Vino Tinto | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

La boda de su mejor amiga está a pocos días de realizarse. Todo preparado. Raquel se casará con Felipe Ojeda, el sábado 21 de marzo del año 2020. Las invitaciones entregadas. Contratado el servicio de comida, la música, los arreglos florales. El licor, a su cargo. Andrea está designada para retirar de la distribuidora, las cajas de champán, vino y whisky, guardarlas en su casa y enviarlas el jueves 19 al local donde se llevará a cabo el evento.

Las cosas parecen estar en el debido orden. Sin embargo, las noticias se alteran en los medios de comunicación. De la noche a la mañana, aparecen casos de personas contagiadas por un virus mortal que ahora se extiende por América, por el país, por la ciudad. Lo llaman Covid-19 y ya se ha propagado con antelación y de manera alarmante por Asia y Europa. El viernes 13 de marzo, el gobierno suspende las clases en los colegios, en las universidades y las actividades se limitan al teletrabajo de los ciudadanos para evitar contagios masivos. En pocas horas, se declara un estado de extrema emergencia y se impone una cuarentena. Aislamiento social y toque de queda con excepción de salir únicamente para la adquisición de alimentos y medicinas.

La boda de Raquel y Felipe se suspende. Todo queda interrumpido. Pasmado, como si se le hubiera puesto un pare a la vida, a los planes, a los proyectos. Las miradas de los que pueden verse son miradas de asombro, de preguntas tácitas que, a pesar de ser implícitas, no tienen respuestas. Se observan unos a otros con angustia, con incertidumbre, con miedo. Hay inquietud, terror al contagio, a la muerte. La gente está perpleja, asustada. Los niños no entienden el por qué deben abandonar sus estudios y recluirse en casa como si el monstruo hambriento y despiadado de sus cuentos, estuviera en las calles y amenazara con engullirlos o con llevárselos para siempre si ponen un pie fuera. Empieza una paranoia frente a una pandemia que advierte con transformar la vida, con atacar. No solo infecta, sino que exprime los pensamientos, muta las ideas, los sentimientos. Acentúa las debilidades y extermina toda fortaleza. Las personas se preguntan si el propósito de esta plaga es sacudir a la especie humana, reivindicarla o simplemente destruirla.

Andrea vive sola y nunca imaginó que llegaría el día en el que su soledad, de la que siempre se ha sentido orgullosa, le iba a jugar una mala pasada. Siempre defendió su autosuficiencia, su independencia, su autonomía. Consideró que los seres humanos no necesitan de otros, excepto cuando son infantes. Que no se requiere de nadie para sobrevivir. Al contrario, conmigo me basta y me sobra, repetía a menudo.

Andrea, con treinta y un años de edad, tiene un carácter con baja tolerancia a la frustración. Intransigente y algo caprichosa. Inflexible ante el cambio. Soberbia. Trabaja en un centro financiero. Se graduó hace siete años en una de las universidades más conocidas de la ciudad. Ha tenido esporádicas relaciones de pareja y una que otra seria. Sin embargo, no es mujer de atarse a nada ni a nadie. Decidió que no tendrá hijos porque no vale la pena traer descendencia a un mundo que se caracteriza, según ella, por ser injusto e impredecible.

Aprueba la boda de su amiga Raquel y de su novio Felipe Ojeda, porque respeta la forma de pensar de los demás, pero ella, no lo hará. No se casará ni se atará nunca.

Hasta ahora, ha llevado una bonita vida social. Le agrada salir a sus lugares preferidos de juerga. Compartir con sus amistades. Le gusta comer bien, bailar y tomarse unos tragos cuando el caso lo amerita, pero en ocasiones, se le escapa uno que otro demás. Le agrada sentirse desinhibida pero también ha bebido cuando se ha sentido estresada, ansiosa o presionada.

