Fulgor de vida | María José Chiriboga Ante

Por María José Chiriboga Ante

 

—¿Recuerdas haber sido tan joven?

Esas palabras de Ana retumbaron en mi cabeza. Hasta ese momento no me había percatado del paso del tiempo. Ese tiempo implacable que te hace creer que no pasa, pero que va arrasando con todo a su paso.

Inmisericorde, es el rey absoluto que nos aleja sin darnos a penas cuenta del real significado de la vida. Muchas veces pienso que la vida deberíamos vivirla porque sí, porque es la vida y hay que aprovecharla. Pero el instante que se le pone un propósito caemos en la trampa del tiempo. Ya no nos permite disfrutar el momento, sino que nos desbocamos en una carrera casi sin resuello para alcanzar una meta.

Es verdad, casi no recuerdo haber sido tan joven, ni que tenía toda la vida por delante, ni todo el tiempo por delante. Ahora, luego de casi 30 años, ya no soy la misma persona que fui. Miro las fotos y casi no me reconozco. Obviando el cambio físico, ya ni recuerdo qué pensaba o qué soñaba. Solo recuerdo el constante temor, el miedo interno que se apoderaba casi siempre de mí, así como la ilusión del mañana. Hoy, luego de haber transitado por parte de este camino llamado vida, y haber experimentado pérdidas tan fuertes, ya casi no le temo a nada. Tal vez la vida volvió a tener significado con la muerte y puso las cosas en perspectiva.

Miro a Ana y también veo su cambio. En cierta medida hemos perdido la espontaneidad y la alegría fresca de la juventud, pero nuestros destinos, tan parecidos, nos han unido en una suerte de complicidad. Tal vez, no supimos aprovechar del todo cada oportunidad, pero quien sí.

Sin embargo, nada está dado, el camino se va haciendo. El tiempo se convierte en algo ilusorio pero que va pesando. Nos va quedando la memoria que, a veces cómplice, se vuelve muy selectiva.

Ana sigue mirando las fotos y pese a que la evidencia está ahí, no recuerdo. Ella riendo dice: “si mi vida hubiera dependido de este recuerdo, estaría acabada”. Graciosa forma de nuestra mente de jugarnos pasadas, de hacernos olvidar. Pero, al mismo tiempo, todos los recuerdos están ahí, en una especie de elipsis en la que no se van sucediendo, uno tras otro, sino que cada uno va encadenándose hasta formar nuestra memoria, nuestro archivo personal. Un recuerdo de nuestra niñez nos lleva al pasado, un deseo, una esperanza nos transporta directamente al futuro, y el estar aquí y ahora, en un presente que, a la larga se vuelve infinito, es lo que realmente se vuelve difícil.

Tenemos la ilusión de que el tiempo seguirá eterno, pero este siempre se acaba. Pero nunca es demasiado tarde o demasiado pronto para cambiar o recomponer el camino.

—Tenemos suerte de haber compartido tantas cosas —dice Ana y así me saca de mis elucubraciones.

Así, si la una se olvida la otra le recuerda. O si no podemos soñar y perseguir el viento.

 


Foto portada tomada de: https://www.freepik.es/foto-gratis/primer-plano-manos-apoyo_2769160.htm#page=2&query=envejecimiento&position=5

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