Diario de anotaciones sobre la literatura y los libros | Michael Peñafiel

Por Michael Peñafiel

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

5 de enero del 2019

Con la literatura me redescubrí y redescubro una y otra vez. Con ella aprendí que una vida simultáneamente alcanza y es insuficiente. Me explico: una vida basta para vivir sin remordimientos, complacido con los actos y las experiencias del cuerpo, y no alcanza para formular todos los pensamientos; la literatura me hizo sentir pequeño e insignificante, tonto, y me recuerda constantemente que la vida pasa como un fósforo encendido: su llama se extingue en casi un parpadeo; ella me dice el mundo es infinito a mis sentidos, pero finito en principio, “anda y vívelo” –dice.

Si mis palabras son una especie de camino para ustedes, yo les doy un consejo –quizá el más bueno que puedo dar–: ¡lean, lean y lean! Porque los libros son maravillas vivas. Ellos tienen alas y vuelan. Tienen un tridente con el que te pican la curiosidad y explotan los prejuicios. Los libros te llevan a todas partes, tanto moral como intelectualmente.

 

22 de julio del 2019

Amo los libros. Incluso puedo decir que mis mejores conversaciones han sido con ellos. Pero no creo que la vida se trate de meter las narices en ellos en una oficina o espacio silencioso, cerrado por muros. Hay que salir a explorar; conversar; sentir; ver; tocar; llevando el libro en la chaqueta o en un bolso, abrirlo cuando amerita pensar. Hay que leer cuando vivir resulta un poco menos interesante. O cuando vivir se manifiesta como una bruma sin la lectura. Porque leer también es vivir, pero es otro tipo de vida, una segunda vida. Vivir y leer solo tienen una diferencia: al leer se es más consciente de lo vivido, al vivir no.

El mundo es el libro más grande (imposible de terminar) y se lee con los pies; su lenguaje se aprende con los ojos, las manos, la nariz y el oído, por la fuerza de la involuntad, de lo probabilístico, de lo coincidencial.

Tras leer una o dos páginas, no, más bien uno o dos párrafos, no, más bien una o dos líneas del libro de la existencia, hay que reunir un grupo de pensamientos y entrelazarlos, retorcerlos, desgastarnos de uso; y, con algo de suerte, condensarlos en una narración, materializarlos en un libro. Siempre y cuando se tenga algo que decir.

 

31 de julio del 2019

Cada libro permea en ti. Deja vestigios. Y pronto o tarde, ilumina lugares en ti. Mientras corres por sus páginas acumulas pequeñas transformaciones en ti, hasta que un día se agregan y resultan en un gran cambio. (Y eso suena a las palabras de Sartre). A veces un libro te transforma con más demora, quizá debas tenerlo en el baúl de tu inconsciente por meses –por uno o dos años, tres o más–, pero un día golpea a tu puerta e interviene tu vida definitivamente, desalojando en ti hasta entonces tus hábitos y costumbres.

Los libros son peligrosos para el estatus porque un hombre lo suficientemente listo puede verse envuelto en la insoportable rutina, puede ver reglada su propia mediocridad. Puede despegarse de la idea de estar viviendo como ha estado viviendo. Rehusar las acciones que ha estado tomando día tras día porque ya no contienen sentido alguno para él, y todo a partir de una lectura.

Los libros son cajas, álbumes, listas de reproducción, recipientes para contener la esencia de lo que fuimos; los libros son lamparitas para guardar a nuestros genios.

Los libros no deben ser recetarios de cómo vivir. Deben actuar en nosotros meramente como un paisaje de lo que ha sido, es y será el hombre. Introducirnos en mundos que nos son lejanos en espacio y tiempo, y a los cuales no podemos transportarnos por ausencia de tiempo o recursos. Deben actuar como aviones. Llevarnos a sitios que precipiten nuevas conciencias. No deben, de ninguna forma, indicarnos el camino a seguir, sino más bien tentarnos al desvío del camino frecuentado. Deben seducirnos a comer la manzana del Edén. Enseñarnos, pero enseñarnos en el ejercicio de la propia reflexión; además, opino ahora mismo, que la lección más grande que nos dan es la de aprender por nosotros mismos, “sin esperar a ser salvados sino haciendo nuestra propia acción redentora; sabiendo que si hemos de ahogarnos fuimos al mar por voluntad propia, y nadamos más lejos de la orilla” –me robo esta cita de Fahrenheit 451. Quizá deba, si ya he dicho lo suficiente, cerrar con la siguiente cita: “los libros están para recordarnos lo tontos y estúpidos que somos. Son la guardia perentoria de César gritando: «Recuerda César que eres mortal»”, también de Fahrenheit 451.

 


Michael Peñafiel es investigador en el Instituto de Pensamiento Político y Económico de ADDI. Colaboró en la Unidad de Coyuntura del Instituto Superior de Investigación y Posgrado de la Universidad Central del Ecuador. Ama la Matemática tanto como la Poesía. Sus temas de interés investigativo son la educación, la política y el género. Últimamente lee a escritores ecuatorianos como ejercicio de identidad e intenta escribir sobre su país en un blog llamado Depende.


Foto portada tomada de: https://www.freepik.es/foto-gratis/hombre-leyendo-libro-educacion-academico-aprendizaje-concepto-examen_1211532.htm#page=1&query=leyendo&position=19

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