En | Carlos Enrique Saldívar

Por Carlos Enrique Saldívar

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Hay una fiesta en mi casa. Celebramos el cumpleaños cuarenta y tres de mi madre. Yo la quiero mucho, pero no soporto las reuniones sociales.

La sala y el comedor, que están en la misma área de mi amplia residencia, se encuentran atiborrados de familiares y amigos de mis parientes cercanos. Hasta mi hermana trajo a su enamorado y sus amigas. Tíos, primos, mi abuela, hasta sobrinos, solo unos pocos, que corretean por la morada y que pronto tendrán sueño. Aún es temprano, nueve de la noche, supongo que dentro de una hora y media servirán la cena y en dos horas cantaremos feliz cumpleaños.

Me siento incómodo con todos ellos. Una amiga de mi progenitora quiere invitarme a bailar, me niego, ella insiste, me vuelvo a negar, le digo que estoy con un poco de malestar por culpa del licor, aunque no he tomado ni una gota. Ella me cree. Se pone a danzar con mi papá. Como dije, quiero bastante a mi mamá, a pesar de que ella no tiene un carácter fácil. Sé que, pese a todos los problemas que hemos pasado en estos diecinueve años que poseo de vida, mi madre merece que esté ahí, departiendo con su persona y con todas las amistades y familia que asistieron de buena fe para celebrar juntos y que le dieron bonitos obsequios. Sin embargo, mi naturaleza es introvertida, arisca, insociable. No creo que nadie se dé cuenta de que me ausentaré un par de horas.

Mi papá me llama, quiere que beba alcohol con él, pero subo a mi cuarto, le digo que en breve bajaré, que debo revisar unos asuntos importantes. Tengo deseos de aislarme, de ensimismarme. No cuento con acceso a internet, no porque mi residencia no posea aquel servicio, sino porque mi computadora 483 es demasiado antigua y no tiene la resistencia adecuada para que la velocidad de la red circule por la misma.

Estudio Literatura en la Universidad La Villa. Me gusta mucho escribir, no obstante, mis relatos no agradan lo suficiente a mis compañeros de estudio. «Eres muy ecléctico, muy experimental, muy de vanguardia». No les creo. Yo fabrico literatura de acuerdo a mis lecturas, me encantan los clásicos y los autores innovadores. No mencionaré nombres para no caer en el cliché de decir que mis favoritos son Borges y Vallejo. Oh, lo dije. Aunque, como he anunciado, es solo un cliché, aunque nunca he podido olvidar aquel libro «Memorias de Mamá Blanca», de Teresa de la Parra, el cual leí de niño, y que atesoro en mi nutrida biblioteca.

Prendo la computadora. Redactar un cuento, eso es lo que me hará sentir mejor. Hay música bailable sonando por toda mi vivienda, no importa, hace mucho tiempo que aprendí a concentrarme. Mi hogar siempre se ha caracterizado por ser ruidoso. Inicio lo que será, acaso, un cuento:

«Yo soñaba la aceptación y ella, puesta en barriles acartonados de lugares ancestrales, confería a éste y otros mundos una vulgar patraña, disuelta en confines de una humanidad eviterna. Conseguía pensar así en principio, pero al final no meditaba más, salvo en aquello que podía inventar y tener en mis cables enredados de miseria y melancolía: un algo, entre un deseo subrepticio un tanto extraño, vil y poco terrenal. Lo escondido fue encontrado por sí mismo en el lugar de mi propia soledad y el resto de voces que acuchillan se detenían para dejar al palomo único poder disfrutar de etapas íntimas, entre escrituras de geranio o simples lecturas sobre niños, hombres, ríos, praderas o golondrinas azules. A veces en el amor se dibujaba mi rostro, y por ahí caminaba; a veces una puerta se cerraba, tras ella chocan aún los trinos de una familia bulliciosa que me estrangula con inciertos cambios fonéticos. Emergen sonidos metalúrgicos y voces estereofónicas sin sentido alguno. Otros momentos; letras preciosas, potenciales. Las más de las veces resonancias en un aparato oscuro. Rostros brillantes, gestos, risas, ensueños, historias que se entienden incompletas, una botella de cebada líquida o gas líquido o la ya recalentada cena por tanto platicar del clima y sobre la calidez de la aurora en el fuego del sol naciente. Ya que a muchos tiempos la puerta se abre, madera rectangular, marrón, picaporte de color dorado, chancado, adormecido; abro por completo e ingreso…

Estoy en este otro mundo… aquí las praderas saltarinas me coronan como rey de los mágicos instantes desvanecedores. No estaría de más decir que animales y plantas me aturden con sus sonrisas, luego todo cae en un abismo, y yo sonrío, porque logro que cada cosa que hago no sea suficiente para mí, que existen labores imposibles más allá y, si puedo convertirme en un guardián del infinito, cualquier mensaje posterior será conveniente. Presiento misericordia y eso es lo que yo mismo llamo: acercamiento a un dios puro que me consume, pero tan lejos está la muerte, de eso es de lo que hablo realmente. De pronto abro los ojos y comprendo.

