La Máquina se pronuncia: ¿Es posible un futuro mejor? | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

 

En una película animada inglesa dirigida por Jimmy Murakami, Cuando el viento sopla (1986), acerca de una pareja de ancianos que ven llegar una tercera guerra mundial, el protagonista, luego de leer los periódicos en la biblioteca local, llega a la casa y comenta a su esposa sobre la inminencia del desastre. Y comenta algo así, con cara de inquietud: “las decisiones de las grandes potencias acabarán por afectarnos”. La frase que ya se la ha escuchado en varias ocasiones en la vida real, en el contexto del filme tiene un sentido quizá más profundo, que ya intranquiliza por completo.

Digamos solo de paso que Cuando el viento sopla es una película que se basa en un libro, en realidad en una novela gráfica de Raymond Briggs, reconocido ilustrador, creador de libros para niños y adultos. Este también participa como coguionista, siendo sus dibujos sobrios, orientados a desarrollar la psicología de los personajes, su ambiente de soledad y de solidaridad de ellos. Al principio del filme, mientras vemos brevemente el paso de unos camiones militares munidos de armamento, oímos la canción “When the Wind Blows” de David Bowie, acaso una especie de despedida a un tiempo. Luego la película se deja llevar con la banda sonora de Roger Waters, reconociéndose cada vez más una sensación de pesimismo y de fatalismo.

Pero fuera de tales detalles, habría que ir más allá de la película, precisamente a la frase de inicio que nos plantea el protagonista: la vida humana está determinada por las decisiones de las grandes potencias y de sus gobernantes; puede haber voces desde adentro de la sociedad para sustentar el pacifismo, pero quienes gobiernan, quienes juegan en los grandes tableros financieros mundiales, más bien se aferran a la guerra, para que la economía se mueva por efecto de la dinámica bélica.

La película de Murakami nos hace inferir este hecho, pero lo vemos desde los ojos, desde el sentimiento de la pareja de ancianos, los cuales creen que será una guerra pasajera. La cuestión es, desde el trabajo de Murakami-Briggs, hacernos caer en cuenta que todos nosotros, ciudadanos de un país, ciudadanos del mundo, somos tan insignificantes ante las decisiones y los juegos globales. Confiamos que el gobierno no nos deje en la indefensión, pero en la medida que poco a poco vamos perdiendo la conexión con los grandes centros, aún abrigamos algún rasgo de esperanza. Claro está que la atmósfera del filme nos va diciendo otra cosa, pese a las creencias, a la impresión positiva que incluso se quiera tener.

Y el hecho está en que tal situación se da cuando, como los protagonistas del filme, se constata que se está encerrado, como abrigado en la casa, aparentemente fuera de todo el peligro exterior. El punto de vista, por lo tanto, es desde el refugio casero, desde la seguridad de la casa –o de lo que queda o de cómo esta se ha transformado luego del desastre–. Las decisiones de las grandes potencias afectan la vida de las personas, tal como señala el protagonista, y tal afectación está, más allá de hacer sentir al individuo, al ciudadano, como una hormiga, en que la sensación de encierro implica la eliminación de la libertad.

Hoy en día vivimos una pandemia que, en efecto, ha trastocado la vida de las personas en todo el mundo. Obviamente la vida social, la vida urbana ya no es la misma como antes. Por lo menos, uno se debe ir acostumbrando a salir con un tapabocas –mascarilla, barbijo…–, a cubrir el cuerpo, la cara, los ojos; el lavado constante de manos, del cuerpo y de la ropa casi se debe hacer en forma inminente; las relaciones entre personas deben ser con distancia, asegurando que entre ambos estén debidamente protegidos…, y así la cuestión. La sensación de encierro se extendería a la calle, a la ciudad, a los edificios, a todo… La pandemia hace que se cambie hábitos, mientras se espera que haya una cura y una vacuna, promesa que se va dilatando, en tanto, los avances, los anuncios, parecería, están sujetos a las decisiones de empresas, de gobiernos, de poderes. En la actualidad, recogiendo la información que circula, las grandes potencias juegan y apuestan en el tablero financiero a quién tiene el poder de hacer la cura y la vacuna, y, por lo tanto, penetrar el mercado con los costos que puedan determinarse. Ante eso China ha anunciado que hará “gratis”, que donará la cura o la vacuna a nivel mundial.

Sin embargo, seguimos como nuestros personajes de la película: encerrados, en una especie de búnker casero, con la fragilidad que este representa, pues, aunque estemos encerrados, confiando en soluciones o decisiones externas, la exposición al virus es inminente, ya sea saliendo a comprar el pan o ya sea simplemente caminando unos pocos metros en la calle. Algunos han dicho, no sé si en tono de broma o de declaración, de que la pandemia global, asemeja a una tercera guerra mundial, esta vez realizado desde el orden bioquímico.

