La biografía en el Ecuador | Nicolás Jiménez

Por Nicolás Jiménez

(Publicado originalmente en revista América, publicación del Grupo América, Vol. X, Año X, nos. 60-16, 2do. y 3er. trimestres de 1935, Quito, pp. 152-164)

 

Tres escuelas o ramas pueden distinguirse en el cultivo de la biografía moderna. La inglesa, la francesa y la alemana. Todas tres difieren de la biografía clásica o antigua, escrita según el patrón de las vidas de Plutarco, que predominó por muchos siglos en el género, con breves, aunque sustanciales variaciones, observadas en la producción biográfica de Inglaterra.

La biografía, como todo género literario, adquirió últimamente aspectos de modernidad, rompiendo los moldes antiguos e incorporando en el metal ardiente con que plasmaba sus figuras los elementos que el arte y la crítica, modernizados a su vez, habían introducido en todos los géneros literarios y científicos.

Inglaterra, país en donde la tradición del cultivo de la biografía se había conservado con más esmero que en ninguna otra parte, es también la nación que se apresuró a innovar ese género. Inglaterra fue siempre la nación más fecunda en obras biográficas. Desde el relato minucioso, documentado, que se explayaba en dos o más volúmenes, hasta la nota necrológica, extensa y cuidadosa, escrita al siguiente día de la muerte de algún personaje eminente, la biografía recorría todas las escalas y se ocupaba de todo hombre célebre, siendo su propósito constante la exhibición acentuada del carácter que distinguió al biografiado.

Naturalmente se había formado una especie de marco demasiado conocido, dentro del cual todos los biógrafos situaban a sus héroes, formándose así una galería uniforme y bastante adocenada. Lytton Strachey fue el primero que, en estos últimos años, transformó la biografía, dándole más vida, más animación, más amenidad. Introdujo el arte en ella; pero un arte tal como lo entienden generalmente los ingleses, poco desinteresado, con tendencias a la moral y a la doctrina. Sin embargo, fue una profunda y verdadera innovación que bien pronto iba a transformar el género y a fecundarlo en todas partes.

André Maurois, literato francés, que tenía ganado renombre en las narraciones novelescas, se apoderó de la innovación de Strachey y consiguió hacer de la biografía una obra artística, literaria, novelesca. Encontró en las vidas aventureras de algunos grandes personajes ingleses la materia que necesitaba su imaginación para una obra de arte literario en que se aunaran la biografía y la novela, el documento y una discreta ficción, la fidelidad histórica y la amenidad narrativa.

Y cruzaron el mundo las vidas de Shelley, de Byron, de Disraeli, de Eduardo VII, originando ese género especial que se ha llamado la biografía novelada o romancesca, que ha producido en poco tiempo un aluvión incontenible de libros de diferente valor y mérito.

En Alemania fue Emil Ludwig el renovador de la biografía, en la misma época, más o menos, en que lo eran Strachey en Inglaterra y Maurois en Francia. Si el primero de estos dio a la biografía el carácter de arte narrativo y el segundo el de novela histórica, el alemán le dio el aspecto de drama. Los personajes de la poderosa trilogía –Napoleón, Goethe, Bismarck– se prestaban para ello. La vida de cada uno de estos fue un drama, en lo más amplio del concepto. Un drama universal que cambió la faz y el destino de muchas naciones, con las campañas napoleónicas; un drama intelectual que fundió en un arte único, majestuoso, universal, la poesía antigua y la moderna, que penetró en las ciencias filosóficas y naturales para descubrir también allí la ley unitaria de la constitución orgánica que se manifestaba en el universo; y un drama europeo, que abatió el poderío tradicional de Francia, la idealista para entronizar el de Prusia, la imperialista, mediante el triunfo de la fuerza, del acero, del cañón.

Y ese carácter de drama que se descubre en las obras de Ludwig, se sostiene en las del biógrafo de la misma escuela y lengua, en las de Stefan Zweig. Es este vienés de nacimiento, pero alemán de raza, de idioma y de temperamento. Su biografía de Fouché es una obra maestra, en proporciones reducidas, del genio de la política. Jamás se ha penetrado con mayor intensidad y agudeza en el alma de un personaje político. Zweig nos prueba claramente que si hay vidas humanas que son materia propia de novela porque en ellas domina el sentimiento, hay otras que se prestan para el drama porque sus peripecias trágicas o cómicas, presentan la variedad, la intriga, la sorpresa, los cambios bruscos del destino o hado, propios de las obras del teatro, de las que están ausentes las descripciones y en las que se ponen de realce los cambios de decorado y los incidentes significativos, en forma breve y concatenada.

