El breve baile de Guayan | Adrián V. Grimm

Por Adrián V. Grimm

 

—Aunque su habitación contenía objetos rarísimos, había uno que era más raro que lo normal… en ese cuarto.

—¿El “como se llama”?

—Sí, ese.

Viendo la televisión una noche, Gregorio vio a un niño pez, ya no tan niño pez: un joven pez que le dejó una profunda sensación de soledad. Más bien parecían varios niños peces. Al despertar volvió a ver las mismas noticias y al joven pez, pero esta vez subió el volumen del televisor. No era un niño pez, eran tres jóvenes peces. Uno dijo que lo más difícil de la vida era conseguir trabajo, ya que la gente no se sentía cómoda a su lado. El otro dijo que lo más difícil de la vida era el cuidado especial que necesitaban y todo lo que tenían que andar para conseguir sus alimentos. De sol a sol, recibiendo la gran solidaridad del pueblo y la intermitente atención de los medios. El tercero dijo que lo más difícil de la vida era la falta de amor. La poca esperanza de conseguir sirenas. Los otros dos se congelaron, o los congeló allí en la habitación penumbrosa, en su memoria cada vez más cruel.

Los dejó ir. No pensó más en la solitaria vida de los jóvenes tritones ni en las similitudes consigo mismo y muchos otros “amigos” que conocía. Para todos era difícil conseguir trabajo, comida y amor. Lo dejó ir.

Tiempo después perdió a su trabajo, sus ahorros y a su novia, pero estaba casi seguro de que eso es lo que había querido y no se quejaba, sino que dedicaba sus días a conseguir de vuelta todo lo que había perdido. Como trabajo era muy precario, el periodista debe agenciarse sus viáticos y cobrar su sueldo cada tres meses. Luego de ser librero, ejecutivo, camarero, y músico de la calle, decidió trabajar en la televisión, tomó un bus directo al Canal 15, revisó mentalmente sus discursos, cambió credenciales al guardia y entró al mundo que hay detrás de la pantalla. Fue bien recibido. El canal estaba abriendo un espacio sociocultural con tintes amarillistas y páginas más coloradas; logró ser escritor de reportajes y también llevaba a la reportera, la camarógrafa, el equipo y a sí mismo a las locaciones. Se acordó que, a final de mes, el costo de la gasolina y los eventuales arreglos del coche correrían a cargo del Canal.

Cecilia, se llamaba la camarógrafa. Era graduada de francés o algo así. La reportera se llamaba Lorena y aún era estudiante de comunicación. El equipo era una Betacam 5505 dentro de una funda de plástico translucido. Gregorio era un no tan joven escritor de cuentos infantiles de fantasía y valores, desempleado.

Los primeros guiones, de la pluma del sobrino del gerente, los llevaron a la zona roja a buscar algo parecido a la inocencia maltratada y verterla en un frasco digital. Fueron cinco capítulos de tres minutos repetidos tres veces al día y vistos por una fracción creciente del público. El primer capítulo editado por Cecilia tuvo pocas piernas; el segundo, por el sobrino: poca inocencia; el tercero poca sangre, el cuarto pocos escrúpulos, el quinto pocos artistas.

Desde el sexto dirigió Gregorio. Decidió salir de la ciudad. Al norte estaban Quito, Otavalo, Tabacundo, Ibarra, y partieron en busca de cinco historias por día, y debían conseguirlas antes de que acabaran los viáticos que manejaba Cecilia. Fueron cinco capítulos amarillentos y rojizos. Los dos de Quito se bebió la poesía lánguida y vacía de la ronda. El capitulo de Tabacundo aspiró el aroma de desigualdad de las flores y comió biscochos con queso de hoja. El de Otavalo se centró en los días de feria y se pintó de mil colores. Cecilia administraba con tiranía los viáticos y era imposible sacarle una merienda sin antes contarle dos o tres argumentos para el trabajo del día siguiente. Necesitaban emociones fuertes, y Cecilia sabría extraerlas de la nada, a cambio de platos de a tres dólares cincuenta.

La segunda temporada fue por ciudades de la Costa. Los viáticos permitieron un ceviche diario a cada quien, meriendas y desayuno costeño. Las cervezas de mesas ajenas gritaban en ese mar de calor llamado Atacames en feriado. Pararon en cada discoteca, filmaron anguilas muertas en la playa. Buscaron problemas en las farmacias y los zaguanes, sangre. Nada, pura basura; guantes quirúrgicos, colillas, cáscaras de aguacate.

Al segundo día, acudieron temprano a la policía y Gregorio consiguió hablar con los presos de la noche anterior. Una anciana y una joven estruchadoras, tres borrachos y dos peleones de ojo morado y labio partido, y un joven acusado de conducta indecente.

Las chicas quisieron la historia de las mujeres, Gregorio aceptó a regañadientes su olfato amarillo-rojista; enseguida ellas descubrieron que las mujeres vivían en una choza con otras tantas que se dedicaban a lo que se dedican las mujeres hacinadas en chozas. La gerencia había prohibido los reportajes de género la historia no tuvo final.

