El rastro de mi padre | Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Tenía 15 años cuando mi tío abuelo Cornelio, el Rosacruz, me animó a que me dejara leer las cartas del Tarot.

Hasta ese día me había negado, siempre. Me parecía ridículo lo él que hacía con mis hermanos mayores, que quizás le seguían el juego para divertirse. No lo sé.

Alguna vez me explicó que el Tarot era una práctica adivinatoria del futuro, que se realiza colocando de distintos modos las cartas de la baraja sobre una superficie.

Predecía para mis hermanos un futuro brillante, exitoso, lleno de alegrías y bendiciones (nunca supe por qué mezclaba lo pagano del Tarot con lo místico y lo religioso).

Les contaba a mis hermanos que en sus anteriores reencarnaciones habían sido reinas, princesas, generalas, comandantes o presidentas. A Roberto quería convencerlo de que había sido un sultán y a Concepción, reina de Egipto.

Pero ¿mentía mi tío abuelo? No. Estaba convencido de que sus conocimientos esotéricos no tenían base científica, pero sí del alma, de las profundidades de la mente que, para él, era el órgano más poderoso de un ser humano.

De ahí partía mi incredulidad. ¿Quiénes éramos nosotros, los Álvarez, para creer que algún instante de las circunferencias que dibuja el universo estallarían pequeñas burbujas y nos destinarían a ser los emperadores y las emperatrices de lejanos y hasta utópicos reinos de los cuales hablaban los libros?

¿Por qué una de mis hermanas no fue sirvienta de una reina o se hizo geisha japonesa? ¿Por qué mi hermano no fue un simple combatiente que murió abandonado en alguna trinchera, en una guerra entre centenares de soldados?

¿Por qué otra de mis hermanas no pudo llegar a ser dama de compañía de alguna princesa japonesa o de la condesa del Diamante, de algún diamante que no fuera de Europa ni Arabia, los lugares donde, según mi tío Cornelio aseguraba, habían renacido mis hermanos?

Por último, ¿qué carta del Tarot decía que mis hermanas no fueron prostitutas o miembros de un harem y mi hermano un simple asistente de un jefe de los ejércitos incas o aztecas?

El mito de la reencarnación fue uno de los primeros que se desplomó en mi vida, poco antes que me pasara lo mismo con el dogma de que los pobres, por su sufrimiento, irán al reino de los cielos.

Pero esa tarde decidí seguirle el juego a mi tío abuelo y le dije que sí. Me hizo un ceremonial previo, que no correspondía a los Rosacruces sino a prácticas ancestrales de brujos, adivinos y prestidigitadores. Fumó una pipa, bebió un licor que olía muy fuerte, exhaló el humo del tabaco, tragó el licor y empezó conmigo.

Me lanzó humo en dirección a la cabeza, me hizo tomar el amargo zumo de una extraña pulpa de alguna fruta desconocida, tomó el alcohol de nuevo, lo mantuvo en su boca y lo escupió sobre todo mi cuerpo.

Había que dejarse llevar por esas asquerosidades para que comenzara el ritual en el que mi tío abuelo me hiciera elegir algunas cartas y que en cada una de ellas encontrara significados y sentimientos aparentemente ocultos en mí.

Entonces salió con la cantaleta de que yo lograría acumular mucho dinero, de que una princesa me esperaría en otro lugar del mundo, de que tendría un trabajo muy bien remunerado y de que yo llegaría a enfrentar a enemigos peligrosos. Ahora veo lo equivocado que estuvo en la mayoría de sus predicciones.

Pero, en lo demás, hubo un instante en el que me fijé que miraba y miraba una carta y la comparaba con otras. Se puso de pie, cerró la puerta con cerrojo y me dijo que lo que iba a decirme no lo compartiera con nadie, mucho peor con mamá.

El corazón me dio vuelcos. Por un momento empecé a creer que todo lo que leía en las cartas era cierto, que todo el ceremonial para que yo estuviera allí sí tenía sentido.

Y me lo dijo:

—Desde los 22 años vas a ser tan perro como tu taita.

Yo tenía solo 15 años, era un muchacho muy tímido con las mujeres, no era capaz, en las pocas fiestas a las que asistí, de cruzar la cuerda floja sin que abajo me protegiera una red: invitar a bailar a una chica era uno de los peores tormentos.

Pensaba, entonces, que, si tanto miedo tenía a las señoritas, ¿cómo y en qué momento me haría un mujeriego, un conquistador, un mentiroso, un cínico?

Tenía 15 años y nunca siquiera me había masturbado, a pesar de que uno de mis compañeros del colegio me decía que si uno no se hacía la paja hasta antes de mi edad podía volverse homosexual.

Nunca había besado ni acariciado a ninguna chica y mis escasas relaciones con el sexo eran los sueños húmedos que tenía de vez en cuando y las lecturas, a escondidas de todos, de Playboy y la revista Luz. Eran complementarias: en Playboy veía las mujeres más hermosas del mundo, desnudas, perfectas, casi todables, y en Luz leía temas densos, pero útiles, acerca de la sexualidad y los jóvenes.

La voz y la mirada directa de mi tío abuelo me devolvió al momento que estábamos viviendo ese rato.

Él conocía muy bien cómo era papá: además de mamá, tenía no solo otra mujer u otras mujeres, sino otras familias. No se conformaba con seducir a las señoras, sino armar con ellas hogares con casa propia y con niños.

Al final, llegó a ser padre de 11 hijos, repartidos en tres grupos, sin que ninguno de nosotros supiéramos si a lo largo de su legendaria coquetería se hubiera acostado con cuántas mujeres más.

