Cupido debe morir* | Carlos Santiago Quizhpe Silva

Por Carlos Santiago Quizhpe Silva

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

*Relato ganador de la Bienal Nacional de Relato, Juegos Florales, Ambato 2009

 

Primera parte

I

Dejando atrás el crisol de los recuerdos

—¡Estás segura de lo que haces!

—Sí mamá, es lo más conveniente.

Aquellas fueron las últimas palabras que escuché de mamá, antes de partir. Besé sus mejillas sedientas y enjugué sus lágrimas con mis dedos; guardé su corazón en mi equipaje y sus ojos en un estuche como un joyel. Su mano colmó mi pecho de bendiciones y sus besos señalaron el camino de regreso.

Era hora de mirar el horizonte y abrir las alas al infinito cosmos, al Pegaso que resguarda los sueños y rasguñar las estrellas de nuestro horóscopo.

Era la hora de dejar atrás la casita de muñecas; el café de las tres con toda la familia; los amigos; la vieja escuela; el reloj de la iglesia; y, dormido en el parque de los recuerdos, al primer amor.

Tomé el autobús de la mañana, corrí las cortinas y apoyé mi cabeza sobre la ventana, quise despedirme de cada árbol, de cada manantial que fluía entre las montañas, de cada ave, de cada casa de campo que circundó mi feliz inocencia, de las praderas y los ríos, de los helechos y los viejos saucos…

Ericka… junto a una golondrina escribiré una canción para tus labios de magenta, abriré la ventana de tu pecho para habitar por siempre la esquina de Morfeo y en líneas de tus manos leeré un poema azabache.

En la piel sedeña de las ranas están grabados nuestros nombres, en aquellas que cantaban bajo la luna sus amores. Siempre que vuelvas las encontraras ahí a la vera del lago, entumecidas de frío, que quizás sufran de catarro.

No, no te despiertes, no escuches el rumor del corazón que tantas veces miente, no llores, no preguntes, no temas al sol con su rutilar impertinente, no beses la mácula de la flor ni beses el rocío envenenado del amor.

¡Tranquila, estoy despierto!, ¡la noche bebe champaña con el letargo de los muertos!

—¡Señorita, señorita…despiértese, acabamos de llegar!

La noche era espesa y sombría como la mirada de una feroz pantera.

 

II

El piano toca a Beethoven

Los edificios de la capital son telarañas y los autos escorpiones que mueren en sus redes.

He dejado atrás la ciudad que tanto odiabas, aquel paisaje de hechizos y pitonisas, aquel sol que cegaba tus pupilas, aquel trigo que amasó el óbolo de tus amarguras, el manantial que no colmó el miserere atribulado de tu espíritu, y que empecé a odiar con el letargo de tus alas, con el insomnio de tus pies… y me pierdo entre la lujuria y los arrabales de la gran metrópoli, entre las ratas y los gorriones de la catedral.

He venido a buscar tu sonrisa en este cielo que no es el tuyo y a sentir tu piel en los piélagos de la luna; a contemplar tus ojos en las pecas titilantes que se derraman en el busto de la noche y a besar tus silentes labios en la copa de un nogal.

Todavía no logro entender cómo un torrente lleno de vida puede renunciar a su cauce por temor de ahogarse en el mar; cómo un halcón puede renunciar a su libertad por temor de caer como una sombra impalpable del cerúleo firmamento.

¿Por qué renunciar al sol, al oxígeno, a la lluvia, al revoloteo de las mariposas sobre nuestras narices, al conjuro del alma con el fuego de las luciérnagas?

¡Renunciar al alba por las luces de neón en la ventana!

Ericka, tus pupilas son el arca de fantasmas que socorren mis pesadillas; en tus labios se amueblan los desvaríos de mi lúdica primavera. Son tus manos el sostén de mis lágrimas y en tu corazón el piano toca a Beethoven.

¡Ven y sálvame de los túneles de la noche…!

 

III

Una espina que hiere las horas

Amante de la poesía, de los cuadros de Rembrandt y la música de Chopin y Beethoven, rompiste la lucidez de los hilos de plata que embriagan la memoria, para caer de bruces en el lago lúgubre de la nostalgia.

Tus sentidos se enajenaron con el dulce beso de la marihuana, cubriste tus sueños con el telar de la morfina y preso en aquella bruja de apariencias ya nunca pudiste escapar.

Te olvidaste de mis días de amor inexorable que aguardaba en una esquina, abandonaste mi corazón que tiritaba bajo la lluvia, para refugiarte en las telarañas de las drogas.

