“La muerte de Artemio Cruz” de Carlos Fuentes | Fabricio Guerra Salgado

Por Fabricio Guerra Salgado

 

Don Artemio Cruz, empresario exitoso, político influyente y macho prestante, revisa lo que ha sido su existencia mientras agoniza con un infarto intestinal. Emergen entonces una serie de retazos fragmentarios en los que se superponen voces, tiempos y espacios. Esta ruptura de la linealidad narrativa resulta acertada por su similitud con nuestra propia memoria, que suele empeñarse en desordenar los recuerdos.

Así, entre la emoción y la razón, el moribundo se acuerda de las convicciones juveniles y de la fe en el bien común que lo llevaron a sumarse a la Revolución Mexicana, repasando a la vez la forma en que tales valores fueron mutando en codicia. También vuelve al lejano día en que pudo escapar del paredón de ajusticiamiento debido al azar, así como al uso que astutamente hizo de las confidencias de uno de los fusilados para entrar en contacto con sus deudos, con quienes estrechó vínculos a través de un matrimonio forzado, apoderándose a continuación de la fortuna y el prestigio ajenos.

El personaje es el fruto de la violación de una mulata de la servidumbre a manos de un señor de hacienda venido a menos. Su infancia transcurrió en una mísera choza fabricando velas, por lo que sobrevivir, salvarse él sacrificando al resto, fue la regla a la que se vio abocado desde el principio. Determinismo o no, es evidente que las cartas iniciales le llegaron mal jugadas.

Cruz no tuvo raíces firmes ni anclajes que lo aten a algún proyecto legitimador, carencia que definió su vida. Sin embargo, también supo amar sin condiciones, tanto a una modesta mujer muerta en el fragor revolucionario medio siglo atrás, como a su hijo que, a diferencia de él, renunció a la comodidad y murió abrazando la causa republicana durante la guerra civil española. Ambas pérdidas contrastan con la presencia de su esposa, su hija y sus amantes, a las que de modo invariable les movió el dinero.

Pero más allá de la contingencia personal, el relato funciona como la metáfora de un país cuyos sueños de justicia social devinieron en conveniencias, acomodos y corruptelas infames. Sin ir más lejos, el PRI, principal tienda política de México surgida del ideario de la revolución, no tardó, al igual que Cruz, en pactar con la oligarquía, la iglesia y los yankis para retener el poder a cualquier precio.

El Artemio abandonado al dolor y a la culpa, que agonizante entre fétidas excreciones examina su cuestionable pasado, representa mejor que nadie la precariedad de los ideales. Y a la vez constituye la muestra palpable de que todo hombre termina convertido siempre en sí mismo.

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