Mejorando el futuro | Daniel Verón

Por Daniel Verón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Argentina)

 

Fueron incontables las exploraciones emprendidas en la Nube Menor por Sorzyn. Allí los federales encontraron docenas de sociedades armadas por razas MH (Modelo Humano) pero aún no muy desarrolladas. En general, muchas eran poco dadas a la ciencia y, también, se reproducían lentamente. Un individuo que moría no era “repuesto” fácilmente. Sin embargo, eso no impedía que hubiera guerras y luchas. En muchos casos no existían los matrimonios y cada individuo debía solicitar algo así como un “permiso” gubernamental y los niños quedaban a cargo de comunidades.

De acuerdo a los parámetros del Hombre Solar (HS), la cultura era implementada solo en lo necesario. Por lo común, no interesaba aquello que no fuese práctico. En general, la mayoría de estas razas eran vegetarianas o se dedicaban a la caza y pesca. En la Nube Mayor, en cambio, parecía existir una leve diferencia: había menos variedad de razas (unas 12 aproximadamente) pero estas se habían propagado en varios exo-sistemas, de modo que un mismo tipo de raza generalmente se hallaba en la misma región, abarcando numerosos soles. Las razas, por lo común, eran SH (Semi Humanos). Los federales hallaron que difícilmente se conocían los integrantes de cada variedad, y que ninguna, ni siquiera las más adelantadas habían salido de su mini-galaxia para conocer la otra. La explicación es que, en materia de tecnología, muchas variedades de razas solo usaban la misma para aquello que servía directamente a su supervivencia. Lo demás no les interesaba.

Tanto en una Nube como en otra, los equipos científicos que iban con Sorzyn lograron numerosos descubrimientos.

Uno de los principales fue comprobar que las famosas barras luminosas que hay en ambas son estrellas en proceso de formación. Del estudio de las barras se deducía también cuántos exo-planetas tendría cada una y cómo sería su exo-sistema en general. En ambas Nubes existían muchas estrellas Wolf-Rayet, las cuales eran jóvenes, brillantes y calientes. Por lo común estaban en los núcleos.

Había, asimismo, gran cantidad de cúmulos estelares. Estas son agrupaciones de estrellas jóvenes, sometidas a otras fuerzas, al contrario que en las barras, donde las estrellas se separaban rápidamente, unas de otras.

El almirante Sorzyn disfrutó mucho de estos viajes. Aunque las estrellas jóvenes, por lo común no poseían mundos, existían lugares a donde era posible distinguir a simple vista casi dos docenas de estas, todas muy parecidas entre sí. No hacía falta usar ningún instrumento, ya fuera mirando a la derecha, a la izquierda, al Sur o al Norte, brillaban entre cinco y seis estrellas en pocos millones de Km. y la nave de la Federación era un simple punto negro entre toda esa luminosidad.

Sorzyn también fue el primero en llegar a 30 Doradus, la nebulosa de La Mayor en donde estuvo la supernova 1987 A. Esta fue una ocasión fantástica para estudiar personalmente los efectos causados por la misma.

Cuando la nave se acercó, los federales detectaron enseguida que allí había, no solo un sistema destruido por completo sino también una civilización arrasada. Pero no solo eso. Al llegar a cierto punto de la superficie, el insigne jefe científico Cildos dijo:

—Almirante, aquí hay restos.

—Sí, los veo. Son como una nave espacial. Pero, que se sepa, los dorados nunca se expandieron por el espacio.

Analizando los restos de la nave y a dos personajes MH que parecían listos para tripularla, Cildos murmuró:

—Tal vez lo hicieron a alguno de los mundos de su sistema. Pero aquello arrasó con todo, señor —y señaló el astro gris en el cielo, que alguna vez había sido un sol gigante.

