El amor en tiempos de pandemia | Oswaldo Castro Alfaro

Por Oswaldo Castro Alfaro

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Remigio se despide más temprano que de costumbre porque debe comprar la insulina para mantener a raya a la glucosa sanguínea. Los tres terminaron las partidas de ajedrez y deberían tomar lonche en alguno de los cafetines circundantes a la plazuela de los ajedrecistas. Sebastián y Lucrecia lamentan su descuido pues debieron conversar sobre la pandemia viral que azota el mundo y la que felizmente aún no llega al país. Ven la espalda apurada de su amigo perderse entre el gentío que usualmente tiene el sábado a las seis de la tarde. Sebastián la lleva por callejuelas vecinas hacia el local donde le confesará su amor. En el camino hablan de temas intrascendentes hasta llegar al lugar escogido. Beben café y comen enrollados de canela. Lucrecia lleva sin arrugas la jubilación como docente de historia y pasea la soltería con el desparpajo de haber mandado rodar a infinidad de colegas. A veces, entre el enroque y el jaque mate, les confesó que se casaría con el que la derrotara en el mundo de los trebejos. Sus amigos reían abiertamente con la ocurrencia y proféticamente todavía no la habían vencido. Sebastián se sabía mejor jugador que ella y le pudo ganar más de una partida, pero no lo hizo para conservar el amor platónico que sentía. Prefería soñar con ella y verla semanalmente en la plazuela de los ajedrecistas y luego charlar y ruborizarse con las bromas que Remigio le gastaba.

Los tres coincidieron una mañana buscando la mejor posición para observar el corso de fiestas patrias. Entre empujones y gritos destemplados fueron esquinados hacia la arboleda que les dificultó la visión. Sea como fuere, disfrutaron a su manera el espectáculo y Remigio, el más avispado de los tres, recomendó una pizzería para terminar la tarde. Estuvieron de acuerdo y nació la amistad de una década, en la que saben que viven por ahí, pero desconocen la dirección exacta. Tampoco guardan los números de los teléfonos de casa ni los celulares. A nadie se le ocurrió saldar tremenda falta de conocimiento y los años transcurrieron entre lugares comunes, paseos por avenidas, películas de estreno, obras teatrales y la plazuela de los ajedrecistas.

El lonche termina y Sebastián tiene la declaración de amor atrapada entre las migas del biscocho y la falta de decisión. Frisa los setenta años y es un solterón empedernido y padre natural de una hija que lo abandonó cuando cumplió la mayoría de edad. Lo único que sabe de ella es que contrabandea oro ilegal. Supone que le va bien porque hasta ahora no lo ha llamado para sacarla de la cárcel. El ex empleado bancario toma aire y la invita a ver el estreno semanal del cinema cercano. Lucrecia accede de buena gana porque está enamorada del actor principal. Se lo dice sin ápice de vergüenza y ríen. Sebastián pasa saliva y comprende que no es rival del galán cinematográfico. Tal vez al final de la proyección se anime a hablarle de amor, a decirle que los pocos años que les quedan pueden aprovecharlos para acompañarse y cuidarse mutuamente, sobre todo con el virus que los amenaza. Finalizada la función, antes que Sebastián pronuncie alguna palabra, Lucrecia le besa suavemente los labios y le dice:

—No te ilusiones, el próximo sábado hablamos…

Sebastián intenta acompañarla a casa, pero ella insiste en que no fuerce las cosas. Su domicilio seguirá siendo el mismo misterio de siempre hasta nuevo aviso. Lucrecia sabe que es devorada por la mirada de su pretendiente y gira sobre su eje. Se aleja para mostrarle el vaivén de sus caderas nunca estrenadas.

Esa noche, Sebastián no duerme. Se desvela imaginando la siguiente cita. De acuerdo a las informaciones televisivas, los tres pertenecen al grupo de alto riesgo. En sus oraciones le pide a Dios que Remigio haya comprado la insulina y que preserve saludable a su Lucrecia. Por su parte, toma la dosis nocturna del medicamento para la hipertensión arterial.