La siguiente opción que resultó ser la última comprendía los peleones y al joven pez. La pelea se había debido a que el primer peleón había emborrachado con dos cervezas y media al joven pez y logrado que este bailara en las arenas de la playa casi desnudo antes los ojos de los turistas y los bailarines de marimba y la madre del joven y los bartenders y los dj’s, y turistas venenos y colombianos, y policías de turismo, y vendedores de jugo; todos con el celular levantado, protegidos de la mirada de vuelta. Luego, el primero, había intentado pasar el sombrero. El segundo peleón había tomado dos cervezas y varios cócteles, había tratado de detener la breve danza del joven. El joven se llama Guayán.

La madre de Guayán esperaba y pedía en las afueras de la marina. Mostraba un álbum certificados médicos, fotografías y la boleta de la comisaría. Congregaba a unas cinco personas por lapso de tres minutos y volvía a empezar. Al llegar la televisión la madre dio su discurso de memoria y pidió ayuda a las desinteresadas personas y a las autoridades. Lorena tomó aire y entró seguida del equipo a la cárcel.

Sentados en el suelo estaban aún las mujeres, los peleones y Guayan. Los borrachos se derretían mirándose. Lorena pidió hablar con el joven y se levantaron los tres interesados. De afuera, la madre enviaba gritos y acusaciones imposibles de registrar.

Los peleones cada uno dieron su versión, la una historia era emprendedora y solidaria, la otra era moralista y heroica; la de Guayán fue tacita y breve, pero real. La madre dió la suya de tres minutos fuera del micrófono. La versión secreta de Guayan fue haber visto todo el día gente feliz y desnuda, haber recibido dinero y sonrisas de muchas mujeres jóvenes y viejas, haber tropezado de espladas con una turista muy alta y morena que se asusto al contacto y se aterró al mirarlo, haber deseado a esa mujer y recordar la tersura de su piel… Gregorio quería oler esa versión, leerla en los ojos de Guayán.

Al medio día llegaron los hermanos de Guayán, se llaman Carán y Huancán y una niña pez de nombre Zulema. Las tomas fueron conmovedoras, Gregorio tomaba notas, planeaba dramatizar la escena del baile por la noche. Lorena tomaba aire y planeaba darse un baño bien frío. Cecilia hacía tomas, planos fijos de la madre y sus tres hijos, el comisario sonriendo hipócritamente, la gente solidarizada fuera de la comisaría, empujando unos a otros ante la cámara de televisión. Lorena con el micrófono. Lorena con Zulema, Zulema silenciosa en una banca del interior. Gregorio fumando con los audífonos y anotando.

Guayán y los peleones fueron liberados enseguida sin multa por orden del alcalde de Atacames, se le hicieron tomas fuera de la comisaría abriendo las puertas y dando la mano a la madre de los jóvenes. Para Cecilia la historia estaba completa, Lorena tomaba un baño friísimo, Gregorio hacia cuentas y alargaba los viáticos esperando que pudieran hacer la dramatización del baile de Guayán.

Por la noche tenía todo dispuesto, Guayán bailaría con vaso en mano al ritmo de la marimba, dos negritas le harían marco, Lorena diría al final de la toma que no cabía el castigar la simple diversión de un joven por el solo hecho de ser punto de atención. Cerrarían con un baile general incluidos la madre, los hermanos y los borrachos. Amarillismo total y de tinte rosa, raiting asegurado.

Todo salió bien y alquilaron un computador para editar el material y enviarlo por correo. Gregorio y Guayán conversaban en la casa de este y cuarto de hora después, iban en el auto a las afueras de la ciudad en busca de un chongo. Gregorio era el delfín que guiaba el carro de los tritones.

Los hermanos mayores estaban bien habituados al lugar, Guayán lucía feliz, Gregorio estaba como borracho, todo hedía a felicidad y aburrimiento, músicas sonaban, hombres iban y venían detrás de mujeres, los cigarrillos hacían memento mori. Guayán escogió bien, una morena alta y asustada. Carán y Huancán se sumergieron sin hacer ruido y Gregorio tomó dos cervezas más y entró tras de una colorada.

Lo sucedido en los cubicuelos es bien sabido, cada quien tejió su historia de la mejor manera, Gregorio, a su manera tejió, y pensó en una ciudad llena de tritones, pero con delfines de verdad. Turistas felices tomando fotos de la breve danza de Guayán, canales de televisión entrando y saliendo de Atacames. Imaginó a Zulema feliz abrazada a un delfín y se durmió.

Guayan tejió casi la misma historia secretamente, la morena alta también tejió esa historia y se vio a si misma rodeada de los protectores hombres pez. Solo su vientre y quizás la madre de los cuatro niños sabían el verdadero desenlace de los acontecimientos.

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/hombre-ni%C3%B1o-masculina-leer-791440/

 

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