Intrusos | Mayeli Espinosa Ríos

Por Mayeli Espinosa Ríos

 

Aquel día, después de trabajar, estaba bastante cansado. Se paró frente a la puerta de su casa, pero se detuvo. Sintió el viento en su cara mientras entrecerraba involuntariamente sus ojos debido al sol que se iba ocultando. Respiró lento y con tranquilidad. Nunca en toda su vida le había puesto llave a la puerta –nunca había tenido razones– y, por supuesto, hoy no era la excepción. Pero él seguía detenido, quería tomarse su tiempo y era una de esas decisiones de las que hasta ese momento había podido darse el lujo de tomar.

Dio vuelta a la manija de la puerta –por obvias razones–, ejecutó el número de pasos acostumbrados –que no solían ser demasiados– y, al final, se encontró frente a frente, guardando cierta distancia, con la mesa del comedor de su casa. La mesa. Y la mesa estaba llena de intrusos. Eran, en su comedor, intrusos. Eran, tomando aguardiente en su comedor, intrusos. Eran muecas para nada tímidas, y seguían siendo intrusos. Eran bocas oscuras, miradas oscuras, mentes tenebrosas y un producto final horrendo, que bien pudo ser horrendo porque eran extraños, pero en realidad era horrendo porque eran intrusos. Sin embargo, por encima de todas las cosas: eran muchos más que él y los posibles desenlaces resultaban evidentes.

Se sorprendió y no se sorprendió, lo entendió todo de inmediato.

—Permiso —se limitó a decir.

Fue a su cuarto –un cuarto lleno sin intrusos– y ocupó sus manos nuevamente durante ese día, todavía cansadas, pero todavía muy fuertes. Con la izquierda agarró la maleta y con la derecha agarró a su mujer, quien a su vez usó su mano libre para anudarla a su hijo mayor, quien a su vez tomó a su hermano, quien a su vez se agarró a su otro hermano, al último hijo. Y él, el último, quedó con su mano libre.

Ya ni siquiera importaba la costumbre de pretender una puerta cerrada. Era de noche y decidieron acampar al lado de la carretera, con la esperanza de que pasara un carro conducido por una persona noble. Mientras tanto se turnaban para dormir, por muchas razones había un desasosiego general, pero sobre todo imperaba la tristeza. Ninguno hablaba pues ninguno entendía bien qué había pasado, por qué a ellos. Excepto el último, el más pequeño de los hermanos. Él no entendía que algo había pasado y tampoco mostraba interés. Quería comer, quería jugar, quería correr y quiso dormir.

El sueño que tuvo esa noche no lo entendió sino muchos años después, cuando la imagen se volvió recurrente. Esa noche tuvo un sueño verdadero y aquel sueño desplazó a los otros, lo persuadió de ser bombero, piloto o astronauta. En el sueño estaba él, el último, sosteniendo una copa de aguardiente rojo y oxidado, en un comedor vacío sin intrusos. Y aunque no tenía la misma mano libre, ya nunca pudo sentirse completo.

 

 


Foto portada tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/hombre-persona-oscuro-festival-3102906/ 

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