Dos días después el Presidente de la República anuncia los primeros casos del virus. Los afectados son pasajeros provenientes de Europa y el país entra en pánico. El gobierno sabe que el sistema de salud nacional es precario y deficiente. Toma como ejemplo las medidas implementadas en otros lugares y dicta las disposiciones draconianas para contener la propagación de la enfermedad.

Sebastián se aísla en su mini departamento y se apresta a guardar cuarentena. Despide a la muchacha que lo atiende y sale una vez por semana para realizar las compras. Se organiza para cocinar platos elementales y frugales y dispone de tiempo para escribir el libro de poemas que le dedicará a Lucrecia. Sus planes sentimentales quedan diferidos hasta nuevo aviso y, al no contar con los números telefónicos de sus amigos ajedrecistas, pierde contacto con ellos. Están incomunicados. Una tarde se anima a dar una vuelta por el parque cercano donde coinciden los sábados y no los encuentra. El paseo le sirve para observar los cambios drásticos que se operan en esa parte de la ciudad. Mira con melancolía los restaurantes vacíos y la galería donde funciona el cinema está cerrada por puertas metálicas en sus accesos. Los negocios exhiben los escaparates desiertos y las calles de los alrededores se hallan transitadas por gente apurada que busca regresar a casa o evitar el toque de queda. Es interceptado por un policía que le llama la atención por tener mal puesta la mascarilla protectora. Se excusa mintiendo que regresa del cajero automático de donde retiró dinero. En los paraderos de transporte público comprueba lo que dicen las noticias: la gente se apretuja sin guardar el distanciamiento social solicitado. Los serenos intentan ordenar las colas, pero se enfrentan a la protesta e indisciplina de las personas. Sebastián concluye que el panorama no es alentador y espera que la situación no empeore con el correr de los días.

El gobierno dicta medidas tendientes a aliviar la crisis económica de los más necesitados. Sebastián no está incluido en las listas de beneficiarios y tendrá que vivir de sus ahorros y de la pensión obtenida luego de laborar cuarenta años en la entidad bancaria. Es un hombre ordenado y pagó por adelantado el alquiler anual de donde vive. Intentará convencer a su empleada de ir los viernes a limpiar y lavar la ropa. La muchacha se niega y un nuevo problema se le añade. Ya verá cómo lo soluciona y por el momento sus pensamientos son ocupados por la sonrisa de Lucrecia y las bromas de Remigio. Viven tan cerca uno de otro y durante diez años fueron incapaces de invitarse a conocer los sitios donde residen. Piensa que la vida es extraña y más en estos tiempos de pandemia.

La realidad supera a la ficción. La prodigiosa imaginación de Remigio queda corta ante la avalancha de desgracias que reportan los noticieros. «El septuagenario vendedor de electrodomésticos en grandes almacenes estará contento al comprobar que los cuentos distópicos y novelas sobre holocaustos de la raza humana son minimizados con el acontecer diario», piensa Sebastián. Conociendo los gustos de su amigo, lo imagina desparramado frente al televisor, recorriendo los canales y buscando comparaciones entre lo leído y lo que se está viviendo. El virus es el enemigo invisible que no respeta razas, clases sociales, poder económico ni lugares geográficos. La humanidad está librando la tercera guerra mundial, no frente a armas nucleares sino contra una estructura microscópica que se contagia fácilmente y causa elevada mortandad entre los grupos de alto riesgo. Sebastián lo sabe y sabe también que Lucrecia y Remigio son un trío vulnerable si no se cuidan adecuadamente.