Qué cobarde fuiste para dejarte apuñalar por los relámpagos de la melancolía, para renegar de las rosas, de los gatos en el balcón, del ágata del calendario.

Dónde quedaron tus promesas de amor eterno, tu confianza, tus poemas; aquella pasión irreductible que me profesabas en cada murmullo, en cada caricia, en el flirteo del viento con los algarrobos. Dónde quedaron…

Tu piel tatuada de telúricas visiones, tus pupilas dilatadas por las sombras, por las brujas que se escapaban de tu mente. La depresión devoró tus ilusiones.

Ericka, perdóname por herir tus alelíes, por dejarme alucinar con su aliento de ángel, por inhalar su alma e intoxicar con su dulce virus mí sangre; pero, sólo el opio aletargó mis horas aciagas; mató la depresión que consumía mi quietud, me tomó de las manos, me llevó por ignotos planetas donde la alegría florecía como alípedes soles y las penas yacían atadas a una guillotina.

Ya no puedo escapar de sus octópodos brazos.

 

IV

El cielo es el infierno

El cielo es el infierno porque no hay llamas y nos flagela, porque hay luz y nos hundimos en las tinieblas, porque somos infelices en un cilicio de alegría.

Nunca entendí como llegó a degradarse tu corazón a tal punto que mendigabas en una esquina, con tu ropa hecha jirones, con tus facciones sucias y tu pelo desaliñado.

Robabas y vendías todo cuanto tenías para conseguir dinero y poder intoxicar tu sangre con el cannabis.

Tu familia te dio la espalda, tus amigos se olvidaron de tus poemas que se desvanecían en el papiro del silencio; tus ojos se olvidaron de mí, no me reconocían al mirarme. No podías dejar las drogas, amarraron para siempre tus dedos. Pronto decidí olvidarte.

Era gracioso cuando untabas tu nariz con pie de limón y chocolate y me tomabas de las manos y nuestros cuerpos unidos en perfecta simetría danzaban como libélulas un tango o un bolero.

¿En qué instante rompiste la luna para escapar del incendio que provocaban nuestras almas?

Una mañana cubierta de neblina te encontraron en una álgida esquina, en medio de un charco de sangre…habías abierto de par en par las venas de tus brazos con el filo de una navaja…

Tus pupilas desvaídas delataban el cruel tormento de la agonía, tus falanges desgarradas por rasguñar con violencia las paredes que cercaban tu locura y con la tinta carmín que brotaba de tus venas, con letras silenciosas y trémulas en un rincón oscuro habías escrito con mucho esfuerzo y de manera poco legible, aquella palabra que encierra todo el dolor, todo el remordimiento; aquella palabra libre de rencor y de orgullo, capaz de amar y ser amada y por la cual en el mundo habría tantas sonrisas y menos niños inocentes muriendo bajo la lluvia de misiles asesinos…PERDÓN.

Aquí lejos de la ciudad que te vio nacer y te acogió bajo los escombros de la muerte, lejos de los tulipanes que encendieron de colores tu infancia y de las amapolas que cubrieron de mármol el espaldar de tu nicho; entre el ruido infernal de los automóviles y el ruido estéreo de la ciudad, bajo las sombras de los inmensos rascacielos, intento olvidar tu sonrisa, tu sol y tu lluvia; tu cabello y tus dedos; tu luna y tus ojos.

Cómo puede un ser humano echar su alma a un abismo, renunciar a su unicornio y a su hipocampo en el fondo del mar; a su fe; a su alegría; a sus ganas de vivir…

Ni la soledad, ni la depresión, ni las lágrimas pueden cambiar al amor por el hachís, la cocaína o la morfina. Solo los cobardes huyen de su temor, solo los cobardes ven fantasmas en el techo de su corazón. No puedo creer la forma en que te perdí, la forma como hiciste añicos mis sueños, mi fe, mi religión.

Creo que Cupido debe morir.

Ericka, si pudiera encerrar mi amor en una botella y verte feliz contemplando su vaho, si pudiera atar mi corazón al hilo de una cometa para que lo veas volar cuando la ventana esté entreabierta; si pudiera darte mi vida lo haría en forma de cicatriz para coagular tu herida antes que el dolor te haga delirar.

 

Segunda parte

¡Ericka, no lo hagas!

A veces la vida es un absurdo que se repite dos veces. Y el amor una desgracia que nos mata dos veces.

Y serás poesía en la noche azul y en la neblina, en el sedeño pétalo y la agraz espina, en la risueña lágrima y la sonrisa triste, en el rojo atardecer y al decaer la brisa.

Y serás poesía en el niño que perdió su madre y en el anciano que perdió su prisa; en el minuto que envejece y en el día que florece. En la raquítica esperanza y la neurótica alegría.

