Marcianos fueron diezmados por varicela | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

 

Tal pudo ser el titular en un periódico cualquiera posterior a junio de 2001, mes en el que Ray Bradbury habla de la desaparición de la población marciana a causa de una varicela. Su libro es Crónicas marcianas [1950] (Minotauro/Planeta, Bogotá, 2020). El cuento es: “Aunque siga brillando la Luna” que narra la llegada de la cuarta expedición a Marte, cuya tripulación se toma el tiempo para hacer un picnic y luego adentrarse a las ciudades de Marte, arruinadas y ruinosas, plagadas de esqueletos.

Sigamos a Bradbury. Primero su libro, Crónicas Marcianas. Es una colección de cuentos que antes de su publicación, aparecieron en distintas revistas pulp en las que se leía narraciones de ciencia ficción, terror y fantasía. Se sabe que un crítico y editor, Malcolm Bradbury –sin parentesco alguno con nuestro autor– le había pedido un libro para publicar, para lo cual Ray Bradbury se puso a ordenar los cuentos sobre Marte ya conocidos y añadir otros, para dar la idea de un conjunto coherente, usando la misma estrategia o disposición estilística de un libro de Sherwood Anderson, Winesburg, Ohio [1919]. Es así como tenemos un libro donde las historias pueden leerse de forma separada pero que, en ciertos casos, unas hacen referencia a otras, al modo de inmenso fresco sobre un proceso de colonización con sus consecuencias civilizatorias, es decir, devastadoras.

Y es acá donde la idea de la crónica cobra fuerza. Porque una crónica en principio es una cronología de hechos: Crónicas marcianas está estructurado con referencia a fechas, desde enero de 1999, hasta octubre de 2026. Es decir, 27 años de un proceso en el que el ser humano invade la vida marciana, la deteriora y termina transformando el planeta, transformación con consecuencias medioambientales. Sin embargo, crónica también puede ser entendida como una “historia”, como una larga narración de los principales acontecimientos que se suscitaron en el contexto de la colonización. Digámoslo de otro modo: crónica es la historia de un proceso, en nuestro caso de colonización, por el que se evidencia el contacto, la cultura prevaleciente, los rastros por los que se colige algo. Sin embargo, las crónicas son siempre escritas por quienes están del lado de los colonizadores. ¿Es el caso de Bradbury? Es evidente que, tras todo proceso de colonización, los testimoniadores serán siempre los que ven desde el lado de la cultura que coloniza, pero ello no impide al escritor a tomar distancia. Eso es posible encontrar en las historias o las crónicas de la Colonia española a América, donde si bien hay informes militares, también hay relatos de sacerdotes y escribanos que tratan de tomar distancia, al punto de “hacer hablar” a los sujetos colonizados. Bradbury, en efecto, escribe unas crónicas que tratan de mostrar las contradicciones de la sociedad humana. Claramente su libro podría ser una especie de muestrario de cómo la Norteamérica romántica, la Norteamérica que es signo de la sociedad de bienestar, conquista el Oeste, conquista lo que cree que es el mundo “salvaje”. Su obra se debe leer como una extrapolación de los tiempos.

En el libro de Bradbury, en junio de 2001 aterriza un cohete en Marte. Los expedicionarios hacen intentos para conocer el entorno. Uno de ellos explora. Todos ven una ciudad centellante en el horizonte. Hathaway, que ha hecho un reconocimiento del lugar, señala que hasta hace poco tal ciudad parecía estar habitada, pero ahora no. El capitán le dice qué pasó con ellos y aquel responde que todos están muertos. Y otro tripulante, Spender, pregunta cuál la causa de la muerte y el explorador señala que es algo que nadie podría creer: los mató la varicela.

Un virus, de acuerdo al cuento de Bradbury, es la causa de la desaparición de la vida en el planeta Marte. Antes de la cuarta expedición, las otras fueron un fracaso en tanto habían sido destruidas por los propios marcianos. Tres expediciones nos permiten descubrir el hábitat marciano, sus pobladores, gentes que conviven en alianza con la naturaleza, hiperdesarrollados, con tecnologías harto novedosas y curiosas –pienso en los libros que producen sonidos e imágenes–, ríos apacibles, tardes esplendorosas… Los marcianos tienen esa sobrenatural capacidad de comunicarse mentalmente, aprenden rápidamente de los expedicionarios; les hacen creer que llegan a un mundo parecido al de la Tierra, al de Norteamérica, con sus casas republicanas, sus calles tranquilas, la vida apacible de los pueblos; pero también disuaden a los seres humanos para no seguir en su empeño de querer el contacto.

Sin embargo, hay algo que ellos no prevén y es un virus infantil, la varicela. Como toda expedición, como todo proceso de colonización, que implica viajeros, estos llevan gérmenes nuevos, enfermedades desconocidas. Esto ya se sabía en los tiempos de Colón. La colonización europea a América también implicó la introducción de nuevas enfermedades, siendo quizá la causa de la desaparición de muchos pueblos, aparte, claro está, de los efectos de la violencia armada ejercida contra las poblaciones aparentemente inofensivas.

