El pacto | Carlos Coello García

Por Carlos Coello García

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

En un pequeño puerto de pescadores ubicado en la costa del Pacífico se rumoraba que cosas extrañas sucedían, como apariciones de un ser misterioso a quien culparon de muertes inexplicables o desapariciones de personas. Los habitantes de esa pequeña ciudad temían y preferían no hablar, sin embargo, hoy me atrevo a compartir su historia.

En 1951, al otro lado del río Manta, se encontraba el poblado de Tarqui, una parroquia que de a poco crecía por su pesca y comercio. Sus casas eran de caña guadua con techos de cadi rodeadas de perlillo y maleza.

Plutarco Vélez, oriundo de Cojimíes, tenía treinta años; hace poco se había radicado en Tarqui, en el barrio Buenos Aires, cercano a la playa. Era soltero y trabajaba en uno de los kioscos del mercado vendiendo jugos de limón y naranja. Cansado de ganar poco añoraba tener dinero y grandes negocios, a pesar de no tener experiencia, solo el haber trabado en la hacienda de su padre desde sus doce años.

Un día se desesperó y de lo tan obsesionado que se sentía dejó abandonado su puesto de trabajo diciendo, para sí, que haría lo que fuera para obtener lo que deseaba.

—Estoy cansado de sudar por unos cuantos sucres, harto de ser pobre y recibir miseria, soy capaz de vender mi alma al diablo para obtener riquezas, mujeres y darme la buena vida —fueron sus palabras, mientras estaba sentado sobre las rocas contemplando las olas del mar deshacerse al chocar contra el malecón.

De repente, un niño, que no parecía ser mayor de doce años, se acercó a él sentándose a su lado.

—Hola señor, escuché lo que decía porque pasaba por aquí.

—Quién eres, pensé ser la única persona en este lugar —preguntó sorprendido Plutarco.

—No se preocupe por saber mi identidad. Solo escuché su deseo, y me atrevo a decirle que existe alguien que puede solucionar sus problemas, él es un hombre de negocios y sé que su propuesta la va a interesar —le respondió el niño misterioso.

—No sé si creerte, porque no te conozco y a penas eres un muchacho —terminó diciendo Vélez.

—Si no me cree es cosa suya, pero yo de usted hago el intento.

—Y qué debo de hacer.

—Vaya esta noche tipo once y media al barrio Lazareto que aquella persona lo estará esperando. Ah, me olvidaba, no debe ir acompañado.

El chico tenía aspecto de pobreza, vestía con camiseta sencilla, pantaloneta color azul oscuro de tela de ceda, rota, y zapatos de lona venus. Plutarco se sentía confundido, a pesar de que la curiosidad y la ambición lo dominaban en ese momento.

Tipo diez de la noche se decidió ir al lugar. Cuando caminaba no dejaba de estar asustado, los habitantes dormían y los pocos postes de fierro no alumbraban muy bien, pues, la oscuridad imperaba y eso lo atemorizaba.

Al llegar al barrio Lazareto se quedó esperando cerca de las pocas casas que en ese entonces existían. Siendo las once y media de la noche no veía a nadie, y empezó a dudar de lo que le dijeron en la mañana.

Su ansiedad lo hizo caminar por los trillos entre los montes y arbustos sin dejarse doblegar por el miedo y, sobre todo, no les tomaba importancia a los ululatos de las lechuzas. De pronto, escuchó su nombre.

—Plutarco.

—¿Quién anda por ahí? —preguntó asustado.

—Camina un poco más y me encontrarás —dijo la voz desconocida.

El hombre empezó a sudar frío, su cuerpo temblaba…

—Tranquilo, no temas, que soy un hombre común y corriente. Lo que pasa que me gusta hacer negocios por estos lares y a estas horas de la noche.

—No te veo.

—Sigue caminado, ya falta poco.

Entre más caminaba el viento soplaba con fuerza y las lechuzas no dejaban de ulular, y en pocos segundos a dos metros de distancia Plutarco Vélez logró ver a la persona que minutos atrás lo llamó por su nombre.

Este individuo usaba ropa negra, botas de vaquero y sombrero de fieltro.

—Hola Plutarco —volvió a decirle.

—No te conozco, no entiendo por qué sabes mi nombre —titubeaba al hablar.

—Esta es una ciudad pequeña todos se conocen, no te alarmes. Quiero ayudarte, soy un hombre de negocios —dijo el extraño, prendiendo un tabaco.