Este desenvolvimiento de la biografía, que le ha llevado tan lejos, a partir del molde clásico, no puede considerarse como el último término de su transformación, como el fin en que haya de pararse. Es, al contrario, el comienzo de una nueva serie. Aún la esperan nuevas variaciones y nuevos matices diferenciales.

Y es en este momento de su desarrollo, cuando se va a considerar lo que ha sido y es la biografía en el Ecuador.

 

***

También entre nosotros cabe la distinción de la biografía antigua y de la biografía moderna. En el cultivo de ese género, por nuestros literatos, se notan las variaciones que la han ido transformando. Ingenua, sencilla, al principio, tenía mucho de conseja al amor de la lumbre en hogares modestos. Luego adquirió ciertas tendencias moralistas, con la imitación de los modelos europeos, cultivada por ingenios que tendían mucho a la asimilación. Por último, aunque raras, hay dos o tres obras de arte y de imaginación. Y, entre esos intersticios, llenando las épocas que sirven de transición de una variante a otra, se cultiva la biografía breve, la nota necrológica en que se compendia la vida de un personaje o se la emplea como homenaje a los grandes jefes de partidos, a los personajes que han sobresalido en la vida pública.

Ya en la Colonia se encuentran algunos biógrafos. Es el primero, el jesuita Jacinto Basilio Morán de Butrón, nacido en Guayaquil en I669. Escribió la vida de Mariana de Jesús. Era esta doncella quiteña, un alma verdaderamente predestinada para la virtud y la santidad. Debió llenar su ciudad natal y las poblaciones vecinas con la fama de su austeridad, de sus eximias virtudes y de su muerte en aras de un sacrificio voluntario. El alma más pura y más bella de esa época, suscitó escritores que publicaron su vida. El P. Butrón fue uno de ellos. Intenta, en pequeño, lo que es uno de los requisitos de la biografía: la descripción del medio en que va a desenvolverse la vida de un personaje. La obra, por desgracia, está afeada por el mal gusto literario de esa época, en que la exageración de figuras literarias legítimas como la metáfora, daña la dicción poética y el estilo. Es este autor, y por ello merece ser recordado, el primero de los biógrafos ecuatorianos en orden cronológico.

Para hacer más popular la vida de Mariana de Jesús, para corregirla de las demasías gongorinas de su primer autor, y para cumplir con un deber de conciencia, el clérigo. quiteño Dr. Tomás de Jijón y León, nacido en 1712 de una noble familia de esta ciudad, publicó una vida de la misma Beata Mariana de Jesús. Sobre los datos consignados por el P. Butrón, escribió esa biografía en mejor estilo y más cuidada dicción. Fue ese libro muy bien acogido y divulgado.

En época anterior a estos dos genuinos biógrafos, figuraron dos escritores que nos han dejado páginas preciosas en un género de la biografía: la autobiografía. Cuando se escribe la vida propia con sinceridad, con intento desinteresado, obedeciendo a la facultad intelectual de la introspección con que nacen dotados algunos seres y que se desenvuelve con las prácticas de la vida religiosa conventual, entonces esas obras tienen un candor especial y llegan a una belleza artística, que aun en estilo humilde, desaliñado o infantil, ofrece páginas de imperdurable valía y recordación.

Sobre todo, entre los religiosos, en el claustro, se ha cultivado ese género. Suelen los directores de las almas, entregadas a la perfección, cuando creen que han llegado a cierta elevación espiritual, en que se depuran los sentimientos y se afinan las virtudes, obligarles, bajo un deber de conciencia, a escribir sus propias vidas. Y al hacerlo, por motivos que serían dignos de especial análisis suelen esas autobiografías ser un modelo de sencillez, de sinceridad, de examen íntimo, de introspección aguda y aun de narración y de exposición. Son obras de un arte no aprendido, pero bien ejecutado. Una prolongación de la confesión auricular con toda la integridad y la verdad que esta exige.

