Frankenstein desmembrado | Richard Jiménez A.

Por Richard Jiménez A.

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

¿Te pedí

por ventura, Creador, que transformaras

en hombre este barro del que vengo?

¿Te imploré alguna vez que me sacaras

de la oscuridad?

John Milton

Luego el Señor Dios dijo:

«Miren, los seres humanos

se han vuelto como nosotros,

con conocimiento del bien y del mal.

¿Y qué ocurrirá si toman el fruto

del árbol de la vida y lo comen?

¡Entonces vivirán para siempre!»

Génesis 3:22–23

 

Frankenstein, palabra enérgica que guarda una curiosa metonimia: se designa a la creación con el nombre del creador. Un científico alienado, una monstruosidad creada y una posterior pugna. Sin lugar a dudas la criatura de la novela de Mary Godwin (1797-1851) se ha convertido en todo un patrimonio de la humanidad y un arquetipo de la cultura occidental. Cuando se menciona el nombre de “Frankenstein” la primera imagen que salta es aquella que ha pasado por el filtro de Hollywood; tanto el cine, como la televisión y el merchandising han prefigurado al simulacro. Representado y replicado hasta la saciedad, no es tan necesario haber leído la novela como para identificarlo y contar con una somera idea de la trama. Según Leonard Wolf, citado por Alberto Manguel, “Haber visto la película de pequeño es uno de los privilegios de haber perdido la infancia.” (Frankenstein, Penguin Books España, 2015). Pues, creo, el cine ha sido el responsable de haberle dado un rostro icónico al personaje de Godwin; vale mencionar la más aplaudida caracterización hasta la fecha, me refiero a la de Boris Karloff en Frankenstein de 1931 y La novia de Frankenstein de 1935, ambas dirigidas por James Whale. El concepto y los bocetos de Whale, sumados al prolífico trabajo de maquillaje de Jack P. Pierce –quien pasó tres meses entre libros de medicina, criminología y electrodinámica–, inmortalizaron a la figura de Karloff. No obstante, el cine también se ha encargado de modificar la historia original; con ciertas licencias y bajo la lupa de la censura –en varias oportunidades–, se han introducido cosas tales como un doctor loco, un Víctor que se llama Henry, un ayudante de nombre Igor, Elizabeth y Víctor como titiriteros, un monstruo menos elocuente y hasta mudo, parodias, un cameo de Drácula o el Hombre Lobo, etc. La historia, soñada aquel lejano albor del siglo diecinueve, ha pasado de generar horror –si tomamos en cuenta la distinción hecha por Noël Carroll en su libro The Philosophy of Horror– a generar suspenso; y de esto mucho tiene que ver la mano de Hollywood. El nivel de horror ha bajado y la tendencia sigue en franco descenso con el pasar de los años. Porque la sociedad de la imagen, de la inmediatez y la tecnología en la que seguimos, exige que los elementos utilizados para impactar a una audiencia se ajusten a los nuevos requerimientos. Quizás ahora provoque mayor miedo un monstruo de Frankenstein al que tengamos que verlo con gafas 3D y experimentarlo con realidad aumentada, o un animatronic de gran diseño –y así correspondería guardar en el baúl de los recuerdos a Boris Karloff–. No obstante, la genialidad de Godwin nos ha dejado de herencia una base con amplia plasticidad, que no muere ni se agota, lista para ser tomada en cuenta innumerables veces y así inducir nuevos horrores u otras sensaciones. Esta joya de la literatura universal sigue siendo apreciada y leída, sigue siendo reproducida y adaptada en varios formatos; ¿qué hay detrás y en el núcleo de la misma? ¿Por qué continúa tan fresca? A continuación intentaré responder a estas preguntas, tomando en cuenta que aquel núcleo que refiero, intuyo, es la lucha de la creación en contra del creador, la necesidad de independencia del ser humano y su colocación al mismo nivel de la divinidad; elementos inseparables y recurrentes en cada época. Para complementar lo dicho, dialogaré con algunos pasajes de Frankenstein desencadenado de Brian Aldiss, pues me parece aporta y complementa bastante.