Sí, 30 Baradus, un sol radiante que alguna vez había iluminado sobre la civilización de aquel mundo. El sol había estallado, literalmente, en supernova, pero los dorados…

El almirante se volvió hacia el grupo que lo acompañaba y dijo:

—Señores oficiales de la Federación. Hoy somos los primeros, tal vez, Este cielo no es el de la Vía Láctea y esto nos permite ver cosas que de otro modo quizá no veríamos. Somos testigos de una gran destrucción. Los dorados no tuvieron tiempo. No le dieron suficiente importancia al viaje espacial y otras investigaciones. La supernova les ganó. Nuestros ancestros de la Tierra la observaron hace mucho tiempo, pero nunca imaginaron esto, de modo que, más que nunca, los animo a que continuemos nuestra investigación. Somos los pioneros aquí y aún hay mucho por hacer.

La misión ya no fue la misma desde entonces. Se tomó plena conciencia de que cada oportunidad debe ser aprovechada al máximo y eso es lo que hicieron.

Las Nubes de Magallanes no eran grandes galaxias, pero en ellas era posible encontrar de todo un poco. En el término de un par de años, Sorzyn y sus compañeros pudieron hallar razas que surgían, otras en decadencia, algunas que se contactaban con los federales y otras que no. Y también hallaron sobrevivientes de ciertas razas.

En poco tiempo, Sorzyn decidió establecer una gran central de la Federación en la Nube Menor, dejando en la Mayor a uno de sus principales oficiales: Rugger Smeith. El trabajo de este parecía mayor pero lo cierto es que en todo momento fue supervisado por Sorzyn mismo.

En la Menor, Cielo-1 siempre fue la base de operaciones. Es que Sorzyn había elegido un gran mundo “cuasi-terrestre” rodeado de civilizaciones MH, en un radio de solamente 15 años-luz existían casi 19 civilizaciones. Con ellas estableció relaciones desde un principio.

En cambio, en la Mayor, el mundo central era Thor-4 que estaba más viene aislado. En un radio de 20 años-luz solo existían cinco razas MH con las cuales relacionarse.

Se sabía que Sorzyn elaboraba una serie de planes a largo plazo para hacer de las Nubes algo así como un parador en los viajes del Hombre Solar fuera de la Vía Láctea. Todos tenían conocimiento de que Andrómeda y otras, eran mucho más importante, así que las Nubes no debían ser olvidadas.

La siguiente parada de la flota de Sorzyn también hubo de resultar muy ilustrativa para los federales. En cierto mundo de la Nube Mayor llamado Omega-5, la nave principal fue atraída por una serie de señales provenientes de allí.

Una vez que fueron tele-portados a su superficie se encontraron con un agradable mundo de características semi-terrestres, iluminado por un sol de tono anaranjado. El aire era respirable y en general reinaba un gran silencio.

Sorzyn caminó por aquel suelo acompañado por Cilpos y cuatro científicos más. Todo se veía apacible y solo cambiando algunas impresiones entre ellos.

Tras andar un cierto tiempo, Sorzyn y los demás alcanzaron a distinguir a lo lejos un grupo de edificios semejantes a torres que, hasta ese momento, les estaban ocultos a causa de un cerro que había a medio camino.

—Almirante —dijo Cildos—. Es de allí que provienen las señales detectadas por la flota. Hay un lugar desde el cual son emitidas.

Interesado en el tema, Sorzyn aceleró el paso. A medida que se acercaban, las torres parecían más altas.

—Se diría que son como algunas de las torres que el Hombre Solar llegó a construir en la Tierra —comentó Sorzyn.

—Solo en parte, señor. Estas son algo menores. Según nuestras mediciones están en unos 500 m. de altura.

Las torres estaban amontonadas dando la impresión de ser casi un solo cuerpo. Sin embargo, poco después, el grupo ingresó a lo que, sin ninguna duda, era una ciudad. Había una serie de edificios menores, caminos y, sobre todo, lo que parecían autopistas que la recorrían por todos lados conduciendo quién sabe adónde. Tal vez a otras ciudades.

