El sótano | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Soy Rita. Empleada doméstica de treinta y un años de edad. Soltera. Hace poco tiempo llegué hasta la casa de los Guevara por un aviso publicado en la prensa. Un lunes por la mañana, me presenté temprano como habíamos quedado por teléfono con la señora Mayra.

Con un papel en la mano, en el que estaba escrita la dirección, miré el frente de la casa en la que trabajaría desde entonces, cinco días a la semana. La fachada era antigua y parecía una construcción ya desgastada. Me sentía un poco insegura pero cuando ella me recibió, tuve una sensación de alivio porque parecía ser una persona relajada, tranquila y empática. Era baja de estatura, pero atractiva y con una envidiable serenidad en la mirada. Hablaba despacio y pausado. Sonreía con frecuencia mientras me daba indicaciones. Ella en persona, me mostró los cuartos, los baños, el área social y la cocina. El interior de la casa tenía poca luz, las ventanas eran pequeñas y el ambiente en general era sombrío y algo lúgubre. Había dos bodegas en las que se guardaba enseres, víveres, enlatados y unos pocos licores. Miré de reojo hacia un costado y vi una tercera puerta junto a la de las bodegas, pero no pregunté y a la señora Mayra tampoco le pareció importante explicarme a dónde conducía aquella entrada que estaba cerrada. Me instalé en mi habitación y entendí que toda el área de servicio era el espacio en el que yo iba a moverme: la minúscula pieza que yo ocuparía para dormir y que tenía una luz mortecina, un mini baño con su ducha, el cuarto de máquinas con lavadora y secadora de ropa, una esquina embaldosada bastante reducida para planchar, y la cocina. La casa era algo grande. Ni enorme ni muy chica. De dos plantas. Las paredes tenían, en su mayoría, colores terrosos y grises.

La señora vivía con su esposo, Jacinto, un hombre de barba espesa, plomiza y mal cuidada. Ella bordeaba más o menos los cincuenta y cinco años de edad y él, los sesenta. Cuando entré a la sala, descubrí la presencia de un enorme gato gris que dormía inmóvil sobre el sofá, era un sillón grande de tapiz opaco y estaba empolvado. Tuve el repentino presentimiento de que ese mueble había absorbido una energía de torturas, agonía y desolación. El animal que descansaba encima, parecía inactivo y algo lerdo. Debe ser un felino viejo y cansado, pensé. La madera de la mesa y del aparador era de un tono pardo ceniza.

Una vez que yo recibí todas las indicaciones de lo que sería mi trabajo como asistente doméstica, debía comenzar a laborar y lo primero que hice fue lavar los platos sucios que estaban dentro del fregadero de la cocina. Preparé una cena ligera como la señora me explicó y me retiré a descansar.

El dirigirme hacia mi pieza, implicaba el paso obligado por las dos bodegas de la cocina y por la puerta cerrada con candado. Debo aceptar que, desde el primer momento, sentí curiosidad por aquella entrada que la intuí secreta y algo tenebrosa, sin saber explicar el porqué de esa rara sensación.

Los días y las semanas pasaron sin ninguna novedad. Yo salía los fines de semana a la casa de mi madre que era viuda y vivía sola. Le agradaba que la acompañe un poco.

En la casa de los Guevara, yo cumplía con los quehaceres encomendados por la señora. Ella, su marido y el gato parecían tener una vida misteriosa, algo apática y reservada. No había hijos y al parecer ni familia ni amigos. La pareja era hermética y muy callada. Aníbal, así se llamaba el gato, tenía similares características.

Mi rutina se reducía a algo muy puntual y metódico. Levantarme. Preparar el desayuno. Lavar platos. Limpiar el área social. Guisar el almuerzo. Fregar los trastos. En la tarde, cocinar una cena liviana. Otra vez los platos. Trapear y retirarme a dormir. Una vez por semana, meter ropa en la lavadora y en la secadora y al siguiente día, planchar. Cabe recalcar que yo no tenía permitido entrar ni a la habitación ni al baño de los señores. Su arreglo y aseo, lo hacían ellos mismos.

Cada noche, sin excepción, me producía ansiedad pasar junto esa misteriosa puerta clausurada. Era lúgubre y estaba deteriorada. Lo que el primer día fue curiosidad, se convirtió, poco a poco, en zozobra. La inquietud se transformó en angustia y cada vez me inquietaba con mayor desesperación el averiguar qué habría detrás. Cuando me di cuenta de que el indagar sobre aquello, que para mí era un enigma, se volvía una necesidad imperiosa que empezaba a causarme una morbosa y enfermiza intranquilidad, decidí que debía preguntárselo directamente a la señora Mayra.

Me atreví y lo hice. Le dije:

—Disculpe señora, ¿qué hay en el cuarto cerrado que está junto a las bodegas? Digo, si es alguna parte de la casa que necesita limpieza, yo puedo…

—Nada, Rita. Nada. Ahí no hay nada que te incumba. Ese espacio está cerrado y no se abre a menos que mi marido o yo necesitemos entrar. Si en algún momento requiere de algún arreglo o aseo, lo haremos Jacinto o yo en persona. Tú no te preocupes de eso y te agradecería que no lo vuelvas a preguntar.