 

Antecedentes

Retrato de Mary Shelley por Richard Rothwell, exhibido en la Royal Academy en 1840 (Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Mary_Shelley)

El contexto de Mary Godwin Wollstonecraft, a breves rasgos, tiene como antecedentes generales a la Revolución Industrial (transformación e industrialización de Inglaterra, mayor índice de alfabetismo, considerables avances tecnológicos y un visible urbanismo) y al Romanticismo inglés (desborde de la imaginación y exploración del alma humana). Pero, si queremos adentrarnos en su obra de una manera más íntima, es necesario detenernos en tres acontecimientos claves, determinantes en su biografía, que se verán reflejados en su trabajo. Primero, la influencia intelectual recibida durante la infancia, procedente de sus padres –prominentes pensadores–. Segundo, su cercanía con la muerte y la imposibilidad de evitar la partida de un ser querido –su madre falleció, también una hermanastra, múltiples abortos–. Tercero, la cercanía que tuvo con dos grandes exponentes de la literatura inglesa de la época, Percy Shelley –con quien terminaría casada– y Lord Byron –futuro esposo de su hermana Claire–. Dentro del trío Shelley, Byron y Godwin se procedió a dar un nuevo tratamiento a dos obras en la que es claro el tema del desafío a los dioses y el posterior castigo: La Prometheia de Esquilo y El paraíso perdido de John Milton (1667); ambas vueltas infraestructura de lo que terminaría siendo ‘Prometeo’ de Lord Byron (1816), Prometeo liberado de Percy Shelley (1820) y Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Godwin (1818).

 

La Prometheia, El paraíso perdido y las otras inspiraciones

Hay la creencia de que el gran tragediógrafo Esquilo, similar a lo que hizo en La Orestea, pretendió elaborar una triada sobre el proceso de ate (confusión e insensatez), hybris (locura de orgullo, mal acto cometido) y némesis (castigo) de Prometeo: Prometeo encadenado, Prometeo liberado y Prometeo portador de fuego. El titán Prometeo, creador del hombre al modelarlo de barro, prefiere la desgracia a ser un siervo de Zeus. Roba el fuego de los dioses y lo entrega a los seres humanos, a que estos dejen de depender de aquellos. Su castigo es ser encadenado en el Cáucaso y que un águila se coma su hígado a perpetuidad.

En El paraíso perdido de John Milton, clásico de la literatura inglesa, la epopeya nos cuenta acerca de la venganza del ángel caído (Satanás) en contra de Dios a través de sus preciadas criaturas (Adán y Eva), las cuales deben emplear la astucia y la curiosidad intelectual para poder independizarse del padre creador; quien por su cualidad de creador declara su propiedad. Adán y Eva, en búsqueda del autogobierno y la sabiduría comen la fruta prohibida condenándose a la muerte. El arcángel Miguel recalca que la condena promulgada continuará en todos sus descendientes.

Lord Byron, en su poema ‘Prometeo’, acentúa el tema de lo heroico; típico del Romanticismo. El titán defensor de la raza humana, ante la crueldad de los dioses, es el héroe que no se doblega y persiste a pesar de las torturas. Prometeo es puesto como ejemplo ante todas las personas que pretenden ser rebeldes y valientes. El humano tiene su parte divina y puede prever su destino fúnebre, sin embargo, triunfa a pesar de todo, a pesar de los desastres y la tortura; incluso el hecho de morir es una victoria.

En el Prometeo liberado de Percy Shelley,  drama lírico en cuatro actos, se sigue con la tradición clásica y se busca una cierta reconciliación entre Júpiter y Prometeo. El padre de dioses y de hombres personifica el principio del mal y el titán personifica la regeneración de la humanidad. Prometeo, valiéndose de la sabiduría como arma, vuelve a conducir a los humanos hacia la virtud. El humano debe perfeccionarse con el fin de eliminar el mal de su naturaleza.

 

El moderno Prometeo

Portada de Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley (Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Frankenstein_o_el_moderno_Prometeo)

Un día de esos en donde se alinean los astros y suceden maravillas, durante el verano de 1816, Mary Godwin de dieciocho años se encontraba en medio de una tertulia en la residencia alquilada por Lord Byron, conocida como Villa Diodati, en las cercanías del lago de Ginebra. Los demás partícipes de aquella reunión fueron Claire Clairmont, John William Polidori y Percy Shelley. Los contertulios se hallaban resguardados de las inclemencias de la estación. Para ese entonces ya habían transcurrido varias citas previas en las que se leyeron y contaron historias fantásticas, sobrenaturales y de terror. Llegado el momento a Byron se le ocurrió sugerir que cada uno escriba un relato de fantasmas. Godwin se puso de tarea elaborar una historia que pudiese rivalizar con las que se leían durante las veladas; que hablase de los misterios y temores inherentes a la naturaleza humana y que despertase terrores. Para ello, como fuente teórica, echó mano de un anterior diálogo filosófico entre Lord Byron y Shelley, que versó sobre la naturaleza del principio de la vida y la posibilidad de descubrir dicho principio –los poetas habían puesto como ejemplo las investigaciones de Erasmus Darwin y sus logros en la conservación de un trozo de vermicelli, y el proceso de reanimación de un cadáver a través del galvanismo–. Luego, tras un sueño en el que se le presentaron el estudiante de “artes impías”, el “objeto que había armado”, el “motor poderoso” y la intención de imitar al “Creador del mundo” (introducción de Mary Godwin para la versión de 1831) concibió la idea de lo que terminaría siendo su Frankenstein. Pronto el tiempo mejoró en el lago de Ginebra y los amigos emprendieron un viaje a los Alpes, abandonando sus visiones fantasmales. Sólo la historia de Godwin fue concluida, convertida en novela por la insistencia de Shelley.

