La carta | Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Uno nunca sabe lo que vendrá mañana. Cómo se resolverán los problemas. De qué manera la vida se las ingenia para sorprender y mostrar los errores y los equívocos de lo que parecían certezas.

Le ocurrió a Verónica. Después de dos años de un ir y venir en el amor con Juan Carlos, de épocas de alejamientos y dudas acerca de lo que él significaba para ella, esa mañana despertó con la convicción de que él no la amaba como ella quería que lo hiciera. Y por eso había que marcharse.

Mientras se levantó, se duchó, bajó al comedor a desayunar sin tener hambre, su madre le recordó que no tenía demasiado tiempo para hacer las maletas, que se apurara.

Afuera, el cielo no tenía un color definido. No era azul, no era celeste, no era gris. Verónica pensó que esa indefinición era una señal, porque ella creía mucho en las señales, en los hechos inesperados que ocurrían y que significaban algo más de un simple acontecimiento como el colibrí solitario que se sostenía en el aire.

Por un momento, pensó que no debió decirle a Juan Carlos que el viaje era para aclarar sus sentimientos, aunque, luego, se dio la razón a sí misma: él merecía una lección para que definiera lo que sentía por ella y tomara una decisión importante para los dos: unirse, vivir juntos, casarse o cualquier cosa que a los seres inseguros les hace creer que ese tipo de decisiones son sinónimos de felicidad o de certidumbre o de permanencia.

El relato que había inventado para no lastimar a Juan Carlos era que había decidido viajar donde vivía su abuela materna, en México, buscar trabajo y comprobar qué pasaría con sus relaciones afectivas durante ese alejamiento.

En la conversación de la noche anterior, había sido muy dura con Juan Carlos. En pocos minutos vendría él a despedirse y ella, mientras preparaba sus maletas, decidió que permanecería con la misma actitud.

Pero, ¿sabía por qué? No. Era su propia inseguridad, eran las sombras que la perseguían desde la semana anterior cuando había recibido una llamada de su exmarido, Ernesto, quien vivía en Nueva York.

Ernesto le había dicho todo lo que ciertos hombres afirman en circunstancias como estas: que lo perdonara por su agresividad, que la compensaría por todo lo que la hizo sufrir, que deseaba tener un hijo con ella, que le hacía mucha falta, que estaba arrepentido de haberse marchado y divorciado, que reencontrarla podría ser la oportunidad de sanar las heridas, que él le pagaría los pasajes y la llevaría a vivir con él.

A Verónica se le partió en dos el corazón. ¿Ernesto o Juan Carlos? De pronto se vio en el dilema de volver al pasado, que ella ya conocía, que ella ya sufrió, que ella tanto soportó, o caminar hacia el futuro, que apenas percibía cómo podría ser, que aún solo era una ilusión.

Y fue entonces, mientras se disponía a cerrar la última maleta, que llegó Juan Carlos, la abrazó y besó sin que ella le respondiera con el mismo entusiasmo.

Él solo le pidió, por última vez, que no se fuera. Le prometió que las cosas cambiarían muy pronto, que tenía una noticia importante que darle, pero ella no lo escuchó y él optó por callar y mostrarse sereno y comprensivo, tanto así que cuando ella bajó a la sala a atender una llamada al  teléfono convencional él le dijo que no se preocupara, que él se quedaría acomodando lo que faltaba.

Ella subió las escaleras con sus pensamientos confundidos. La llamada había sido de Ernesto, quien deseaba coordinar la llegada al aeropuerto para recibirla.

Arriba se encontraba Juan Carlos, un hombre de sensibilidades superiores a Ernesto, alguien a quien Verónica admiraba mucho y con quien se sentía muy bien, aunque no sabía cómo sería la convivencia con él. ¿Una repetición de lo que ya le ocurrió en su alborotado matrimonio? Pero algo dentro de ella, como un indescifrable gusano que se deslizaba por sus sentimientos, le hacía creer que podría restablecer una buena relación con Ernesto y que todas las heridas quedarían curadas y que su vida terminaría en Nueva York

Había otra cosa: le mortificaba la idea de que Juan Carlos aún no se graduara en la universidad y no trabajara, que no avizorara un porvenir, que nunca le hubiera dicho que estaba absolutamente enamorado de ella como para jugarse todo por complacerla.

Su exmarido, en cambio, con quien nunca había dejado de hablar y de escribirse a pesar de la separación, era un arquitecto que gozaba de un buen empleo en Estados Unidos, con visa de residente, con seguridad económica. Y que decía amarla como nunca antes.

Cuando Verónica entró de nuevo a su habitación, Juan Carlos había terminado de empacar y sonrió. La tarea estaba hecha y ahora solo faltaba bajar las maletas hasta la puerta principal y despedirse.

Ella empezó a repetir lo que había repasado buena parte de la noche anterior. Juan Carlos la escuchaba en silencio mientras unas lágrimas le resbalaban por las mejillas. Dejó que ella se desfogara, que tratase de explicar los motivos de su decisión, que prometiera volver si, finalmente, lograra convencerse de que Juan Carlos era el hombre con quien intentaría continuar su vida para siempre.

Ella tenía 24 años y Juan Carlos 25. Ernesto, 32. Los números parecían contar en esta trilogía. Los 32 años de Ernesto superaban no solamente con siete a los 25 de Juan Carlos, sino que en el primero parecía haber seguridad y certidumbres mientras en el segundo todo era ilusión, esperanza, un panorama donde lo único cierto era la palabra “quizás”.

Pero nada de eso le dijo a Juan Carlos. Verónica repitió el discurso aprendido y pretendió convencerle de que iba a vivir con su abuela unos meses en México para buscar un empleo y para encontrarse con ella misma, para aclarar sus confusiones.

Con un abrazo se despidieron. Ella le agradeció a Juan Carlos por ofrecerle llevar al aeropuerto, pero no era necesario. La llevaría su madre. Todo estaba planificado así.

El tiempo arrastró melancolías y nostalgias. Aunque sufría y la extrañaba, pasaron semanas y Juan Carlos no la escribió ni la llamó, porque así le había pedido Verónica. En realidad, era una manera de sostener la mentira de que estaba en México y no en Estados Unidos.

Del otro lado de la realidad había vacíos y tristezas, estalactitas como cuchillos sobre el alma. Mientras Verónica desempacaba una de las maletas que todavía no había abierto pese a que ya habían transcurrido días de su llegada al cómodo departamento de Ernesto en Nueva York, encontró entre la ropa una hoja de papel, doblada con cuidado, con su nombre.

Ella abrió la hoja, identificó la letra de Juan Carlos, leyó con atención lo que decía. Imaginó que él la puso por allí cuando se quedó arriba de la casa en Quito, terminando de arreglar la maleta.

Volvió a leerla y se conmocionó. Era la certeza que nunca creyó que llegaría.

La vida tuerce los caminos en el momento menos esperado. Y Verónica, entre lágrimas, se dio cuenta de que no podría responder la carta porque estaba encerrada en una confortable burbuja en Nueva York, una densa burbuja gris de la cual esta vez le sería imposible escapar con una nueva mentira.

 

 


Rubén Darío Buitrón es poeta, periodista y docente. Es el director-fundador de loscronistas.org


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