Un mendocino en el salitral | Richard Jiménez A.

Por Richard Jiménez A.

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Antonio Di Benedetto (foto: https://bit.ly/3gBjqI7)

Antonio Di Benedetto (1922-1986), escritor mendocino al que aún se le adeuda y merecería estar ubicado en un sitial de mayor peso. Breve y conciso, lacónico, exacto y muestrario de lo esencial. Existencialista de este lado del océano. No se lo puede pensar alejado de su obra maestra: Zama (1956), alabada en su tiempo y traducida a varios idiomas. Juan José Saer –cuya producción tiene un estrecho vínculo con la de Di Benedetto– la pensó como una “refutación deliberada” del género de novela histórica; pues constituye una visión del pasado propia del observador. Según Saer, Di Benedetto se aleja de los lugares comunes y de confort que rodean al lector cómodo, sus narraciones son indiferentes de la expectativa pública y lo establecido (después de Zama, ineludible la lectura de El silenciero y Los suicidas). Dueño de un estilo y estructuras propias que dotaron a sus páginas de una identidad que puede ser identificada con facilidad.[1]

No obstante, su pluma también batalló con los cuentos; bien logrados, en ellos se reconocen a mayor profundidad los juegos y experimentos del autor, sus constantes devenires en lo propio, su énfasis en lo fantástico y psicológico. Lo absurdo, la violencia del mundo animal, las problemáticas del sujeto, la vida en provincias; todo atravesado por su afinidad con el Séptimo Arte (quiso ser escritor de cine). Para J. M. Coetzee, quien reseñó Zama, “su ficción, especialmente en sus cuentos, podría parecer negra a veces, carecer de comentarios, como si estuviera grabada por un lente cinematográfico”.[2]

Cultor de historias, la prosa dibenedettiana se nutrió a partir de la narrativa de la madre (importancia de la oralidad y el anecdotario familiar); se empeñó en desentrañar el cómo y aplicarlo. Luego inspeccionar dentro del individuo y lo que le rodea, incluso en sus propias experiencias determinantes y traumáticas, como la muerte del padre y su encierro durante la dictadura.

Considero válido un primer acercamiento a Antonio Di Benedetto a través de sus cuentos, yo lo hice subido al Caballo en el salitral (Bruguera, 1981); antología que me fue suficiente para engancharme en sus propuestas y corroborar lo que le escribe en una carta Mujica Láinez: “Tienes un don excepcional de penetración psicológica, gracias a la cual trazas personajes en los que una mística singular se suma a una honda y conmovedora vocación de soledad digna.”[3]

Al introducirme de lleno en la antología, me fui de bruces con ‘Volamos’, parte del volumen y primer cuentario de Di Benedetto, Mundo animal (1953). El extraño animalejo del que hablan los personajes no es del todo un gato, tampoco es un perro, y para colmo vuela. Aquel maravilloso ser no es lo que parece y se encarga de ejemplificar el cinismo propio del humano: ser lo que no se es. ¿Por qué maravillarse cuando algo es diferente de lo que se cree que es?[4]

De ahí llegué a uno de los mejores cuentos del mendocino y que da mucho hilo con el cual discutir, ‘Aballay’. Mientras fungía de subdirector del diario Los Andes, el 24 de marzo de 1976, Di Benedetto cayó en manos de la dictadura cívico-militar (nunca supo con exactitud el motivo de la captura, lo cual le afectó de sobremanera y de lo cual nunca se repuso). Negado por los carceleros a la escritura, se las arregló para camuflar sus textos en cartas. Empezaba así: «Anoche tuve un sueño…», seguido por el cuento escrito con letra tan minúscula que había que leerla con lupa. En cautiverio redactó el grueso de lo que terminaría siendo Absurdos (1978), del que forma parte ‘Aballay’; libro que terminó de ayudarle a reunir lo que faltaba para exiliarse. La historia del gaucho que emuló a Simeón el Estilita. Al no haber columnas de mármol en la pampa, se vio forzado a purgar su culpa sin bajarse más del alazán. El cuento se convirtió en película en el 2010, de la mano de Fernando Spiner representó a la Argentina en los Premios Óscar.