Aníbal clavó la mirada de sus ojos amarillos en los míos y emitió un ronroneo agudo que no pareció afectivo sino todo lo contrario, una tétrica expresión de rechazo por lo que yo había preguntado.

Asentí con la cabeza y me retiré. Aquella noche no pude dormir y la impaciencia me invadió como un si un tropel de alimañas me atacara violentas y veloces dentro del vientre.

El fin de semana salí como de costumbre. Llegué a la casa de mi madre que sufría de artrosis crónica y después de hacer la comida, cenar y contarle con brevedad cómo eran mis mustios jefes y recalcar con efusividad la pasmosa quietud del intrigante gato gris que tenía nombre de humano, me fui a descansar.

Tuve pesadillas. Soñé que esa entrada conducía a un infierno de gatos perniciosos que gemían de sufrimiento y dolor, y Aníbal era su maléfico guardián. Tomé la determinación de que el lunes, a partir de mi llegada a la casa de los Guevara, empezaría mi titánica labor por averiguar lo que había al otro lado, costara lo que costara, aunque fuese mi puesto de trabajo.

En efecto, fue así. Yo debía planear la manera de abrir aquella entrada, sin que ellos se percataran de nada. No podían sospechar mis intenciones pues yo corría el riesgo de ser despedida sin haber descubierto el secreto y eso sería fatal.

En una de las bodegas, había una caja de herramientas. Yo veía como el señor Jacinto las ordenaba de forma reiterativa, una y otra vez. Parecía que él mismo las desacomodaba a propósito para poder volverlas a arreglar.

Sin embargo, mi desesperación tuvo que ser controlada y entre sueños tormentosos, obsesivos y crisis de pánico, aguanté dos semanas; incluidos los sábados y domingos en casa de mamá para que al final, la mañana de un jueves, la pareja mostrara indicios de salir de la casa. Al fin escuché, después del desayuno, que irían juntos al banco para la renovación de una póliza. Yo debía estar atenta, ser ágil y actuar con rapidez. Tenía que forzar la seguridad de aquel candado y saciar mi alienada curiosidad.

No fue fácil. En cuánto salieron, me apresuré con sigilo a la caja de herramientas que estaba en la bodega. Tomé un martillo y pensé que sería suficiente para romper el candado, pero al revisar un poco más, encontré una cizalla, no era grande pero era algo más apropiado. Sentía temor al pensar en cómo iba a justificar el candado roto, pero eso lo vería después; una cosa a la vez.

Estaba nerviosa y sudaba. La transpiración me empapaba la cara, el cuello y las manos. Temblaba y no podía respirar con fluidez, pero tenía que continuar. Llegué al sitio que, en ese momento, parecía ser el umbral de un averno mortal. Mis brazos no tenían la fuerza que se requería, pero mi deseo era mayor y obligué a mi cerebro a lograrlo. Rompí el candado. Tomé la perilla, la giré y empujé hacia adentro. Las bisagras rechinaron. Estaban oxidadas, noté que no se habían movido en mucho tiempo. En cuanto miré lo que estaba al otro lado, vi una horrible escalera de bajada. Crucé y empecé a descender por unas gradas sucias y grasientas. Despacio, con miedo. Mi corazón tenía el ritmo acelerado. Yo podía escuchar mis galopantes latidos en medio de un aberrante y espectral silencio. Al final había un portón negro, pero era de hierro y no tenía seguro. Lo abrí. Entré a un sitio oscuro y mal oliente. Apestaba. Era un sótano húmedo y el olor era insoportable. Estuve tentada a regresar de inmediato, subir las escaleras, volver a cerrar la puerta de madera y olvidarlo todo, pero ya estaba ahí y lo mejor era continuar. Intenté buscar un interruptor para encender la luz. No lo encontré por algunos minutos hasta que, a tientas, di con el sitio en el que estaba y lo presioné. Se prendió un foco de luz tenue y blanquecina. Pude ver el horror. Eran cajas de cartón pequeñas y alargadas como féretros, podridas y hediondas. Dentro de cada una debía haber algo espantoso, siniestro. Cuando me agaché, oscilando y llena de espanto para destapar una de las putrefactas cajas, me aterró un alarido agudo cuyo eco prolongado inundó el sótano. Mi respiración se detuvo. Era el maullido de Aníbal que había bajado para advertirme que no me atreviera a hacerlo. Es solo un gato pensé, no debo temer y entonces, abrí una de las cajas, lo hice muy despacio y con terror.

Grité. Grité como nunca antes lo había hecho. Mi alarido retumbó en las paredes del sótano. Eran huesos. Osamentas como de niños o infantes que reposaban ahí envueltos en harapos y trapos tiesos debido a fluidos secos. No tuve más valor. Salí corriendo y subí de prisa. Aníbal me seguía alterado. Gruñía furioso y sin parar. A ratos dudaba de que fuera en realidad un gato, por momentos parecía más un demonio que un felino casero.

