Guayaquileño traduciendo a guayaquileño: el caso de “The Revolutionaries Try Again”, novela de Mauro Javier Cárdenas | Miguel Antonio Chávez

Por Miguel Antonio Chávez

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Canadá)

 

1.

Tapa de “The Revolutionaries Try Again” (2016).

Jean-Yves Masson dice que si la traducción respeta el original, puede y debe mirarlo de frente y hacerle frente. En ese espíritu, para mí la traducción literaria es una inmersión y una experiencia que puede ser al mismo tiempo conflictiva e iluminadora, de acuerdo al grado de identificación que aquel lector devenido en traductor, tenga con el texto literario al que le hace frente. Y hago énfasis en la imagen del lector devenido en, porque mucho antes de enterarme de que buscaban traductor al español para la novela The Revolutionaries Try Again (Coffee House Press, 2016) de Mauro Javier Cárdenas, fui simplemente uno de sus lectores, uno que llegó a ella, por cierto, debido a dos circunstancias azarosas que confluyeron. Primera: la que me permitió, a través de una noticia en Facebook, conocer de la existencia de este autor ecuatoriano residente en San Francisco, quien publicaba su ópera prima en un idioma que no era el español. Y la segunda: haber conocido en persona al autor en la presentación de su novela en una librería en Brooklyn (2017); por entonces, yo cursaba en Nueva York una maestría en creación literaria.

La traducción siempre me resultó un ejercicio llamativo, pero hasta entonces solo había puesto los pies en la orilla y no me había lanzado con todo a la piscina. Este proyecto fue mi vehículo para lograrlo. Y, por más extraño que suene, este freelance parece haber llegado a la medida. Puedo comprender, entonces, que mi selección como traductor de esta novela se debió a que soy escritor, soy guayaquileño; además de ser contemporáneo con el autor y de estar muy familiarizado con el contexto social y político que ahí se narra.

 

2.

A partir de mi primer acercamiento a la novela, como lector, escribí esto para la revista Temporales, del Programa de Escritura Creativa en Español de NYU:

Un city tour novelesco no es nada nuevo, bien se sabe. Las grandes ciudades del mundo no solo han sido objeto de ficciones literarias, sino que, además, con el pasar de los años, la forma en que estas son apropiadas por sus lectores terminan convirtiéndose en un referente inevitable para la construcción del imaginario de estas urbes. No digo que Guayaquil o el mismo Ecuador no hayan sido representados nunca en obras publicadas fuera del país. Sin embargo, que surja una novela que transcurra no solo en Guayaquil sino también dentro de unas coordenadas sociopolíticas y temporales muy concretas, publicada en Estados Unidos, que haya sido concebida desde el inglés y, sobre todo, en uno constante y sabrosamente atravesado por la lanza del castellano, con una clara consciencia político-lingüística de esta transgresión (por supuesto, el spanglish literario ya ha sido desarrollado antes, solo por citar ejemplo, el trabajo de Ilán Stavans en su reescritura de Don Quijote), lo convierte en un suceso por lo menos singular y digno de hincarle el diente.

The Revolutionaries Try Again es una cámara que mira con un sarcasmo implacable y una osadía lúdica el tercermundismo, partiendo desde los pequeños detalles. De la gasolinera que contamina flagrantemente con Pennzoil quemado el “Salado River” (en alusión al estuario conocido como el Estero Salado), los ciudadanos que emigran a prisa a la tierra del Tío Sam debido a esas medidas económicas de shock, tan inesperadas, crueles y endémicas denominadas ahí “The Paquetazos” (bien podría servir además para nombre de una banda de rock). Hasta los bandos políticos que legitiman la bravuconería y el robo, statu quo del patriarca guayaco: en este caso, los que están con el pope del neoliberalismo, León Martín Cordero (trasunto de León Febres-Cordero) y del líder populista de la centroderecha, El Loco (Abdalá Bucaram). Una época decadente y turbulenta, con escuadrones de la muerte, calles llenas de basura y de funcionarios municipales que pudieron haberse llevado en peso el gran escritorio del alcalde, de no ser porque era demasiado pesado.

Rueda una maquinaria de nostalgia, pero también una con plena consciencia del presente. Se huele bronca pero también, hay momentos de humor mordaz y brillante. Ingresamos al mundo íntimo de dos amigos de un colegio jesuita, Leopoldo y Antonio, que se reencuentran años después, cuando el segundo retorna al Ecuador. Una propuesta política, acaso ingenua, para tratar de cambiar (?) la sociedad podrida que los rodea, y las consecuencias que eso conllevará. Hay potentes dosis de memoria familiar, sobre todo en ese capítulo escrito específicamente en español, en donde la abuela de Antonio le explica cómo Manolo, tío de Antonio, ganaba dinero rentando revistas para darle el dinero a los niños pobres (versión puesta en duda por el mismo abuelo de Antonio). Hay parodias pop, convulsión social, voces intrusas, giros inesperados, slangs guayacos por docenas. Y mucho más.

