El escritor | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Son las seis de la tarde y estoy en mi pequeño estudio. Los ocasos en este tiempo son más obvios. Están más cerca de nuestra percepción con su belleza parda y misteriosa. Generalmente mi mesa de trabajo está un poco desordenada. Asunto de mi forma de ser, creo. Arreglo un poco los papeles. Los clasifico y elimino algunos recibos, facturas, listas y otras cosas que pienso que ya no me serán de utilidad. Tengo apilados, a un lado, los libros que estoy leyendo y al otro extremo, los que están a la cola para ser leídos. Magda, mi gata carey, me observa desde el sillón donde se recuesta para acompañarme. Es mi aliada, mi cómplice.

La estantería, junto a la ventana, está llena de obras clásicas, pero también tengo libros de autores actuales, incluso ejemplares publicados por algunos escritores contemporáneos. En el centro del escritorio, mi laptop. Mi herramienta de trabajo, mi medio de contacto con la literatura. Debo confesar que a veces, me llevo el ordenador a la mesa del comedor e incluso a la cama. Ahora, intento concentrarme en el tercer capítulo de la trama que construyo. Trato de enlazar las pistas a las que recurrirá mi personaje principal, una joven y guapa investigadora forense que resolverá un misterioso asesinato. Tengo un lapsus. Me ocurre a menudo, entonces voy a la cocina y preparo un café. Regreso con mi bebida caliente y sin azúcar. Noto que ha oscurecido un poco. Enciendo la luz. Me propongo retomar la narración, pero esta vez, no lo consigo. Hay pensamientos recurrentes que han invadido mi cabeza desde hace unas semanas. Han pasado cincuenta días y no he salido de casa. He hablado por teléfono con mi exesposa y con mis dos hijos para saber de su seguridad y de su salud. Para ellos, esta pandemia ha sido dramática y desalentadora. La suspensión de los trabajos y de la universidad de Antonia, les ha golpeado. Están inquietos, tensos, estresados. Apago la computadora. Me voy a dormir, Magda me sigue complacida porque ya extraña su cobija gris.

Desde hace dos meses, todo ha cambiado. Pero en mi caso personal, ha ocurrido lo contrario que para el resto de la gente. La evolución de mi historia es opuesta a la de la mayoría. Escucho y leo, a menudo, que casi todos desesperan porque se encuentran en confinamiento. Conforme pasan los días, aparece en sus vidas la desesperación, aumenta el nivel de angustia, crece la ansiedad, la ira. Quieren salir, trasladarse, volver a reunirse. Ir al banco, a las oficinas, al parque. Regresar al gimnasio. La incertidumbre los confunde. Enloquecen en el encierro.

Yo en cambio, Javier Alvear, mucho antes de la cuarentena tuve una época muy larga de amargura y depresión. Tengo cincuenta y tres años y mi trastorno emocional me llevó a bajar de peso de manera drástica, a descuidar mi apariencia, a despreocuparme incluso de mi aseo personal. Conviví durante años con una tristeza perpetua. Experimenté la presencia de una fuerza sobrenatural que, imparable, intentaba absorberme cada mañana, cada atardecer hacia un hoyo insondable, dantesco cuya cercanía me aterraba. Percibía un fondo repulsivo que olía a podredumbre. El esfuerzo, incluso físico, que tuve que crear para luchar contra esa succión y para que no me aspirara como a un gusano hacia la infinidad de un espacio negro y apocalíptico, fue agotador y desgastante. Me aniquiló. La depresión y la inconformidad me envolvían como un manto aciago, asfixiante. Existir de la misma forma y con los mismos parámetros con los que lo hacen los demás, anulaba el sentido de todo, excepto de la muerte.

Muchas veces, por días enteros, no salí de mi cama. La mayoría de las noches no dormía bien y me atormentaban infernales pesadillas. Transpiraba por la agonía y por el miedo. La idea de tener que seguir cumpliendo con cánones establecidos y horarios, me aterraba. La depresión aprovechaba esto para aplastarme más. Me inyectaba grandes dosis de ansiedad y de resentimiento. Marcia luchó por “rescatarme” pero cuando se convenció de que no iba a conseguirlo nunca, renunció. No podía verme improductivo, decía, escribir no es una actividad prolífera.

Psiquiatras, psicólogos, amigos, familia; todos intentaron que, con pastillas, medicamentos, calmantes, consejos, yo consiga recobrar la alegría de vivir, pero eso no era posible. Nunca lo sería. Marcia, por ejemplo, no toleró mi infelicidad crónica, ni mis ataques de pánico, ni mis crisis de ansiedad. No soportó mi aislamiento, mi rechazo al mundo, a la sociedad. La depresión, esa otra terrorífica pandemia que se expande por el mundo, no mata el cuerpo a corto plazo como la enfermedad del Covid-19, pero destruye el alma, el espíritu y el deseo de vivir.

El trastorno depresivo es cruel porque al no ser entendido en su total dimensión, se lo minimiza al máximo. La gente no puede visualizar su contenido real con claridad. Es confuso por la enorme desinformación que existe al respecto. Se disminuye la gravedad de su presencia y eso es injusto y perverso para el que lo padece porque lo arrastra a una repugnante decepción.

