El bosque | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Conduzco despacio entre la gente. Miro decenas de personas que caminan inquietas, apresuradas. Algunas transitan a pie sobre la acera, otras circulan por plena vía vehicular. Usan mascarillas de diferentes materiales, modelos y colores. La mayoría las tienen bien colocadas; otros, violando la ordenanza, se las han bajado hasta el cuello o se las han subido a la cabeza por el calor, por la incomodidad o por el sudor. Hombres y mujeres llevan fundas, bolsos llenos de compras. Hay vendedores con sus carritos de comida barata y jugos frescos. Pululan los comerciantes de bisutería, de artesanías, de tapabocas en distintos tonos y de gafas. La mayoría ofrece gangas a gritos, el resto pregunta, elije y compra.

Sus mentes van ofuscadas por la distracción y el descuido. La actividad comercial ha obnubilado su discernimiento. Por el momento, ni siquiera recuerdan que hay un virus mortal rondando alrededor de sus cuerpos y de sus almas, un virus que intenta tocar o ser tocado para infectar con satisfacción. Cada enfermo es un triunfo para la Covid-19. Cada muerte una meta cumplida, un logro alcanzado. La gente no puede verlo físicamente, no puede olerlo de manera literal, por lo tanto, no siente como este, les respira ávido detrás de la nuca.

Me asombra el comportamiento de mis semejantes. Es digno de análisis, de estudios científicos que determinen el porqué de las inexplicables y confusas conductas humanas. Minimizan la importancia del distanciamiento social. Eligen olvidarlo, ignorarlo. Hace apenas unos días teníamos una alerta roja debido al masivo número de contagios. Después de un confinamiento de dos meses y medio, el gobierno dictaminó, por asuntos de economía nacional, el paso a alerta amarilla y esto hizo que los individuos se desboquen al exterior para aglomerarse, para encontrarse, para mezclarse en un tétrico torbellino de sanos y enfermos, para experimentar la extravagante aventura de tentar a la muerte.

Sigo conduciendo mi coche de color vino, pequeño y modesto. Es un modelo antiguo de una renombrada marca alemana. No quiero bajar los vidrios de las ventanas. Mi tapabocas está sobre la consola. Busco una farmacia para conseguir el medicamento que me ayuda a calmar la ansiedad que padezco como enfermedad crónica. Tengo la foto de la receta de mi médico. La envió ayer a mi teléfono, con fecha actual y firmada. Las crisis de ansiedad y los ataques de pánico aparecen cuando menos lo espero y en el momento más inusual. La farmacia que tiene una publicidad de color azul, está cerrada. Sigo el trayecto por una de las avenidas principales hasta encontrar otra, donde pueda comprar mi fármaco. Hay una con letrero rojo, está abierta pero no hallo estacionamiento. Continúo y veo más y más aglomeración. La mayoría de las personas sonríen y parecen contentas. De hecho, lo están. Ilusionadas. Entusiasmadas. Seducidas por la alucinación de una falsa normalidad. Los niños juegas en medio de una inocencia mortal. Siento miedo por ellos, por mí, por todos. Avanzo y me olvido de la farmacia. Miro a los seres humanos mendigando por comercializar para adquirir recursos económicos y poder alimentarse. ¿Para eso venimos al mundo? ¿A luchar para comer? ¿A eso se reduce la existencia? ¿A eso y a nada más? Todos proliferan como afanosas hormigas desesperadas en medio de un terreno que ya está fumigado por un veneno que en breve las matará.