Cerré la entrada, acomodé el candado de manera que no se notara que había sido roto y me concentré en la necesidad de tranquilizarme. Era emergente hacerlo. Pronto Mayra y Jacinto volverían y yo debía estar tranquila y simular que todo era normal y que me esmeraba en preparar el almuerzo. Fui a la cocina. Me lavé las manos y la cara con agua fría y mientras intentaba controlar mis involuntarios gemidos, inhalaba y exhalaba para normalizar mi respiración.

En un momento ellos llegaron. Silentes como siempre, apenas saludaron y subieron. Entraron a su habitación y pusieron seguro.

Mis manos no podían sujetar los objetos. Derramé el contenido de un jarro. Rompí un vaso. Me corté el dedo al intentar picar unos vegetales.

Luego, Mayra bajó y entró a la cocina con pasos lentos y pausados. Tenía miedo y me animé a decir:

—Señora, ¿cómo les fue en el banco? —pero la voz me tembló y mi frase se escuchó ahogada. Tosí nerviosa para aclarar mi garganta.

—Rita —me dijo con una calma que me asustó más aún—. ¿Has bajado al sótano?

—No. No, no. ¿Cómo se le ocurre señora? Yo no haría eso, no. Usted me dijo que…

—Sé muy bien lo que te dije. Quiero que me digas la verdad. Conozco cada rincón de mi casa y sé cómo dejé cada centímetro de ella. Si algo se mueve, yo lo sé.

—Señora, yo…

—¿Qué es lo que crees que viste abajo, muchacha? Te siento asustada.

Dejé fluir un llanto desconsolado y le pedí perdón, pero ella repitió en un tono más alto:

—¿Qué es lo que viste, Rita?

Aspiré mucho aire antes de responder:

—Unas cajas… Unas cajas con unos pequeños huesos…

—Son gatitos, Rita. Cachorros. Gatos muertos. ¿Escuchaste? ¡GATOS!

—Si, señora Mayra.

—Cuando Aníbal era joven, teníamos también a Amelia, una gata blanca, preciosa y de ojos azules. Aníbal la preñó en repetidas ocasiones y ella parió varias veces. Lamentablemente sus crías nacían, pero no podían sobrevivir. El veterinario dijo que tenían una enfermedad genética que heredaban de la madre. Amelia murió después de parir por tercera vez.

Me sentía perturbada y pregunté mientras lloraba:

—Disculpe la pregunta, señora Mayra. ¿Por qué no los enterraron? ¿Qué sentido tiene tenerlos ahí abajo? Es feo y parece…

La mujer me interrumpió con una carraspera fingida. Se acercó a mí, me miró directo a los ojos y me tocó el hombro. Yo tragué la saliva varias veces en pocos segundos y ella dijo:

—Porque queremos que Aníbal los sienta cerca.

Su respuesta me pareció demencial, pero yo moví mi cabeza como si aprobara lo que decía y ella se marchó a su habitación. Las horas que pasaron, hasta que llegó el momento de ir a dormir, fueron de extrema ansiedad y miedo. Me dolía la cabeza. No concilié el sueño en toda la noche. El viernes creí tener fiebre y pedí permiso para salir más temprano. La señora clavó su mirada en la mía como una amenaza tácita, firme, segura. Fue una advertencia muda. Una sentencia de venganza y luego, con una risa burlona y desafiante, dijo:

—Vete, Rita.

Me apresuré hacia la salida de la casa y escapé despavorida. Corrí y corrí como si el cansancio no existirá, como si fuera imposible pensar que podría sentir fatiga y falta de aliento. No me dirigí hacia la casa de mamá. Crucé las calles sin cuidado, doblé las esquinas desesperada y ahogada hasta que llegué a un puesto de auxilio policial. Las palabras no salían de mi garganta. Estaba afónica. El sudor chorreó por mi cuerpo. La ropa empapada se me pegó a la piel. Tuve estertores y vomité.

Me facilitaron paños de higiene para limpiarme. Me condujeron hasta una silla y me dieron un vaso con agua. Después de beberla, esperé unos minutos y pude hablar entre espasmos:

—Hay una casa donde tienen un sótano con huesos de infantes o de niños o no sé de qué. Ellos dicen que son restos de gatos muertos, pero yo pienso que…

Lloré profusamente antes de explicar quién era yo y cómo descubrí lo que había en ese lugar.

Una patrulla salió a la dirección que yo indiqué y otra me llevó a la casa de mi madre. No hay nada que cale las entrañas con tanto sadismo y crueldad como el miedo de saber que tarde o temprano, la venganza de los Guevara me devastará.

Desde entonces, sobrevivo junto a mi madre silente y enferma. Languidezco en una espera sorda y mordaz. La mirada de advertencia de la señora Mayra, me despierta cada noche y un maullido escalofriante me amenaza en cada amanecer.

 


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).

 


Foto portada tomada de: https://www.pxfuel.com/es/free-photo-ebriw

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