Mauro Javier Cárdenas ha logrado un frankenstein que huele a licor Patito, escucha tanto ABBA como Julio Jaramillo y que tiene grabada en la piel los recuerdos nefastos del feriado bancario (el “corralito” ecuatoriano); asimismo los yugos del migrante ilegal en USA. Una novela tan gringa como los walkman o las videocámaras Made in Japan que se compraban durante la era Reagan, pero también tan ecuatoriana como las camisetas de “I love NY” que se venden en La Bahía de Guayaquil; o como Bodega Dreams (2000), obra del ecuatoriano-boricua Ernesto Quiñonez, también escrita en inglés, y que transcurre en el Spanish Harlem.

The Revolutionaries Try Again nos interpela y desafía a través de una narración que, más allá del cinismo y la sapada, nos recuerda que cuando fallan las revoluciones, lo único que nos queda es literatura.”

Asimismo, incluyo aquí un extracto de unas reflexiones que hice el año siguiente durante el Transatlantic New York Conference, poco antes de embarcarme en la traducción:

“Ortega y Gasset definía la traducción como una labor modesta y humilde que, sin embargo, resulta ser exorbitante. The Revolutionaries Try Again me resultó exorbitante por el andamiaje narrativo que lleva a cuestas y por la polifonía que se complejiza a medida que avanza la novela. Reto para el lector y mucho más para el traductor. La sustancia de la gran mayoría de personajes está conformada no por el rol que desempeñarán en un plot (porque este en esencia este no es complejo), sino por sus innumerables movimientos de la memoria; algo mucho más que flashbacks, porque estos se limitan a contar lo que pasó escenas antes para luego volver al curso normal de la acción. Aquí, los movimientos son más bien recuerdos secuenciados, calibrados y afinados con gran sentido de musicalidad, de modo que se van intercalando en capítulos posteriores, cuando se supone que ya los habíamos dejado atrás al personaje dueño de los recuerdos, expresados a través de estos movimientos. Pero no: regresan, una y otra vez, son como loops de una memoria intrusa y abarcadora, e incluso los del narrador omnisciente que en ciertos momentos interviene y juzga a sus personajes, como una supraconsciencia à la Dios. Ejemplo de lo primero: los recuerdos de infancia de Rolando y Alma en la playa o sus juegos de infancia con su padre, don Albán; y de lo segundo: cuando Antonio es interpelado por su decisión que querer fungir de redentor político de la patria, en esa misión tan absurda e irrealizable que es postularse para la presidencia con su gran amigo de colegio, Leopoldo. Sobre este punto, la ironía más grande es que tanto los padres de Antonio como de Leopoldo fueron funcionarios políticos que se vieron envueltos en casos de corrupción, y huyeron. Esa impunidad, de alguna forma, es el “pecado original” que ambos llevan a cuestas y que hará que la empresa de estos llamados “revolucionarios” se perciba como fallida antes de que Antonio vuelva a poner siquiera un pie otra vez en Guayaquil, luego de doce años de ausencia, y se produzca ese río incontrolable de recuerdos, relacionados con su propia familia, que en este caso sería otro ejemplo de los movimientos de la memoria.”

 

3.

Tapa de la novela “Los revolucionarios lo intentan de nuevo” (2018).

Empezar la traducción fue como hacer el trazado de la cancha de juego. En este caso, Cárdenas estableció sus reglas para la traducción, y las compartió conmigo y la editora de Penguin Random House España, quien coordinó la metodología de trabajo y se hizo cargo de las revisiones finales junto con el autor. Primera: chao itálicas, el autor las detesta y, según su opinión, considera que interrumpen visualmente la fluidez[1]. Asimismo, las comillas. De esa forma, toda entonación enfatizada o título de películas, canciones o libros, tampoco podía contener ni itálicas, comillas, ni guiones cortos (aquellos que se usan inglés, sobre todo para palabras compuestas: esto en español, por suerte, no es un problema). Una de las primeras decisiones que tomé, por tanto, fue que me mimetizaría con la costumbre gramatical en inglés, la cual indica que la letra inicial de cada vocablo que conforma un titular debe ir con mayúsculas (excepto en el caso de preposiciones, conjunciones y artículos), cuando en español basta con poner la letra capital una sola vez al inicio. Por ejemplo, cuando cita en inglés About Schmidt, yo lo puse A Propósito de Schmidt (en este caso, como se tradujo en España el título de este filme).