Mientras pienso en eso, me doy cuenta de que ya he conducido hacia las afueras de la ciudad. Hay menos gente y menos casas y menos carros. Miro árboles y plantas y me gusta el rumbo que he tomado. Silencio. Calma. Sosiego. Parece que el virus no hubiera descubierto aún este espacio colmado de paz, con olor a armonía y con sabor a quietud. Después de unos minutos, estoy en la vía de una carretera. Ahora sí, bajo los vidrios de las ventanas. Inhalo profundamente. Siento placentero que el aire puro ingrese a mis pulmones. Contengo la respiración y luego exhalo muy despacio. Escucho el leve sonido que emiten las hojas al moverse. El casi imperceptible murmullo de las alas de las libélulas y el sutil susurro de lejanas aves. Me gusta y continúo el viaje. No sé a dónde voy ni me importa. Enciendo el equipo de música del auto y de inmediato, suena un disco compacto que ya estaba ahí desde antes. Escucho la letra de esa canción que siempre me ha gustado, me habla sobre una princesita a quien se le pide que, si llueve, vuelva a casa.

Árboles y vegetación a los dos lados de la vía y un camino asfaltado por donde avanzo sin detenerme. El sol de apaga y las nubes amenazan con llover, pero decido seguir. Canto con Soler.

En efecto, oscurece un poco y no solo por la lluvia sino porque la hora del ocaso se acerca. Llego a un poblado donde hay casitas humildes, pequeñas y mustias. Salen dos personas a mirar el paso del carro y un perro defensor de su terreno, me ladra decidido a todo sin que le importe la llovizna. Los habitantes no llevan mascarilla. Aquí la pandemia solo los ha mirado de lejos. Alzo mi mano, saludo y paso.

En cuarto de hora, enciendo las luces del coche porque ha oscurecido lo suficiente. Recuerdo la medicina que necesito y me preocupa el no haberla conseguido aún. Decido detenerme y me orillo junto a la cuneta. Creo que no debo avanzar más. El cruce hacia algunas provincias, está todavía restringido debido a la pandemia. Apago el equipo de música e incorporo al silencio dentro de mí. Siento placer. Miro a mi derecha y veo las sombras de unos árboles que parecen quimeras en medio de una relativa oscuridad. Ya no llueve, pero todo está húmedo y mojado, inclusive el aire. Las hojas se mueven como si murmuraran cosas. Con el vidrio bajo de mi ventana, escucho como musita la naturaleza en medio de una neblina hermosa y fantasmal. Siento sueño y tengo miedo de quedarme dormida. De pronto, entre las tinieblas que envuelve a la sombría vegetación, creo divisar un movimiento que parece más extraño de lo normal. Es como si el viento impulsara entre el follaje, una pequeña sombra que se desplaza de un lado a otro. Imagino a un duende o a un gnomo. Miro atenta y pienso que debe ser algún animal. Después de un momento, el bosquejo vuelve a cruzar, pero esta vez, inquieto y veloz. Siento temor de que sea alguna alimaña que pueda hacerme daño y permanezco inmóvil. La figura se abre paso entre los esbozos de los arbustos y se acerca al camino. Aún no consigo vislumbrar de qué se trata. Poco a poco, se perfila su contorno y puedo ver una pequeña figura humana. Parece un hada vestida de seda, aunque para serlo, es grande. Se aproxima cada vez más y entonces mi asombro es total cuando confirmo que se trata de una niña con un largo vestido blanco. De pronto, ella se detiene y me mira. Sus ojos serenos. Estáticos. Salgo inmediatamente del carro y me acerco. Ella retrocede un poco, entonces le digo:

—No tengas miedo. No voy a hacerte daño. Ven, acércate. Sube al coche. Puedo ayudarte.

Estiro mi mano y se la ofrezco. La acepta. No dice nada. No está asustada como yo imaginé que lo estaría. Abro la puerta derecha del auto. La niña sube y se sienta tranquila. Yo doy la vuelta e inmediatamente entro y me acomodo en mi sitio de conducir. Lleva puesto un vestido que me resulta familiar. De nuevo me dirijo a ella y le pregunto:

—¿Por qué estás sola a estas horas? ¿Cómo te lamas? ¿Vives cerca?

Me observa por un momento como si se asombrara de mi rostro. Como si le sorprendiera verlo, pero me doy cuenta de que además, le agrada. Se aproxima y toca, con suavidad, mi mejilla. Sonríe y contesta:

—Siempre estoy sola. Vivo aquí.