Andrea es responsable. Dedicada. Inteligente. Capaz. Decidida. Su vestimenta, muy bien escogida para cada ocasión, ha sido siempre elegante y precisa. Vive segura de sí misma. Tranquila. Convencida de que su vida está construida de esa manera y de que seguirá así por decisión propia. Nada ni nadie va a cambiar algo que ella no quiera.

Casi todas las personas, al menos un alto porcentaje de ellas, tienen la tendencia a pensar así: La decisión de nuestro propio destino, es solo nuestra y Andrea estaba dentro de ese grupo.

Con la epidemia, empieza el desconcierto. El encierro y el caos emocional. Cada vez el número de fallecidos por la enfermedad aumenta. Cada semana, cada día, cada hora. Todo es alarmante. En los noticieros se ven los difuntos tirados en las calles. La gente llora, grita de miedo. Los deudos no pueden velar a sus muertos. No hay espacio en los cementerios para enterrarlos. Los infectados tampoco tienen lugar en los hospitales. Todo colapsa. Los médicos y el personal de la salud no son suficientes para atender tantos casos, incluso ellos se contagian y mueren. Algunas ciudades están más inmersas en el caos que otras. Andrea siente aprensión, dudas, desasosiego. El miedo la despierta en la noche y no consigue volver a dormir. Siente sed en las madrugadas. Suda y tirita a la vez, pero no tiene fiebre.

Los días pasan y no puede salir, está prohibido por las autoridades. Pero Andrea aún cuenta con provisiones suficientes para una semana más, para una persona sola, no se requiere demasiado.

Enciende el televisor y escucha que los contagiados se asfixian y le parece que tendrán una muerte atroz. Ella siente que tampoco respira bien pero no es por el virus, es por el pánico.

Mira una película y se siente más tranquila. Llega la noche y le provoca beber un vino. Descorcha uno y bebe un par de copas. Come apenas algo y se va a dormir.

Amanece. Es lunes por la mañana. Se baña. Se arregla. Tiene que conectarse por su computadora a su teletrabajo y lo hace. Pasa algunas horas frente a la pantalla, ella y sus colegas deben decidir el cómo resolver los problemas financieros que la empresa donde labora va a enfrentar y por consiguiente, analizar algunas propuestas.

El día avanza. Prepara algo sencillo para comer y almuerza. A las seis de la tarde toma un café y recuerda la media botella de vino tinto que sobró de la noche anterior. Se acomoda en el sofá, enciende el televisor y bebe de su copa. Las noticias siguen alarmantes. Los casos de la gente que agoniza aumentan. Es tan espeluznante todo lo que escucha que imagina que el virus pulula por todas partes, que si saca su cabeza por la ventana, se contagiará porque se esparce como las partículas de polvo en el aire. Reflexiona acerca de que es una idea tonta, exagerada e irreal y trata de calmarse. Escucha en los programas informativos que no, que la Covid-19 no vuela por el ambiente, que en pocos segundos cae al piso, que sobrevive sobre las superficies. Que la transmisión puede darse más bien por el virus que puede traer a casa en las suelas de sus zapatos, en los guantes que tocaron los objetos, en la ropa, en la misma mascarilla que debe desechar en cuanto llega y entonces piensa que es muy riesgoso salir a la calle a comprar abastos y pisar terreno contaminado. Decide que es mejor hacer un pequeño pedido a domicilio de lo que ya escasea en su cocina. Cuando llega la orden, higieniza todo con desesperación. Las ideas la alteran y continúa tomando el vino. Se acaba la botella. Tiene episodios intermitentes de insomnios y pesadillas.

Transcurre una semana más y Andrea se mueve dentro de su departamento entre el teletrabajo, la poca comida, la limpieza, las noticias, el sueño, el café, la angustia y el vino.

Está sola, siempre lo ha estado, pero ahora esa soledad va tomando otro aspecto. Ya no es una soledad satisfactoria de rostro elegante y con semblante de triunfo, ya no es ese estado que la enorgullece porque pondera independencia y autosuficiencia. La soledad cambia de semblante y le muestra una cara mutante. Se convierte en una especie de orfandad que la intimida; en algo así como la sombra de un espectro desfigurado, repugnante que la amenaza y la enfrenta a un peligro frente al que siente un vacío yermo e infernal.