La novela inicia con el tradicional terror gótico, no obstante, va en crescendo hasta terminar por profundizar en el estudio del alma humana y sus problemáticas; además de las relaciones con lo superior. El viajero Robert Walton, en plena expedición al Polo Norte, se topa con el demacrado y destruido Víctor Frankenstein; quien buscaba ferviente a su monstruo. Frankenstein percibe en Walton su misma locura; ese deseo profano de conocimiento, decide contarle su historia como advertencia. Si hacemos un amplio retroceso, desde que el primer humano prueba un bocado del árbol de la sabiduría (vida autónoma y conocimiento de la muerte) y hace frente a su creador (Dios padre), se condena a ser expulsado del Edén y condena a sus descendientes, pero, se vuelve un pequeño dios al adquirir el poder de también crear por medio de la reproducción; de esta forma se perpetúa a través de los hijos, a pesar de tener que morir. En el caso de Víctor Frankenstein –quien ha padecido el deceso de un ser querido–, pone entre paréntesis la necesidad de la cópula como generadora de vida y, a través de la filosofía natural (ciencia), adquiere el conocimiento de un nuevo principio procreador, que conlleva dominar la muerte; tomándola no como un fin sino como un inicio. Víctor, inquisitivo de los secretos de la naturaleza, experimenta un proceso que lo lleva de Cornelius Agrippa, Paracelso y Alberto Magno –teorías refutadas– a saberes más sólidos. La fascinación por la fisiología y la corrupción de los cuerpos, le animan a convertirse en el primer hombre en romper los límites entre la vida y la muerte “…qué peligrosa es la adquisición de conocimientos (dice), y cuánto más feliz es el hombre que cree que su pueblo natal es el mundo que aquel que ambiciona conseguir una grandeza mayor de la que su naturaleza le permite.”  A partir de partes reunidas de gente muerta ensambla un nuevo individuo y le otorga un soplo vital, situándose al mismo nivel que el Dios creador. Pero, este moderno Prometeo, que ha querido robar de nuevo los secretos de los dioses para suplantarlos, se hace acreedor a un terrible castigo y este castigo inicia con el deterioro psíquico y físico, luego se consuma en manos de su propia creación quien, vengativo, asesina al hermano menor de Víctor, William, inculpa del crimen a la inocente Justine Moritz, victima al mejor amigo, Henry Clerval, y termina por estrangular a su prometida, Elizabeth Lavenza. Es indudable la semejanza con el rabino de Praga y el Golem –muy bien retratados por Jorge Luis Borges en su famoso poema–. Judá León crea un simulacro a que le ayude a barrer la sinagoga, lo hace de arcilla y le dota de vida a partir de ciertas letras que, pronunciadas, significan el Nombre secreto de Dios. A la postre el Golem se convertirá en condena y sufrimiento del rabino.

Víctor Frankenstein no está preparado para ser Dios y repulsa de su propia criatura. El monstruo mendiga el amor de su padre, anhela comprensión pero, ante rotundos rechazos por parte de la humanidad, pasa de ser un Adán a un ángel caído (en un viaje por el bosque encuentra un baúl con libros: El paraíso perdido, Vidas paralelas de Plutarco y Las penas del joven Werther de Goethe. Tras la lectura llega a sentirse similar a Adán y a Satán); la privación de la felicidad le convierte en demonio que derrama sangre a su paso. La criatura exige una mujer –Eva–, de su misma especie que le acompañe, no huya ante su monstruosidad y sea su compañera; con lo que se restablecería el orden de las cosas. Huirían a las deshabitadas tierras de Sudamérica y nunca nadie volvería a verlos. “Recuerda que soy tu criatura; yo debería ser tu Adán, y soy en cambio tu ángel caído a quien privas de la alegría sin que haya cometido ninguna fechoría.” No dejaría en paz a su creador hasta que cumpla con sus requerimientos. Víctor acepta a medias, cuando tiene casi lista a la criatura hembra teme que esta salga perversa, que ambos no lleguen a congeniar o que no se cumpla el pacto, así que decide destruirlo todo.

