El amor que dormía… | José de la Cuadra

Por José de la Cuadra

(En El amor que dormía, narraciones breves. Guayaquil: Artes gráficas Senefelder, 1930, pp. 5-10; el cuento fue escrito en 1926)

 

Foto tomada de El Telégrafo (https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/hemeroteca/1/grandes-plumas-jose-de-la-cuadra)

I

¡Halalí!

¡Vive Dios y cómo grita ese endemoniado marinero chileno!

¡Ha!-¡la-lí! ¡Juicli! Sssss…

Agotaos, muchachos; no importa. Ya descansareis cuando gracias a vuestro esfuerzo pueda el barco soltar el áncora en la bahía risueña. Pensad que será dulce el vaivén de las ondas allá… Allá, hacia donde la prora se enfila como la nariz de un rostro en expectativa.

¡Halalí! ¡Juicli! ¡Sssss!…

Tirad de los caitos sin temor a que se rompan. Arriad a prisa esas maldecidas velas que infla como ubres vacunas el vendaval.

—¡Capitán!

No; no atiende. Para, él –hinchado en el convencimiento de su misión–, soy una cosa más, que habla y que, desgraciadamente, se mueve, en este pandemoniaco movimiento del barco y del mar.

—Oye, araucano de Satanás, ¿pereceremos?

Me mira sin responder.

Tenemos dos vías de agua, allá abajo, en el alma oscura, de la nave, y toda la obra muerta de estribor ha sido barrida por las olas.

¡Cómo trina al desgajarse el palo de mesana!

¡Halalí! Ha-la-lí…

Entiendo que ha llegado el momento de pensar en Dios.

 

II

Y bien; yo no he hecho nada de malo.

Honré a mi madre. Veneré la memoria –sagrada– de mi padre. Di cuando pude dar y cuanto pude. Prediqué que la misión del hombre es la del árbol: florecer –para alegrar los

Ojos– y fructificar –para, satisfacer ajenas ansias… Jamás ojos algunos lloraron por mi culpa.

¡Halalí!

Ya es inútil, viejos lobos de mar; asoleados, ennegrecidos nautas: nunca más vuestros pies se asentarán en tierra firme. Para vosotros –como para mí– el grito del cuervo trágico: Never more!

¿A qué luchar? Esperad –como yo lo hago– que la hora llegue, escrutando en el recuerdo, en la honda sima, del recuerdo, las huellas de la vida mala. Y entretanto, elevaos a Dios con el pensamiento.

…Jamás ojos algunos lloraron por mi culpa.

¡Halalí!

Os pido, mujeres que me quisisteis, perdón si alguna vez hubo en mi vida un acto que os disgustó: madre mía, ancianita linda, vieja canosita y risueña en tu hamaca, de mecida corta; ñaña Felipa, de bravo nombre historiado, altota como eras, fea y sentimental; ñaña María Teresa, agria y bonita, cabecita loca y corazón de oro, que te fuiste al misterio en aquellas memorables “salidas de aguas” del 23… Digo adiós a vosotras dos que vivís, y a la difuntita digo, desentendido de mí mismo: “¡Ahí va eso!”

A vosotras también, mujeres que, sin estar ligadas a mí por vínculo de sangre, me reservasteis de exclusivo un rincón de corazón chiquito o grande, os diré la blanca palabra inexorable: ¡Adiós!

Sí, adiós. Adiós Clara Isabel, Antonieta, María Asteria, Fernanda…

No good bye… Till bye and bye only, Evelyn, my sweet blonde little girl!

Y hasta con usted, Gertrudis, que, no obstante haber doblado ya el tempestuoso cabo de Buena Esperanza de los cuarenta años, creyó que este mozalbete tonto, pero cazurro, que yo fui, casaría con usted por sus extensas plantaciones de cacao… Farewell!