De pronto, piensa en llamar a su amiga Raquel. Debe estar ensombrecida por la clausura de su boda. Hablan y en efecto, Raquel le dice que se siente devastada. La ilusión, los planes, los proyectos, todo se derrumbó como un castillito de naipes sin cimientos ni apoyo. No puede ver a Felipe. El distanciamiento social es la segunda causa de su desconsuelo, la primera fue la suspensión de cada detalle que planeó con afán para el día que iba a ser el más especial de su vida.

—Pero estás con tus padres, Raquel —le dice Andrea— con tus hermanos. Yo, en cambio estoy empezando a darme cuenta de que estar íngrima entre estas cuatro paredes, me asusta mucho. Me despierto a media noche con ataques de pánico y crisis de ansiedad.

—Amiga, siempre te has destacado por defender tu autonomía y recalcar que no tolerarías a nadie en tu casa y en tu mismo espacio. Que nunca has podido compartir tu baño, tu mesa. Que no puedes interactuar con otro ser humano para convivir.

—Así era, pero estoy asustada. ¿Cómo toma tu familia este encierro?

—Hasta aquí bastante bien. Nos organizamos lo mejor posible. Cooperamos todos. La señora del servicio doméstico dejó de venir desde el primer día de aislamiento, como era lógico, así que estamos en trabajo comunitario, diría yo. Me siento triste por Felipe y la cancelación de nuestra boda, pero todo pasará y nos casaremos como estaba planeado. Por ahora, solo hablamos por teléfono, pero pronto eso también cambiará y podremos vernos.

—Tienes suerte de compartir con los tuyos. Yo no me he contactado ni con mis padres. Ya sabes que la relación con ellos no es buena. Nunca aprobaron mi forma de ser y de pensar y hemos estado distanciados por mucho tiempo, pero ahora he pensado en hablarles.

—Hazlo, Andrea. Eso te va a ayudar a no sentirte tan sola. Llámame a mí también, cuando desees.

—Lo voy a hacer, Raquel. Gracias. Me asusta que ellos puedan no estar bien. Que estén solos, desprotegidos, sin provisiones.

Andrea se despide, termina la llamada y se sienta en el sofá. Escucha al silencio. Descubre que puede escucharlo como un zumbido sordo, como un eco mudo. Es algo raro, casi absurdo pero real. Va a la cocina y se da cuenta de que los alimentos escasean aún más pero todavía hay café. El refrigerador está casi vacío. Se limita la posibilidad de preparar la comida. Come algo básico y recuerda que el vino le ayuda a espantar la angustia y merma su ansiedad.

Busca en su bar y encuentra la última botella de vino tinto. Le inquieta la idea de que no haya más, pero la descorcha y esta vez, en un par de horas, se lo termina.

Al día siguiente, siente dolor de cabeza y no tiene ganas de ducharse. Se queda en la cama y no se conecta con la empresa financiera para la que labora.

A medio día se siente mareada y toma un café. Mira el noticiero y escucha que las medidas del gobierno son mucho más drásticas que antes. La pandemia se esparce como un manto maligno que cubre las poblaciones, las ciudades, los países, los continentes. Andrea lo visualiza como una brea negra que chorrea sobre el mundo hasta cubrirlo en su totalidad. La gente se esconde para no ser manchados por este mal aterrador y mortal.

Necesita adquirir alimentos y llama de nuevo a Raquel. Le pregunta cómo hace para conseguir comida. Su amiga le dice que ella y sus hermanos salen por turnos. Uno cada quince días. Usan trajes especiales, mascarillas, guantes de látex, gafas de protección y al volver a casa, sanean todo lo que han comprado. Andrea los imagina como figuras de otros mundos. Se siente muy mal. Esta sola, no cuenta con nadie y nadie cuenta con ella. No existe quien la proteja, pero tampoco tiene a quién proteger y ahora, esta realidad dantesca la invade igual que lo hace el virus con las personas. La inunda, la enferma.

