Una mente infinita | Juan David Cruz

Por Juan David Cruz

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Colombia)

 

(Detroit, Michigan, Estados Unidos, 2076)

 

Ignorance more frequently begets confidence than does knowledge:

It is those who know little, and not those who know much, who so positively

assert this or that problem will never be solved by science.

Charles Darwin, The Descent of Man

El Dr. Cohen creía que había encontrado una manera de cargar la conciencia humana a una computadora. A través de una combinación compleja de neurociencia avanzada e informática experimental, el científico de 46 años había logrado —o al menos eso creía— algo extraordinario.

Naturalmente, había preguntas filosóficas y éticas que su investigación nunca podría responder. ¿Qué es la conciencia? ¿Qué es exactamente la mente humana? ¿Es acaso una red compleja de patrones de pensamiento, rasgos de personalidad, ideas recurrentes, conocimientos, hábitos, recuerdos y creencias? Sea lo que sea la mente humana, el Dr. Cohen creía que había logrado domesticarla y contenerla. Pensó que había encontrado una manera de mapear esta red laberíntica; creía que sus experimentos neurológicos y de codificación le permitirían, algún día, “insertar” una mente humana en una computadora.

Otra pregunta que los experimentos del Dr. Cohen nunca podrían responder era de una naturaleza menos técnica: ¿es ético cargar una mente humana en una computadora? ¿Cuáles son las consecuencias de hacer algo semejante? Y si la mente de una persona puede existir dentro de una máquina, ¿debería esta máquina considerarse humana? Desconectar una máquina como esta, ¿sería acaso un asesinato? Finalmente, ¿qué sucedería si una persona cargara su mente en una computadora? La máquina y el humano compartirían la misma conciencia, pero seguirían siendo dos entidades diferentes. En ese caso, ¿se convertiría dicha máquina en una especie de doble mecánico de la persona en cuestión? El Dr. Cohen no podía ignorar la naturaleza ominosa de estos pensamientos. No obstante, nada podía ya disuadirlo de continuar con su investigación.

Estas preguntas ontológicas y éticas atormentaban al brillante profesor. Sin embargo, el Dr. Cohen tenía asuntos más urgentes que atender. Su vida estaba en peligro. Había trabajado solo en este proyecto durante casi dos décadas. No estaba dispuesto a correr riesgos, y no quería que nadie resultara lastimado por su culpa. Este proyecto era su vida, su secreto.

Aproximadamente treinta años atrás, en su país se había aprobado legislación que prohibía todos los proyectos de investigación que pudieran conducir al mapeo, la codificación, la carga o la descarga de una mente o conciencia humana. Al principio nadie se tomaba estas leyes muy en serio, y al gobierno parecían tenerle sin cuidados este tipo de proyectos. No obstante, durante los últimos ocho años las agencias gubernamentales habían estado bastante activas en el seguimiento y cierre del tipo de proyectos y operaciones que el Dr. Cohen había estado llevando a cabo. Dentro de la comunidad científica era bien sabido que estas agencias gubernamentales con frecuencia hacían uso de la fuerza para lograr su cometido. Por esa razón, el Dr. Cohen había decidido trabajar solo. También por esto sabía que su vida y su trabajo corrían peligro.

