La Máquina se pronuncia: Más allá del apocalipsis | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

 

Aún no hay soluciones definitivas para cerrar el paso al covid-19. Los denodados esfuerzos de la comunidad científica, a nivel mundial, son la muestra de que el panorama de la pandemia no tiene solución definitiva. Los científicos tratan de hacer lo imposible, deconstruyendo los componentes del virus mortal, o aplicando medicinas, con la promesa de que algunas sanan, aunque se ha visto que muchas mitigan parte del problema. Frente a ello, claro están, por lo menos en Latinoamérica, los politiqueros que han sabido aprovechar del desastre enriqueciéndose ilícitamente ante los mismos ojos de los gobiernos y los aparatos estatales, en ciertos casos inermes a actuar. La voz de la ciudadanía es claramente de dolor y de rabia contenida, aunque atada o silenciada porque además estaría expuesta a la contaminación viral si en caso saliese a las calles a protestar de forma masiva.

La literatura y el cine de ciencia ficción se han hecho presentes con la representación del rostro de la muerte, no con el de la esperanza. Por lo menos hasta acá. Con conciencia o no, la humanidad vive con el peso de la hoz que siega sobre sus cabezas, peso más inminente cuando hasta poco el mundo parecía proclamar que se vivía en la sociedad del bienestar, donde incluso, gracias al alargamiento de la vida, se podía vivir en paz. Aunque siempre la muerte ha sido el asunto fundamental de la conciencia de la vida, con el virus y la pandemia, su presencia es claramente amenazadora. La sensación es la de un acabamiento paulatino y a la par inmediato. Las condiciones han cambiado en la percepción de las personas.

Fotograma de Snowpiercer (2020) del coreano Bong Joon-ho.

Una serie de Netflix, Snowpiercer (2020) del coreano Bong Joon-ho, que actualiza su filme del mismo nombre de 2013, que además tomaba como punto de partida la novela gráfica Le Transperceneige (1982) de los franceses Jacques Lob y Jean-Marc Rochette, es una historia de ciencia ficción que nos pone en el escenario donde los personajes viven rodeados por la misma muerte, respirando incluso su hálito día a día. Aunque aún la serie está en pleno desarrollo, sabemos que el mundo se ha congelado, siendo su hábitat imposible de vivir. Apenas queda un tren que, en forma imperecedera, vaga por todo la Tierra, conteniendo en su interior comunidades de individuos, además sectorizados por su condición social.

La situación es esquemática, con buenos y malos, con manipuladores del poder, sus beneficiarios y los que deben sufrir por su condición de desplazados. Lo que queda claro desde el principio es que la Tierra se ha “fundido” por causa del obrar pernicioso de algún sector social, esto es, el deterioro medioambiental no ha sido solo algo natural, sino el resultado de unas políticas humanas. En el tren, por lo tanto, asistimos a una “lucha de clases”, cuando la Tierra, por esa misma situación, se ha destruido. El problema medioambiental es la consecuencia de una convivencia humana que nunca admite la semejanza, la hermandad, la comunidad, el común y la otredad.

El virus, por lo tanto, es la propia humanidad.

Tapa de la novela de Julio Verne, El eterno Adán.

Una vieja novela de Julio Verne, El eterno Adán (1919) ya había dicho parte de lo que Bong Joon-ho plantea en su Snowpiercer. La visión de Verne es anticipatoria y apocalíptica, en la misma medida que hoy lo son la aludida serie y otras obras sobre el fin de los tiempos. En la obra de Verne, la Tierra ha sufrido una debacle medioambiental y un puñado de sobrevivientes, a bordo de un barco, encuentra lo que podría decirse es una isla, es decir, una porción de tierra que la gran inundación global ha dejado librada. Con la pretensión de volver a rehacer la humanidad, el grupo humano termina destruyéndose a sí misma; y si queda algo de aquella, son los rastros de alguien que cuenta su destino y que lo ha escrito en un diario redescubierto en el futuro.

En otras palabras, el límite de la humanidad está cuando se ha agotado la vida normal, cuando ya no existen leyes ni de convivencia y peor de solidaridad. El apocalipsis es la guerra de todos contra todos. Y si queremos decir algo más: el virus, la pandemia, está desatando, de manera silenciosa, una guerra social entre desempleados y los que aún se sostienen con uñas de sus posibilidades; empero hay grupos empresariales, grupos de políticos, grupos de poder que han sembrado las posibles raíces de una inminente radicalización de la diferencia social. En las ciudades la delincuencia ha cobrado su presencia de modo fantasmal.

El virus bioquímico es de la misma condición que el de la humanidad: acomete, contamina, mata, toma territorios de pobres y da condiciones de existencia a quienes aún pueden beneficiarse de él. ¿El resultado es una nueva etapa con nuevos humanos? ¿Pero, son los mismos que nosotros? En tanto la medicina se ha tornado prohibitiva para el grueso de la población –pese a las políticas estatales–, parece ser claro que el horizonte de futuro es como el de ese tren de Snowpiercer o el del barco de El último Adán: la medicina parece ser para los que están incluidos en algún tipo de sociedad futura; los más serán excluidos, si no han muerto antes.

Krishan Kumar en su ensayo “El apocalipsis, el milenio y la utopía en la actualidad” (En La teoría del apocalipsis y los fines del mundo, compilado por Malcolm Bull en 1995) postula que tras el apocalipsis viene la utopía o la esperanza, aunque en todo caso, como él mismo recoge las palabras de Hans Magnus Enzensberger, el apocalipsis es ya una forma de “utopía negativa”, porque su sola imaginación anticipa el paraíso. Pero ¿qué tipo de paraíso se espera tras la pandemia, tras el desastre global? ¿Quiénes de los sobrevivientes serán capaces de portar los genes de la humanidad deseada y no de esa corrupta, oportunista, individualista que por siglos ha ido deteriorando la faz de la Tierra? Dejamos estas cuestiones abiertas desde el pensamiento negativo.

 

 


Iván Fernando Rodrigo Mendizábal. Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Magíster en Estudios de la Cultura por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana San Pablo. Profesor invitado de la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Autor (entre otros) de: Análisis del discurso social y político (junto con Teun van Dijk), Cartografías de la comunicación (2002) y Máquinas de pensar: videojuegos, representaciones y simulaciones del poder (2004), Imaginando a Verne (2018), Imágenes de nómadas transnacionales: análisis crítico del discurso del cine ecuatoriano (2018) e Imaginaciones científico-tecnológico letradas (2019).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s