—Me han dicho que deseas tener dinero, negocios y mujeres. Algo sencillo para mí, te lo puedo dar, solo debes pedirlo y cumplir con una condición.

—Y cuál es esa condición —preguntó Vélez.

—Tu vida.

—¿Mi vida? Tú eres un bromista, mejor me voy de aquí.

—Si no me crees, ve mañana a primera hora a la hacienda de tu padre, espera la media noche y en la siembra de cacao te darás cuenta que estas se convertirán en dinero.

—Quién carajos te contó que mi papá tiene una hacienda ¿Cuál es tu nombre?

—Tengo muchos nombres.

—Acaso…

—No indagues más. Has lo que te digo, y al tomar la fortuna que encontrarás estás aceptando nuestro pacto.

Al día siguiente Plutarco esperó la primera ranchera que pasara para dirigirse a su tierra natal y comprobar si aquel hombre no le mentía. Llegó a la casa de su padre tipo dos de la tarde y el viejo Arnulfo se sorprendió de su visita.

—Hijo qué te trae por estos lugares, pensé que ya no ibas a venir.

—No papá lo que pasa es que en ese trabajo no gano mucho, apenas subsisto.

—Tranquilo, ya vendrán días mejores —dijo su progenitor.

Su hijo no le quiso decir la verdadera causa de su visita, así como tampoco le contó de la conversación que tuvo la noche anterior con aquella persona misteriosa que ni siquiera se acordaba de su rostro.

La desesperación de Plutarco lo tenía impaciente, las horas se hacían una eternidad, y eso lo ponía más ansioso. «Debo calmar esta maldita ansiedad, para que nadie se dé cuenta. Así que iré en burro a comprar aguardiente y esperaré en la hacienda», se dijo. Esa decisión lo calmó.

A la medianoche, y en estado de ebriedad, se dirigió hasta la siembra de cacao y ahí se le quitó la borrachera.

—¡No puede ser! No creo lo que estoy viendo —fueron sus palabras. Sus ojos no pestañaban y su boca se mantenía abierta; se acercó, temeroso, a la siembra, ahí en vez de hojas había en la tierra billetes en cantidad. Sin salir de su asombro corrió a buscar sacos de yute para esconderlo.

—¡Por fin! Si ¡soy rico! Fue verdad. Ahora debo de enterrar la mayoría así no levantaré sospechas.

Plutarco Vélez se pasó toda la noche enterrando su dinero y solo una parte guardó en su bolso en el que llevaba su ropa, esperando que amaneciera para regresar a Manta.

Ese mismo día Arnulfo decidió ir a su hacienda a revisar todas sus cosechas y al darse cuenta que toda su siembra de cacao estaba arruinada culpó y maldijo a su hijo. Sin darse cuenta una serpiente de la nada apareció y lo mordió en el brazo izquierdo, al caer al suelo una mano de piel putrefacta emergió de la tierra agarrando la pierna derecha del viejo, sumergiéndolo hasta el infierno.

Al día siguiente Plutarco se enteró de la desaparición de su padre, pero no le afectó, ya su corazón se había contaminado de la ambición y el poder que obtuvo después del trato; sin darse cuenta que era víctima de una mentira y que el juego macabro recién empezaba. Su vida cambió por completo, la suerte lo acompañaba a todas partes; transcurridos los meses sus negocios, en los que invirtió, le iba bien, compró dos lanchas que siempre venían llenas de pesca, también tenía ganado.

Al transcurrir dos años Vélez se enamoró de una joven de dieciocho años y la conquistó, llevándosela con él. Luego de unos meses salió embarazada.

—Qué hermoso saber que pronto darás a luz —dijo con emoción y alegría.

—Si mi amor y sea lo que Dios mande estaremos orgullosos del bebé —le contestó Florencia, su mujer.

Cuando nació la bebé de Plutarco a su mujer se le salió el útero y por la hemorragia murió. Desesperado le dijo a su chofer Aníbal Panchana, quien le manejaba su camioneta Ford F 100, que viaje a Junín y le desentierre uno de los sacos de yute donde escondía el dinero; sin saber Panchana el origen de ese dinero acudió hasta la hacienda, para su desgracias y sorpresa, tras desenterrar los sacos, lo que encontró era carbón.

