El mundo de Dante I* | Carlos Gabriel Córdova Espinoza

Por Carlos Gabriel Córdova Espinoza

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Era la noche dócil, vigilada por una feroz luna llena resplandeciente, las calles angostas y oscuras forman un corredor largo, hasta que la vista alcanzaba el puerto y se perdía en la neblina hambrienta.

El invierno en la Costa es lo más refrescante del año, pero sus inoportunas inundaciones, lluvias de paso y malas calles lo hacía el pantano más elegante del mundo.

Los días eran largos, el sol se escondía por intervalos y le cedía el puesto a las nubes negras que descargaban toda su ira y tristeza en la tierra hambrienta de lamentaciones.

En el sur de la ciudad, se encuentra Sausing, el barrio más acaudalo, donde residen empresarios y políticos, un sector casi inaccesible para las personas de clase media.

La casa más vulgar de todas era la primera villa. Por sus pinturas tan vivas como unos papagayos, todos asumían que allí se daban fiestas con lagarteros o era usada de burdel. Solo un hombre vivía en aquella vivienda de colores vomitivos.

Su dueño, Dante de la Cruz era alguien de treinta años, ex-militar y comerciante que solo se daba el placer de vivir en la ciudad costera por sus noches de bohemia en los Cerros.

Hace diez años la Guerra del fin del Siglo terminó, llevándose consigo inocentes, alegrías, el partido liberal y destruyendo a la nación enemiga que sufrió una revuelta interna quedando sumido en un caos infernal.

El ganador fue elegido por tener medio millar de muertos menos y ser quien logró seguir peleando, aunque sea con palos y piedras. No quedaban suficientes recursos, lo que generó en una hambruna sin precedentes, mientras que el perdedor tuvo que someterse a múltiples humillaciones y la guerra civil que estalló, facilitó la entrada de una potencia extranjera que diezmó sus campos y terrenos a solo cenizas.

Durante aquella querella tan grande que hizo resonar el océano, sacudió los Andes y alimentó al viento de sangre, Dante era un oficial militar. Él era una costumbre transmitida de su herencia familiar, como hijo de un gran hacendado en la Sierra y representante de los intereses patriotas de todo un pueblo. Se dejó llevar por el calor de la sangre y desfiló hacia la guerra, con afán de quitarse el amargo sabor de su tierra natal, volviendo asqueado de la violencia, la política y la ambición. Decidió vivir en la Costa, mientras sus negocios fluían en su debido tiempo.

Sus visitas eran siempre amigos, clientes y damas ocasionales con las cuales no entablaba mayor conversación que un par de noches, gozaba de amistades superficiales con intereses de por medio.

Su puerta retumbaba y al grito de un gallo se levantó de su hamaca en el patio para atender aquella visita tan intensa.

Abrió los cerrojos con recelo y lagañas. Solo dejó un fino espacio entre el marco y la puerta para ver quien lo buscaba con tanta insistencia.

La sorpresa era grande, como su casa pintoresca. Un hombre en su mediana edad, con bigote de brocha, bajito y lentes lo veía con una sonrisa nostálgica. Vinicio el administrador y pseudo-mayordomo de la familia estaba en su puerta después de muchos años (se adjudicó él solo aquel título por fastidio de ser llamado criado o empleado).

—Hace más de una quincena de carnavales que no te veía Dante.

—Lo mismo digo —sonrió mientras abrió la puerta con tal fuerza como lo hace un cura cuando llega la Navidad.

Lo invitó a pasar y le sirvió un vaso de jugo de mango, junto a unos chifles con queso.

—¿Qué asuntos te traen aquí?

—Vine a buscarte para arreglar los asuntos sobre tu herencia.

El carisma de Dante se tornó en seriedad y sus gestos mostraban fastidio al hecho de aproximarse a dicho tema.

—No tengo ni la más mínima gana de ir allí —su voz era fuerte.

—Es tu casa, tu tierra y debes reclamar tu condición como heredero antes que esos ridículos diputados expropien las tierras de tus padres para sí mismos.

La noche estaba por caer y el sol peleaba por permanecer unos pocos segundos más; el atardecer era tan naranja como cáscara de mandarina y las nubes acaparaban estrepitosamente el cielo como peces en un río.

—Si lo pones de ese modo… pienso ir, pero no creo estar más de lo que resta del invierno.

—Perfecto, espero que partamos en tren después de la misa de mañana.

—De acuerdo, quédate en la habitación superior a la derecha y ponte cómodo, mientras estemos aquí me ocupare de hacer unos trámites.

—Espero te invada la curiosidad de ver cómo han cambiado las cosas después de tantos años.