Pero algo extraño pasaba. En cualquier dirección que mirasen no había ningún movimiento y el silencio era absoluto. ¿Qué era, entonces, aquella ciudad fantasma?

—Está completamente vacía ¿verdad? —murmuró Sorzyn.

—Así es, almirante.

Caminaron un poco más por aquella urbe adonde sus edificadores parecían haber desaparecido. Todo era igual. Los federales se dirigieron a distintos puntos, pero en todas partes era lo mismo. ¿Cómo era posible que sus habitantes hubiesen desaparecido?

—Sin embargo, las señales subsisten —insistió Cildor.

—¿Y de dónde provienen? —preguntó Sorzyn.

Luego de asegurarse de lo que marcaban los medidores, el jefe científico aseguró:

—Concretamente de ese edificio, señor —dijo señalando una torre del grupo mayor.

No era de las más altas, pero inmediatamente despertó una gran curiosidad en Sorzyn. Se dirigieron hacia allí cruzando unas calles desiertas y, ante su asombro, al acercarse a lo que parecía ser una puerta de acceso, esta se abrió automáticamente dando acceso a algo que resultó ser una especie de ascensor. Pese a la inquietud que despertó en ellos, segundos después el aparato se detuvo y volvió a abrirse la puerta de acceso.

Sorzyn y sus hombres caminaron por allí, no pudiendo dar crédito a lo que veían. Ante ellos había algo así como una gran sala de control llena de tableros y pantallas, semejantes a las salas de las naves de la flota. Débilmente sonaron unas alarmas. Tensos al máximo, el almirante tomó en sus manos el control que llevaba consigo para tele-portarse en caso de peligro.

Sin embargo, al acercarse a la pantalla principal sucedió lo que ninguno de ellos esperaba. La misma se encendió y apareció la imagen de un hombre tipo MH (Modelo Humano), al que, gracias a su instrumental, entendieron claramente:

—Bienvenidos —dijo y su rostro pareció ensombrecerse—. Lamento que hayan llegado tarde. Nosotros somos los arraes, habitantes de este mundo desde hace miles de años hasta que llegó ese virus. Sí, el virus. Por haber explorado otros mundos, por creer que éramos los únicos seres vivos en esta Galaxia, no tomamos las debidas precauciones. Los exploradores que fueron a otros mundos trajeron esa contaminación y desde entonces comenzaron a morir uno tras otro.

Hizo un silencio y continuó:

—Yo soy el último arrae que queda. Quise dejar este mensaje como testamento para ustedes, quienes quiera que sean. En las demás pantallas conocerán algo de lo que ha sido nuestra civilización. No teman de estar aquí. El virus solo nos buscaba a nosotros. Ahora, antes de morir yo también, solo quiero decirles una cosa.

La tensión era enorme. Por fin, aquel hombre dijo:

—Nosotros no pudimos evolucionar más, pero ustedes sí.

Y juntando sus últimas fuerzas, exclamó:

—¡Mejoren su futuro! ¡Mejoren su futuro!

Diciendo esto, su cabeza se reclinó y murió, mientras su cuerpo era consumido por el virus.

Los federales quedaron en completo silencio, tras lo cual Sorzyn murmuró:

—Volvamos a bordo.

En segundos desaparecieron de Omega-5 para aparecer nuevamente en la nave “soles”. Por las pantallas de la sala de control, el espacio, eterno, inmenso, profundo, se abría ante ellos.

 


Daniel Verón (Buenos Aires, 1957). Escritor argentino, autor de obras de fantasía y ciencia ficción entre cuentos y novelas. Sus obras recientes representativas son: La exploración del universo (Tahiel, 2018) y Nuestros días en el sistema solar: más allá de Júpiter (2018).

 

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/nave-espacial-ciencia-ficci%C3%B3n-3628969/

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