Misteriosamente, la señora que cuidaba a la bebé de Plutarco empezó a escuchar una voz: “Esa niña que vez ahí le pertenece a nuestro amo así que no tengas compasión de ella y mátala, córtale la garganta; luego te cuelgas con una soga, así te librarás de tu pecado”. La mujer, convencida por la voz, obedeció y cumplió con lo ordenado.

El gran comerciante, el hombre con poder, aquel que la suerte lo acompañaba se desesperó al ver a su niña recién nacida degollada y sin saber qué rumbo tomar esperó a su chofer para salir de la ciudad.

Los habitantes del sector ya sospechaban y asustados comentaban que Plutarco Vélez, el hombre que lo tenía todo, pudo haber hecho trato con el diablo, por eso la desaparición de su padre, la muerte de su esposa y ahora el asesinato de su bebé. A pesar de no existir prueba alguna de lo que decían.

Aníbal le llevó a su jefe uno de los sacos de yute llenos de carbón, este se enfureció pensando que su chofer le había cogido todo el dinero enterrado, pero prefirió no reclamarle ahí.

—Panchana, vamos a la hacienda a verificar los otros sacos.

—Listo jefe, vamos.

Llegando a la hacienda Plutarco desenterró los sacos faltantes y se percató que también tenían carbón; en su mente se imaginó que Panchana cambió los sacos llevándose toda su fortuna, furioso se levantó, tomó de su cintura el revolver Smith & Wesson modelo 10 y le disparó en la frente, matándolo al instante.

Sin remordimientos cogió una pala, cavó un agujero y enterró a su exempleado. Luego de hacerlo se retiró de sus tierras para comprar aguardiente, regresó a la hacienda y borracho maldecía el día en que hizo el pacto.

—Maldita la hora que hablé en voz alta y se apareció ese mocoso; maldito el día que fui a ese barrio. Te llevaste a mi familia y el trato no era ese, y ahora este pendejo me roba el dinero. Estoy quebrado… ¡Me estafaste! ¿Ahora? Qué piensas hacer ¿matarme? Ja ja ja, no me hagas reír; es eso que quieres ¿llevarte mi vida? ¡Maldito infeliz! Un convenio que no respetaste. Por qué no apareces —Plutarco, ebrio, gritaba—. Amaba a mi mujer, adoraba a mi hija, qué culpa tuvieron ellas para que te lleves sus almas ¡desgraciado! Te maldigo por siempre.

A la mañana siguiente Plutarco regresó a Manta y en horas de la tarde se enteró que sus lanchas regresaron sin pesca, y a su ganado le había caído una plaga.

Ya en la miseria, Plutarco se sumergió en el alcohol desatando aún más la curiosidad de los habitantes de la ciudad.

La familia Párraga Macías tenían cuatros hijos: Roberto de quince años, Sofía de trece, Hugo de diez y Alberto de ocho; sus padres se llamaban Juan y María, comerciantes y dueños de un pequeño bar de comida que quedaba frente a la playa. Ese día comentaban de la vida de Plutarco.

—Viejo, te das cuenta como Plutarco Vélez de ser pobre se hizo millonario de la noche a la mañana y ahora perdió a su familia y está en la miseria.

—Si vieja, eso está claro como el agua.

—Que Dios se apiade de su alma.

A la medianoche, cuando todos dormían en el barrio Buenos Aires, por primera vez se escuchó el relincho y bufido de un caballo galopando desde la calle principal del colegio San José hasta la loma de la vía a Portoviejo; todos sus habitantes se asomaron y al darse cuenta de no haber nadie el miedo imperó en ellos. El ambiente apestaba a azufre.

—Dios santo líbranos del mal —dijo María.

—Padre nuestro que estás en el cielo protégenos del diablo —clamaba Filadelfia, otra moradora de ahí.

Los hijos de Juan no dejaban de estar asustados.

A los cinco minutos de lo sucedido en la casa de Plutarco gobernaba un hedor que él no soportaba, pero no le importó ya que estaba borracho, ni siquiera sabía que aquel hombre del traje negro, botas de vaquero y sombrero de fieltro lo visitaba.

—Qué gusto volverte a ver Plutarco, llegó la hora de que me acompañes al infierno, tu nuevo hogar.

—Maldito infeliz, estafador y mentiroso has lo que quieras ya no me importa nada.

Vélez, al concluir de hablar vio el rostro del diablo por vez primera, sus ojos no lo soportaron; sus escleróticas de color blanca se pusieron amarillentas, de las carúnculas le salía sangre, tanto era el horror en sus ojos que provocaron un derrame ocular.