Más allá de eso, uno de mis mayores retos fue el registro sonoro, que tanto énfasis me hacía el autor en el par de comunicaciones telefónicas que tuvimos al inicio.

“Quiero que la novela tenga sonidos guayaquileños”, me escribió el autor por correo electrónico. “Esto se puede lograr especialmente en los monólogos y los diálogos. Pero el narrador en tercera persona tiene que ser más neutral, a menos que esté bien adentro de la mente de los personajes. Nunca me ha interesado reproducir cómo habla la gente exactamente sino crear una especie de lenguaje nuevo que capte en texto cómo hablan. Muchos lectores de la novela en inglés han comentado que la novela canta y sí, pasé mucho tiempo (…) poniéndole atención a los sonidos. Lo mismo debemos hacer con la versión en español”[2]. Las palabras guayacas, entonces, tendrían que considerarse, más que por su significado en sí, por un criterio de sonoridad que resultara agradable al autor. Y así se hizo.

Lo curioso es que en inglés ese ritmo o musicalidad lo logra no tanto por la adición de comas o puntos sino, irónicamente, con la omisión de estos signos de puntación. A lo largo de la novela, no solo que hay párrafos larguísimos sino muchas líneas que están desprovistas de estos signos, como indudable deudora de la tradición del flujo de conciencia o monólogo interior.

Esta experiencia de traducción, valga mencionar también, me llevó a reflexionar sobre el bilingüismo, expresado en ciertos slangs guayaquileños, los cuales, más que intraducibles, sentí que eran funcionales y necesarios para esa maquinaria sensorial de la nostalgia desplegada en las 269 páginas de la edición en inglés. Debido al carácter coloquial guayaquileño que el autor deseaba que se imprimiera en ciertas partes de la traducción (criterio que compartí, en honor a la autenticidad del relato), me pareció natural conservar buena parte de esos slangs, aunque ello significara que podría perderse aquel efecto de extrañeza del bilingüismo presente en la novela en inglés; y pienso ahora, solo por citar tres ejemplos, los términos “Los Paquetazos”, “pipones” o “tracalada”. Sin embargo, luego comprendí que no es que se pierde la extrañeza, sino que esta es capaz de tomar variadas formas. Así, pensé en lo generacional: ¿cómo reaccionaría un millenial guayaquileño a términos poco familiares a ellos como “pipones” o “tracalada”? Pero la misma pregunta podría hacerse con cualquier lector hispanoamericano que conozca muy poco de estos modismos ecuatorianos y, para ser más específicos, del puerto principal del Ecuador.

El bilingüismo me llevó a pensar también en el code-switching. Por eso me pareció tan oportuna esta cita de Mesthrie, Swann, Deumert y Leap (2009): “A speaker’s choice of language has to do with maintaining, or negotiating, a certain type of social identity in relation to others; code-switching between languages allows speakers (simultaneous) access to different social identities”. Este code-switching se refleja de manera especial durante los momentos de interacción lúdica de los dos personajes principales, Antonio Olmedo y Leopoldo Hurtado, dos exalumnos del colegio jesuita San Javier, excatequistas de los niños pobres en los cerros de Mapasingue y exvoluntarios en un conocido asilo de ancianos. Ambos habían dejado de verse por más de una década luego de que Antonio decidiera estudiar economía en Standford, y no regresar más. El diálogo citado a continuación (p. 103) es lo que se dijeron en su reencuentro. Cada uno le había puesto un apodo al otro en la etapa del colegio: Drool (“Baba”) y Microphone (“Micrófono” o “Cabeza de micrófono”).

Doctor Drool.

Mister Microphone.

Economista.

Abogado.

Good flight?

Yes, ingeniero.

Good to hear, arquitecto.

Dígame licenciado[3].

Licenciado.

Gracias. Muchas gracias.

Antonio and Leopoldo feign a demure stroll toward each other, shaking hands like portly congressmen. They palm each other’s back, as if dusting each other, and embrace.

Missed me?