Sonrió para evitar dar una respuesta irónica y se fue a servir un vaso de ron con caña manaba para sobrellevar el frío que había recrudecido a causa de la lluvia y los vientos gélidos de los cerros que bajaban con fiereza.

La ciudad era una perla vista desde los barcos que venían del Pacífico. Todos los días en el puerto llegaban extranjeros que compraban pasajes de tren para viajar hacia la Sierra y conocer sus ciudades con aquella gastronomía rica en granos y tubérculos que encantaba a Dante.

El domingo, al sonar las campanas, dando por terminadas las misas del día, y en la estación del tren, comenzaba a proliferar los pasajeros de manera estrepitosa, mujeres, niños, extranjeros aventureros y más formaban parte del tumulto.

El viaje tenía tres escalas: en el centro de la Costa, el portón Andino y la Capital asentada en el centro de los valles.

Al bajarse en la estación del portón Andino ubicado en el pueblo de Guayacanes tuvieron que esperar la llegada del jardinero en un carruaje que los llevaría hacia el pueblo, mientras descansaban podían ver los valles, las montañas tan blancas como nubes reposando en la tierra y llamas que paseaban a lo largo.

—¿Qué buena nueva lo trae por aquí jefe? —preguntó mientras manejaba los caballos.

—Asuntos de la herencia —sonó tajante.

—Oh entiendo, los sembríos están prósperos este año y le doy palabra que en el pueblo se alegrarán de verlo.

—Deberías visitar al señor alcalde y pasar por el cementerio —intervino Vinicio.

—Lo tengo pendiente, saludar a mi padrino es lo mejor y quizás pase también por el bar del pueblo para conversar con las demás personas.

—Ojalá sea solo conversar y no te andes llenando de vino como pavo—

—Calma, tampoco es que me pienso a quedar hasta la fiesta del Inti Raymi —respondió sonriente.

—Debería al menos esperar un par de semanas y celebrar con el pueblo.

—Como falta una quincena quizás si la celebre. José espero el jardín luzca tan bello como lo recuerdo.

—De eso no hay duda, las orquídeas han crecido perfectamente.

La suave brisa con rastros de granizo entraba en el carruaje, podían ver en la ventana a lo lejos El Valle de la Alborada con sus casas, sembríos y terrenos vacíos.

Algunas viviendas eran pequeñas como chozas hechas de adobe y cemento, mientras otras eran grandes, de no más tres plantas con excepción del hostal que se hallaba a la entrada del pueblo. Su figura imponente y sus cinco plantas parecían desafiar la aguja de la iglesia con su campana retumbante que se escuchaba gracias al eco de las montañas.

Los animales estaban en los rincones del pueblo en establos con excepción de las llamas que deambulan libremente; suelen usarse como transporte gratis de un lado a otro del pueblo y los cuyes que bien entraban a las casas sin visita y pasaban a formar parte de la familia o de la comida en otros casos.

En el centro del pueblo sobre el lado derecho del cementerio se encontraba la gran casa de la familia De la Cruz-Espinoza. Un jardín bien aglomerado de orquídeas, tulipanes y rosas, tomaba posesión de la vista hasta encontrar el portón de la casa. Una puerta negruzca de guayacán daba la bienvenida a la gran vivienda de dos plantas que disponían de una terraza techada con vitrales simulando el atardecer de lo que un artista pensó que debió haber sido el primero de todos los tiempos.

La puerta fue abierta como Santuario en fiestas, las baldosas de la casa se intercalaban con sus colores como tablero de ajedrez.

En la puerta les recibió sonriente una mujer sexagenaria con los brazos abiertos y tanta dulzura en su mirada que opacaba el jardín.

—Bienvenido a tu casa y espero disfrutes pasar aquí como en la niñez.

—Muchas gracias Doña Nelly —dijo Dante abrazando a la mujer, mientras esta le miraba llena de felicidad.

—Han pasado diez años desde que te marchaste y aun no puedo creer que hayas vuelto ya tan hombre, luces como tu padre.

—Hace años que alguien no me decía eso —sonrió torpemente.

—Obvio, si has vivido al margen de tus raíces como fruta que se cambia de árbol —le miró con ojos de regaño.

—Sí, pero ya que Vinicio fue a verme y los asuntos me traen aquí pienso quedarme unas dos semanas y pasear un poco.

—Eso espero, tengo preparado tu plato favorito y hazme el favor de no andar tomando tanto —gruñó—. Esa costumbre fea de tomar a cualquier hora de tu padre la sigues teniendo supongo.

—Ya la he dejado tan de lejos como la Costa esta de nosotros.

—Eso espero, sin más lloriqueos entremos y ven directo al comedor que te espera un exquisito Llapingacho.