Y esto nos devuelve al asunto de la frase inicial. Pandemia que se ha desatado de forma natural o pandemia que se ha producido en forma artificial, implica de modo inexcusable las decisiones de las grandes potencias, las cuales afectan la vida de las personas. ¿Y no es así? No es lo mismo que la pandemia se haya desatado en un país pobre y alejado del tablero del capitalismo; en el juego actual están China, Estados Unidos, la Unión Europea, para citar los que más disputan vocería. La diseminación pronto ha ido a las periferias, incluido Ecuador. Hay cantidad de voces que, contradictoriamente o no, apuntan a un “nuevo orden mundial”. Tras la Guerra Fría hubo una que posicionó la globalización y al neoliberalismo; la idea del nuevo orden, en todo caso, fue siempre la dinámica sociopolítica tras las guerras en el siglo XX.

La necesidad de un nuevo orden mundial parece ser un imperativo para el capitalismo. Hay un cuento de ciencia ficción de Úrsula K. Le Guin, “CC”, que puede leerse en su libro La rosa de los vientos (Edhasa, 1987). En aquel hay una especie de pandemia creada por el sistema y que luego se torna como asunto gubernamental. No es precisamente una pandemia por una cuestión viral o biológica; más bien se trata de que el Gobierno Mundial ve con preocupación la elevación del coeficiente intelectual de las personas, por lo cual se debe hacer “pruebas” a la población de diversos países para recluir a los individuos en los llamados “Centros de Superación”. La idea es controlar a que nadie tenga más allá del índice de 50 y, a la larga, propender a que la gente tenga 0. Es decir, aquellos que tengan por sobre 50 o más, son considerados sujetos enfermos y peligrosos. La “prueba” que se aplica es una medición rápida, un test que da resultados inmediatos.

El confinamiento por el Covid-19 empezó en China, en una ciudad. En el cuento de Le Guin, la aplicación inicial y experimental de las pruebas se da en China. Real o ficticiamente lo que se fue creando, a nivel mundial, es el emplazamiento del encierro, primero local, luego nacional y ahora mundial. Y es en tal emplazamiento donde se empezó a aplicar pruebas para determinar si uno está o no enfermo. Hoy día, cuando uno sale a un banco o un centro comercial, la prueba de la temperatura hecha a quien llega es inmediata e imperativa: no se puede reclamar, no se puede uno negar. Por lo tanto, lo que se está viendo es el surgimiento de una especie de sistema de control.

En el cuento de Le Guin, la prueba del IQ da lugar a un nuevo orden. ¿Y quién lo había creado? El propio gobierno mundial, que, además, es tecnocientífico. La paradoja es que la amenaza intelectiva se torna en una especie de pandemia, siguiendo una política de confinamiento, de control social, de hacer que la gente comience a creerse “loca”, por lo cual la necesidad de ir a los Centros de Superación, para tener una salud mental acorde con el sistema.

Sí, Le Guin ilustra en su cuento que las decisiones mundiales tienen consecuencia en la vida de los individuos. El miedo se mimetiza con el deber ser, con el comportarse con el orden que se va creando poco a poco. Porque de eso se trata: de que el orden se vaya haciendo gradualmente en varios planos, desde los políticos hasta los sociales. De pronto, la idea de la pandemia, cualquiera que sea, se vuelve en el argumento decisivo para continuar en el juego de la supervivencia. Incluso la pandemia se convierte en una palabra política, un palabra-control. Así, la “enfermedad” tiene otra dimensión, porque una cosa es estar enfermo de cáncer y otra de covid-19, o para seguir la lectura de Le Guin, estar enfermo de coeficiente intelectual peligroso. La enfermedad es coexistente, en tanto, la infección pandémica es excluyente, es una forma de discriminación. En este marco, ¿será posible un futuro mejor?

 


Iván Fernando Rodrigo Mendizábal. Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Magíster en Estudios de la Cultura por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana San Pablo. Profesor invitado de la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Autor (entre otros) de: Análisis del discurso social y político (junto con Teun van Dijk), Cartografías de la comunicación (2002) y Máquinas de pensar: videojuegos, representaciones y simulaciones del poder (2004), Imaginando a Verne (2018), Imágenes de nómadas transnacionales: análisis crítico del discurso del cine ecuatoriano (2018) e Imaginaciones científico-tecnológico letradas (2019).

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