En la Presentación de Caballo en el salitral, se incluyen tres cartas (Borges, Mujica Láinez, Cortázar) enviadas al autor, dedicadas por entero a ‘Aballay’. Según Cortázar, el cuento es “anacrónico” y en él surge un “juego óptico alucinante”: el personaje se encuentra en el tiempo de los estilitas, y el autor en el de los personajes; la pampa del siglo diecinueve. ‘Aballay’ evoca lo gauchesco a su manera, cumple con uno de los postulados de Borges de ‘El escritor argentino y la tradición’ al presentar una tradición sin la necesidad de plagar de color local las páginas o realizar un acto etnográfico forzoso.

Los personajes de ‘Aballay’, al igual que Di Benedetto –y bien kafkiano el asunto–, han perdido, están aplastados por una justicia irónica que los supera y son empujados a la sinrazón y errancia. El gaucho desconoce el significado de la culpa, pero la siente, quiere purgar su pena de asesino y limpiar el alma, aunque no pueda borrar la mirada del gurí que terminará por ajusticiarlo y dejar su cuerpo unido a la tierra.

En ‘Amigo enemigo’, incluido en Mundo animal, el experimento dibenedettiano consiste en generar una interpretación multívoca e imposible (en la narración, cuando se repasa la leyenda del flautista de Hamelín, hay un guiño sobre la posibilidad de un final del cuento infantil con más de una versión. Según Franklin Rodríguez, Mundo Animal es una propuesta de mundo kafkiano; un bestiario alejado de las fábulas con moraleja y cercano a lo salvaje[5]). El mismo Di Benedetto dice en el prólogo: “no he de ser yo el único intérprete de mis cuentos: cada lector, espero, podrá pensar más de lo que pensé al escribirlos. Yo sugiero; resuelva, de una o más maneras, igual o distinto a mí, quien me lea.” ¿Y qué se consigue con ello? Que el lector salga de su zona de confort y sea partícipe del reino de los sueños y delirios.

‘Amigo enemigo’ tiene un fuerte contenido autobiográfico, semejante a Di Benedetto el protagonista debe enfrentar la pérdida del padre, lo que le provoca mudez. No deja partir al ser querido y lo único que conserva de su presencia son sus libros. Va de pensión en pensión hasta que disputa la integridad de los mismos y memoria del padre con un pericote-niño-rata.

Después leí ‘El abandono y la pasividad’, que forma parte de Declinación y Ángel (1958). Las motivaciones para este relato, según se sabe, surgieron de una disertación de Ernesto Sábato en Mendoza, efectuada en 1953. Sábato, a propósito de Madame Bovary de Flaubert, había hecho referencia a la imposibilidad de una novela deshumanizada, es decir, las novelas deben contar con humanos y sus inherentes dramas, sentimientos y conductas. La respuesta de Di Benedetto fue ‘El abandono y la pasividad’; un cuento sin acciones humanas. Se nos da un cuarto como paisaje total y cada objeto encargado de su papel en ausencia de los habitantes. Solo se revela que una mujer ha abandonado la habitación (ruptura amorosa) y ha dejado una carta debajo de un vaso. Drama implícito sin necesidad de humanos que lo expresen (recuerda bastante a la Nouvelle vague: locaciones pequeñas –como autos o departamentos– y grandes puestas con los pocos recursos disponibles).[6]

Sobre ‘Pintor pintado’ me aventuro a decir que exige un trabajo de investigación paralelo a la lectura. Cada pintura se va describiendo con la maestría de un conocedor de arte. Asumimos que el narrador –quien es muchos y a la vez nadie– es el ladrón de ‘Los jueces íntegros’ (santos que se dirigen a adorar al Cordero), pintura que forma parte de la ‘Adoración del Cordero Místico’, políptico de Hubert y Jan van Eyck.

