“La República del Vino” de Mo Yan | Mayeli Espinosa Ríos

Por Mayeli Espinosa Ríos

 

Para poder abordar la La República del Vino sugiero comenzar con emborracharnos y dejar que nuestra consciencia se extienda como las alas rojas de una dulce mariposa, capaz de cambiar su apariencia, vadear anchos ríos, sobrevolar montañas o jugar en el valle angosto entre los dos pechos de una bella mujer.

Somos los lectores y demandamos un espacio dentro de esta ficción. Si el autor pudo inmiscuirse, pues nosotros también. Estaremos borrachos a una distancia precisa desde la cual se podrá supervisar las aventuras del investigador criminal Ding Gou’er, un héroe triste, que hará tangibles sus delirios en beneficio nuestro, pero sin llegar a salpicarnos por el mar de vómito y excrementos fermentados en el que trata de nadar. Su presencia, no obstante, es más que legítima: hay rumores de que en la tierra del vino y los licores se están comiendo niños pequeños, estofados y deliciosos, como si fuera algo tan normal como darse un banquete de nidos de golondrinas. Todos lo saben y a nadie le parece importar.

Nuestro viaje por la tierra del vino y los licores no podía evolucionar en un rumbo diferente al de un sueño etílico teñido de rojo, rojo como los símbolos chinos, como la ropa de un pequeño demonio o las hemorroides de nuestro ídolo en desgracia y, cómo no, tan rojo y brillante como la vida que se escapa gota a gota desde la incisión en la planta del pie de un animalito con forma humana. No digo que este rojo será igual al cuerpo de un vino, porque en esta tierra hay licores –spiritueux– con más colores que ocho arcoíris juntos: azules, verdes, transparentes y algunos también de un amarillo similar al de los orines de un recién nacido. Cada trago tiene hasta 120 grados de alcohol, la embriaguez se va alojando cómodamente en el inconsciente mismo del relato y nos atrapa con una fuerza aromática sólo equiparable con una muchachita joven observando las orquídeas que flotan en el pantano.

¿A quién le pertenece este sueño? Por supuesto que es Mo Yan quien escribe, pero esta vez también participa de las circunstancias al mantener una relación epistolar con un admirador suyo, Li Yidou. Esta secuencia atípica a modo trenza-telaraña en la cual, si viéramos apenas un hilo –fácilmente independiente, lógico en su individualidad– no significaría más que un buen relato, uno dentro de muchos, mientras que, al ver todo el conjunto, descubrimos la maraña que se entrelaza para formar algo fantástico y nos damos cuenta de que estamos ante un libro único en su especie. Hablar tanto de alcohol embriaga y aunque a veces el autor raya en los excesos de erudición literaria, es inevitable dejarse seducir: tiene un discurso mucho más atrevido que otros de sus clásicos, adopta un aire maldadoso y juguetón a la vez, divertido ante cada absurdo y difícil de abordar sin establecer una comunicación directa con nuestros sentidos, especialmente cuando se trata del tacto a lo largo de nuestra lengua.

Porque quién no quisiera saber a qué sabrán las pezuñas de camello, la pata de un oso, los genitales de un burro o el ornitorrinco al vapor. Ahora hasta parece lógico gastar miles de dólares en una botella de Maotai y permitir que nuestra mariposa viaje por esos rincones donde se aloja la sabiduría oriental, que nos comparta sus estrategias por medio de alucinaciones. Por un instante también saboreamos los bracitos hechos con flor de loto que simulan ser parte de un bebé, o quizá el bebé cocinado que simula estar hecho de vegetales e ingredientes mezclados con una destreza propia y exclusiva de la Academia Culinaria de la Tierra del Vino y los licores.

En cualquier caso, aunque Ding Gou’er parezca ser solo un personaje sometido a los caprichos kafkianos de Mo Yan, perdido dentro de un laberinto lleno de guiños al realismo mágico trágico y abrumado por un sarcasmo ubicuo, nuestro investigador logra tomar control sin siquiera anticiparnos y asume la narración en primera persona, incluso en un mismo párrafo, incluso en una misma frase. Momentos brillantes en donde Ding Gou’er es Yo y es Él, al mismo tiempo, son una prueba más de la destreza literaria del nobel chino.

Ahora, desde mi propia lucidez confieso: la República del Vino me pareció distante en un comienzo. La abordé con temor ante la posibilidad de una traducción imposible, por no mencionar mi propia ignorancia hacia la historia y la cultura China. Pese a ello, terminé el libro con una sensación opuesta, ya que a medida que iba avanzando me fui adaptando al estilo de su prosa y pude entender gracias a sus relatos un poco más sobre ese territorio milenario. Es paradójico pensar que, si bien Mo Yan lanza apuntes sutiles respecto a la censura política, la deshumanización e hipocresía de los líderes del gobierno, así como anécdotas tan arbitrarias –pero verídicas- como la de encontrar bebés en tarros de basura debido a los controles de natalidad, su figura ha causado polémica entre algunos escritores disidentes que lo critican por su lealtad al Partido Comunista de China.

Por suerte esta vez la ficción resultó más interesante que la política y al terminar la lectura, al digerirla de principio a fin, se vislumbra fácil de re-abordar por capítulos unitarios y provoca saludar de vez en cuando a personajes excepcionales como el pequeño demonio cabalgando en medio de la Avenida del Burro, o recordar la leyenda del Licor de Yuan fabricado en la Montaña del mono blanco y envejecido bajo la luz de la luna. Muchos de los personajes dispersos por la novela son fascinantes y otros, como Ding Gou’er, alcanzan un aspecto patético pero lleno de la justa proporción de gracia, la necesaria para convertir un mensaje político en una broma coherente, espontánea y universal.

Lo recomiendo tanto como tres copas de Jerez, según dice la tradición, ¡Salud por este libro! ¡Salud para todos!¡Salud porque sí!

 


Imagen portada: “Beijing Sexy Neon”, está bajo la licencia CC-BY-NC-ND 4.0 y los artistas son Plastered 8 y 钱 育麟. (Fuente: https://www.behance.net/gallery/83977623/Beijing-Sexy-Neon?tracking_source=project_owner_other_projects)

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