—¿Y tu nombre? ¿Tus padres?

Fija su mirada en mí y me dice:

—¿En verdad no me reconoces?

—No. ¿Tú me conoces a mí?

—Sí. Tengo tu mismo nombre y tus padres fueron los míos.

No entiendo nada y siento que la ansiedad quiere aprovechar el momento para entrar en mi cuerpo y alterarme de nuevo. No comprendo lo que ocurre. Tengo miedo de haber cruzado hacia otra dimensión o de haber salido del planeta. Trago la saliva y me aferro a la idea de que ese sorbo espeso tenga el poder de salvarme la vida. Aprieto el puño de mi mano para sentir la fuerza que necesito para no entrar en uno de mis ataques de pánico. La respiración consciente, lenta y profunda, me ayuda.

—No comprendo quién eres, ni por qué estás aquí, sola, en medio de este bosque oscuro. Peligroso.

De pronto, ella pronuncia mi nombre:

—Mariela. Me apena que no me recuerdes. Pensé que ibas a reconocerme enseguida. Creo que me has olvidado un poco y quizás eso haya sido bueno para ti. Tal vez era necesario. Soy la niña triste que se estancó en el tiempo. Soy aquella pequeña insegura y temerosa que no podía dormir por las noches porque sus miedos eran enormes. La que veía espectros y monstruos en la habitación donde dormías. Soy yo. La que lloraba de madrugada porque deseaba cambiar la sobreprotección por sentirse valiosa, importante y amada de manera incondicional. Soy la que quería ser inteligente y bonita, pero creía que era tonta y fea, porque eso es lo que pensaban los demás. La chiquilla mustia que pasaba horas y horas a oscuras en la sala de su casa mientras pensaba en su soledad. La que tenía pánico del futuro, de la juventud, de la edad adulta. La que se aterrorizaba con la idea del infierno, del fin del mundo y de las implacables expiaciones divinas. La que aprendió que a la injusticia se la experimenta desde muy temprano. La que entendió que el absurdo castigo por las cosas banales era parte de un camino largo que faltaba por recorrer. ¿Ahora me recuerdas?

Yo tiemblo y sudo y lloro al mismo tiempo. No puedo creer que, hace tan solo unos días, cuando se celebraba el día mundial de los niños y las niñas, yo había leído una frase en una red social: “Has que tu niña interior, se sienta orgullosa de la mujer que eres hoy”.

Sollozo ahogada y ella me abraza. Y como si pudiera leer mi pensamiento, se separa y me dice:

—Y sí. Yo me siento orgullosa de la mujer que eres hoy —después de un breve silencio continúa— ¿Recuerdas ese día que viajabas a la playa? A estas alturas del camino yo me quedé aquí. Tú seguiste con papá y mamá. Tenías doce y les contaste que te habías enamorado de un chico del colegio. Entendí que dejaste de ser niña y desde ahí vivo en este bosque. ¿No recuerdas este vestido blanco? Es el mismo que usabas para ir a las fiestas infantiles y para todas las invitaciones formales familiares. Entonces vino tu adolescencia, luego tu juventud y después tu edad adulta. Has vivido. Has hecho terapia. Has entendido muchas cosas, en especial las que tienen que ver con los niños. Quiero que sepas que me redimiste con tus hijos. Que al ser la madre que has sido, has limpiado la infección de mis lesiones. Con el pasar de los años destruiste tabúes, esquemas sociales absurdos y preestablecidos. Rompiste falsas morales. Estereotipos hipócritas. Normas ilógicas respecto a la enseñanza y a la formación. Condenaste el maltrato infantil que humilla con crueldad y destruye la estima de las almas tiernas. Ahora que me has visto y me has escuchado, regresa, Mariela. Vuelve a tu vida. Cuídate de la pandemia, del virus, del riesgo. Aún tienes mucho por hacer. Continúa con la lucha por los derechos infantiles, por abolir esa educación agresiva, injusta y absurda. Escribe sobre ello. Deja legados. Sigue amando a los niños y a las niñas de tu vida. Se incondicional y entonces pronto, muy pronto, yo terminaré de sanar. Ya falta poco, ¿sabes? Cuando tus acciones hayan terminado de curar todas mis heridas, yo saldré de este bosque y podré ver una nueva luz, entonces tú también culminarás tu redención.

