El descabezado de Riobamba | Cristóbal de Gangotena y Jijón

Por Cristóbal de Gangotena y Jijón

(Publicado originalmente en Revista Casa de la Cultura Ecuatoriana no. 19, Tomo X, julio-diciembre de 1957, pp. 231-235)

 

En los años fatídicos de 1814 o 1815, como lo sabe un niño de teta, los patriotas andaban a salto de mata.

Riobamba, en aquella época, era, por las noches, lo que eran todas las Villas y Lugares de por aquí: una boca de lobo de mala conciencia.

Sonaba la medianoche, hora en que las brujas y almas en pena salen a hacer de las suyas por estos trigos, cuando se oyó el galope de un caballo. Como en aquel tiempo cada hijo de vecino dormía con un solo ojo, en expectativa de las nuevas de la guerra, los riobambeños se echaron a medio vestir a las ventanas, creyendo sería algún posta que traía noticias al Corregidor, mas se quedaron clavados de terror en el sitio: el asunto no era para menos: era sin duda el alma condenada de algún insurgente.

Sobre un caballo negro iba de jinete un hombre sin cabeza: le cubría el cuerpo un poncho negro como el caballo y llevaba calzón negro…

El descabezado fue al día siguiente el tema obligado de la conversación de los riobambeños que, al encontrarse en la calle, se preguntaban:

—¿Sabe usted la novedad Don Fulano?

—¡Pues anoche por poco me quedo muerto! Figúrese que vi al descabezado…

—Para mi santiguada que debe ser el alma de alguna mala pécora que anda recogiendo sus pasos de pícaro en la tierra…

El Descabezado hizo su primera aparición un sábado: el sábado siguiente la cosa se volvió a repetir y así todos los sábados. A los riobambeños ya no les llegaba la camisa al cuerpo pensando que, pues el Descabezado venía del campo y se volvía al campo después de un largo paseo por la ciudad, algún maleficio debía estar tramando en ella. Cada títere con calzones o con faldas creía tener la espada de Damocles suspendida sobre la coronilla.

Dejemos por un rato a los turulatos vecinos de Riobamba, y nosotros que no le tenemos miedo, sigamos al pavoroso fantasma.

 

***

Desde que Juvenal, en la antigüedad clásica, dijo: “Nulla fere causa est in qua non fémina litem moverit”, se sabe que en todo misterio hay faldas de por medio.

Si recordamos que

En vano más de una vez

Se sigue al crimen la huella

Por no preguntar al juez

¿Quién es ella?

y, aprovechando la acción que encierran estos versitos de Bretón de los Herreros, nos preguntamos: ¿Quién es ella? Pronto daremos, a las afueras de la ciudad, con una casita, y en ella con una hija de Eva, de esas del chupe, de esas a quien provoca decirles con Espronceda:

Tienes un Boquirris

Tan chiquitirris

Que me lo comeriva

Con tomatirris.

¡Y hasta sin salsa era de comerse esta! Si nos quedamos en el umbral de la casita un sábado a la hora en que, al oír el galope del infernal caballo negro, se les paran los pelos a los timoratos vecinos, veremos penetrar al fatídico animal en el patio de la casita y apearse al Descabezado tranquilamente de la cabalgadura. Se quitó el poncho negro y el misterio se aclara. Vemos que el descabezado tiene cabeza, una cabeza que lleva un sombrero de fieltro duro, de esos que usan los indios, con las alas bajas y sobre las que reposaba el poncho. En la escalera está la mocita que, como ya he dicho, es un manojito de claveles.

Dejándonos de hablar en parábolas, narremos la historia con pelos y señales.

Cura era del pueblo de San Luis contiguo a Riobamba el Doctor… ¿Quieren ustedes que lo llamemos Pedrosa? Pues bien, el Doctor Pedrosa, hombre de muy buenas prendas, decidor y galante si los hay, distinguido por su calidad, y que de clérigo no tenía más que la sotana.

¿En dónde conoció el Doctor Pedrosa a Mariquita Fuentes? No tenemos para qué averiguarlo, ni viene a cuento. Bástanos saber que el Doctor de la Pedrosa supo engatusar tan bien a la muchacha, que en breve la chica capituló, la fortaleza se rindió y… ¡voló la paila!

El cura, que no era bobo, se puso a excogitar el medio mejor de ver a su dulcinea sin escándalo, y ninguna halló más apropiado que el de fingirse aparición de la otra vida. Montaba, pues, en su pueblo, en el caballo negro y se cortaba la cabeza en el camino, poniéndose el poncho encima del sombrero. En esta figura daba unas cuantas vueltas por las calles de Riobamba, asustando a la gente, a la que más gana le venía de atrancar la puerta y meterse en el último rincón que de seguirlo, y luego, pacíficamente, como hemos visto entraba libre de inquietudes en el Sancta Sanctorum de sus delicias.

 

***

Entre tanto el Descabezado seguía siendo el cuco de los riobambeños. No había quién se atreviese a poner la nariz fuera de la casa los sábados por la noche, aunque se le estuviera muriendo la suegra. Mas, el diablo que siempre paga mal a sus devotos, les rneti6 en la mollera, a dos mozos alegres, de esos que son capaces de hacerle una volada hasta al Santo Padre de Roma, el de cerciorarse de si era aquel Descabezado de este o del otro barrio.

Vivían nuestros calaveras frente a frente, y, para lograr su intento, decidieron templar una cuerda de una ventana a la otra, a través de la calle. Las casas de Riobamba, que en su mayoría eran bajas, les ofrecían grandes facilidades para la ejecución del proyecto. Se instalaron pues, un buen sábado por la noche, cada uno en su ventana y cada uno con la punta del cabestro. Sonaron las doce y apareció el Descabezado jinete en el fogoso caballo negro, que venía a galope. Los mozos armándose de valor, templaron la cuerda y rematándola en las rejas de la ventana, esperaron el desenlace: de ser el Descabezado ánima solamente, el cabestro había de pasarle a través del bulto.

Llegó el fantasma y, notando que había gente, picó al caballo que apretó a correr. Mas el cabestro estaba templado, y dándole al jinete en el pecho, con el ímpetu que iba el animal, tiró rodando al suelo el Descabezado. Ahí fueron las risas de los mocitos y el echarse a la calle, provistos de velas a reconocer al fantasma.

Allí encontraron al infeliz ahogándose en el poncho, y lleno de contusiones. Lograron los mozos quitarle la indumentaria y ayudarle a levantarse. Su risa creció de punto al reconocer al cura de San Luis, y al ver los apuros del atortolado clérigo que no acertaba a dar explicación al suceso.

A la mañana siguiente era voz pública en Riobamba que no volvería a aparecer el Descabezado, mientras que cada cual contaba, en secreto, naturalmente, a sus amigos, que el fantasma era de carne y hueso y el mismísimo Doctor de la Pedrosa, cura del Asiento de San Luis. Dicen que desde entonces los riobambeños son muy valientes para eso de apariciones y almas en pena, y que no creen en esas cosas si no están comprobadas.

 


Cristóbal de Gangotena y Jijón. (Quito, 1884- ). Historiador y genealogista. Diplomático. Estudió Letras en La Sorbona. Fundador de la revista Apolo. Director de la Biblioteca Nacional. Conocido por sus libros de genealogías de familias ecuatorianas. En literatura, recopiló algunas leyendas de ciudades, reunidas en Al margen de la historia (1960).

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