¿Qué hacer si se ha dejado suelto a un criminal? Víctor decide prolongar su “asquerosa existencia” y perseguir al monstruo hasta el último confín para darle muerte. Logra llegar a tierras del Norte en donde es rescatado por Walton. Antes de expirar, consumido por entero, deja en manos de su nuevo amigo la finalización de la tarea; y que él en su vida busque la felicidad y evite la ambición. Al morir, aparece el indirecto responsable de tamaña calamidad a contemplar a su última víctima; tarde se da cuenta que la desgracia le había vuelto susceptible al vicio y al odio. El monstruo de Frankenstein se resigna, se maldice a sí mismo y decide ir al extremo más nórdico para purgarse en una pira y que así nadie a futuro pueda inspirarse en su cuerpo.

 

Frankenstein desencadenado

Existen obras que tienen una grandiosa voluntad por continuar, o quizás completar, otras; la novela del escritor inglés de ciencia ficción, Brian W. Aldiss, es una de aquellas –y no solo Frankenstein, también escribió La otra isla del Doctor Moreau o Drácula Desencadenado–. Aldiss, entusiasta de la obra de Mary Godwin, en su momento consideró la novela cumbre de esta como la primera obra de ciencia ficción, pues en ella no solo se narra un avance científico, sino que se exponen las consecuencias de tal avance y las implicaciones en la sociedad victoriana. Para Aldiss, se trata de una exploración de la consciencia humana y de lo que es capaz de hacer. “El Intelecto ha hecho de la Tierra un planeta peligroso para el intelecto. Somos víctimas de esa maldición que cayó sobre el barón Frankenstein en la novela de Mary Shelley: por pretender dominar demasiado, hemos perdido el dominio de nosotros mismos.” (Frankenstein desencadenado, Minotauro, 1990).

Aldiss considera a Víctor Frankenstein como un Edipo, más que como un Fausto. Si bien el personaje de Goethe vende su alma y es castigado por su sed de poder, Edipo se condena por su sed de sabiduría. Edipo se convierte así en el primer hombre de ciencia, motivado por su afán de perseguir respuestas. Víctor es el arquetipo del hombre que busca el progreso a través de la sabiduría, aunque esto le cause desdichas. Su accionar, al vencer a la muerte, termina por arrojar una maldición: la sobrepoblación que origina disputas.

Ahora bien, en Frankenstein desencadenado se nos presenta una sociedad futura –para Aldiss y sus contemporáneos pues la novela está ambientada en el año 2020– en la que los bandos mundiales (potencias occidentales, sudamericanas y las del Tercer Mundo), en su ambición de dominio, han perdido el control; el estallido de una guerra nuclear ha ocasionado un desequilibrio en la estructura física tradicional. El tiempo y el espacio se han salido de control. Los deslizamientos temporales son la constante, duran diferentes lapsos y trasladan a las personas y a las cosas a otras épocas; algunos elementos del pasado se quedan en el presente y viceversa. La gente ya no vive una progresión lineal sino caótica. Es por ello que el tema del tiempo es fundamental en esta novela.

El personaje principal, Joseph Bodenland, ex asesor presidencial, se convierte en viajero en el tiempo y testimoniante, a través de su guardamemorias, de todo lo ocurrido. Un deslizamiento lo lleva a él, su vehículo Felder y otras herramientas del futuro a Sècheron de 1816. Lo imposible sucede y se vuelve parte del mito nacido de la literatura; logra conocer a Víctor Frankenstein y a su criatura. Al recordar la novela, leída cuando niño, sabe de los amargos sucesos posteriores a la creación del monstruo, así que decide evitarlos adelantándose a los hechos. Al no tener a la mano la novela, quién mejor que su creadora para contarle lo que sucederá después. (Aldiss realiza una inversión de los modos de ser de algunos personajes relevantes de Godwin: Víctor es puesto como un hombre egocéntrico, díscolo y hosco; Clerval es un simple traidor y Elizabeth es indolente y ruda).