With all my heart, etc. (…)[4]

Otro aspecto del bilingüismo sobre el que reflexionaba mientras avanzaba con la traducción, era la constante negociación entre referentes culturales de la cultura popular, especialmente los asociados con la música. No tuve que traducir desde el inglés Cuando tú te hayas ido / me envolverán las sombras, pasillo que canta Julio Jaramillo o Reloj no marques las horas, del bolero de popularizado por Lucho Gatica y el trío Los Panchos; primero porque son letras originales en español, y segundo, porque ya venían así en la novela. Bajo esa premisa tampoco tenía que traducir al español Knowing me / knowing you de ABBA, que también figura en la obra. Sin embargo, ¿qué pasaba, por ejemplo, con referentes (desconocidos para el gran público lector fuera de Ecuador, pero muy familiares para los ecuatorianos) como el estribillo del himno del PRE, el extinto partido político de Abdalá Bucaram? En toda la novela, aparecía como the force of the poor / Abdalá / the clamor of my people (es decir, literalmente La fuerza de los pobres / Abdalá / El clamor de mi gente), pero ahí me hallaba en una disyuntiva: o considerar aquella versión evocada y traducida arbitrariamente por Cárdenas para su novela original en inglés (acaso porque habría querido lograr una musicalidad particular), o procurar la fidelidad del referente cultural (tal como en las otras canciones) y por tanto citar el cántico real, (La fuerza de los pobres / Abdalá / El grito de la patria), que como vemos difiere un poco con el de la novela. Me decanté por la última opción.

Había el caso de “A La Gorda la queremos todos / porque todos vamos a ganar”, el rebuscadísimo jingle de La Gorda, una antigua rifa ecuatoriana que, gracias a mis años de adicción a la tele local en la infancia y adolescencia, pude reconstruir en mi memoria tanto en su letra como música. Cárdenas la tradujo a casi la exactitud: everyone loves the Fat Lady / because we’re all going to win (p. 239). Sin embargo, si yo no hubiera recordado aquel referente, lo más probable es que habría traducido todos quieren a La Gorda, y el nombre de la rifa que todos los de mi generación y la de Cárdenas aún recordamos vagamente, no habría sido reproducido tal cual. ¿Habría importado? ¿Vale la pena ser así de exactos en este tipo de referentes? ¿Qué pasa cuando las costuras pueden llegar a verse cuando falla un poco la coherencia? Ahí recuerdo: watched too many soap operas as a kid eh? — my sister Alma loved those horrible Venezuelan soap operas with soundtracks by Timbiriche — corro / vuelo / me acelero[5] (p. 139). La canción, en efecto, corresponde al grupo pop ochentero, el coro aparece en español sin alteraciones; pero hay una imprecisión de contexto que cualquier lector latinoamericano habría advertido fácilmente: Timbiriche fue una banda mexicana y, tal como Venezuela, tuvo una poderosa industria cultural, a la que integraba su producción discográfica nacional. Por tal motivo, “las telenovelas horribles” a las que tendría que haberse referido el hermano de Alma debieron ser las de México. Y fue la sugerencia que incluí en mis notas al margen de página para la editora.

Siguiendo con esto de los referentes culturales, a ratos me costaba equilibrar cuál se mantenía “fiel” y cuál no. De los personajes históricos reales dentro de la ficción, quizá el caso más notorio fue el del expresidente del Ecuador y exalcalde de Guayaquil León Febres-Cordero, quien en la novela aparece como “León Martín Cordero”, no así los expresidentes Abdalá Bucaram, Rodrigo Borja o Ronald Reagan, quienes conservan sus nombres. Más allá de lo lícito del trasunto como recurso, me llamó la atención que Cárdenas, con su conocimiento del contexto sociopolítico de la época, mencionara que entre los cargos públicos de León (quien en la novela asume como flamante alcalde y es el jefe de Leopoldo) estuvo el de Gobernador de la provincia del Guayas. ¿Habrá sido entonces que este León al ser “Martín Cordero”, y no “Febres-Cordero”, podría haber ocupado aquel cargo que en nuestra realidad nunca lo detentó sino su delfín, Jaime Nebot Saadi quien, de paso, también es mencionado en la novela, sin alteraciones en su nombre? Esto también lo incluí en mis notas.

Escribí un sinnúmero de esas notas, aún con el riesgo de que no estuvieran de acuerdo con mis observaciones o sugerencias. Escribí tantas que quizá hasta pudieron llegarme a odiar.

El lector ideal es un traductor: es capaz de desmenuzar un texto, retirarle la piel, desmenuzarlo y luego ponerlo de pie como un nuevo ser viviente, nos recuerda Alberto Manguel. En virtud de lo vivido, no puedo estar más de acuerdo con él.