Siempre nadé contracorriente. A menudo yo miraba como los seres humanos caminaban con apuro, con urgencia. Jamás entendí hacia dónde iban con tanta prisa. Parecían máquinas irreflexivas que intentaban ganarle al tiempo de sus relojes, al tiempo de su propia existencia. A veces, las personas me parecían cuerpos robotizados e imaginaba que sus pensamientos eran máquinas dadoras de órdenes y nada más. Levántate. Báñate. Vístete. Trabaja. Compra. Vende. Cobra. Come. Duerme. Pasea. Canta. Sé feliz…

Yo no. Nunca quise obedecer disposiciones sociales de un sistema absurdo y sin sentido. Inventos sin lógica. Creencias irreflexivas. Paradójicas políticas extremas e insensatas. Innumerables religiones impositivas que manipulan a la humanidad. Normativas que limitan y coartan la libertad del ser.

Un matrimonio como el mío jamás iba a funcionar mientras yo sostuviera que era ridículo levantarse y ducharse si uno no lo deseaba y muchas veces, yo simplemente no lo deseaba. La vida me dolía. La piel me ardía por la rabia. Me hacía daño la impotencia para rechazar con firmeza mi absurda adaptación. Loco. Demente. Rebelde. Amargado. Negativo. Pesimista. Adicto al sufrimiento y al dolor. Esos eran los calificativos que recibí a lo largo de muchos años. Pero yo tenía mi propia idea de lo que significa vivir. Soñaba con construir mi propia estructura de vida y decidir sobre mi tiempo. Había cumplido con los condicionamientos sociales desde que nací. Sí, desde que nací porque determinan nuestro comportamiento incluso desde que estamos dentro del vientre materno. Sin embargo, y muy a mi pesar, tuve un desarrollo apegado a las normas y a los deberes adjudicados a la infancia y a la juventud. Estudié. Me gradué. Trabajé. Me casé como lo hace la mayoría, a una edad aceptada por el medio, veinticinco años. Marcia, mi exmujer, es trabajadora, activa, decidida pero inmersa dentro de ese patrón social irracional que establece el mundo. Tuve dos hijos, Matías y Antonia, a los que amo. El amor es lo único rescatable de la existencia. Cumplí con mis obligaciones como esposo, como padre. Tuve trabajos estables y buenas remuneraciones, pero me cansé de hacer lo que siempre he rechazado.

Los chicos están grandes y tienen sus propias filosofías de vida. Después del divorcio, decidí escribir mis relatos cortos y extensos y no salir de mi casa, incluso de mi estudio. Gracias a la escritura, me regenero cada día como se regeneraban las entrañas de Prometeo.

Ahora, en medio de esta cuarentena por la pandemia, me alimento a la hora que me provoca y duermo simplemente cuando tengo sueño, como lo hace Magda, mi gata. Abastezco la despensa con pedidos a domicilio. A veces, me preparo un simple sánduche y cuando me apetece, un espagueti o un bistec con vino tinto. Hay ocasiones en las que no quiero comer absolutamente nada. Bebo café a menudo, pero de vez en cuando me agrada una taza de té. He perdido un poco de pelo. Me he dejado crecer algo de barba, pero tengo más canas de las que debería.

Amo el toque de queda y me complazco con el silencio que me envuelve cuando éste comienza. El sigilo de la noche es mi aliado y el interminable mutismo de la luna, mi consuelo. No salgo, no tanto por temor al contagio como la mayoría de la gente, sino porque al fin, en esta etapa de mi vida se me ha cumplido el deseo de quedarme conmigo mismo, con Magda, con mis libros, con los cuentos y las novelas que escribo y con nada más.

He escuchado que el Coronavirus vino a quedarse, que llegó para enseñarnos cosas, para sacudirnos, para obligarnos a reflexionar sobre nuestra anterior y absurda forma de vivir, para darnos una lección. Sin embargo, no lo creo. Las personas están demasiado dominadas por un sistema que las obliga a desear volver a su vida anterior. Desesperan porque el infierno del encierro acabe. Yo sonrío, sonrío con mucha complacencia porque nadie pudo contra mi depresión, ni los profesionales, ni los químicos, ni las infusiones caseras de valeriana, solamente este grato y gentil aislamiento social.

Ahora, a pesar de que un virus mortal embiste a la humanidad, por primera vez acaté con satisfacción una disposición. Quedarme en casa. Paulatinamente adquirí una paz que pensé que jamás tendría. Al sentirme cada día mejor, decidí disminuir la medicación. Poco a poco, en mes y medio dejé los antidepresivos y los ansiolíticos. Ya no los tomo. Me siento bien. La depresión aún vive conmigo y siempre lo hará porque es parte de mi ser, pero ya no es despiadada, ya no me aplasta, ya no me tritura ni me agrede con tanta furia, ahora solo me acompaña igual que Magda.

La gente tiene miedo del contagio. Del encierro. De no tener contacto con el aire libre. De no poder volver a sus rutinas, a sus iglesias. De no sociabilizar. De no poder caminar por la calle con libertad. Yo en cambio, tengo pánico de que llegue el día en el que tenga que volver a salir, es la única idea que no me deja escribir, que me produce lapsus mentales, zozobra y una espeluznante agitación. Pienso en ello y siento escalofríos. Tiemblo y sudo a la vez.

Hoy me he despertado a las cinco de la mañana y antes de que salga el sol, voy al estudio. Magda ronronea y me sigue. Prendo el computador. Ahí está el capítulo tres, me mira inconcluso, con temor de su futuro y yo tecleo emocionado como un loco porque “A la Dra. Méndez, le han entregado los resultados del análisis de las muestras de ADN y eso comprueba que fue Manuel quién asfixió a su mujer cuando, después de la cuarentena, se vio presionado por ella a continuar con una vida agitada, activa, condicionada y normal…”

 

 


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).

 


Foto portada tomada de: https://unsplash.com/photos/mxwEAI4pTGU

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