El 11 de abril de 1934 el panel fue robado por Arsène Goedertier y nunca devuelto. Jean-Baptiste Clamence lo encontró en un bar llamado “México City”, donde fue entregado por un cliente a cambio de unas botellas. Di Benedetto menciona a Albert Camus y su novela La caída, también a Camus de Por el camino de Swann de Proust. Aparece Giovanni Arnolfini, del famoso cuadro de Jan van Eyck. Igual el ballestero de ‘La cacería’, pintura de Lucas Cranach. Luego, el mismo Cranach, cuenta su biografía y describe sus pinturas ‘La fuente de Juvencia’ y ‘La ninfa de la fuente’. Habla de sí Diego Velázquez y de ‘La Venus en el espejo’ –reverso de la ninfa de Cranach–. Habla del bodegón ‘Mujer friendo huevos’ y para cerrar, Cagnar de La Tour.

En ‘No’, cuyo título es sencillo y apareció por primera vez en Grot / Cuentos claros (1957, 1969), el autor nos entrega un melodrama ligero sobre los amores imposibles. La amada que es cortejada desde la época escolar, el amor no confesado y el tiempo que se encarga de truncar la unión: cuando parece que el amor se va a consumar, el “cuerpo combado desde abajo del pecho” sentencia la separación.

De ahí quise leer el relato que da nombre a la antología, que consta en El cariño de los tontos (1961). Según su autor, fue escrito durante cuatro horas en una madrugada. La atmósfera me abrazó de principio a fin en un escenario parecido a los de El llano en llamas de Rulfo; se siente la sequedad de varios sectores de Mendoza. Según se menciona en una entrevista realizada por Jorge Halperín (14 de junio de 1985), Di Benedetto se inspiró al ver un carruaje de panadero al fondo de la calle Catamarca. El pobre caballo –ironías de la vida– soportaba sol y hambre atado al alimento.[7] En el cuento, un rayo cae sobre el curioso Pedro Pascual y lo fulmina, su caballo sale desbocado y se adentra en los arenales. Atrapado por la ciénaga salitrosa, busca el pasto que él mismo carga y que le estorba. Al final, sobre la ruina del animal transcurre la vida; los restos del equino sirven de nido de palomas. En 1999 la editorial Alfaguara encuestó a escritores y críticos para escoger los mejores cuentos argentinos del siglo veinte, ‘Caballo en el salitral’ quedó en la decimotercera posición.

Continuemos con ‘El juicio de Dios’, compilado en Grot / Cuentos claros, que también sirvió de base para el guion cinematográfico ‘El inocente’; trabajo que ganó el Segundo Premio de Argumentos del Instituto Nacional de Cinematografía, en el año de 1959. El «Todo lo que empieza como comedia acaba como tragedia» de Los detectives salvajes de Bolaño, describe a plenitud esta narración. El cuatrerismo, la viveza, lo sagrado, lo profano, la civilización, la barbarie y la ordalía son la tónica general.[8] Don Salvador Quiroga, jefe de la estación y autoridad superior ferroviaria de la zona, al ir en auxilio de uno de sus trenes que viene de Mendoza, queda secuestrado en un rancho. Una vieja, gracias a su picardía –y la nieta que confunde a los ferroviarios en uniforme con su papá–, convence a los campesinos de que Quiroga es el padre abandonador y ausente. Para evitar conflictos apelan al Juicio de Dios: se declarará culpable al detenido si el tren de la noche no alcanza a ver la zorra de rieles (vehículo ligero) abandonada y choca contra ella, sin importar el posible descarrilamiento y muertes.

‘Obstinado visor’, presente en Absurdos, es uno de los cuentos que lleva mayor carga existencialista. Rubén es el gran testigo de desgracias. Siendo infante, al vigilar por varios días una casa, ésta se raja, pierde el techo y la pared de enfrente. A los nueve años su maestra se incendia con una estufa. A los dieciséis se siente atraído y extrañado por una mujer casada; ella da a luz en el interior de un micro. El clímax del absurdo explota al final: el señor Rubén se ve a sí mismo morir en la cama.

