La abuela ya no está | Gabriel Ortiz

Por Gabriel Ortiz

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

A Eri, Frank, JuanCa,

ellos saben por qué

Esta mañana la abuela ha empeorado. Me levanté con los ánimos de salir a jugar con mis perros, pero antes debía desayunar. Solo soy un niño al que aún no le dejan encender la hornilla.

—Cuando seas más alto y no te puedas quemar los brazos, puedes calentar cualquier cosa.

Para jugar hay que estar bien desayunado porque los perros representan un esfuerzo sobrehumano. Bueno, me levanté en pijama y mamá no estaba, fue extraño, siempre está y hoy no había señales de ella. Su cama estaba tendida como si no hubiera pasado la noche ahí.

Esto de los teléfonos es algo increíble, uno puede llamar a su mamá para escucharla donde sea. Eso hice, la llamé y me respondió:

—Mami, ¿Dónde está?

—En donde tus abuelitos —respondió.

—¿Ya viene? —cabe aclarar que mis abuelos viven a dos cuadras de mi casa, así que el volver era cosa de dos minutos, hasta podía ir a verla.

—No, tu abuelita se puso mal, no puede respirar bien. Nos vamos para el hospital.

El hospital, como en cualquier ciudad chica, está a tres cuadras de la casa de mi abuela. Y el NO con el que mamá me respondió me hizo notar su preocupación.

No supe que decirle y colgué algo asustado. Casi espantado. No tenía mamá y debía comer, el juego se cancelaba. Desperté a mi hermana mayor, ella ya cumple la estatura mínima para calentar la leche.

Pasé todo el día esperando a mamá sin saber nada de ella o de la abuela. Así la mañana se hizo tarde y tampoco vino para el almuerzo. Regresó muy pasado el mediodía y nos llevó a un restaurante, que también queda a una cuadra.

—¿Qué está mi abuelita? —le dije mientras veía que en su rostro se formaba una mueca de angustia.

—Va a estar bien —soy niño, pero cuando uno pregunta ¿qué está? Es porque quieres saber del presente, no del futuro.

—¿Qué le pasó?

—Tiene una congestión y no puede respirar con uno de sus pulmones —sino lo saben no poder respirar es como ahogarse en la piscina sin estar bajo el agua, yo lo sé porque al igual que mi abuelita sufro de asma.

—¿Pero ya está mejor? —su rostro se entristeció por completo y con la voz quebrada me dijo–

—No sé —mamá nunca dice no sé, y jamás la había visto llorar, pero ahí estaba, salando su sopa con sus lágrimas—, el doctor dijo que la congestión no es de flema, sino de sangre y está demasiado delicada, le hacen unos exámenes y si no hay solución la mandan a la casa para que descanse —ese descansar era un descansar en paz y hasta yo lo sabía.

¿Ustedes han visto a una mamá llorar? Desde hoy yo sé cómo llora mi mamá, y a uno le parte el corazón que su madre sufra y no poder hacer nada. No quiso hablar más y usó la servilleta de pañuelo. Mamá sufría y yo debía ser el fuerte, se la debía. Ella siempre era la fuerte cuando me caía, cuando los monstruos me perseguían, cuando en la noche me levantaba y no podía ir corriendo a su cuarto porque la oscuridad no me lo permitía. Así que fui fuerte —siempre he sido escuálido y susceptible—, pero por mamá yo era ese tal Batman.

Acabamos de almorzar y mamá regresó al hospital. Ni mis perros podían animarme después de ver el rostro de mamá con lágrimas dibujadas en los ojos. La imagen es imborrable, su rostro blanco se enrojeció por completo, su cabeza dejó de estar alzada, su voz era interrumpida por sollozos y sus lágrimas eran como perlas que caían una tras otra de sus ojos cafés que tiene, esos ojos que yo heredé.