Antecedente y modelo es Santa Teresa de Jesús y sus sucesoras que no imitadoras, forman legión en todos los tiempos y países. En la colonia hubo en Quito por lo menos dos de esas religiosas que escribieron sus propias vidas y que por el mérito de sus ingenuas Memorias han ocupado puesto distinguido en las Antologías. Fueron, la religiosa quiteña Gertrudis de San Ildefonso, de la orden de las Clarisas, y la religiosa Catalina de Jesús Herrera, también natural de Quito. No se olvide que esta misma costumbre produjo en Tunja, Colombia, otra escritora de mérito, que es contada siempre entre las mejores de esa nación.

Con brío más desenfadado y con cualidades literarias superiores, porque tenía dotes de poeta, escribió su autobiografía el Ilmo. Fr. Gaspar de Villarroel, nacido en Quito en l587. Figuró mucho más fuera de su patria que dentro de ella. Fue Obispo de Santiago de Chile y Arzobispo de Charcas.

Otro biógrafo colonial fue el P. Francisco Javier Antonio de Santamaría. Escribió la vida de la Venerable Juana de Jesús.

Con estas obras se cierra el período colonial. La nota distintiva de las biografías, poquísimas en número que entonces se escribieron, es el estar dedicadas a las personas que florecieron en la Iglesia y que llevaron una vida de perfección. Pertenecen a la hagiografía. Estaba ese cultivo acorde con las creencias y costumbres de la época, todas de religiosa austeridad. Sabemos de la vida de las personas que se rodearon de una aureola de virtudes heroicas. Era ello lo que más llamaba la atención de los habitantes de la colonia. Entre tanto, no nos han quedado sino vagas noticias sobre los hombres de ciencia que produjo el Reino de Quito y sobre los artistas mejor dotados. De algunos de estos, como de Miguel de Santiago, no se sabe casi nada de su vida y aun se ignora el verdadero lugar de su nacimiento. Las ciencias y las artes, aunque cultivadas con esmero no atraían la curiosidad de los escritores de entonces en un grado suficiente para que se consignaran los datos biográficos de nuestros sabios, pintores y arquitectos, ni se estudiaran sus obras con criterio artístico.

 

***

En la era republicana, la biografía fue cultivada con más constancia y con más apropiados fines. Habría que distinguir entre las grandes biografías, exclusivamente dedicadas a la narración de la vida de algún personaje, proveniente de la admiración y de la selección de sujetos y ternas, y aquellas otras biografías breves, impuestas por diversas circunstancias, que son más bien notas necrológicas, notables eso sí, extensas y documentadas, y aquellas que forman galerías de retratos históricos, fruto de la erudición, materia para amplios estudios posteriores.

Entre las obras que pueden calificarse en el primer grupo encontramos las siguientes:

Las biografías escritas por don Juan León Mera y por el Dr. Pedro Fermín Cevallos, literatos ambateños que figuraron casi en la misma época, que estuvieron ligados por fiel amistad y que han dejado obras de reconocido mérito.

El señor Mera, artista de peregrinas dotes, pues, además de la pluma manejaba también el pincel, se distinguió por excepcionales facultades asimilativas. Sabía hacer suyos propios los más variados géneros y escuelas. Con excepción del drama, cultivó todos los géneros literarios. Escribió varias biografías, con evidente imitación de los Estudios y Ensayos de Macaulay. Gustó mucho de este afamado escritor inglés y en su Epistolario íntimo se leen frases de la admiración que sentía por aquel. No tuvo, desde luego, la penetración psicológica de Macaulay, ni su formidable lógica. Pero sus narraciones biográficas son estimables por el estilo y la rectitud de ideas.

Nos habría dejado una obra, sobre utilísima, imparcial y completa, si hubiera tenido tiempo de escribir íntegra la biografía de García Moreno. Testigo de muchos de los hechos de ese hombre, copartidario y amigo, quiso enfocar aquella enorme figura, por un lado, por el que no le contemplaron el P. Berthe ni el Dr. Antonio Borrero C. Pero la muerte frustró sus propósitos y nos dejó un libro trunco y malogrado.

El doctor Cevallos, imbuido en documentos y hechos de los anales patrios, fue conducido, por sus mismas facultades de historiador, a destacar en la narración general que emprendió algunas figuras notables, para darles por separado el relieve que exigían su especial figuración y valía.