Necesita tomar otro vino. Ya no hay. Siente ansiedad. Mucha ansiedad. Advierte un cosquilleo en el estómago y se le estruja el vientre. Recuerda que ella tiene en su departamento las cajas de licor de la boda de Raquel. Corre a la bodega, abre una caja de cartón y saca varias botellas de vino. Las lleva al bar y piensa que en cuando pase la emergencia, comprará otras y se las repondrá.

Andrea consume vino todas las noches. Ya no usa copas. Lo hace directamente de la botella. Las mañanas amanece mal. Intenta contactarse con su trabajo, pero está indispuesta. No consigue organizar ideas claras y no está en condiciones de coordinar pensamientos sobre finanzas. Ya no se baña. Come poco. Toma, ya no solo por las noches, ahora lo hace durante casi todo el día.

No va a salir a comprar alimentos. No quiere hacerlo. Hace otro pedido a domicilio, pero esta vez, lo que solicita es incongruente. Limpia y desinfecta con obsesión lo que le entregan. Se agita. Siente odio por aquella soledad traicionera que le apuñaló por la espalda. Era hermosa y se transformó en un fantasma aciago. Un fenómeno de aspecto monstruoso, endrino. Macabro.

Andrea enciende el televisor. La gente se muere, se muere por cientos, por miles, por cientos de miles. El virus las devora, las mata, las destruye.

A Andrea la aniquila este vil engendro llamado soledad. Llora. Bebe vino. Se sofoca. A veces grita. Busca. No hay nadie. El silencio se burla con sarcasmo de su dolor. Decide llamar a sus padres. Contesta su madre. Apenas reconoce la voz de la anciana, la escucha débil, vaga, frágil.

—¿Mamá? —pregunta porque duda de que aquella voz apagada sea la de su madre.

—¿Hija?

—Sí mamá. Soy yo. Andrea.

—¡Hijita mía! ¿Cómo estás? ¿Dónde?

—En mi departamento, mamá. ¿Cómo están ustedes? ¿Y papá?

—Tu padre está muy enfermo, Andrea. Lo tienen aislado en el hospital. Ahora mismo no sé mucho de él. No me dan suficiente información. Se contagió de este maldito virus. Yo también, pero estoy estable en casa. Me dejan la medicación aquí y evoluciono bien.

—Mamá, quisiera abrazarte. Pedirles perdón. A ti y a papá. Me gustaría acompañarles, ayudarles. No sé, estrecharles en mis brazos y… Estoy sola y tú también. ¡Qué locura! Madre, todo es tan atroz.

—Tranquila, Andrea. Nos volveremos a ver y te abrazaré. Aunque tu papá no esté.

Las dos inundan con llanto el reencuentro y jadean repletas de emociones contrapuestas. Tristeza, alegría, angustia, miedo y amor. Se despiden en un intercambio de promesas, arrepentimientos y perdones.

Andrea, ha perdido ya la noción del tiempo. No tiene claro cuántas semanas han pasado. Ha comido muy poco. Destapa otra botella de vino y se sienta en el suelo arrimada a la pared. Bebe ahogada mientras gime. Su cara está hinchada, caliente. Le duele la piel. Advierte que la luz se apaga. No es la luz eléctrica de su departamento, es la luz de su entorno, del escenario de su vida. No hay aplausos. Solo un ser embriagado detrás de un telón que ya ha bajado. Una mujer sola, agobiada, infestada de miedo que beberá el contenido de una y de otra y de otra botella y luego, de otra más. Ya no podrá reponer el vino para la boda de su amiga Raquel. Ya no.

 


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).

 


Foto portada tomada de: https://unsplash.com/photos/05ymArX-CJw

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