Un mareo me perturba y mi cabeza pesa más de lo normal. Me refriego los ojos porque empiezo a ver borrosa la figura de la niña con mi vestido de la infancia. Cuando abro los párpados, ella ya no está en el carro. Miro hacia los árboles y una estela pueril se pierde a través de una especie de bruma.

Chequeo el reloj y han pasado apenas un par de minutos desde que yo me estacioné en este espacio de la carretera. Estoy asustada y recurro a la música para disminuir el miedo. Escucho la misma canción de Soler, la que me cuenta acerca de la línea de la vida y promete no soltar la mano de la niña en medio del abismo. Dos minutos transcurridos que me han parecido una hora larga, prolongada y neutra. Una hora de tiempo inexistente en el que me percato de que ni siquiera han pasado otros vehículos.

¿Me he quedado dormida y he soñado con esta niña? ¿Ha sido real? ¿Una alucinación? ¿Me está haciendo daño el no tomar mi medicación? Recuerdo que debo volver y comprarla. Pronto empezará el toque de queda por la pandemia. Doy media vuelta en el oscuro camino y a los pocos segundos pasa un camión y me destella con sus luces intensas.

En poco tiempo vuelvo a entrar a mi ciudad. Llueve y enciendo las plumas del parabrisas. Ya no hay tanta gente como cuando me fui. Las luces de la calle iluminan las gotas que caen persistentes, diagonales al ángulo de mi visión. Se ven pocas siluetas que corren apresuradas por evitar la lluvia y alcanzar a entrar en sus casas antes de la hora prohibida. Han desaparecido las ventas, las ofertas y el bullicio. Ahora todos tienen que esconderse hasta el día de mañana donde, a la hora permitida, saldrán otra vez a saturar la alerta amarilla. Comprar y vender sin distanciamiento. Pasear. Jugar. Sociabilizar. Vivir con intensidad en medio del excitante riesgo de morir.

Diviso una farmacia con una publicidad de color verde. Estaciono. Me coloco la mascarilla, me bajo y entro. Tienen protecciones, pero me miran con temor, como si yo estuviera contagiada. Están a punto de cerrar a pesar de que los dueños del negocio viven en el piso superior de la casa. Explico que es urgente y enseño la receta que está en mi teléfono. Tienen la medicación. La compro apresurada.

No debo volver a alucinar. La idea me amedrenta y me estremece. La duda de si lo hice o no, me aterra y me obsesiono con tomar de inmediato el ansiolítico. Llego a mi casa. Faltan diez minutos para las nueve. Estoy dentro y a salvo. Tomo la pastilla y un té muy caliente. Me conecto a las redes sociales y busco afanosa, aquel mensaje que dice: “Haz que tu niña interior se sienta orgullosa de la mujer que eres hoy”. Lo encuentro. El miedo se ha ido. Comprendo lo incomprensible. Sonrío con presunción, con complacencia, con orgullo y simplemente, lo comparto satisfecha.

Mañana, me quedaré en casa.

 


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).

 


Foto portada tomada de:https://unsplash.com/photos/mkO_h0P2km8

3 comentarios en “El bosque | María Dolores Cabrera

  1. Muy hermosa tu historia se relaciona con lo que estamos viviendo en la actualidad ,pero te comento que mas le temo a los malos políticos que gobiernan mi país que al mismo corona virus,porque en tremenda crisis económica ,han saqueado y alterado los valores económicos de las medicinas,mascarillas y muchas cosas más. Felicitaciones me encantó tu historia solo que hay que tener paciencia y vencer las preocupaciones y demostrar actitud positiva aunque mueras de tristeza por dentro al saber que nos sentimos incapaces frente a los oscuros que dominan el mundo capitalista.

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