Mera v Cevallos ofrecen la rara casualidad de haber escrito biografías mutuas. Mera trazó la vida de nuestro historiador, y este la del autor de Cumandá. Es una circunstancia digna de anotarse como una curiosidad literaria, pues creemos que no se ha repetido, ni hay ejemplo de ello, en otras literaturas. Aunque tengamos que saltar algunos años, sin embargo, hay que catalogar a continuación de los dos ya nombrados, a don Abelardo Moncayo y al Dr. Remigio Crespo Toral, por aquella nota característica de las biografías de Mera, de ser imitaciones de los Ensayos de Macaulay.

Moncayo, en la reclusión a que se vio obligado en su quinta de Otavalo por persecuciones políticas, endulzó las horas de soledad con el trato ameno de los clásicos de todos los tiempos e idiomas. Si en sus críticas literarias siguió los pasos de los acerados panfletistas españoles, habiéndoselas con don Juan León Mera, cuya composición Los Últimos Momentos de Bolívar destrozó literalmente, y cuya novela Cumandá no salió bien librada de sus manos, en la biografía se propuso escribir una serie de vidas de hombres notables del Ecuador a la manera de Macaulay.

Las tituló Estudios Biográficos; pero no llegó a publicar sino la del Dr. Mariano Acosta, sacerdote benemérito, el más ilustre acaso de los que ha producido, en lo eclesiástico, la provincia de Imbabura. Moncayo fue, si no andamos equivocados, el primero entre nosotros que utilizó los escritos íntimos de un personaje para escribir su biografía.

El Dr. Crespo Toral que igualmente ha cultivado casi todos los géneros literarios, debe tener una buena colección de biografías inéditas, si hemos de juzgar por lo poco que ha publicado en ese ramo. Empezó a dar a conocer la egregia figura de uno de los más grandes estadistas del Ecuador, el Dr. Benigno Malo, pero no concluyó su estudio. Los fragmentos publicados bastan para acreditarlo como escritor que, en más alto grado que Mera, siguió las huellas de Macaulay en sus Ensayos.

Otro biógrafo azuayo es el Dr. Antonio Barrero Cortázar. La mayor parte de sus escritos permanece inédita. Pero publicó muy estimables biografías. Recordemos la del P. Vicente Solano y la del poeta de Colombia, José Joaquín Ortiz. No es un narrador ameno. Carece de ese don particular de planear bien sus escritos. Pero es sesudo y bien orientado. Se basa en documentos, en hechos y en citas, que las prodiga con demasía, interrumpiendo la unidad orgánica de la narración propia.

En Quito dos Prelados ilustradísimos han dejado ensayos biografías de primer orden: el Ilmo. González Suárez y el Ilmo. Manuel María Pólit Lasso.

Nuestro historiador fue el primero que trazó la biografía de Espejo. Es, en nuestro concepto, este estudio biográfico, una de las obras más perfectas que salieron de su fecunda pluma. Forma un cuadro completo, en el que el personaje se presenta de relieve dentro del marco histórico de la época. Igual mérito encontramos en la biografía del sabio español Mutis, escrita por el mismo Prelado. Todo es en esos dos estudios proporcionado y admirablemente escritos. Sobrios, planeados con destreza, ejecutados con simpatía artística, son de lo mejor que nos ha legado el Ilmo. González Suárez.

El Ilmo. Dr. Pólit tenía grandes disposiciones para la historia. Las utilizó en la biografía. Escribió la vida de una insigne compatriota nuestra, del tiempo colonial, de la sobrina de Santa Teresa. Esa obra es modelo de una biografía, escrita en grandes proporciones, en la que no se olvida ni se descuida nada: época, familia, medio social, influencia de la educación del hogar, temperamento individual, etc.

Un ensayo escrito por él mismo con especial cariño es la vida del Dr. Juan de Dios Campuzano, aquel sacerdote talentoso, ilustrado, enérgico, de admirable ingenio, de castiza pluma –era nada menos que lector asiduo e imitador feliz de Montalvo– que, si por algo pecó, fue por sus nada laudables intromisiones en la política.