El ex comerciante exitoso se revolcaba del dolor y gritaba por no ver nada.

—¡Socorro! ¡Ayuda! El diablo está aquí ¡Sálvenme!

A pesar de que los vecinos escuchaban sus espantosos gritos nadie acudió a su socorro por el temor a que el demonio les hiciera lo mismo.

—Que Dios y la virgen se apiaden de esa alma —María rezaba y lloraba de pena y susto.

—Vieja, tranquila, ese es el castigo que el hombre merece cuando pacta con el diablo.

El terror para el barrio Buenos Aires recién comenzaba. A las seis de la mañana los curiosos entraron en la casa de Vélez y observaron un macabro espectáculo: el cuerpo yacía en el piso boca arriba con una expresión de espanto, cantidad de moscas verdes invadían el cadáver y viscosos gusanos se comían sus ojos. La mayoría salió despavorida de ahí y otros rezaban el padre nuestro y ave maría.

Pasaron dos años de lo sucedido y nadie olvidaba aquello. Aunque la vida seguía con normalidad.

Rodolfo López también vivía en Tarqui, cerca de Los Tanques, vendía mangos, grosellas ovos y aguardiente, se había casado con Rosa Quimis, procreando dos hijas: Anastasia de diecinueve años y Rigoberta de trece. Este hombre adoraba a sus hijas y siempre quería el bienestar de ellas; amaba a su mujer y, a pesar, de ser pobres no les faltaba la comida.

De a poco la ambición de querer tener dinero para enviar a sus hijas a estudiar a otro lado invadía su cabeza, transformándose en una obsesión que no le dejaba dormir. Hasta que un día un anciano se acercó a comprar una botella de aguardiente.

—Buenas tardes don Rodolfo, me dicen que usted vende el mejor aguardiente y me gustaría comprarle una botellita.

—Por supuesto que sí, no se va a arrepentir —le respondió López.

—Perdón la curiosidad, pero es primera vez que lo veo por aquí.

—Bueno por este barrio sí, pasaba por aquí y usted se ve buena persona —le respondió el anciano.

—Me gusta ser servicial con la gente, que mis hijas tengan un buen estudio, lamentablemente no tengo dinero —dijo decepcionado.

—¿Te gustaría tener plata para conseguirlo todo? —le preguntó el viejo.

—Pero cómo, si este negocio no me da lo suficiente.

—He escuchado por ahí de la existencia de un hombre que te puede ayudar con tu situación; puedes invocarlo en las noches a solas, te recomiendo lo hagas en lugares desolados sin nadie que se de cuenta.

—No me atrevo, amigo, creo que eso es hacer pacto con el diablo, y aquí hace años se escuchó el rumor que un señor perdió a su familia y murió viendo el rostro del mal.

—No creas todas las habladurías de la gente, siempre aumentan; tal vez el tipo falló en algo y se dejó llevar por la avaricia. Ya depende de ti amigo.

Rodolfo no dejaba de pensar en la conversación que tuvo con el anciano nunca antes visto, no dormía, se desvelaba a cada rato a tal punto que la curiosidad le pudo más. Sin decirle a su mujer, caminó, a esas horas de la noche, hasta la playa. “No sé qué hago aquí, pero si es verdad lo del viejo te invoco hombre de negocios y cumplas mis anhelos”, dijo en voz alta. Al instante detrás de él se apareció un hombre.

—Rodolfo, no mires para atrás solo escúchame y responde a mi pregunta. Yo te puedo dar lo que me pides con una condición.

—Y cuál es esa condición —le preguntó atemorizado López.

—Tu vida.

—No sé si creerte o me pase lo que le pasó a tu cliente anterior y te metas con mi familia.

—No dejes que la codicia te domine o se adueñe de tu corazón.

Aquel hombre desapareció luego de responderle a López.

Al amanecer una voz le dijo que abriera el viejo baúl de su padre fallecido sin que sepa la mujer o hijas. Cuando lo hizo se dio cuenta de la cantidad de dinero que sus ojos presenciaban. No le dijo nada a su mujer y le puso candado, así no descubrirían su secreto.

Pasaron los días y Rodolfo en vez de pensar en el estudio de sus hijas decidió gastar el dinero en mujeres. Luego se encontró con un amigo de barrio.

—Lucho, cómo estás.

