnel. Hicimos todo el ruido que la ciudad podía soportar y como atracción especial Mendoza anunció el Osirión: una escultura trono, sería desde entonces el símbolo de la biblioteca, y recordaba tanto a los astros como al átomo y a la rueda de Ezequiel.

La noche antes de la celebración montamos la exposición. Cuadros, infografías y posters fueron fáciles, pero el tremendo Osirión requirió horas de trabajo. Dijo Mendoza que de ahí no se movería en años. Cuando todo estuvo listo me hizo la pregunta cuya respuesta estaba escrita en una de las posiciones fluctuantes de la hípersilla, apenas accioné la palanca y las maderas me envolvieron delicadamente en la oscuridad y el silencio, comprendí el nombre: Osirión.

“Osiris encerrado en un ataúd hecho a su medida. La Gata de Schrödinger cazándome como a un ratón. Una hiperesfera de madera en perpetuo movimiento, perpetuo para mí, o al menos letal.” Pataleé y luché con las sucesivas esferas, pero eran un laberinto que abriéndose me encerraba. Mi lucha solo provocaba belleza y efectos moaré. Sabía que nadie podía oírme, pero llegaba a mí desde afuera del Osirión la voz de Nicanor agradeciendo a todos aquellos que dejamos ojos, sangre y sudor en la creación de su biblioteca.

 


Foto portada tomada de: https://www.pxfuel.com/es/free-photo-oeqgb

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