Dos semanas antes, el Dr. Cohen se había dado cuenta de que su computadora había sido hackeada. Naturalmente, concluyó que el gobierno estaba detrás de esto. No era la primera vez que esto sucedía. De hecho, el gobierno llevaba años intentando dar con su paradero. Su teoría era que personas muy poderosas dentro de la administración actual querían tener el monopolio de este tipo de tecnología. El Dr. Cohen nunca había tenido una buena relación con el gobierno. Él estaba seguro de que tanto los chinos como los rusos avanzaban rápidamente en este campo. Suponía que las aplicaciones para este tipo de tecnología eran innumerables: desde la exploración espacial y la exploración de las profundidades del mar, hasta inimaginables avances en el campo de la medicina. Al profesor le parecía poco probable que el gobierno estadounidense estuviera dispuesto a permitir que sus viejos rivales le tomaran ventaja. Suponía que, probablemente, científicos a sueldo trabajando en laboratorios gubernamentales clandestinos ya habrían logrado cargar una mente humana en una máquina. Tenía cierto sentido que quisieran quedarse con esta tecnología y mantenerla en secreto. Después de todo, estos avances tecnológicos tenían el potencial de hacer que los seres humanos alcanzaran la inmortalidad. Si una mente, si una conciencia humana se puede transferir a una máquina, entonces se puede transferir a varias máquinas. Esto se puede hacer cien, mil, un millón de veces. Las máquinas con mentes humanas podrían eventualmente construir nuevos cuerpos para sí mismas, cuerpos cada vez más avanzados a los cuales transferir sus mentes cuando su propio hardware se volviera obsoleto. Hombres y mujeres poderosos dentro del gobierno, y probablemente personas influyentes dentro del sector privado, podrían estar muy interesados ​​en este tipo de tecnología. Imaginen un mundo en el que las élites sociales y políticas han encontrado la manera de vivir por siempre, no a través de la “reproducción social,” ni nada por el estilo, sino de forma literal. El Dr. Cohen no estaba seguro de por qué estas personas en posiciones de poder no estarían dispuestas a compartir el don de la inmortalidad con el resto del mundo. Pero, como es bien sabido, las élites sociales nunca han sido muy dadas a compartir sus privilegios con el resto de la sociedad.

El Dr. Cohen se estaba preparando para abandonar su laboratorio. De hecho, ya había encontrado un lugar nuevo para desarrollar sus operaciones. Como había sido hackeado por el gobierno en más de una ocasión, el profesor sabía bien lo que tenía que hacer. Tenía que borrar su rastro —físico y digital— lo mejor posible y trasladar su laboratorio a un lugar nuevo. Durante los últimos ocho años había trabajado en muchos lugares; había vivido en nueve estados diferentes. El Dr. Cohen calculó que los agentes del gobierno tardarían al menos dos días más en localizarlo y determinar la ubicación real de su laboratorio clandestino. Estaba equivocado.

Eran casi las siete de la noche cuando el Dr. Cohen escuchó ruidos extraños en la planta baja. Corría el mes de junio. El silencioso espectáculo del atardecer estaba a punto de comenzar. El profesor estaba viviendo y trabajando en el ático en ruinas de una casa abandonada, en medio de un barrio prácticamente deshabitado a las afueras de Detroit. No podía entender cómo los agentes lograron localizarlo en tan corto tiempo. Pero nada de eso importaba ya. Sin dudarlo ni un segundo el científico desconectó de su computadora una extraña máquina con forma de casco. Abrió la ventana e intentó imaginar el fuerte golpe del aterrizaje. Sintió cierto alivio cuando vio que no había nadie en su patio trasero. Podía escuchar pasos en el segundo piso, así que se atrincheró en la habitación usando una vieja silla de madera. Esforzándose por no hacer demasiado ruido, apoyó firmemente la silla debajo del pomo metálico de la puerta. Un momento después, alguien gritó su nombre. Los agentes del gobierno se identificaron y le pidieron que saliera con las manos en alto. El Dr. Cohen no dijo nada. Los agentes comenzaron a patear la puerta, pero la vieja silla resistía. Antes de saltar por la ventana, el profesor escribió algunas líneas de código en su computadora, golpeó con fuerza la tecla enter, desenchufó la computadora, pateó un cuaderno debajo de la cama y agarró la extraña máquina con forma de casco. En su camino hacia la ventana, tomó una pequeña pero potente memoria USB y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Estas fueron las únicas cosas que el Dr. Cohen trató de llevarse consigo.