—López, a los tiempos, sé que tienes dinero, no sé qué hiciste, pero la gente habla que pactaste con el malo ¿es cierto eso? —le preguntó curioso.

—No creas en pavadas. Me salieron unos negocios y disfruto de eso; vamos, te invito a chupar y disfrutar de mi suerte.

López cambió, su avaricia fue tan fuerte que su mujer se dio cuenta.

—Rodolfo, eres otra persona, qué te ha pasado, ya no tienes tu pequeño negocio y la gente anda diciendo por ahí que hiciste convenio con la cosa mala.

—De qué hablas mujer, estás loca, no te falta la comida y jodes, déjame tranquilo, hice buenos negocio eso es todo.

Solo transcurrieron meses y el terror tocó la puerta en la familia López Quimis. La piel de Rosa amanecía con moretones y rasguños que no se explicaba el motivo, contándole a su marido este no le dio importancia ya que solo pasaba sumergido en el alcohol. Empezó a ver a una mujer de piel pálida y vestido blanco con manchas de sangre y el cabello negro empapado de agua. La mujer de López gritaba al ver esta presencia, pero cuando las vecinas iban a su casa nadie se encontraba con ella.

—Hay una mujer horrible aquí en mi casa, me araña y golpea en las madrugadas ¡por favor! Saquen a esa mujer de aquí.

Sus vecinas comentaban que Rosa pagaba las consecuencias del marido por el pacto diabólico que hizo; ya asustadas prefirieron no visitarla más.

Las hijas de López se fueron con marido y este al enterarse se enervó culpando a su mujer.

—Te das cuenta, imbécil, que mis niñas se hicieron de marido por tu locura, yéndose con dos vagos buenos para nada.

Rosa sentada en una silla mecedora con la mirada ida perdió el habla. Esa misma noche, después de la discusión, su marido desapareció como lo hacía de costumbre, en ese instante la mujer de vestido blanco volvió a aparecerse. “Rosa, escúchame, es tiempo que seas libre, ya no sufra más, ese hombre pagará por lo que hizo. Levántate y como es semana santa ve al mar ¡libérate!”, le dijo.

Rosa se levantó de la mecedora y como era tarde de la noche nadie se dio cuenta que caminó hasta la playa sumergiéndose en el mar, donde en segundos se convertiría en pez, por la antigua maldición que sucedía si una persona se bañaba en viernes santo.

Rodolfo llegó ebrio a su casa a las tres de la mañana a sacar más dinero del baúl, y al abrirlo se percató que en vez de dinero existía carbón. Gritó como loco culpando a sus vecinos de ladrones.

—Devuelvan mi dinero, malditos envidiosos —gritaba desde su casa.

Al rato se volvió a escuchar los galopes del misterioso caballo llegando hasta su casa. Aquel jinete abrió la puerta.

—He venido por ti.

—Quién eres.

—Aquel que hizo el pacto contigo y vengo a reclamar lo que es mío.

Al ver el rostro del diablo corrió despavorido por un cuchillo y se lo clavó en el corazón. Rodolfo, con la daga clavada se arrastró por el piso clamando y pidiendo agua, hasta su fin.

Décadas han pasado de las desdichas de los Vélez y López. Pocos recuerdan lo sucedido, porque la gente olvida, o el olvido es un refugio aún seguro para la cordura. Nadie ha vuelto a escuchar el galope del jinete maldito reclamando su parte del trato. Pero la noche silva un canto seductor, un canto que habla de riqueza y poder, un canto que es un contrato con la muerte.

Hace poco, mi abuela, me dijo que el canto nocturno es un anzuelo, una trampa para los habitantes de esta pequeña ciudad que ignoran la trampa del maligno. Cuando ella habla, mi piel de gallina me va diciendo que no despierte nunca al silbido de la noche. Y que recuerde a los Vélez y López, siempre, siempre.

 


Carlos Coello García (Manta, 1983). Abogado. Poemas y relatos suyos se han publicado en medios impresos y digitales. Autor de los poemarios La inspiración de un fantasma (2002), La creación perfecta (Mar Abierto, 2009) y El origen del mal y otros poemas (Tinta Ácida, 2017). Autor de la novela Leyendas de un fauno (Tinta Ácida, 2018), primer libro de una trilogía de corte fantástico. Sitio web del autor: http://autorcoello.blogspot.com/

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/luna-nubes-cielo-noche-fantas%C3%ADa-4345655/

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