El interior de la casa era elegante y sobrio, las paredes revestían cuadros de paisajes diversos, brindaba una visión de galería de arte.

Al fondo de la sala nacían las escaleras, estas se bifurcaban para distribuir a los corredores superiores de la casa. El comedor era una habitación en el costado derecho, solo se encontraba la empleada. La mayor fue quien lo recibió con tanto afecto, mientras la menor era una muchacha de no más de sus veinticinco años.

Un gran cuadro reposaba sobre la pared adyacente a la cabecera de la mesa, un hombre alto estrechando manos con otro de estatura mediana y de escaso cabello se podían ver, ambos estaban vestidos con garbo y sonrisas esperanzadoras.

—Me encanta esa foto de tu padre con el alcalde —dijo Vinicio.

—Lo mismo digo, creo que existe otra en el despacho de la Alcaldía —sonrió Dante tomando asiento.

Le fue servida la comida. Disfrutó de jugo de tomate de árbol, llapingacho y de postre una barra de membrillo. Vinicio comió a su lado mientras le comentaba el aumento de la peligrosidad en el pueblo, los malos climas y las buenas cosechas.

La casa ostentaba la fama de pertenecer a una familia que hace décadas fueron dueños del pueblo, no está más que decir que todo formaba grandes hectáreas de una sola haciendo: La Clementina.

Durante años se debatió sobre la abolición de la esclavitud, muchos conflictos se formaron, masacres y peleas entre bandos. Había cantares antiguos sobre dichas gestas que incluso remontaban las épocas de los reinos, en todas esas historias se encontraban los hawisqas, el pueblo que afirmaba haber sido el dueño de la tierra por decreto divino y que le fue arrebatada por los conquistadores.

El hecho más grande sobre abolir la esclavitud se dio en una rebelión de hawisqas en el país vecino hace muchos siglos atrás. En los tiempos de los reinos, se congregaron una enorme cantidad de ellos en un sector que fortificaron y desde el cual orquestaban ataques a terratenientes por libertad y recursos, eran guiados por un líder que supo crear estrategias capaces de poner en jaque a todo el mundo obligándolos a ejecutar una alianza militar que al día actual no ha sido vista, para evitar que el fuego se propague.

El fin del suceso y que hechos acontecieron son muy difusos. Cuando llegaron los conquistadores de nuevo, se crearon grandes quemas de libros y el tema fue prohibido. Dicen que culminó luego de tres grandes guerras que diezmaron a todos por igual y los sobrevivientes fueron asesinados en público para crear miedo en el corazón del hawisqa que osaran rebelarse.

En la Guerra del Siglo muchos hawisqas participaron protegiendo la frontera y se les concedía su libertad en caso de sobrevivir, pero solo eran carne de cañón que el gobierno busco utilizar.

La gran mayoría de terratenientes en la Sierra rechazaban el hecho de abolir la esclavitud. Les permitía no necesitar de mano de obra remunerada y los abusos no eran pronunciados. Pero con la subida de un nuevo presidente descendiente de aquellos rebeldes, hubo un cambio con fuerza imponente la Ley. Los esclavos gozaron de derechos y libertad proclamando que pronto estaba el día que verían otra vez Machu Raqay con fulgor al igual que sus ancestros.

La familia De la Cruz recién posicionada como hacendados, antes de los cambios legales sobre la esclavitud, había cedido la mitad de sus tierras, animales y cultivos a los hawisqas, mientras decidieron tomar la elección de pagar por la mano de obra.

Todos los hawisqas y más personas que recorrieron la hacienda decidieron juntarse y formar un pueblo.

Pasaron años para que este hecho fuese reconocido como el primer hito en contra de la esclavitud, ya una década antes de ser abolida el pueblo existía y muchos antiguos esclavos e indígenas reprimidos buscaron refugio aquí.

El Valle de la Alborada fue creado entre hombres trabajadores y conocedores de la naturaleza, se dedicaron al comercio y la mejora del mismo pueblo.

Cada década escogían un alcalde que debía ejercer sus funciones por el bien del pueblo y buscaba consejo en las personas más ancianas del pueblo por su experiencia.

Todavía se festejan las grandes ocasiones de los antiguos orígenes en agradecimiento hacia la naturaleza.

Existían muchas viviendas, también se encontraba un hostal, una clínica, el gran mercado central, el santuario del sol, un bar infaltable; pues en algún lugar se debían desquitar del frío con aguardiente. El cementerio que pocas veces recibía visitas con excepción a los primeros días de noviembre, el gran mercado de los Shyris, la Alcaldía y la casa de la familia De la Cruz que era la segunda edificación más grande pero la mas elegante en todo el valle.