—Gracias por esta boya que me das, ¡araucano de voz estrepitosa! Me la ajustaré al tronco como quien a una botella pone un marbete: por ella, sabrán que tuve la estupidez de embarcarme en este velero podrido que se llama –pomposamente– como mi bella ciudad “Perla del Pacífico” …Nada más. Porque pienso ahogarme a pesar de la boya. A menos que me proporcionéis un motor… Entiendo que la Isla del Muerto es la tierra más próxima, y cae –apenas– a ochenta millas inglesas a, barlovento… ¡Dobles gracias, pues, por el “salvavidas”!

 

III

—Pero, capitán, por Dios, ¿a qué hora, nos hundiremos por fin? Esla espera –como todas–resulta una tortura.

Líeme ya preparado a bien morir. De todos cuantos quise o me quisieron, me he despedido; a la sazón, hasta ellos habrá irradiado mi pensamiento, y lo habrán sentido como una “corazonada”.

—¿Qué le acontecerá a Gonzalo? —se dirán.

Unos rezarán; otros llorarán, todos –bien o mal– me encomendarán al Muy Alto. Gracias. Y otra vez, ¡adiós! …

Ah, pero en mi gran despedida te olvidaba a ti, Eugenia, morenita ojiverde que también sentiste –por m– amor de sufrir.

Te olvidaba. Perdóname.

Yo no te quise; más comprendí que tu amor fue lo más grande que hubo en mi vida. No rae preguntes –eso sí– porqué no te quise. A tu interrogación, no sabría cómo responder. Razones son esas del corazón.

¡Ha!-¡la-lí! ¡Juicli! Sssss…

¡Ha!-¡la-lí!

En las jarcias, en los últimos guiñapos de las velas, el viento glisa su canción. Es la música funeral de nuestro sepelio. No interrumpáis con vuestros gritos vanos, marineros, la Canción del Temporal. Hay en ella trino de pájaros, rumor do hojas que caen; para cada cual está en ella el eco de voces amadas. ¿No acaba mi madre de llamarme: “¡Hijo!”?

¡Ha!-¡la-lí!

…………………………………………………………………………………………………………………………………

¿Que no te quise, Eugenia? ¡Mentira! Ha sido un grave error irreparable. En realidad, te he querido.

¡Te quiero!

Ahora lo sé. Como en el mar, en mi corazón se desarrolla formidable tempestad; y mi amor a ti –que dormía en el fondo de mi corazón–, ha surgido luminoso… ¡Evohé!

Te quiero…

¿Cómo he ignorado este amor? ¿Cómo y por qué -cuando es imposible– ha venido en revelárseme?

¡Cuántas cosas hay dentro del alma, que uno misino desconoce y de las que no tendría nunca noticias si no fuera por estas convulsiones que las traen a flote!

Es durante los grandiosos maremotos cuando las islas –ocultas bajo las ondas– apuntan en la superficie…

 

IV

He aquí, pues, que he perdido –antes de ahora– mi vida que pudo ser feliz.

Quién sabe en cuál rincón de la patria tendríamos nuestro hogar, tuyo y mío, Eugenia… Yo estaría gordo de salud rebosante, un poco envejecido de tranquilidad; sería padre de cuatro o cinco muchachotes robustos, todos varones, para que mañana pudieran verter su sangre en defensa de nuestra buena, ¡tierra ecuatoriana!

Tú estarías a mi lado. En tus dulces ojos verdes –que empañarían lágrimas de gratitud para la vida amable– me recrearía en contemplar el pasado; así como en los ojos ingenuos de nuestros hijos, tú y yo, medrosos, miraríamos nacer el sol del porvenir que no veríamos.

Cultivando mi heredad, me habrían crecido raíces en los pies, y no sería lo que soy: pasajero en un barco que navega en la Tempestad,

¡Ha!-¡la-lí!

Ha sido un grave error irreparable.

 

V

—¿A qué hora, capitán? ¿A qué hora, por fin, nos hundiremos?

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