“Oscuridad de las luciérnagas”: un poemario de Rubén Darío Buitrón | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

 

Rubén Darío Buitrón (Quito-Ecuador, 1966) es un prolífico poeta, cuentista y periodista. Comenzó su labor al calor del Taller de Literatura de la Casa de Cultura Ecuatoriana de la mano del escritor Miguel Donoso Pareja en la década de 1980. Desde entonces, no ha dejado de publicar cuento, poesía y crónica periodística, siendo ahora más activo en internet y en las redes sociales, donde publica sus textos. De él se conoce el libro de cuentos Instrucciones para llegar al orgasmo (1987) y entre los libros de poesía: Este mundo gris lleno de ratas (1997) y más recientemente Oscuridad de las luciérnagas (El Ángel Editor, 2019), el cual nos ocupa en la presente reseña.

Oscuridad de las luciérnagas es una voluminosa muestra de su trabajo poético –unas 278 páginas–. Encontramos versos con diversas imágenes poéticas, no necesariamente ajustadas a alguna temática o a alguna impresión de la vida o de las cosas. Buitrón demuestra que domina el arte poética con versos cortos, en tono de sensaciones, o versos largos, al tono de evocaciones. Y es que la poesía es un dispositivo, según Alicia Genovese en Leer poesía: lo leve, lo grave, lo opaco (Fondo de Cultura Económica, 2011) que “posibilita un posicionamiento del yo, de la subjetividad, [y] restablece relaciones perdidas entre subjetividad y objetividad, [reacomodando] el mundo como una percepción reactualizada”. El poeta ecuatoriano, en efecto, nos pone entre estos mundos, tensionando lo sensible, queriéndonos resituar las relaciones con el yo y lo que en cierto modo lo tensiona.

En “Las culpas”, por ejemplo, Buitrón cuestiona a un yo distinto: “El agua de las culpas / se desliza coherente / por tus muslos. / El oxígeno feliz trepa / por remordimientos enloquecidos”. ¿Es un yo erótico? ¿Es yo festivo? ¿Es un yo desafiante? Las referencias no importan, lo que aparece es una tensión entre lo que se abandona y lo que se vuelve vital.

O en “Alumbramiento”, el autor juega a representar un recuerdo cuando empieza con: “Mi abuelo cuenta que nací entre lunas apagadas. Dice que abrí los ojos y vi la noche en harapos”. Y luego nos rompe con esa imagen acaso de origen a otra que es fantástica y, a la vez, tenebrosa: “La buja que tenía su cama junto a la de mi madre, en silencio me dio de lactar pecados alucinantes”. El yo del poeta pronto incita a pensar que más que fruto de una maternidad “normal”, es un proyecto desgarrador y, a la par, tiene el hálito del demiurgo de la creación.

Poesía es eso, la tensión que remite a la creación del universo. En esto Buitrón hace honor a Octavio Paz y su Los hijos del limo (Seix Barral, 1987). La cuestión es hacerse dueño de la creación de imágenes posibles, de imágenes-sueño e imágenes-realidad, de mundos distintos. Es así que en “Las horas”, el poeta quiteño dice: “Ocupo un lugar, desnudo, en la conciencia de los tigres. / Se abren en mí y callan todos los silencios. / Corazones de medianoche hacen fiesta alrededor del sonido. / Alas de libertinaje, maullidos lunáticos, deseos en hambruna, / líquidos van y vienen. / El paso de las horas, la ausencia de tus pies”. ¿Dónde se coloca? ¿De qué se nutre? ¿Qué respira? El acto creador, se podría decir, es como un proceso de desconocimiento del yo, del yo dual, del yo sensible-racional, para saberse en un tiempo fantástico, dominado por entidades feroces. ¿Es como esos dioses que algunos ven cuando se atreven a traspasar el fino e invisible lienzo espacio-temporal gracias a alguna droga alucinógena?

De ser así, Buitrón nos invita en “Ultimátum” al mundo de lo poético: “Entra en mi poema como estuvieras en casa. / Deja que te reciba y recorramos todos los rincones. / Quizás tengamos sexo allá o acá o tal vez en la ventana”. Se trata de abrir al encuentro. Más allá de la sugerente figura del yo-otro, del yo erótico identificado, además en otra persona, lo que importa es ese juego simbólico de querer ser poseído. En otras palabras, el poema debe poseer cuando se lo lee. Tal la radicalidad del sentido que sugiere el autor. Genovese, en este contexto, tiene razón al decir que: “El otro, que es un yo poético, queda más encerrado, por así decirlo, en una cierta perturbación por lo pensado, en un cierto ‘aturdimiento’ más pegado a lo instintivo”. Buitrón constantemente desprende su yo poético a un yo-otro, se desdobla en él, juega con él, lo invita a su casa, lo perturba con imágenes de cierto erotismo, las que en sí mismas son de vitalidad, si entendemos que el eros es vida completa, vida plena. Pero a la poesía, a la invitación poética no hay que racionalizarla, hay que solo dejarse llevar.

Consideremos “Belleza”: “En el deseo proscrito, en la suerte que no abraza, en el dolor que encarcela, es tan bello tu no estar”. Se trata de una suerte de enigma, de una negación y a la vez de una aceptación. Y es que el ser atrapado y en el dejarse llevar, lo que está en juego es una imagen insondable y una certeza, pero que, en todo, caso se desvanece. Hay una película de Michelangelo Antonioni, La noche (1961) donde esta imagen de un decir y no decir, se representa. Y es quizá el poema que comentamos, el que en cierta medida también podría evocarla.

Buitrón, con estos pocos ejemplos de su libro Oscuridad de las luciérnagas nos resitúa. Hace que constantemente estemos en un ir y venir a la casa de la poesía, a la casa del yo. Incluso su título es sugerente, al aludir a una cierta oscuridad de unos insectos que en sí mismos son luminosos. La cuestión que surge al leer el libro es que nos hallamos en un espacio liminal, donde, aunque el yo sensible quiera ser en un espacio otro, al mismo tiempo es atrapado por la vida que exhala la palabra poética. El autor, con este libro, escapa a la comunicación –si se le entiende ahora como la posibilidad de un mensaje razonado–, para refugiarse en lo que dice Genovese: “las singularidades en su captación del mundo físico”.

Pensemos en “Escasez” donde en un verso Buitrón dice: “La escasez es una almohada sin dormires ni despertares”. O “Amnesias”: “¿Escuchas cómo resucitan mis amnesias con cada una de tus sensualidades de cristal?” E incluso “Distancias”, donde leemos: “Sombras ardientes las distancias que a ti me aferran”. El poeta no quiere sentirse solo, pero lo está. El poeta es sensible a esos ritmos de lo cotidiano, tiembla y escribe, pero también se regocija. Las singularidades son esas: son esos brillos de milésimas de segundo de las luciérnagas, opacadas más en la noche, por las oscuridades también de la subjetividad.

 


Iván Fernando Rodrigo Mendizábal. Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Magíster en Estudios de la Cultura por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana San Pablo. Profesor invitado de la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Autor (entre otros) de: Análisis del discurso social y político (junto con Teun van Dijk), Cartografías de la comunicación (2002) y Máquinas de pensar: videojuegos, representaciones y simulaciones del poder (2004), Imaginando a Verne (2018), Imágenes de nómadas transnacionales: análisis crítico del discurso del cine ecuatoriano (2018) e Imaginaciones científico-tecnológico letradas (2019).

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