El amante | Mariana Falconí Samaniego

Por Mariana Falconí Samaniego

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Sentía que la juventud se le iba de las manos. Espléndida a sus cuarenta años, de buena figura gracias a la gimnasia diaria que realizaba, su rostro apenas tenía una que otra arruga delatora del paso del tiempo, pero ello se debía a su tenaz lucha en contra de ellas con inversiones horrorosas en cremas y menjurjes de marca.

Había enviudado hace ya un año. Sus dos hijos ya casi no contaban; a sus 20 y 18 años respectivamente hacían ya su vida aparte.

Empezaba a sentir los estragos de la soledad.

El enfrascarse en su trabajo en la agencia de publicidad no le quitaba del todo de la cabeza “los malos pensamientos”. Extrañaba las noches apasionadas, el jadeo acompasado de los cuerpos, ese morirse por etapas, ese cosquilleo delicioso que sentía su piel cuando las manos expertas de su marido la acariciaban.

Se sentía invadida por sentimientos contradictorios, comenzaba a obsesionarse por el sexo, sentía que su cuerpo todavía vital, le urgía, le reclamaba el placer que había dejado atrás.

—Creo que ya es hora de que me busque un amante —se dijo a sí misma.

Estaba cansada de los repetidos intentos de sus amigas por presentarle el candidato ideal para volver a casarse.

¡No! Definitivamente no quería perder la libertad de la que había comenzado a disfrutar. Lo que quería era alguien especial, con quien disfrutar de la vida, pero sin ataduras.

—¿Pero donde encontrar ese espécimen raro? —dijo pesimista—, si todos los hombres de su medio social estaban comprometidos y los pocos disponibles no le agradaban.

—Creo que debo dar un cambio radical a mi vida —pensó para sus adentros.

Empezó por cambiar de look, de peinado, de maquillaje. Invirtió una buena cantidad de dinero de su caja de ahorros en adquirir nueva ropa, más juvenil, más entallada.

Satisfecha con su nueva imagen, que la rejuvenecía, por lo menos diez años, comenzó con su objetivo: ¡Conseguir un amante!

El primer paso fue volverse asidua a los bares de lujo, a los casinos, a cuanto acto cultural la invitaban. Circulaba y circulaba, conociendo toda clase de gente, pero nada de nada, los hombres reparaban su presencia y se decidió a salir algunas veces, pero algo raro pasaba, luego de la primera cita, cena en un restaurante de moda, bailar en cualquier discoteca, querían llevarla al motel, así de primerazo. ¡Y eso sí que no! La promiscuidad no estaba en sus planes, quería un amante de verdad, no una aventura cualquiera.

Una noche, asistió a casa de una amiga que trabajaba en la universidad y daba una fiesta. El ambiente estaba agradable, buenos tragos, buena música, todo aquello confabuló para que tome más de lo normal y empiece a alborotarse, de pronto, un tipazo frente a ella requiriéndola, alto, guapo, musculoso, no más de treinta años y libre…, ¡libre!

Una química feroz pareció desatarse dentro de su cuerpo rebotando en oleadas contra el cuerpazo de aquel perfecto ejemplar. Risas, charlas sobre temas culturales —el tipo sabía desenvolverse bien— baile eufórico, luego en la penumbra, besos y besos y más besos, empezó un frotamiento de cuerpos, respiración agitada.

No lo pensó dos veces cuando aquel cuerazo le propuso ir a otro lado, salieron apresuradamente hasta el auto de ella estacionado al frente de la casa, arrancó sin rumbo fijo, hasta llegar a la Panamericana Norte.

De pronto, él le pide se detenga a un costado de la carretera desolado a esa hora de la madrugada, le propone ir al asiento trasero, empieza a desvestirla, besos sobre su piel candente, de pronto su mano se topa con algo blando, pequeño y húmedo.

«¡Oh! Qué decepción, quiero salir de aquí, irme lo más pronto posible, este tipo es un fiasco, se me fueron todas las ganas» —piensa ella.

En eso, un camión pasa cerca de donde estaba su auto, pitando estrepitosamente y alumbrándolos con sus potentes faros, aprovecha la ocasión para empujarlo hacía un lado y vestirse apresuradamente.

—¿Pero que pasa corazoncito? —pregunta él— Estábamos pasándola tan rico.

—No me siento bien aquí —contesta ella—. ¡Vámonos por favor!

—¡No chiquita! Terminamos lo que habíamos empezado.