A eso llamaba “perro” mi tío abuelo que, a diferencia de papá, era un hombre dulce que pasaba siempre en su casa junto a mi tía abuela, que venía de Popayán, Colombia, que no tuvo hijos y que se sostenía económicamente de su oficio de lector de cartas de Tarot, consejero matrimonial, curador del mal de ojo, sanador de la “saladez”, celebrante de rituales para que una mujer pueda recuperar a su esposo o para que se arregle la situación económica de una familia. Una suerte de consejero matrimonial, terapista del alma, constructor de la buena suerte, psicólogo y psiquiatra.

Aquella maldición o bendición solo tuvo que esperar siete años para empezar a ver cuánta verdad o cuánta ficción había en la supuesta predicción de mi tío abuelo.

En realidad, solo seis, porque a los 21 años conocí en la universidad a una hermosa mujer a la cual, como siempre, no podía acercarme porque mi miedo era superior a cualquier deseo.

Fue ella quien lo hizo todo. Yo era uno de los mejores alumnos de la clase y con ella y otros tres compañeros formamos un grupo que se reuniría todas las noches, excepto el domingo, para leer, estudiar y reflexionar sobre las clases que recibíamos.

Pero yo, desde que comenzaron los encuentros grupales, fui especial para ella, porque el grupo estaba formado de tres hombres y dos mujeres y los otros dos compañeros podían arrodillarse o rendirse a los pies de la Maca y ella no los tomaba en serio.

Si la Maca quería comer, ellos iban a traer algo. Si la Maca quería fumar, ellos tenían listos los cigarrillos y el encendedor. Si la Maca quería unos tragos, ellos contaban con el arsenal necesario para que se emborrachara. Si la Maca quería que alguien la acariciara y besara, cualquiera de los dos estaba siempre listo para complacerla.

Yo no. Por mi rubor, por mi miedo, por no saber cómo se resolvía un asunto entre un hombre y una mujer, la ayudaba en todas las tareas universitarias, pero no más.

Fue su orgullo de bella mujer el que me dio la entrada completa a la vida. Una noche me dijo que fuera a comprarle una hamburguesa, pero solo tú, me dijo, y yo le respondí —por tímido— que no tenía por qué hacerlo, que había mucho por estudiar y que no era su sirviente como los otros compañeros.

Aquella vez supe de lo que era capaz una mujer cuando se pone como objetivo someter a un hombre.

Envió a los otros dos compañeros a comprar la hamburguesa, se despidió de Narda, su íntima amiga, me tomó la mano y salimos al parqueadero.

Me pidió que manejara su auto y nos detuvimos en un mirador desde Quito al valle, luego de comprar una botella de ron.

La Maca se mareaba rápido y el alcohol, aunque ella no necesitaba beber para sentirse libre, la desinhibía de manera total.

Dos horas después estábamos en un motel, ella con su mundo vertiginoso dispuesta a todo por mí (¿o por cualquier hombre?), a enseñarme lo que había que saber para hacer el amor a una mujer, a quitarme las torpezas explicándome uno a uno los pasos que debía dar hasta que la penetrara e hiciéramos el amor, proceso que lo vivía por primera vez, con una mujer casada y con dos hijos, siete años mayor a mí y una experiencia total en las artes amatorias.

Pero a partir de ella, con quien estuve ocho años, también alterné con otras chicas, como si quisiera recuperar todo lo que me perdí en mis años anteriores.

No me había casado ni había tenidos hijos, pero recordaba cuando papá me enseñaba a coquetear a las mujeres mientras me llevaba a la escuela, algo que a cualquiera le hubiera parecido estúpido hacerlo con un niño.

Crecí, me hice adulto, y aunque en el fondo de mí rechazaba lo que hacía papá con sus mujeres y sus hijos —porque todos mis hermanos y mamá lo sabíamos—, decidí vivir para disfrutar de las chicas cuando yo lo quisiera.

Sufrí por la Maca, que no tenía nada ningún prejuicio en besarse con su marido o en coquetear a otros hombres mientras estaba conmigo. Ella sabía que despertaba en mí los celos más terribles y que mi respuesta, en lugar de pedirles explicaciones, era la misma de Maca: había aprendido a coquetear muy precisión, a avanzar sobre el territorio femenino, a conseguir lo que me proponía y a abandonarlas después de tres o cuatro encuentros sexuales.

Sí, sufrí por la Maca e hice sufrir a una decena de chicas durante esos años. Pero a ella le daba igual.

¿Había acertado mi tío abuelo? A los 22 ya acariciaba, ladraba débilmente, aullaba para conseguir lo que quería, pero nunca alcancé la dimensión de un perro.

Algo me faltaba. ¿Qué era? Alguna lección que le faltó enseñarme a papá. No vi en él nada secreto para convertirme en su nueva versión. Nunca supe, según la teoría de mi tío abuelo, qué fue papá (un rey o un vasallo) en su anterior reencarnación antes de ser lo que terminó siendo ahora. Y me quedó la percepción de que no quiso contarme.

Yo, hasta ahora, no sé cuánto bien o cuánto mal habría ocasionado ser una suerte de reencarnación de un padre que tanto sufrimiento provocó, sobre todo a él mismo.

 


Rubén Darío Buitrón es poeta, periodista y docente. Es el director-fundador de los www.cronistas.org

 


Foto portada tomada de: https://www.pxfuel.com/es/free-photo-ovbuk

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