Dentro de la novela hay tres momentos notables en los que se reflexiona y discute sobre el tiempo. Primero, cuando en Ginebra –al necesitar dinero de la época– Bodenland vende su reloj impulsado por un isótopo de uranio. El personaje se da cuenta que está en un período en el que la gente se guía por la salida del sol, y él ha irrumpido con un dispositivo de precisión milimétrica procedente de un mañana regido por la tiranía del reloj. Siente que el objeto es un eslabón entre el pasado y el futuro, pues refleja los afanes de su época: no necesitar reparación y jamás dejar de funcionar. Futuro derivado del Frankenstein de Mary Godwin, precursor de la Era de la Ciencia, quien quiso impedir la decadencia y corrupción, propios del ciclo normal de la vida. Al querer enmendar la naturaleza, transmitió un virus a sus semejantes y descendientes. Su reloj era el resultado del triunfo de la morbosidad de Víctor Frankenstein. Segundo, cuando Bodenland conoce a Lord Byron, Mary Godwin y Percy Shelley. Comprende la falsedad de la idea occidental de tiempo, consolidada a través de los siglos; no hay uno lineal, todo es caótico y ambiguo. El tiempo ha sido impuesto al individuo y se ha vuelto cada vez más exacto a lo largo de la historia: de las campanadas de la iglesia, al sistema ferroviario y a la sirena de las fábricas. Tiempo mecanicista y medible. Existe otro, uno procedente de los sentidos; tortuoso y errabundo. El tiempo de los poetas y novelistas, travieso como la “hiedra que trepa por los muros”. Como ese tiempo era tan tortuoso, la realidad lo era por igual; tanto Mary Godwin, Víctor, el monstruo, Shelley, Byron y él mismo formaban parte de una distinta realidad. Por ello tiene sentido que convivan tanto la autora de Frankenstein como sus personajes. Tercero, luego de varios sucesos, que terminan por perturbar no solo el tiempo sino el espacio (condena a Justine Moritz, denuncia a Bodenland de haber desaparecido a Víctor, repentina inundación y glaciación, escape de prisión, visita al laboratorio secreto, disputas sobre la responsabilidad moral del hombre de ciencias, múltiples advertencias para desistir en la creación de otro ser, momento reflexivo de Bodenland acerca de la ciencia como provocadora de la separación de lo espiritual en el humano y su apego a los grandes negocios y gobiernos –la sociedad tecnológica vista como el cuerpo del monstruo, carente de espíritu–, culminación y reanimación de la criatura hembra –similar a lo sucedido en la película ‘La novia de Frankenstein’, misma que se encargó de generar compasión hacia el monstruo­–, ritual de cabriolas y acoplamiento de las criaturas, acto de piedad de Bodenland hacia ellas –a fin de cuentas pueden llegar a tener un rostro humano–, asesinato de Víctor por parte de Bodenland y destrucción de la torre laboratorio), nuestro personaje sufre una conmoción temporal, desintegración de su personalidad y quizás severas alucinaciones de efecto retroactivo. El único tiempo posible permanece en el limbo. La realidad de Mary Godwin, Víctor, los monstruos, Percy Shelley, Lord Byron, el año 2020 y la de él mismo, es vista como mundos contiguos. Al dar muerte a Víctor dio fin a uno de los posibles mundos, pero había una infinidad de otros paralelos que él ignoraba; tiempos móviles sujetos a otras leyes. Si las limitaciones de la mente impedían al humano conocer semejantes verdades, él las podía percibir porque su mente estaba al borde de la desintegración “Acaso hubiera, en algún lugar, un año 2020 en el que yo exista tan solo como personaje de una novela sobre Frankenstein y Mary.” Luego, la rasgadura del tiempo-espacio le permite descubrir una ciudad de hielo, tal vez el último refugio de la humanidad. Antes de que la pareja de criaturas ingrese a la ciudad, Bodenland decide fulminar lo que no acababa de entender, sin embargo, una vez liberados ya nada los volvería a encadenar de nuevo. Culminada la misión, queda a la espera de su destino, quizás promovido por la gente de la ciudad, quizás por su propio creador.

 


Richard Jiménez A. (Neal Moriarty). Escritor a ratos, Licenciado en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y Máster en Estudios de la Cultura (Mención Literatura Hispanoamericana) por la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Quito. Fundador y miembro activo de la Revista Literaria Independiente Matapalo y Revista Heptaedro. Ha colaborado en varios cafés filosóficos y recitales poéticos en Quito. Ha participado en talleres de escritura y lectura precedidos por escritores como: Huilo Ruales Hualca, Juan Carlos Cucalón y Raúl Serrano Sánchez. Investigador independiente, redactor de contenidos en Revista Súper Pandilla (suplemento para niños de diario El Comercio) y documentalista en diario El Comercio de Ecuador. Ha publicado una biografía novelada sobre el poeta Gastón Hidalgo Ortega, dentro del libro Los 7 que fueron cinco, y viceversa (2017).

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