El almuerzo había acabado y los platos estaban resonando con el agua. El periódico siempre llegaba tarde pues quien lo reparte no es muy amigo del frío y prefería hacerlos esperar aun cuando solo llegaba una vez a la semana. En el comedor José el jardinero leía con fastidio y su mirada se tornaba más contrariada aun cuando parecía que usaba el acto de leer para ocultar su enojo.

Dante le conocía de toda la vida y un hombre tan caritativo que se comporte de esa manera significa que algo grave sucede.

— ¿Qué te molesta? ¿Acaso te ganaste la lotería y botaste el billete? — Sonrió mientras se le acercaba.

—Ni eso me pondría con tanto fastidio, mi amigo el hijo de Doña Rosa ha desaparecido hace bastante tiempo en el pueblo vecino y muchos creen que murió.

— ¿Quién Gabriel el escritor? —la curiosidad invadió a Dante que tomó una silla y se quedó viendo atento a José.

—No, ese vago se fue a la Costa y se hizo de compromiso, Carlos el vendedor es quien no vuelve, la misma Doña Rosa me dijo que lo da por muerto.

— ¿Por qué no han hablado a la policía del otro pueblo?

—Ya no existen en lo más mínimo, un grupo de locos armados se tomaron el pueblo, mataron a los que se opusieron y botaron a los demás.

—¡Cómo! —sus ojos se abrieron totalmente y no procesaba lo que había escuchado.

—Un grupo de tipos armados hicieron eso, tomaron el pueblo y por más que se llamó al Líder Provincial nadie dice nada.

—Me parece algo ridículo, ¿Por qué la policía de aquí no ayuda?

—No alcanza, son muchos tipos armados y aquí los policías rara vez lidian con un crimen, los problemas son riñas de borrachos más que nada.

— ¿Porque mejor no llaman a la policía de Jujan?

—Señor, aquel pueblo fue arrasado por los mismos sujetos que se tomaron Garzota.

— ¡Carajo! Entonces en pocas palabras seguimos nosotros.

—Al parecer sí, pero la semana próxima vendrán personas que fueron de Jujan y de Rosales, dicho pueblo sufre de una gran cantidad de heladas así que buscan refugio aquí y temen ser atacados. Muchos tienen miedo de que tomen este pueblo, pero gracias que somos lo más alejados estaremos bien por un buen rato pienso.

—Entiendo, igualmente pienso preguntarle a mi padrino sobre el tema y ver si logro contactar con amigos.

—Lo mismo pensé, pero cuando fui a Jujan a buscar a mi primo lo que vi no era obra de personas, estuve en la guerra como usted, pero ni allí vi tantos horrores.

— ¿Y qué viste? —la curiosidad le invadía, pero sentía un temblor de saber qué respuesta obtendría

—Todo fue quemado, vi el fuego devorar una aldea en la guerra, pero en ese lugar había pasado un torbellino de fuego, personas mayores, niños y mujeres estaban muriendo de hambre. Los campos quemados hasta la última hectárea y las casas eran un montón de ceniza. Caminé entre polvo y huesos para encontrar a mí primo, gracias al cielo estaba vivo, aunque en un estado famélico, pero créame que parece que el fuego del abismo se liberó allí —su mirada era profunda y llevaba hacia una pequeña luz danzante, roja y naranja, aquellos ojos habían visto una tierra abatida.

—¿Cómo pudo haber tal fuego si el frío y los vientos son feroces? Y aun bordea el norte de dicho pueblo.

—Nadie sabe, pero lo que sí puedo decirle que ese no es el fuego común que pude ver en la guerra, olía azufre por donde sea y todo era reducido a cenizas; nada quedaba a medio quemar, incluso el lago estaba seco, aquello que sucedió allí no podía haber sido causado por el hombre, ni aun en época de guerra existe tales instrumentos.

—Suena como un castigo divino, hablare con el alcalde de ese tema, tengo interés en ver si puedo hacer algo por ellos —el corazón le palpitaba, vio verdad y fuego en sus ojos, algo inconcebible había hecho reafirmar esa pequeña duda inconsciente de su cabeza, ¿acaso somos tan pequeños los seres humanos?

 


El mundo de Dante I es el primer capítulo de la novela inédita El mundo de Dante.

 


Carlos Gabriel Córdova Espinoza (Guayaquil, 1997). Egresado de Administración de Empresas; dedicado a dar clases particulares sobre cómo fomentar pequeños negocios y en su tiempo libre escribe. En este contexto, desde hace cuatro años, lleva escribiendo y formando un bosquejo de lo que será una saga que contendrá temas sociales, migración, corrupción, diferencias de clases, racismo y otros temas.

 


Foto portada tomada de: https://www.pxfuel.com/es/free-photo-qvcis

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