‘Felino de Indias’, también de Absurdos, nos exhibe de nuevo a un animal que hace girar la trama. El mercader español don Antolín muere en la Cordillera de los Andes, los miembros de su séquito se reparten los bienes mediante el pillaje y saqueo. Dejan a su suerte a los animales del mercader: un gato y un papagayo. Cuando el gato regresa donde los humanos y se instala en una aldea, coincide con un espada español. En la estancia no reconoce al gato, pero su mirada retumba en su conciencia y le hace huir; le remueve profundidades abominables ya olvidadas.

Vale decir que en esta antología dibenedettiana la presencia de los niños es relevante: hay huérfanos como en ‘Enroscado’ y ‘Aballay’, y abandonados como en ‘El Juicio de Dios’. En ‘Enroscado’, recogido en Grot / Cuentos claros, Bertito, a través de su resistencia silenciosa, consigue gobernar por completo al padre; figura más cercana de poder.[9] Así la ausencia de la madre es reclamada. En él germina un ostracismo que lo reduce a un estado casi animal y provoca dificultades en las pensionas en donde les toca residir. Sus estrategias van desde el encierro voluntario, la negatividad a utilizar el baño, la destrucción del retrato de la madre, hasta un nuevo tipo de encierro debajo de la cama. El niño, amparado en una supuesta indefensión, somete al adulto; tuerce la historia y sale del segundo plano.

‘Falta de vocación’, otro relato de Grot / Cuentos claros, tiene una estructura peculiar pues el transcurso normal de la trama se intercala con varios microcuentos. El tema general es la reflexión sobre el proceso creativo –y quizás una autorreflexión de Di Benedetto sobre sí mismo–. Pascual y Segura (arrendador y arrendatario, jubilado y periodista) son testigos de un hecho violento: caída del obrero Julio Funes desde el edificio San Martín. Una crónica sobre el accidente motiva a don Pascual a escribir y a poner a su amigo como juez de sus creaciones. Al parecer don Pascual, que solo llegó al cuarto grado, ha redactado varios cuadernos y es un escritor nato. En su mente danzan la fantasía, el drama social, los animales. Sin embargo, y a pesar de las motivaciones y consejos de Segura, renuncia a la carrera porque su imaginación ha empezado a plagar de monstruosidades el día a día (la maldición y enfermedad del escritor). Es así como concluye que lo suyo es una falta de vocación.

‘Pez’, de Absurdos, genera en el lector un auténtico y delicioso estado de terror visceral a través de su final abierto, abrupto y casi inesperado. Lumila está tullida, relegada por la invalidez y dependiente de su marido. A ella, de vez en cuando, regresa –desde su infancia– el terror hacia el enorme pájaro con cuerpo de pez (evocación de la leyenda indígena del ave pez). Un día, su hombre llega del boliche a morir y queda sola batallando con su cuerpo inútil, desesperada y atrapada en el lecho. El hambre es sentida en todo el rancho, los animales están encerrados en los corrales. Cuando cree ver al pez pájaro ensaya pedir un milagro: que le funcione una pierna. Trata de movilizarse, pero cae al piso y se hace daño con un vidrio. El perro Fiel, el único de los canes que no huyó a buscar mejor suerte y que hace honor a su nombre, se acerca a lamer la herida con cierta voracidad. Según Fabiana Inés Varela, la imagen del perro asociado con la muerte que da Di Benedetto, nos remite al valor arquetípico del can como psicopombo, es decir, guía del alma en el más allá, mediador con el otro mundo y guardián de los infiernos.[10]

Al final leí ‘As’, perteneciente a Grot / Cuentos claros –otro de título corto–. La historia de la muchacha prodigio del juego, cotizada a conveniencia y convertida en negocio. Rosa Esther es contratada con el fin de ayudar en los quehaceres y la tienda. El señor de la casa está inválido, su hija ya no tiene el mismo tiempo de antes; además sale con Manuel. El señor, aficionado al ajedrez, se lo enseña a Rosa Esther para jugar con ella y distraerse; se sorprende de su facilidad en dominar el juego. Apuestan y la joven de a poco se queda con el dinero del anciano, incluso se apodera de un corte de tela. Manuel sugiere quitarle todo y echarla. Mientras resuelven la situación legal, el padre de Rosa Esther decide comprobar si es verdad el prodigio y le enseña a jugar cartas. La joven aprende y hace dinero a donde le lleve el padre, hasta que se convierte en un rumor; uno que ocasiona que sea pedida por Leyes –ex vecino de la localidad–, no solo para matrimonio, sino como con un buen negocio.