En el país la situación epidemiológica se torna insalvable. El sistema de salud nacional colapsa y los establecimientos hospitalarios tradicionales y de emergencia colman su capacidad de atención. El personal médico y paramédico no se da abasto y las fuerzas del orden recurren a la violencia para frenar el caos social. La cifra de contagiados y de muertos excede largamente los pronósticos y los entierros se convierten en el negocio del momento. Las líneas telefónicas de emergencia para el traje, despistaje y asistencia tocan fondo. Los enfermos mueren en las colas de atención y los decesos domiciliarios crean un problema de salud pública. Los cadáveres aparecen en calles, parques y descampados. Hay algunos que son incinerados en plena vía. Los deudos no saben qué hacer con los cuerpos: arrojarlos a la fosa común, incinerarlos o abandonarlos con el perdón de Dios.

Sebastián despierta con el pecho oprimido. Se acostó con estornudos y afiebrado. Bebió una taza de té caliente con limón y tomó un antigripal. Culpó al cambio de clima. El día transcurre con la aparición de tos seca exigente que no le deja dormir. Es tal el esfuerzo que despliegan sus pulmones para captar el aire que les falta, que el ruido hecho en la madrugada causa que muy temprano encuentre una nota pasada por la rendija de la puerta. En ella, los vecinos lo instan a irse del edificio y hospitalizarse. Asumen que está infectado por el virus y representa un grave peligro para el vecindario. Siente la ingratitud y falta de humanidad de sus conocidos. Lo consideran un apestado y lo echan del lugar. Puede ver en el espejo la fuerza que hacen sus músculos intercostales para inhalar. Sabe que morirá si no es recogido por una ambulancia. Llama al número de emergencia y no contestan. Pasan las horas y empeora. No tiene fuerzas para pedir ayuda ni para salir a buscar un taxi o patrullero. La noche que vive es agitada, cree que muere y resucita varias veces. No quiere morir en su casa y que nadie se entere. No quiere que su cuerpo sea descubierto por el olor nauseabundo de la putrefacción. A duras penas se coloca una de las tenidas de los sábados y baja por el ascensor. Nadie lo ve. Sale del edificio y el aire húmedo lo reconforta. Con pasos cortos y parando cada cincuenta metros para descansar, supera las dos cuadras que lo separan del parque. A esa hora la ciudad está aún durmiendo y son pocas las personas que transitan.

Sebastián escoge la banca donde los domingos mata el tiempo leyendo el diario. Levanta la vista, observa el cielo gris y el vuelo de los gallinazos. Gira la cabeza y ve algunos posados en el campanario de la iglesia. Se da cuenta que tienen la vista fija en un punto del parque. Baja la mirada y en frente de él distingue a Remigio sentado en la esquina de otra banca. Lo reconoce por la boina que siempre usa y detecta su inmovilidad. Se pregunta si estará muerto. Sus ojos se desorbitan cuando un gallinazo desciende sobre la banca y se para al costado de su amigo. El ave lo mira de reojo y le picotea un dedo. Remigio levanta la mano con dificultad. Trata de alejarlo, pero el carroñero no cede en sus maniobras. Sebastián ve los esfuerzos de su amigo y se levanta para acudir en su auxilio. El pajarraco se asusta y levanta vuelo. Ambos s e observan y ríen en silencio. Han coincidido en el mismo sitio para morir. Sebastián le toma el dedo ensangrentado y escuchan el sonido lento de unos tacones que se aproximan. Los dos amigos suspiran al verla. Lucrecia avanza con paso cansino y dubitativo. Parece mareada y su rostro tiene el color marmóreo de la muerte. Fina y elegante hasta el final, disimula la terrible dificultad respiratoria que la doblega. Llega a ellos y se sienta entre los dos. Se toman de las manos y miran el cielo lleno de puntos negros que se preparan para un banquete. Lucrecia le dice al oído a Sebastián:

—Somos novios…

 


Oswaldo Castro Alfaro. Piura, Perú, Médico. Administrador de Escribideces-Oswaldo Castro (Facebook, dedicado al micro y mini relato). Publicaciones de cuentos en más de cuarenta revistas y plataformas virtuales peruanas y extranjeras. Premios literarios en certámenes internacionales.

 


Foto portada tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/hombre-amor-gente-mujer-3951901/

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