Pasaron las horas, ni la tele ni un sándwich me calmaron la angustia, ya tengo edad para hacerme un sándwich con el pan de molde porque así no necesito cuchillo. Comía con el nudo en la garganta, pero yo no podía darme el lujo de llorar, por mamá y mi hermana, yo era ahora su apoyo y quería abrazarla. En eso de la tercera mordida sonó el teléfono, era mamá.

—Aló si buenas tardes —con esa voz tan fingida que me enseñaron para contestar el teléfono.

—Hola, ¿Sebas? —era mamá buscándome, las cosas ya estaban mejor de seguro.

—Sí mami, ¿qué pasó?

—Vente a la casa de tus abuelitos con tu hermana, ya estoy acá con tu abuela —eso solo significaba una cosa, que la mandaron sin remedio–

—Ya voy —y me aguanté las ganas de llorar ahí mismo.

Llegamos y la cosa estaba peor. Todo iba peor porque vi a mi abuelo, él es el hombre más fuerte y rudo que conozco, debe tener 90 pero parece de menos. Es un agricultor de los que con un machete baja un árbol en cinco golpes. Pero hoy, él era como yo, frágil y triste, se notaba que también había llorado y yo, me desmoronaba en mi misión de ser el fuerte. Y llegó lo peor, ver a mi abuela y hablar con ella. Entramos a su cuarto y la vimos ahí acostada con una de esas bolsas que a uno le conectan al brazo para ni sé qué de las defensas. Estaba pálida y con una máscara conectada a un tanque de oxígeno —de eso sí sé porque he estado en esa posición— la saludamos y no podía ni hablar. Fuimos los primeros en ir y poco a poco mis tías y tíos llegaron con mis primos mayores y mis primos chicos.

Se retiró por un instante la máscara y quiso hablar sin lograrlo.

No pude más, y me escabullí entre las personas de la habitación y corrí a esconderme en las gradas que suben a la terraza, a llorar sin consuelo. Y lloré por primera vez en silencio para que no me escucharan, principalmente mamá, si me veía llorar ¿qué iba a ser de ella? Yo ahora era su fuerza.

Lloré hasta dormirme en las cerámicas de las gradas y cuando desperté estaba en casa, en el cuarto de mamá y ella no estaba. No la quería llamar, pero me imaginaba lo que pasaba. Cuando volvió ella vestía de negro —y todos sabemos qué significa eso—.

La abuela había empeorado y esa misma noche mientras yo me dormí sin energías de tanto llorar, ella murió. No la vi al final porque esa señora ahí recostada en cama no era la mujer valerosa y fuerte que me cargaba en sus espaldas amarrándome con una chalina cuando era bebé. No era la señora que cocinaba por tres o cuatro horas la colada morada en la tulpa. No era la que me enseñó a comer tunas o desgranar maíz. O la que me ofrecía una manzana cada vez que iba a su casa a jugar con mis primos.

Esa no era ella y yo quería a mi abuela, y quería recordarla como era, como yo la imaginaba, como la mujer más fuerte que le contagió la fuerza a mi mamá. Mamá es ahora la mujer más fuerte y cariñosa que conozco, ella sabe abrazarme y me da manzanas cuando estoy con hambre. La abuela está en mis recuerdos, y por suerte esos recuerdos son maravillosos.

La abuela ya no está y nos hace falta a todos, a mi abuelo, a mi mamá, a mi hermana, a mis tíos y primos, y a mí. Pero la tengo presente cada vez que soy valiente, cada vez que como una manzana o cada vez que mamá me abraza y eso es tenerla viva de alguna manera.

 


Gabriel Ortiz (Ecuador) es un joven de 20 años, estudiante de Artes Liberales, con gran gusto por la narrativa corta y la poesía. Es parte del Grupo de Teatro Durión en Ibarra, como técnico en iluminación y actor. Con interés en la fenomenología, la historia del arte y la literatura infantil. En su tiempo libre suele escribir un poco.

 


Foto portada tomada de: https://pixnio.com/es/media/personas-de-edad-avanzada-lentes-abuela-hat-persona

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