En “Aunque siga brillando la Luna” la varicela es letal. Hathaway afirma:

“La varicela. Atacó a los marcianos como nunca ha atacado a los terrestres. Supongo que tenían otro metabolismo. Los quemó hasta ennegrecerlos, y los secó hasta transformarlos en copos quebradizos. Y sin embargo, fue varicela. Así que las tres expediciones, la de York, la del capitán Williams y la del capitán Black tienen que haber llegado a Marte. ¡Sabe Dios qué ha sido de ellos! Pero por lo menos sabemos qué les hicieron ellos involuntariamente a los marcianos”.

Sí, la propagación del virus, de una enfermedad, es por contacto involuntario, espontáneo. La llegada de unos visitantes, quien sabe, sin síntomas, disemina en otro hábitat un mal que aparentemente había sido superado en la tierra de origen. Los marcianos mueren por una enfermedad.

Spender que, luego sabremos, se pondrá en la piel de algún marciano, parece reflexionar sobre el caso. La voz del narrador del cuento en, este sentido, se mimetiza con el pensamiento de Spender:

“Spender se volvió y sentándose junto al fuego miró largo rato el movimiento de las llamas. «¡Varicela!, Señor, ¡parecía increíble! Una raza se desarrolla durante un millón de años, se civiliza, levanta ciudades como esas de ahí, hace todo lo que puede por ennoblecerse y embellecerse, y luego muere. Parte de esa raza muere lentamente, dentro del ciclo de su propia existencia, con dignidad. ¡Pero el resto! ¿Ha muerto el resto de los marcianos de una enfermedad de nombre adecuado o de nombre terrorífico o de nombre majestuoso? ¡No, por todos los santos, no! ¡Tenía que ser varicela, una enfermedad infantil, una enfermedad que en la Tierra no mata ni a los niños! No, eso no está bien, no es justo. ¡Es como decir que los griegos murieron de paperas, o los orgullosos romanos, de pie de atleta en sus hermosas colinas! ¡Si por lo menos les hubiéramos dado tiempo de preparar sus mortajas, de tenderse, de arreglarse, de encontrar alguna otra razón para morir..! ¡No esta sucia y estúpida varicela! ¡No concuerda con esta arquitectura, no concuerda con todo este mundo!»”

La reflexión resalta las contradicciones. Hay una cultura, una forma de vida con un alto desarrollo; hay algo de la vida de esos seres, los marcianos –dígase, los indígenas norteamericanos para el caso de Bradbury–, de los que se debería haber aprendido algo, a los que se debería uno homenajear. Ellos han edificado su sociedad mimetizándose con el entorno, logrando un equilibrio medioambiental, espiritual y artístico –como nos dice Bradbury–, distinto a los humanos. Pero, aunque la empresa colonial sea enteramente saqueadora de los recursos, del aprovechamiento de los recursos que hay en otro lugar, lo que siembra, en efecto, es un tipo de mal no considerado, no previsto, o probablemente, que luego sirve como arma. La guerra quizá se ha ganado antes de habérsela librado por causa de un virus diseminado. En síntesis, la obra humana, la cultura humana, sobre otra, tiene una potencia que no es posible minimizarla por las consecuencias que conlleva: la enfermedad y la muerte.

Spender, por ello, en el cuento, se pone en la piel de los marcianos, quiere ser un marciano más y ahora quiere impedir que la obra depredadora avance, es decir, que la obra humana destructiva siga adelante. El cuento es, en este sentido, reflexivo, terriblemente cuestionador. No importa, por ahora,  lo que Spender hace; lo que importa es que nos demos cuenta, como nos lo plantea Bradbury, al contarnos páginas más adelante, lo que era la cultura marciana, de la magnitud de lo que implica toda empresa: cambio, pero también aniquilación.

Y es aniquilación por algo invisible, por un nuevo rastro, por un nuevo dispositivo que no se ve y que altera el medioambiente. Y lo hace de forma definitiva. ¿No es acaso esto lo que estaría pasando ahora con el covid-19?

Crónicas marcianas es una obra que se la debe leer en este contexto: un cambio introducido provoca la destrucción de una forma de vida anterior. Puede ser para bien o para mal. Lo más probable, en el caso de las enfermedades, es que la alteración del medioambiente provoca la destrucción de formas culturales en nombre de un capitalismo que intenta sobrevivir cambiando los ejes de la explotación: no importa la humanidad, lo que importa es el dinero y las inversiones que están detrás.

 

 


Iván Fernando Rodrigo Mendizábal. Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Magíster en Estudios de la Cultura por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana San Pablo. Profesor invitado de la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Autor (entre otros) de: Análisis del discurso social y político (junto con Teun van Dijk), Cartografías de la comunicación (2002) y Máquinas de pensar: videojuegos, representaciones y simulaciones del poder (2004), Imaginando a Verne (2018), Imágenes de nómadas transnacionales: análisis crítico del discurso del cine ecuatoriano (2018) e Imaginaciones científico-tecnológico letradas (2019).

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