Y serás poesía aun cuando la luna se quede calva por el cáncer del hastío, cuando los niños con hambre sean la radiografía de un corazón vacío; aun cuando la guerra mutile los sueños de los párvulos, de las mujeres, de los obreros, de los mendigos…

Y serás poesía aun cuando naufraguen en el mar gélido la fe de los pobres; cuando los unicornios quiebren sus alas y en un barco de papel se ahogue el amor de los seres humanos; aun cuando desfallezca en una esquina la poesía de John Lennon.

Y serás poesía en la luz trémula de los cementerios; en los jilgueros que rezan sobre los sauces; en la vida que fluye de los manantiales; en las venas de la tierra, en la sangre de los árboles; en la paz de Gandhi; en los sueños de Luther King y Bolívar; en la revolución de Guevara, de Martí, de Nietzsche. En las manos generosas de Teresa de Calcuta.

Porque en tu regazo seguirán floreciendo las primaveras y sobre los espinos germinarán los arcoíris, porque a pesar de ser infierno…VIDA, serás poesía.

Volvió a leer el poema que acababa de escribir, encendió un cigarrillo y buscó en el estante un libro de poemas suicidas. Un tango de Gardel agonizaba en el desván, la sombra de la luna penetraba en su habitación y sobre la almohada se quedaba dormida su cordura. La ciudad había sucumbido en su sueño.

Sus manos lánguidas volvieron a abrir el sobre y sacó a prisa la carta. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¡Otra vez no!

Enjugó sus últimas lágrimas, abrigó su cuello con un chal rojo y salió a caminar. Encendió nuevamente un cigarrillo y naufragó en las sombras de la noche.

“En el boulevard de los sueños rotos vive una dama de poncho rojo, pelo de plata y carne morena…”, tarareaba la canción de Sabina, intentando alejar el torbellino de su alma.

A veces, las lágrimas son abejas que mueren después de inyectar su veneno en nuestras almas —se repetía— a cada instante; en cada bocanada de humo; en cada gaviota que herida caía al mar.

Se sentó sobre un viejo muelle, la brisa del mar la despertó de su muerte. El ruido martillante de los barcos traía consigo fantasmas que morían atrapados en sus redes como delfines de oropel.

Se sentía traicionada, frustrada. Sus rojos cabellos en bucles caían sobre su frente, ocultaban su dolor angelical, sus flores yertas, sus labios crucificados al silencio. Su alma empezaba a morir…

Los complejos tornan cobardes a los hombres, se creen gusanos arrastrándose en un fango de temores —cavilaba.

Odian verse al espejo porque su autoestima es una moneda de caridad, el tallo de un girasol que jamás floreció, el cuarto menguante de la luna, un perro tullido tocando la flauta.

Ericka, tu amor me sabe a lástima, a mendrugo de pan, a lágrimas sin azúcar, a una golondrina queriendo huir de la nieve de diciembre, pero repentinamente su frío la detiene.

No es justo Ericka que estés a mi lado por una simple lágrima que ves brotar de mis ojos, porque no tengo faro que guíe mis pasos.

Porque mi corazón no puede contar en el cielo las estrellas…

Nunca fue suficiente el amor que te profesaba, las horas que bordó mi paciencia en tu ventana, y los pericos amarillos que dibujé en tus mañanas.

¿Por qué…por qué lo hiciste, si te amaba tanto? Fuiste tan egoísta.

No, no es justo Ericka que seas el lazarillo de un ciego misántropo, que tus labios sean el braille de mi silencio, que pretendas un hogar con mis sueños de libélulas.

¿No entiendes…? me acostumbraría a caminar de tus manos, a ver con tus ojos y hasta amar con tu corazón.

Mamá será la que sufra más con este adiós ineludible. Amaba tu pulcritud, tu obsesión por el orden y tu ensalada de champiñones y coliflor.

No, no sería justo Ericka, que mi ceguera arruine tu porvenir, que deshile tu nube de sueños, que inunde de nicotina tus pálidas lágrimas, que busque la limosna en tus manos…

¡Maldita sea!, por qué un hombre debe sentirse inferior a otro. Por qué acobardarse ante la vida, cuando a nuestra cabeza le falta un cabello; a nuestras manos un dedo; a nuestros oídos el himno cotidiano de la naturaleza o a nuestras pupilas…, la luz de los zafiros. Si nuestro corazón es una cajita azul de amor.

Dónde quedaron las rimas de Bécquer que susurraste a mis oídos, los libros de Lorca que enseñaste a leer a mis manos, las frases de Gandhi, las canciones de Lenon … tus ganas de vivir.

