El errante | Antonio Raymondi Cárdenas

Por Antonio Raymondi Cárdenas

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Lo miró de soslayo. «¿Si no se le hubiese descompuesto el auto? ¿Si Pablito no hubiese insistido en recogerlo?», se preguntó al volante.

Lo volvió a mirar, esta vez con más firmeza: «deberías dormir en un hotel, mañana recibiré visita del trabajo y Pablo irá al colegio temprano». Él mantenía el rostro pegado al vidrio, sujetando su maleta con más fuerza, como si su desgraciado presente se preparara para engendrar postrimeros días de nostalgias, de soledades y de arrepentimientos.

Abrió la boca a tientas, dejando notar su alicorado aliento: «Pablo se durmió, se le ve sano». E inmediatamente rebotó la frente al vidrio y lloró. Aproximó la maleta a la cara, quería cubrírsela, quería ocultar el gesticular de su faz sufrida, malhadada, hinchada, con los cabellos duros y con la lobreguez de una barba descuidada. «¿Cuántas noches habrá conducido ebrio? ¿Desde cuándo se le habrá descompuesto el auto?», meditó ella cuando se disponía a increparle: «deberías enamorarte de verdad, ya cumpliste cincuenta».

Parecía convulsionar en llanto, babeaba demasiado, rezumaba un dolor estrujante, con el rostro presionado, rojizo, como si cada poro exhalante fuera un perdón aceptado. «Será la última vez que hago esto, no vuelvas a llamar para estas cosas, sabes que a Pablo le hace daño; insisto, deberías madurar».

Las luces de la ciudad aparecían y alumbraban por chispazos sus siluetas. Él se acomodó de costado, viendo por la ventana empañada a la nada, o tal vez, aferrada la maleta sobre su pecho diferenciaba alguna clínica respuesta a su condición, o a su problema, o simplemente, quizá, solo avizoraba la espera de un repetitivo comienzo. «Lo siento, pero no deberías acomodarte, ya casi llego a casa. ¿Te dejo en un hotel o lo buscarás solo?».

Se incorporó en el asiento, bajó la maleta del rostro lentamente e inclinó la cabeza hacia atrás, tomó aire para intentar recomponerse, se limpió con la manga del saco todo lo sufrido hecho lágrima, baba y moco. «La última vez no lloraba tanto» –pensaba ella mientras miraba de reojo nuevamente su perfil desencajado. Balbuceó: «déjame en la esquina».

Ella cuadró el auto y él miró por el espejo el sueño de Pablito. Al abrir la puerta y bajarse, distinguió ella el perfume barato de mujer: «era raro que no lo distinguiera aún», masculló mirando su espalda alejarse.

Ella aceleró y él se perdió entre las largas calles de la taciturna noche y entre el repentino golpe de la maleta que, al abrirse, dejó caer tres fotos de niños parecidos a él.

 


Antonio Raymondi Cárdenas (Lima, 1991). Escritor y arqueólogo de la Universidad Nacional Federico Villarreal. Publicaciones en “Letralia, tierra de letras”: Porras de miel (2017, Cagua), Monteazul en el verano (2019, Cagua), A la sombra de Ramón (2019, Cagua); en “Limeña introvertida”: ¡Solo un mundialito, por favor! (2018, Lima), Periquito (2018, Lima), Extravío (2018, Lima); en “La experiencia de la libertad”: Expirada inspiración, inspiración expirada y Retorno (2020, México); en “Maquina Combinatoria”: La apetencia (2020, Ecuador). Cuentos en edición en la revista “Pluma y tintero” (España).

 


Foto portada tomada de: https://www.freepik.es/foto-gratis/vehiculo-transporte-clasico-parachoques-cromado_1043334.htm#page=17&query=automovil+viejo&position=42

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