Para continuar formando una galería de eclesiásticos distinguidos, hay que mencionar el nombre del Dr. Luis R. Escalante. Orador, ante todo, escribió un libro bastante voluminoso –550 páginas– sobre el humilde religioso y Obispo Fray José María de Jesús Yerovi. Es obra de mérito, sin embargo, nos va a servir para que señalemos uno de los defectos en que suelen incurrir no pocos biógrafos. Consiste en quebrar, por así decirlo, esa unidad, ese todo orgánico que forma la vida y el ser de un hombre, para irlos considerando por partes, fragmentariamente, como si se hiciese la autopsia de un cadáver, en vez de exhibirlo vivo y animado, y se separaran las diferentes piezas anatómicas para estudiarlas aisladamente. Dedica unos capítulos a las virtudes del Santo Obispo de Quito y nos describe su fe, su esperanza, su amor de Dios, su humildad, su modestia, su celo, su oración, etc., siendo así que debió, en el curso de su biografía, por otro lado, muy bien escrita, mostrarnos al Ilmo. Yerovi en el vital y pleno ejercicio de sus cualidades y virtudes.

Salto brusco hay que dar para acercarnos, en polo opuesto, en cuanto a doctrina y credo, a otro biógrafo: a don Roberto Andrade. También él ha escrito un libro voluminoso, Vida y muerte de Eloy Alfaro, en 490 páginas compactas. La mitad o más de este volumen consiste en documentos o en reproducción de las Memorias del Caudillo liberal. Es este un defecto, en nuestro concepto, como ya lo hemos anotado anteriormente, porque se rompe la unidad que debe tener la narración, tal como brota de la pluma del autor. Pero es un defecto que, por otro lado, queda compensado porque sirve para la exactitud de los hechos. Es una obra de polémica, de combate, hecha para refutar y defender. Nos parece incompleta, porque no considera al Caudillo de ese partido por uno de sus aspectos más notables. Alfaro no fue solo un militar tenaz y resuelto, sino un político muy avisado. Conoció y manejó a los hombres a su antojo. A casi todos sus enemigos les ganó, si no para su partido, para el servicio de sus administraciones. Queda este aspecto de la vida de Alfaro todavía por escribirse.

Antes de que emprendiese el trabajo de su admirable historia de la Iglesia ecuatoriana en el siglo XIX, de la cual solo ha publicado hasta ahora el primer tomo, el Dr. Julio Tobar Donoso, Académico de la Lengua y de la Historia, penetró en el examen y conocimiento de todos los sucesos importantes de la vida nacional, escribiendo unas cuantas biografías de personajes ilustres, así eclesiásticos como seglares, del Ecuador en la nombrada centuria. Formada esa galería, amplió después el cuadro y el escenario en las proporciones que todos hemos admirado.

Entre quienes cultivan la crítica literaria, hay algunos que basan sus juicios en la biografía de los autores. Llevados del excelente principio de que la vida explica la obra y de que esta se completa con aquella y siguiendo la ley última de la crítica de que la vida de un escritor y, de un hombre en general, es un todo orgánico, regido por cierta energía interior, que se manifiesta en todas las dotes de ese hombre, han unido sagazmente la biografía y la crítica literaria. Y en esa labor conjunta, han dado con verdaderos hallazgos, sobre todo cuando iban estudiado a ciertos autores casi olvidados, de cuya vida poco se han cuidado los demás críticos, a pesar de que en ella estaba la clave para explicar ciertas dotes peregrinas que asomaban en sus libros y no eran debidamente apreciadas.

Gonzalo Zaldumbide al ocuparse de algunos escritores de la colonia, al escribir esas obras maestras que se llaman Rodó y la Evolución de D Anunzio, ha aprovechado los rasgos biográficos de ellos, en una fecunda compenetración de hechos y libros, de incidentes y de páginas episódicas.

Manuel J. Calle ha empleado igual procedimiento en su libro Biografías y Semblanzas, y marchan a su lado, Víctor M. Albornoz y Oscar Efrén Reyes. Albornoz se propone ampliar sus estudios, o mejor, encuadrarlos en una historia amplia de la literatura azuaya, la más fecunda y variada de las literaturas regionales o provinciales del Ecuador. Los ensayos publicados revelan dotes genuinas de historiador y de crítico.

Sin establecer íntima unión entre el hombre y la obra, por consiguiente, sin hacer propiamente una labor de crítica literaria, el Dr. Leonidas Batallas escribió la vida del Padre Juan de Velasco, en relación con sus escritos.

