Mangahurco | Diego Alejandro Gallegos Rojas (Godié)

Por Diego Alejandro Gallegos Rojas (Godié)

 

Bienvenidos nos dice Mangahurco con sus casitas grandes, pequeñas, con sus calles, sus postes de luz… Mangahurco recién está levantándose, peinándose, lavándose la cara, y así sonríe a los turistas que por esta temporada visitamos este pueblo perdido en el amarillo intenso de la frontera lojana en el sur del Ecuador.

Las tiendas, los restaurantes, los negocios apenas están abriendo sus puertas, sus cortinas, sus ventanas, como desperezándose de un largo sueño, de un bostezo inmenso, reparador. Nos abriga también el sol caluroso como el corazón amable, bueno y generoso de la gente de Mangahurco que otra vez nos dice: ¡Bienvenidos!

Alrededor de la plaza del pueblo, por los cuatro costados se encuentran negocios, sobre todo salones de comida. Hay también carpas improvisadas, en donde gracias al ingenio, a la creatividad de algunos moradores del lugar y de otras personas que han llegado desde la provincia de Loja y de otras ciudades del Ecuador e incluso del Perú venden “souvenirs”, son recuerdos para demostrar a los amigos que estuvieron o estuvimos aquí y así obsequiarles a los familiares, a los conocidos, a las amistades desde un llavero, camisetas, sombreros, gorras, bolsos… donde se encuentran estampadas las imágenes frescas, vivas del guayacán florido, el árbol del florecimiento de la vida.

Una pareja de japoneses compra dos llaveros, mientras hay otros turistas que se prueban sombreros de Montecristi, los que equivocadamente se denominan sombreros de Panamá, con la diferencia que en el sombrero se encuentra pintada la flor del guayacán y escrito en letras grandes: “Recuerdo de Mangahurco”.

Hay también vendedores de leche de cabra, de quesos, de quesillo, de tamarindo, de pipas de coco, de manjar de leche… Son productos propios de Mangahurco, Cazaderos, de Zapotillo, y de sus alrededores. No pueden faltar los vendedores de plantas del guayacán, quienes aseguran que este árbol crece 15 metros de alto cuando han llegado a los dos siglos. “Hasta eso, ya no estoy aquí, afirma una señora riéndose”. Al final compra el arbolito de guayacán.

El reloj de la capilla marca las 9h27. Se ha detenido en el tiempo. Mientras en mi reloj celular son las 12h23. Sin embargo, el pueblo de Mangahurco no se detiene, se aferra a florecer siempre como el árbol del guayacán en flor.

Ya es hora de almorzar. Me deleito con un suculento chivo al hueco, -así se denomina este delicioso plato- acompañado de yuca, arroz, curtido de cebolla y perejil. La sazón es deliciosa. Hasta los huesos del chivo crujen en nuestro paladar. Es un delicatesen. Y así el sueño, nuestros sueños, hasta la vida misma se han sazonado con exquisita sal, pimienta, perejil, limón… ¡Buen provecho!

Desde hace algunos años cada vez llegan más turistas a Mangahurco, atraídos por el atractivo mágico de la flor amarilla del guayacán. En la mañana fuimos los primeros en llegar del bus 42 de la Unión Cariamanga proveniente de la ciudad de Loja.

Desde que recuerdo, los guayacanes siempre florecían, afirma un morador. Mangahurco es una huaca, que no hay que desenterrarla, porque está a la vista de lo que hoy contemplan maravillados nuestros ojos. Un tesoro natural que resplandece más que el oro, más que el sol, que brilla su máximo esplendor con las flores amarillas intensas y extensas de la flor fluorescente del guayacán.

En el centro de la plaza, hay una pequeña fuente de agua. Los niños, los jóvenes, los adultos se lavan la cabeza, se mojan la cara como para remojar, sanar las penas, y así aliviar al corazón.

Dos niñas venden ensaladas de frutas en un charol anaranjado. Se pasean varias veces por el parque, como haciéndonos ojitos para que les compremos. Al poco rato las veo, ellas han vendido ya todas las ensaladas de frutas: de sandía, piña, melón…

Tres señores desde un camión bajan apurados una refrigeradora. Se olvidaron que en este calor es necesario, indispensable colocar las cervezas, bien heladas, para refrescar al sol con una rica cerveza o un refrescante tamarindo. Y así calmarle el calor y secarle el sudor al solazo sol.

Un hombre asombrado mira como su cerveza se riega, se desparrama haciendo burbujas, espuma. Y se apresura a bebérsela de un solo botellazo, como si bebiera apurado toda su vida.

Una mujer me mira con curiosidad. Si por ella fuera desearía leer lo que escribo en mi libreta. ¿Qué pensará? ¿Que soy un espía, un periodista, o un terrorista…? Solo soy un turista-aventurero, un aventurero-turista que escribo emocionado mi recuerdo vivo de Mangahurco. Mientras miro como algunos turistas regresan felices, rejuvenecidos su alma, su espíritu, su corazón, después de recorrer el bosque seco de las luciérnagas naturales que es la flor del sol amarillo que habita en Mangahurco, el árbol de guayacán.

Son las 16h47. Es hora de regresar a Loja. Mangahurco presiente ya nuestra partida. Por eso, parece que hasta las casas se levantaran y corrieran apuradas para detenernos. Y parece también que nos dijeran: “No se vayan, quédense un poco más. Regresen el próximo año y todos los años de los años”.

Mangahurco huele a amarillo, a vida, a naturaleza, a libertad… Mangahurco huele a flor de guayacán, que es el perfume perfumado de Dios.

 


Diego Alejandro Gallegos Rojas (Loja-Ecuador). Ensayista y escritor. Máster en Derechos Fundamentales, Universidad Carlos III Madrid, España. Especialista Superior en Derechos Humanos Instructor de Desarrollo Humano, Mozambique, África. Observador Internacional de Derechos Humanos como Acompañante Ecuménico en Palestina e Israel. Como escritor ha publicado el libro de cuentos La orgía de los gusanos (2017).

 


Foto portada tomada de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:AMA_Primera_tarde_del_Florecimiento_de_los_Guayacanes_(12143392065).jpg

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