Casi dos horas han pasado.

Aún hay ruido allá abajo… mis tíos, mis tías, mis primos, mis primas, amigos no míos, de mis hermanos, de mis padres, sonrientes, muy sonrientes ¡hip, hip, hurra!, todo normal en silencio y de nuevo el ¡hurra! Y otra vez, y una vez más, absolutamente poderoso, no puedo tolerar más tiempo, de repente la masa de algodón me cubre la cabeza, intento soñar, no se puede, sólo consigo ver la luz lacerante y a la vez cohibida que espera una acción mía y ésta es la de parpadear. Intento relajarme, divertirme con el artefacto crema, cuadrado, y dar vida a las palabras, mas no puedo, intento coger historias de libros del aparato apoteósico, lo logro de momento, enseguida me detengo. Mi ser se ha desenvainado, mi rostro desvaído entiende el quehacer de la locura y puedo volver atrás, y, de este modo, volar al país de la infinidad donde sólo aquellos recuerdos pondrán a mi fantasma en vitalidad haciendo que de mi cuerpo nazcan flores y sólo yo pueda olerlas.

De momento me desvisto.

Como un plátano aromático, que tiene más fragancia que sabor.

Es delicioso por el momento, después se vuelve turbador, lo pruebo a cada segundo y me encuentro nadando en un mar lechoso de serpientes negras, no puedo acariciar ya más el fruto lisonjero, intento reclinarme y al instante salto al cielo, muy alto, quizá podría atrapar al sol, pero no es cierto, he fallado, tal cosa se debilita con un movimiento y la rapidez no me deja coger oxigeno del espacio…»

¡Abel! ¡Ven! ¡Baja!

Es mi nombre, mi padre me llama. Guardo el documento en la PC y en una memoria externa. Apago las luces, me tiendo en la cama… Por favor, que se calle, por favor, no más.

Hoy me interno, me reviento de vicisitudes de antaño y sonrío, río, no puedo pensar claramente y siento frialdad, me visto en la oscuridad con unas ropas más atrayentes que las anteriores, más formales y maduras. Me entumezco… La luna brilla por la ventana, sigue alta la música, empiezo a odiarla, acto seguido canto para mí mismo, siento respeto, la tonalidad me apabulla, la letra me lame el ansia, me pongo de cuclillas, intento ver aire, luz, golondrinas, no se puede, debo integrarme, salir de este encierro, liberarme, la noche, las tinieblas, lo que me rodea, la luna ilumina medianamente mi entorno, puedo ver, caminar, acomodarme el cabello, iré al baño para peinarme, luego bajaré a la sala, bailaré con una prima, y platicaré, platicaremos del fin, del presente y del regreso, y estaré tranquilo. Hay sol ahí, y arde con alegría. Mi aburrimiento, al menos por una hora, podrá ser apagado con la lluvia de la compañía y la hiedra de mi corazón será podada con las navajas del valor; se extiende la madera, veo luz, el sonido aumenta, estoy cruzando a otro plano de existencia, me hallo entre el mundo dividido en éste y otros mundos, aunque es el mismo universo, la misma esfera. La timidez es mi fuerte, también habría de serlo la melancolía. Ahora entiendo. Una luminosidad me da el conocimiento eterno, me paro derecho y me encamino.

Se cierra despacio la puerta de mi habitación.

Adelante hay personas alegres esperando por mí.

Aquel emocionante mundo que he dejado atrás sigue su normal curso… Ya retornaré.

Cantamos feliz cumpleaños primero. Mi mamá sopla las velas, pide un deseo para sus adentros. De inmediato, mis hermanos sirven la comida. Me alimento poco. Me quedo en una silla largo rato observando a los parientes y amistades regocijarse de alegría. No durará tanto el festejo. Los individuos comienzan a irse.

Sabrán que me fui a dormir. Me dirijo hacia el fondo del pasillo del segundo piso. No hay nadie más allí. Apago la luz. Se abre una amplia entrada en la pared. ¡Luminiscencia! Quepo dentro del cubículo, puedo notarlo. Ingreso en posición fetal, reclinado sobre mi costado derecho. Cierro la portezuela. Este es mi lugar. No saldré hasta que haya reposado.

He vuelto, fantasía.

 


Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Estudió Literatura en la UNFV. Es director de la revista impresa Argonautas y del fanzine físico El Horla; es miembro del comité editorial del fanzine virtual Agujero Negro, publicaciones dedicadas a la literatura fantástica. Es director de la revista Minúsculo al Cubo, dedicada a la ficción brevísima. Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Finalista del Concurso Guka 2017. Publicó el relato El otro engendro (2012). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018) y Muestra de literatura peruana (2018).

 


Foto portada tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/abstracto-bokeh-brillante-celebracion-1164985/

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