Mi primera caída dentro de la dimensión dibenedettiana ha sido en suma gratificante. He descubierto a un escritor “raro” –en el buen sentido de la palabra y considerándolo como hizo Rubén Darío con sus raros–; un creador que aprendió a narrar con inocencia, padeció y domesticó a sus demonios y fue directo en expresar lo indecible de la existencia humana. Sus cuentos le dieron de comer durante días complicados, pero a nosotros, los lectores, nos alimentan con sabia densa y fenomenal. Termino con unas palabras de Bolaño de su cuento ‘Sensini’ (Llamadas telefónicas, 1997), pues Luis Antonio Sensini es Di Benedetto: “el cuento era claustrofóbico, muy al estilo de Sensini, de los grandes espacios geográficos de Sensini que de pronto se achicaban hasta tener el tamaño de un ataúd”.

 

Notas

[1] Juan José Saer, ‘Dos opiniones de un lector de lujo’, en Marca de agua, Año 1, Nro. 1, Diciembre, 2016, pp. 47-52.

[2] J.M. Coetzee, ‘A Great Writer We Should Know’, en The New York Review of Books, 19 de enero de 2017 (Traducción Esther Allen).

[3] ‘Borges, Cortázar, y Mujica Láinez con Aballay’, en Caballo en el salitral, Barcelona, Bruguera, 1981, p. 12.

[4] Ver: Sofía Criach, ‘Animal/humano: proximidades y fronteras en Mundo animal y otros textos de Antonio Di Benedetto’, en Anclajes, Vol. 22, Número 2, 2018.

[5] Franklin Rodríguez, ‘Especulaciones sobre “Amigo enemigo”, de Antonio Di Benedetto’, en William Paterson University. Romance Notes, Volume 56, Number 2, 2016.

[6] Ver: Teresita Mauro, ‘La estética del cine en un relato de Antonio Di Benedetto’, en Ensayos: Revista de la Facultad de Educación de Albacete, N. 6, 1992, pp. 9-20.

[7] Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero, Grandes entrevistas de la Historia Argentina (1879-1988), Buenos Aires, Punto de Lectura, 2002.

[8] Ver: Gustavo José Made Baronetto, ‘Antonio Di Benedetto: Autoficción, sublimación y fantástico’, Tesis Doctoral, Universidad Autónoma de Madrid, 2017.

[9] Claudia Feld, ‘La acechanza de lo pequeño’, en Zama-Dossier, Año 1, N. 1, 2008.

[10] Ver: Fabiana Inés Varela, ‘Reino de hombres, mundo animal: presencia animal en la narrativa breve de Antonio Di Benedetto’, en Anales de Literatura Hispanoamericana, Universidad de Cuyo-CONICET, Vol. 40, 2011, p. 283.

 

 

 


Richard Jiménez A. (Neal Moriarty). Escritor a ratos, Licenciado en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y Máster en Estudios de la Cultura (Mención Literatura Hispanoamericana) por la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Quito. Fundador y miembro activo de la Revista Literaria Independiente Matapalo y Revista Heptaedro. Ha colaborado en varios cafés filosóficos y recitales poéticos en Quito. Ha participado en talleres de escritura y lectura precedidos por escritores como: Huilo Ruales Hualca, Juan Carlos Cucalón y Raúl Serrano Sánchez. Investigador independiente, redactor de contenidos en Revista Súper Pandilla (suplemento para niños de diario El Comercio) y documentalista en diario El Comercio de Ecuador. Ha publicado una biografía novelada sobre el poeta Gastón Hidalgo Ortega, dentro del libro Los 7 que fueron cinco, y viceversa (2017).

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