Traducir a un guayaquileño que tras graduarse del colegio nunca regresó al Ecuador y que adoptó el inglés para escribir su novela, un inglés constantemente intervenido por modismos y barbarismos del español ecuatoriano/ guayaco (deformado expresamente “para que suene más latino”, a modo de “pequeña sublevación”[6]), fue un proceso intenso, a ratos estresante, pero muy estimulante por tratarse de una novela que, pese a sus excesos, logra recrear con eficacia y habilidad (sobre todo el manejo de lo polifónico), una época y sucesos con los que conecté de inmediato. Traducir una novela ambiciosa es cualquier cosa menos fácil.

Quizá los neoyorquinos que alcanzaron a ver a aquel loquito con gorra y audífonos riéndose solo frente a su laptop, en una de las mesas metálicas blancas del Bryant Park de Manhattan en pleno verano, podrán dar fe de ello.

 

Notas

[1] Opinión que considero extremista, sin embargo, lícita si corresponde al estilo y ars poetica de un autor.

[2] La cursiva es mía.

[3] Las referencias al comediante y libretista mexicano Chespirito son numerosas. Especialmente en cuanto a la interjección “Chanfle” (que pronuncian tanto el Chavo como el Chapulín Colorado), y a este diálogo de “Dígame licenciado / Licenciado”, de los personajes de Chaparrón Bonaparte y Lucas Tañeda.

[4] Doctor Baba / Señor Micrófono / Economista / Abogado / ¿Estuvo bien el vuelo? / Sí, ingeniero / Bueno escucharlo, arquitecto / Dígame licenciado / Licenciado / Gracias. Muchas gracias.

Antonio y Leopoldo fingen unos ademanes recatados en su trato mutuo, estrechando las manos como dos congresistas de gallinero. Se dan palmaditas en las espaldas, como si se sacudieran el polvo, y se abrazan.

¿Me extrañaste / Con todo mi corazón y mucho más.

[5] De niño viste muchas telenovelas ¿eh? — a mi hermana Alma le encantaban esas telenovelas venezolanas horribles con soundtracks de Timbiriche — corro / vuelo / me acelero

[6] Cita del autor de la novela, en una entrevista de Diario El País (2018). VER Referencias.

 

Referencias

Cardenas, Mauro Javier. The Revolutionaries Try Again. Coffee House Press. 2016

«The Revolutionaries Try Again, de Mauro Javier Cárdenas», Miguel Antonio Chávez. Revista Temporales, 5 de octubre de 2016.

«The Revolutionaries Try Again o las deformaciones de los revolucionarios», Miguel Antonio Chávez. Transatlantic New York International Conference. The City College of New York —CUNY—, Instituto Cervantes New York & Transatlantic Project at Brown University. Nueva York, NY. 26 de mayo, 2017.

Rajend Mesthrie, Joan Swann, Ana Deumert, William Leap. Introducing sociolinguistics. Edinburgh University Press. 2009.

«Cárdenas: EE UU está basado en la explotación de los latinoamericanos». Babelia. Diario El País, 17 de mayo de 2018. https://elpais.com/cultura/2018/05/08/babelia/1525788622_749005.html

 


Miguel Antonio Chávez (Guayaquil, 1979). Elegido por la FIL Guadalajara 2011 como uno de “Los 25 secretos mejor guardados de América Latina”. Finalista del Premio Juan Rulfo (Radio Francia Internacional, París, 2007) y Primera Mención del Concurso Nacional Dramaturgia José Martínez Queirolo 2009. En cuento, ha publicado Círculo vicioso para principiantes (Cuenca, 2005) y La puta madre patria (Librosampleados. Ciudad de México, 2014). En teatro, La kriptonita del Sinaí y otras piezas breves (Quito, 2013). En novela, La maniobra de Heimlich (Altazor Editores. Lima, 2010/ Arte y Literatura. La Habana, 2013) y Conejo ciego en Surinam (Random House Colombia. Bogotá, 2013/ Campaña de Lectura Eugenio Espejo. Quito, 2017 / Sudaquia Editores. Nueva York, 2018). Cuentos suyos han aparecido en numerosas antologías nacionales e internacionales: Asamblea portátil (Casatomada. Lima, 2009), 22 escarabajos: antología hispánica del cuento Beatle (Páginas de Espuma. Madrid, 2009), Ecuador cuenta (selección de Julio Ortega. Del Centro Ed. Madrid, 2014), entre otras. Tradujo al español la novela The Revolutionaries Try Again, de Mauro Javier Cárdenas. Estudió el MFA de Escritura Creativa en Español de NYU. Actualmente cursa el doctorado en Hispanic Studies en la Universidad de Western Ontario.

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