La Máquina se pronuncia: voces de lo no-humano | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

 

Estamos viviendo un momento inédito por causa de un virus letal que está cobrando vidas en varios países del mundo. Es inédito porque uno puede darse cuenta que una entidad invisible, una entidad imposible de detectar, ha puesto en jaque a todas las sociedades. Lo primero es la casi paralización de la actividad productiva y, segundo, la imprevisible e imposible red sobre la que actúa. En efecto, el covid-19 es un virus que actúa en red, que se disemina a partir de sujetos o individuos aparentemente inocuos, pero cuyos contactos, cuyos senderos que trajinan se ven contaminados sin que se pueda hacer nada.

Los conspiracionistas aducen que es la puesta en prueba de las guerras del futuro, donde se tiene que estudiar de mejor manera, formas de aniquilación humana, segmentada –como parece ser en el caso actual, con personas de tercera edad–, utilizando las estrategias de todo sistema-red. Para otros, tiene que ver con una nueva forma de guerra comercial, donde se trataría de mover la economía a otras regiones, ante la amenaza de alguna hiperpotencia que claramente se va instalando en el mundo. Algunos, desde el plano de la ciencia, señalan que los virus han coexistido con los seres humanos y una buena parte han venido desde el espacio exterior. Aprovechando este argumento, los ufólogos señalan que los virus son mecanismos que, si bien alteran y modifican en ADN, son organismos de diseño extraterrestres, para cambiar la naturaleza del ser humano. También están las voces apocalípticas que señalan que lo que vivimos es el fin de los tiempos. Para el común de la gente preexisten las preguntas de cómo se generó y hasta qué punto se puede parar el covid-19. De momento, países, ciudades, pueblos enteros están en cuarentena obligatoria, con 0 tolerancia, en muchos casos, al contacto humano.

¿Qué es lo que se puede aprender de esto?

El capitalismo en su fase actual ya no es posible. Las diferencias sociales son marcadas; el individualismo es pertinaz y destructivo; el trabajo en beneficio personal debe cambiar; la acumulación del dinero en manos de pocos hace imposible que exista un mundo de bienestar; la inversión en armas no puede seguir siendo la política de los Estados; lamentablemente la ciencia y la tecnología para servicio de la humanidad sigue siendo un discurso; de momento la tecnología está orientada al rédito de quienes lucran con ella. Pero sobre todo, la evidencia del deterioro medioambiental que es de por sí grave.

Sí. El covid-19 es producto de una alteración del medioambiente, del cambio que está sufriendo la Tierra: lo que ha producido el capitalismo en los últimos 30 años es acumulación y desecho; ha revertido lo que era para alimentar a poblaciones en artilugios para el bienestar material de las personas; ha dañado las fuentes de agua, de riqueza alimentaria, de equilibrio animal. Hoy día comemos más plástico y vestimos más basura; el agua ya no es pura; el aire es el alojamiento para metales pesados.

Un concepto ha sido puesto en juego desde el 2000 por el científico y Premio Nobel, Paul Crutzen: “antropoceno”. Manuel Arias Maldonado en su Antropoceno, la política en la era humana (Taurus, 2018), lo sintetiza de la siguiente manera:

“El antropoceno designa una nueva época geológica cuyo rasgo central es el protagonismo de la humanidad, convertida ahora en agente de cambio medioambiental a escala planetaria. [Vendría a ser] el signo de futuro de la potencia disruptiva de la especie”.

Tales palabras ilustran el estado de vida de la humanidad en la actualidad: esta se ha apoderado de todo el planeta; ha cumplido eso que en algún momento Bolívar Echeverría planteaba en “Modernidad y capitalismo, 15 tesis” (en Las ilusiones de la modernidad, 1995), respecto a la modernidad, una forma de totalización de la civilización humana, esto es el dominio político de la naturaleza, en nombre de la razón y del progreso técnico; la consecuencia de ello, vendría a ser, no solo el cambio, formando un nuevo hábitat, sino también la transformación del medioambiente que, hoy por hoy, se está haciendo oír en diversas escalas. Nos damos cuenta que la Tierra no era cosa, no era materia, es además un ser vivo en el que nosotros somos, como las hormigas, sus habitantes. Aunque, eso sí, habitantes que han preferido desentenderse de la naturaleza, estableciendo estructuras artificiales, la mayoría de ellas basadas en la destrucción del equilibrio natural. Lo que Arias Maldonado además dice, que esta época que vivimos implica que ya estamos comprobando el signo de futuro disruptivo de lo humano, es para hacernos entender que toda empresa humana, gracias al progresismo, al individualismo, al economicismo, el urbanismo, etc., rasgos con los que identificaba Echeverría a la modernidad, lo que ha hecho es, en efecto, romper con la naturaleza.

Aunque Arias Maldonado sostiene que ahora en el antropoceno nos constituimos en seres responsables de nuestro destino, de nuestra casa, nos damos cuenta con el evento en ciernes que tal responsabilidad ha sido a medias, porque lo que se ha impuesto es la política, una política del desenfreno, de la radicalización de la explotación que es necesario parar. La enfermedad planetaria actual no es detenible en sí misma, es una nueva condición que implica transformaciones en la vida misma.

Se impone una nueva política humana. Se impone ver que se debe establecer un nuevo marco de relaciones con lo no humano. Tal es la tesis también de Donna Haraway en Seguir con el problema: generar parentesco en Chthuluceno (Consonni, 2019). El problema del antropocenismo o antropocentrismo es que todo se fija en la lógica humana. Pero nos damos cuenta que hay otras entidades, que no son cosas: sean estas animales, plantas, seres microscópicos, seres extraplanetarios, etc., con otros lenguajes y otras dinámicas. La política actual es la caza y la esclavización, es el trabajo prisionero, es el trabajo robótico, aumentado por la idea “del trabajo por objetivos”. En este marco, hay quienes proclaman la disrupción como la política del éxito –hay charlatanes que incluso hacen prospectiva de este asunto, los he visto en aulas universitarias–.

Haraway nos dice que esas otras voces, ignoradas, son las que hacen el concierto de la vida. Pero también señala que debemos volvernos a crear, a incorporar esas otredades en nuestra identidad, convivir con el virus, “hacer-con”. La red es lo tentacular; Cthulu es una entidad creada en la ciencia ficción, aunque Haraway lo reescribe como Chthulu, en el caso de esta filósofa tal nombre es la metáfora de la necesidad de imbricarse con eso que puede ser terrorífico, pero que en otro caso, proviene desde la profundidad de la Tierra, de nuestra conciencia. Las entidades no-humanas están haciendo oír ahora sus voces.

 

 


Iván Fernando Rodrigo Mendizábal. Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Magíster en Estudios de la Cultura por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana San Pablo. Profesor invitado de la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Autor (entre otros) de: Análisis del discurso social y político (junto con Teun van Dijk), Cartografías de la comunicación (2002) y Máquinas de pensar: videojuegos, representaciones y simulaciones del poder (2004), Imaginando a Verne (2018), Imágenes de nómadas transnacionales: análisis crítico del discurso del cine ecuatoriano (2018) e Imaginaciones científico-tecnológico letradas (2019).

 


Foto portada tomada de: https://www.freepik.es/foto-gratis/tierra-cayendo-al-cubo-basura_2559458.htm#query=basura&position=23

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