Al Dr. Agustín L. Yerovi somos deudores los ecuatorianos de una biografía –la primera– de Montalvo. Hasta entonces se sabía poco del Cosmopolita. Sobre él circulaban anécdotas más o menos auténticas. Escaseaban las ediciones de sus libros y se carecía de datos precisos sobre ellos y sobre el hombre. El Dr. Yerovi, sin elevarse a las apreciaciones del literato, ni ahondar mucho en el alma de Montalvo., nos dio la única biografía que hasta ahora existe del escritor ambateño.

El P. Alfonso A. Jerves ha publicado, de lo mucho que sabe y debe tener escrito, un ensayo biográfico sobre el Doctor Juan B. Vásquez, uno de los más esclarecidos jurisconsultos del Ecuador.

Sobre don Pedro Moncayo ha escrito el joven José S. M. Leoro un notable ensayo, que fue recibido con aplauso por la crítica. La época en que figuró en nuestra historia aquel ilustre ibarreño y la agitada vida del mismo están descritas con fidelidad, colorido y acción.

Llegamos finalmente a las mayores biografías que se han escrito entre nosotros con el carácter moderno que hemos señalado en la introducción de este artículo.

Augusto Arias R. es autor de dos libros de biografía, uno de ellos consagrado a Mariana de Jesús, la Bienaventurada quiteña, y el otro a Espejo, héroe múltiple, representante de la nacionalidad por muchos aspectos. Y Benjamín Carrión ha publicado un libro biográfico sobre Atahualpa.

Prescindiendo de diferencias de estilo, el que en Arias es fluido, sutil, quintaesenciado, y en Carrión, fuerte, preciso, incisivo, cortante, musculoso, los libros de estos dos notabilísimos literatos concuerdan en ser una reconstrucción de épocas y de hechos individuales con fina penetración artística, diríamos, casi con adivinación intuitiva.

Relatan sucesos de épocas que nos han dejado pocos datos y escasos documentos. Para escribir esas biografías Arias y Carrión –les nombramos en el orden cronológico de la aparición de sus libros– han tenido que recurrir a esa razón de arte, a esa perspicacia adivinadora, a la ley de composición, a que se refería Renán, fundándose en una teoría estética de Goethe.

Para aclarar estos conceptos, nosotros acudiríamos, en símil apropiado, a la labor científica de Cuvier, quien, con unas cuantas partes del organismo de animales antediluvianos, de razas ya extinguidas, reconstruyó intuitivamente el organismo y el cuerpo íntegro de esos ejemplares raros, valiéndose de la ley de simetría, de proporción, que deben tener entre sí todas las partes constitutivas de un ser vivo. Admirable visión la del sabio, conocimiento perfecto de la correspondencia orgánica interior y exterior de los seres, penetración aguda en las leyes sabias de la naturaleza, que crea y modela conforme a cierto ritmo, equilibrio y proporción. Tan acertado anduvo Cuvier en sus reconstrucciones que, encontradas después las demás piezas componentes del organismo animal que él recreó por decirlo así, se observó que coincidían perfectamente en tamaño y desempeñaban exactamente las mismas funciones que él imaginó.

Así con las biografías noveladas de Arias y Carrión. Con. los pocos datos que nos han transmitido cronistas e historiadores antiguos, guiados por esa razón de arte que hemos indicado, ateniéndose instintivamente a las leyes proporcionadas de la historia y de la naturaleza, reconstruyen toda una vida de personajes que vivieron en otras épocas y en un medio social diferente del nuestro.

 

***

En cuanto a las biografías de menor grado y de aquellas que se escriben de ocasión, vamos a enumerar las principales.

El Dr. Pablo Herrera, infatigable investigador de Archivos, ha preparado como pocos los materiales que han sidö aprovechados por otros y que los serán aún más en adelante. Es autor de una extensa biografía de García Moreno, de quien fue condiscípulo en las aulas universitarias y con quien colaboró en la administración pública. Es autor de una serie de apuntamientos biográficos cortos, puestos al frente de trozos selectos de escritores de la colonia y de los primeros años de la República, con los que se han formado algunos tomos de Antologías.

Asimismo, investigador de Archivos y escritor de amenas narraciones biográficas, es el Sr. Celiano Monge que tiene su sillón en la Academia de la Lengua y en la de la Historia, lo que quiere decir que a su erudición une el castizo manejo de la pluma.