¿Por qué no consultarle a mi corazón antes de partir?

Por cierto ¿Dónde estás? ¿Dónde? ¿Dondeeé?

No, amada mía, no quiero que tu familia te señale con el dedo y tus amigas murmuren por haberte casado con un ciego.

No quiero que algún día nuestros hijos sientan lástima de su padre porque no pueda jugar con ellos; ni verlos disfrazados de ángeles o pingüinos en la escuela. Dime ¿tú quieres eso?

Cada segundo estoy más convencido que no nací para amar, para ser feliz bajo el signo de Aries, como cada día lo lees en el periódico.

Temo que algún día tu alma se canse de ser mi lazarillo, mi faro, mi luz, mi guía, y te refugies en un alma pirata, y busques lo que no encuentras en mí.

Y ahí entonces el dolor será mi eutanasia para morir.

Me voy para siempre preciosa, donde las sombras me guíen. No le preguntes a mamá, ella tampoco sabe dónde voy.

¡Qué seas muy feliz!

Algún día te darás cuenta que nunca quise asesinar tu felicidad… te amo.

Las últimas palabras galopaban en el cerebro de Ericka. Su sangre se congelaba entre el mar y la arena. Sus lágrimas se escabullían entre las cortinas de la noche. Sus dedos crepitaban como hojas secas de manzana.

Necesitaba otro cigarrillo para calmar su ansiedad. Llevaba veinte ya.

Se levantó a prisa y corrió sobre el viejo muelle, tambaleándose como la llama de una vela, sin mirar atrás.

—Ericka te amo, nunca lo olvides.

— Hija, estoy segura de que tu felicidad está al lado de él.

—Amiga, ¿cómo te pudiste fijar en él, habiendo tantos hombres?

— Gracias niña por hacer feliz a mi hijo. Usted es una santa.

—Ericka sálvame de los túneles de la noche.

Ericka llegó a lo más alto del arrecife, cayó de rodillas, su respiración era agitada. De repente su mente quedó en blanco, como si la angustia hubiese borrado todo lo vivido, como si hubiese vuelto a nacer.

Se puso de pie y como una sonámbula inconsciente se despojó poco a poco de su ropa.

Totalmente desnuda se persignó varias veces, aquella rosa tatuada en su espalda parecía deshojarse y en un impulso salvaje, casi animal, se arrojó al mar.

El agua helada desgarró su piel, sus pulmones ya sin aire empezaron a explotar.

Sintió desesperación. Quiso huir de su propia muerte. Ya era tarde.

No podía creer que por culpa del amor esté acabando con sus sueños de chocolate, con sus ilusiones de ser una gran escritora, quizás fatalista como Baudelaire o Medardo Ángel Silva o una gran filósofa como Montalvo o Savater.

No, no era cierto que el amor le apuñale dos veces su corazón de muñecas de trapo y perfumes de azahar. Su primer novio se suicidó, enloquecido por las drogas, por la locura de la soledad, por la demencia de la depresión.

Y cuando creía que el amor nunca más visitaría su alma derruida por la nostalgia, cuando había matado a Cupido, volvió a amar a alguien que creía especial, no por ser ciego, sino porque sabía leer el corazón de las personas tan solo con tocar sus manos, tan sólo con besar sus labios…tuvo que huir, atado a su complejo, a su maldito complejo. ¡No era justo!, ¡no lo era!

Mientras sus pupilas se dilataban como lunas, solo pensaba en su mamá, en su mamá y empezaba lentamente a flotar.

Debajo de una caracola escuchaba a alguien gritar…Y serás poesía aun cuando naufraguen en el mar gélido la fe y los sueños…

En un rincón absurdo de este planeta, un mendigo pide caridad, un niño vende lotería y un triste ciego toca un rondador, mientras un perro aúlla, aúlla, y aúlla.

 

 


Carlos Santiago Quizhpe Silva. Nacido en Loja (abril de 1982), en el 2009 alcanzó el Primer Lugar en la Bienal Nacional de Relato, Juegos Florales en Ambato, además de quedar finalista en el Primer Premio de Relato de la revista literaria Poesía + Letras de las Islas Canarias (España). La Fundación CAJE le otorgó la condecoración al Mérito Cultural y Literario en la gala de jóvenes más sobresalientes de 2009, y ha sido invitado a varios encuentros nacionales de relato y poesía. Obras Publicadas: Réquiem por los pájaros (cuentos, 2008), Cristales rotos (relatos, 2010), Y serás poesía (2014). carlos_quizhpesilva@yahoo.com

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/chica-adolescente-humano-mujer-3141445/

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