«¡Piensa! ¡Piensa pronto en algo! pedazo de tonta, para poder deshacerte de este tipo. ¡Ya sé! Le voy a meter un cuento».

—Chiquito, por favor, vamos a un motel para amarnos sin límite.

—No tengo dinero —contesta el muy pelmazo.

—No importa, vidita, yo sí lo tengo, pero dejé mi cartera en casa de mi amiga, en la fiesta. ¡Vamos por ella! ¿Sí?

Manejaba a toda velocidad el auto, rogando para sus adentros llegar lo más pronto, mientras tenía que soportar el manoseo de aquel tipo.

—Hemos llegado queridito. Por favor entra tú y saca mi cartera. Está en la primera gaveta del mueble del hall, es negra de terciopelo, yo te espero aquí.

Apenas entró aquel tipo en la casa, arrancó el auto, como alma que lleva el diablo, maldiciéndose por la tontería que la llevó a vivir un episodio tan detestable.

De ahora en adelante, lo pensaría mejor antes de embarcarse en una aventura similar.

Al siguiente domingo, mientras disfrutaba de la tranquilidad de la mañana, tendida en el sofá de mimbre del jardín, leyó en el diario un anuncio llamativo dentro de la sección: “corazones solitarios” donde, caballero de cuarenta años, atractivo, cariñoso, divorciado hace varios años, requería de joven dama para conocerse y si es posible entablar relación afectiva. Ni corta ni perezosa, escribió una misiva contestando y enviando su número telefónico.

Al día siguiente recibió la primera llamada, del otro lado de la línea telefónica una voz entre gangosa y ronca se dejó escuchar. Le dijo que se llamaba Eduardo y que era ingeniero comercial, que tenía dos hijos ya jóvenes, que vivía solo en un departamento del norte de la ciudad.

Ella también le contó lo suyo. Platicaron casi una hora y descubrieron que tenían algunos gustos comunes, como la pintura, la poesía, la música clásica.

Acordaron verse en un café cercano la próxima semana, ella le indicaría el día que disponía de tiempo.

Al otro día, su amiga Rocío pasó por su casa y le preguntó detalles de su primer contacto telefónico.

—Sabes que tenemos gustos en común y eso es muy importante, creo que es la persona que estoy buscando. Lo único que no me gustó es el tono de voz, parece que tenía taponada la nariz.

—A lo mejor estaba agripado —dijo la amiga.

—¿Cuándo van a verse?

—El próximo viernes. ¡Ay, estoy tan emocionada!

Y llegó el día señalado para el encuentro. Habían quedado de acuerdo en concurrir portando una rosa blanca en la mano.

Llegó puntualmente e ingresó al café concert donde quedaron citados, un lugar muy agradable y romántico.

Al poco rato, mientras estaba sentada en la mesa reservada, miró acercarse un hombre diminuto con bigote gigante a lo Pancho Villa y barba a lo misionero.

—Confiada pensó que ese esperpento se dirigiría a la mesa siguiente. Se tranquilizó al observar que el tipo no portaba ninguna rosa en sus manos, mientras ella sostenía la suya.

El horrible señor llegó junto a ella, la miró, miró la rosa blanca y tomó asiento.

—Esta mesa está ocupada —contestó ella con desagrado.

El hombre extrajo del interior de su saco una rosa blanca y la extendió galantemente.

—Soy Eduardo, preciosura, eres tan hermosa como lo imaginaba —dijo con su voz gutural.

María observó con horror el rostro singular del individuo, además del bigote y la barba, un par de ojos bizcos y señales de viruela adornaban su cara y para colmo de su traje se desprendía un olor nauseabundo a naftalina.

Como impulsada por un resorte se levantó de su asiento y salió en loca carrera maldiciéndose por ser tan crédula por no pensar otra cosa.

—De hoy en adelante no me cogerán desocupada —lo juro, se dijo a sí misma.

 

 


Mariana Falconí Samaniego, Poeta y Narradora Ecuatoriana, escribe desde los 20 años en que descubrió la magia de la palabra. Tiene publicados 9 libros en poesía y 41 libros en cuento y novela infantil y juvenil. Su poesía ha sido traducida al portugués y francés y uno de sus cuentos infantiles fue traducido al chino mandarín. Pertenece a la Sociedad Ecuatoriana de Escritores y otros grupos culturales. Obtuvo el premio Nacional de Poesía Gabriela Mistral 2001.

 

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/minimalismo-cuerpo-hombro-3953588/

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