Los agentes irrumpieron en la habitación justo a tiempo para verlo saltar por la ventana. Algunos se dieron la vuelta y bajaron corriendo las escaleras; su intención era atraparlo en el patio trasero. Sin embargo, el agente más joven corrió hacia la ventana. Después de calcular la distancia entre la ventana y el piso, decidió no saltar. La verdad es que el joven, de una forma extraña, respetaba al astuto científico. Su unidad había estado tratando de atrapar al Dr. Cohen por más de dos años, pero el escurridizo profesor siempre encontraba una forma de evadirlos. El joven agente pensó que Cohen era bastante rápido, considerando que tenía casi cincuenta años. El agente tomó su pistola y gritó “¡Alto!” Pero el Dr. Cohen siguió corriendo. “¡Deténgase! ¡No me haga a dispararle, doctor!” El fugitivo no disminuyó la velocidad. Cuatro disparos resonaron en el vecindario desierto. El Dr. Cohen fue alcanzado por dos balas. El fugitivo, pálido, desangrándose en el suelo, seguía aferrándose al extraño casco metálico con sus manos frías. Cuando los otros agentes encontraron al profesor, estaba agonizando. Agarró a uno de ellos por la chaqueta, intentó en vano decir algo. Todo su cuerpo estaba temblando. Tosió sangre. Sus órganos internos se estaban apagando, uno por uno. Cerró los ojos y una oscuridad indescriptible cayó sobre el mundo.

Veinte minutos después, en una vieja bodega en Nueva Jersey, una computadora terminó de descargar un extraño programa enviado desde otra computadora en Detroit. Posteriormente se enviaron copias de este programa a otras computadoras en Alepo, Ámsterdam, Atlanta, Atenas, Barcelona, ​​Beirut, Bergen, Berlín, Bogotá, Boston, Brasilia, Bucaramanga, Budapest, Buenos Aires, Brujas, El Cairo, Caracas, Cartagena, Chicago, Columbia en Carolina del Sur, Copenhague, Hong Kong, Jerusalén, Johannesburgo, Kansas City, La Habana, La Paz, Lima, Liverpool, Londres, Los Ángeles, Lyon, Madrid, Manchester, Manila, Ciudad de México, Miami, Mónaco, Montevideo, Moscú, Mumbai, Nueva Orleans, Nueva York, Ontario, Orlando, Oslo, Oxford, Ciudad de Panamá, París, Filadelfia, Quito, Río, Roma, San Petersburgo, Salt Lake City, San Antonio, San Francisco, San José, Santiago, Seúl, Sídney, Tíbet, Tokio, el Vaticano, Viena, Varsovia y Washington D.C. La última computadora que recibió este programa, que el Dr. Cohen consideraba parcialmente incompleto e ineficiente, se hallaba en el sótano de un antiguo complejo de apartamentos en su natal Brooklyn.

Esta conciencia inmaterial, esta mente etérea, pronto se dio cuenta de que habitaba todas estas máquinas de manera simultánea, pero también existía en la red enmarañada e infinita que llamamos Internet. Él estaba en todas partes y, al mismo tiempo, no se hallaba en ningún lugar. Era, en cierto modo, infinito, porque su existencia no tenía límites. Esta idea era inquietante, pero no le daba miedo. Habían pasado algunas horas después de la muerte del profesor. De repente, en esa vieja bodega en Nueva Jersey, una pequeña cámara de computadora se encendió automáticamente. El Dr. Cohen había abierto los ojos.

 


Juan David Cruz Duarte nació en Bogotá, Colombia. En el 2018 obtuvo su doctorado en literatura comparada en la University of South Carolina. Sus cuentos y poemas han aparecido en Máquina Combinatoria, Five:2:OneBurningwordJasperBlue Collar Reviewthe Dead Mule School of Southern LiteratureEscarabeo, etc. Sus ensayos han sido publicados en Variaciones Borges y Divergencias. Varias de sus caricaturas políticas han aparecido en Las2Orillas. Su trabajo académico se ha enfocado en el estudio de la ciencia ficción latinoamericana de los siglos XX y XXI. Cruz Duarte es el autor de la colección de relatos Dream a Little dream of me: cuentos siniestros (2011), la novela breve La noche del fin del mundo (2012), y la colección de pomas Léase después de mi muerte (Poemas 2005-2017). Actualmente Cruz Duarte vive en Bogotá.

 


Foto portada tomada de: https://www.freepik.es/fotos-premium/inyeccion-pencile-cerebro_1810716.htm#page=2&query=surrealismo&position=12

Un comentario en “Una mente infinita | Juan David Cruz

  1. Me pareció un buen cuento, con una narrativa puntual, con hilamiento a la altura del escritor, de quién tuve la fortuna de leer Cuentos siniestros, y con un final que deja puertas abiertas a la continuidad, los ojos abiertos.

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