Han formado galerías biográficas, útiles para consultas y citas, los Sres. Francisco Campos y Camilo Destruge.

Entre los que, por deberes de periodistas, han escrito biografías ocasionales, se han distinguido dos: el Dr. J. Modesto Espinosa y Manuel J. Calle. De los artículos de periódico, generalmente escritos aprisa, han conseguido ellos hacer algo duradero y ameno, trazando retratos, semblanzas, siluetas, a base de biografías.

Hay matices que deben ser considerados en este estudio nuestro: el de ecuatorianos que han escrito la vida de hombres célebres del exterior, y el de escritores de fuera que se han ocupado de nuestros hombres.

Además de los que ya hemos citado como Gonzalo Zaldumbide a quien se debe el mejor estudio crítico biográfico sobre Rodó, deben recordarse los nombres de los dominicos Fray Enrique Vacas Galindo que narró la vida de Bartolomé de las Casas, y del P. Alberto María Torres que dio a luz su admirable volumen sobre el P. Valverde, su hermano de religión, el que figuró durante la conquista.

Escritores del exterior, que merecen puesto de honor en el presente estudio son el P. Berthe por su biografía de García Moreno, la que, si bien llena de equivocaciones, es el primer monumento literario, erigido en honor del primer Magistrado ecuatoriano.

Sobre Juan Montalvo escribió el insigne e inolvidable Rodó su mejor ensayo, obra de arte, de justicia y de reivindicación. Sobre el mismo ingenio ambateño ha escrito y sigue escribiendo un literato cubano, Roberto Agramonte, quien encuentra en don Juan al tipo del polemista y del literato, sin segundo, en su concepto, en el Continente.

 

***

No es escaso el número de los cultivadores de la biografía en el Ecuador. Forman un respetable grupo, aun siendo posible que hayamos incurrido en olvidos e involuntarias omisiones. Damos los hombres y citamos las obras que hemos tenido ocasión de conocer. Así y todo, aún hay personajes ilustres que no han sido objeto de biografías, a pesar de que sus vidas contienen enseñanzas y rasgos dignos de alabanza. Un Antonio Flores Jijón, un Luis F. Borja, un Camilo Ponce, un Luis Cordero, un Pedro Carbo, merecen ser estudiados con detención. Esperan el biógrafo que los presente a la posteridad en todo el brillo de sus cualidades excepcionales.

Y de los que ya tienen su correspondiente biografía, hay muchos que necesitan de estricta justicia y reparación. Habría que rehacer no pocas de esas vidas.

Permítasenos que, en este punto, expongamos no una teoría sobre el género biográfico, sino una sencilla opinión personal, ya indicada en la Introducción a nuestra obra sobre el Ilmo. González Suárez.

La biografía, en concepto de algunos, debe ser novelada, en concepto de otros, histórica, anecdótica, y en el de no pocos, técnica y psicológica. Creemos que, además de esos matices, debe ser ante todo crítica.

Entendemos por tal la que reúne estos dos caracteres principales: adaptación del tono dominante al carácter del personaje biografiado, porque hay personajes cuya vida no se presta a la narración novelesca en boga; y apreciación del hombre, de sus hechos y de la época en que vivió.

Este segundo rasgo no es nuevo, ha sido empleado siempre; pero creemos que debe ser más acentuado, más expreso en toda biografía. Debe tender el biógrafo a decir la última palabra, mediante juicios críticos, sobre el sujeto, cuya vida escribe, sobre los hombres que con él se relacionaron y sobre la época misma en que vivió.

 

Quito, l935.

 


Nicolás Jiménez Mena. Nace en Quito en 1880. Al igual que muchos otros intelectuales ecuatorianos de su tiempo se inicia en la Revista de la Sociedad Jurídico Literaria. Publica con el pseudónimo de Julio II. Entre otras funciones que desempeña se pueden citar: Miembro del Tribunal de Cuentas (actual Contraloría), Subsecretario de Estado Incursiona en el periodismo, el ensayo y la crítica. Desde 1931 integra como Miembro la Academia Nacional de Historia. De afiliación política liberal,. Muere en 1940. (Fuente: http://biblioteca.casadelacultura.gob.ec/cgi-bin/koha/opac-authoritiesdetail.pl?authid=3843)

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