Anestesia | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

El hospital, a media noche, es un espacio de misterio y de sigilo. Estoy en una habitación simple. Una cama. Un velador. Un closet. El baño. Las lámparas de luz blanca. El equipo de máquinas y el soporte del suero. Hay pocos colores en el escenario, blanco, celeste y el plomo pálido del metal. Estoy acostado boca arriba con los ojos cerrados. Intento no abrirlos. No deseo mirar nada, solo escuchar. Me envuelve un silencio que se interrumpe por un pitido intermitente que mide la saturación del oxígeno. De pronto, abro los ojos por unos segundos, volteo la cabeza y miro el goteo que baja por una manguera delgada y transparente, lleva una substancia hasta la vena de mi brazo. Un líquido que seguramente me alimenta. Cierro de nuevo los párpados y continúo sospechando lo que existe escondido detrás del espacio de mi habitación y también fuera de ella. Algo o alguien que atisba entre los vértices de un mutismo secreto y que esconde la presencia de seres angustiados e inconformes que se quedaron a medio vivir. Consigo escuchar más de lo que puedo imaginar. Murmullos, susurros y hasta balbuceos ambiguos. Son inmensamente sutiles, ligeros, etéreos. Se mezclan con el sonido de los pasos de las enfermeras y de los médicos de turno. Ellos también hablan entre tenues rumores para no alterar el sueño de los pacientes y siento que las expresiones de los vivos se mezclan con las de los muertos.

Advierto presencias que me miran pacientes, curiosas. Quizás en algún momento alguna ocupó la misma cama en la que yo estoy ahora. Tal vez con iguales pensamientos y similares sensaciones. Es posible que ellos hayan escuchado lo mismo que yo, en otro momento. Ahora, me ataca una nueva idea, reflexiono sobre las personas que ingresan a los hospitales con alguna afección física y salen recuperadas. No cuentan estas experiencias, no comentan estas percepciones que inquietan y mortifican. Quizás no vivieron este agobio porque es posible que únicamente la experimenten quienes van o vamos a morir.

No. No, no. Yo no puedo morir todavía porque tengo pendientes que resolver. No le tengo miedo a la muerte en sí misma. No me asusta el abandonar este mundo absurdo, injusto, inútil, pero necesito un pequeño tiempo en el que pueda habilitar la vía para cerrar algunos círculos.

La noche avanza y el silencio de los vivos aumenta. Escucho pasos sigilosos acercarse hasta mi puerta. Alguien la abre con cautela. Es una enfermera con uniforme.

—Buenas noches —me dice y sonríe—. Soy Ester y voy a estar de turno toda la noche. Vengo a chequear sus signos vitales y a cambiar el suero que está por terminar.

Prende la luz parca y blanquecina del espaldar de la cama y hace su trabajo. Me toma la presión, luego el pulso y fija la mirada en su reloj.

—Todo está muy bien —me dice y se dirige hacia la puerta.

—Señorita Ester, espere por favor. ¿Podría hacerle una pregunta?

—Sí señor Ruiz, dígame.

—¿Hay mucha gente que camina por el pasillo durante toda la noche?

—No. Estamos en la estación de enfermería solamente quienes tenemos el turno vigente pero no somos muchos. Dos descansan en la habitación que usa el personal con ese fin, por algunas horas, mientras otro par trabaja y luego, nos cambiamos. Usted sabe, de dos en dos.

—Muchas gracias, Ester. Era solo curiosidad.

—A la orden. Usted tiene una cirugía pendiente para mañana en la mañana, ¿verdad?

—Así es. Extracción de tumor benigno.

—Bueno pues, suerte señor Ruiz. Yo me retiro a las siete.

La muchacha sale y cierra la puerta. Yo respiro profundo. Inhalo y exhalo repetidamente para recobrar tranquilidad. Cierro los ojos de nuevo y escucho el silencio otra vez.

La calma se altera poco a poco, como cuando de pronto se escucha el zumbido de un zancudo que advierte que no dejará dormir. Luego, en medio de la oscuridad, oigo que ya no es solamente uno, son dos, tres… Me inquieto. Ahora son más, muchos más. Los zumbidos se multiplican, pero inesperadamente mutan y se convierten en susurros. No son mosquitos, son voces, expresiones de tétricos seres que rumoran. Planean algo. Es como si continuaran entrando sin abrir la puerta. Se ubican alrededor de la cama para mirarme. Se acomodan para examinar mi situación. Para decidir sobre qué hacer conmigo. Para resolver sobre el destino de mi alma. Para disponer sobre cuál será mi suerte.

No tengo miedo, pero me urge que se marchen. Siento que llegan a tocarme. Murmuran algo que no entiendo. Timbro a la enfermera e inmediatamente se esfuman como si una fuerza los succionara para impedir que su presencia sea descubierta. Ester entra y me pregunta qué deseo. Le digo que no puedo dormir y me ofrece un calmante. Se va pero regresa en dos minutos e inyecta algo en el suero.

—Ya está, con esto va a descansar —me dice sonriendo.

En efecto, me siento relajado y las entidades agobiantes, no regresan.

Despierto a las cinco de la mañana. Pienso que Ester debe estar todavía en la estación de enfermería pues mencionó que se marchaba a las siete, pero esta vez, no la llamo.

Todavía está oscuro. Me incorporo y me levanto. Tomo con mi mano el soporte donde se sujeta el suero y lo arrastro sobre sus ruedas, hasta el baño. Uso el inodoro y acomodo mi bata blanca. Tiro de la cadena e intento regresar a la cama. Paso cerca de la puerta y siento la tentación de abrirla y mirar hacia afuera. Lo hago despacio y con cuidado para no ser escuchado. Me paro en el umbral y no veo a nadie. Me quedo ahí un momento y otra vez percibo susurros, como si esas misteriosas presencias que me acechan se percataran de algo y se dieran aviso unos a otros de que algo sucede conmigo.

En medio del reflejo de las luces blanquecinas del pasillo del hospital, consigo distinguir atisbos sutiles, fugaces. Son como las sombras del vuelo de unas mariposas negras. Se trasladan etéreas, urgentes, como si se enfrentaran a un problema inminente.

Entro a mi cuarto. Cierro la puerta y regreso a la cama. Intento volver a dormir. Faltan pocas horas para que me lleven al quirófano. Saldré de esta cirugía y todo terminará. Me recuperaré e iré a resolver mis pendientes.

Amanece, pero llueve. La hora señalada llega. Vienen a recogerme. Me pasan a una camilla. Ester ya no está. Voy en un ascensor con dos hombres vestidos de celeste. Ellos van en silencio. Se miran. No conversan. Pero escucho balbuceos en las esquinas del elevador. Miro a los enfermeros, pero me doy cuenta de que no oyen nada. Piensan que estoy nervioso por la cirugía y me sonríen.

—Todo saldrá bien —me dice el más alto.

Llegamos. Entro a una sala enorme, me colocan debajo de una lámpara gigante. No puedo ver mucho, excepto la enorme luz, porque enseguida me inmovilizan con las mangueras de los sueros que conectan en mis brazos, me sujetan para enlazarme a los aparatos que toman la presión, que monitorean los latidos del corazón. Veo un reloj en la pared, pero no alcanzo a ver la hora. Un médico me dice:

—Voy a colocar esta medicación y usted se va a dormir en poco tiempo.

Al instante y simultáneamente, mientras comienzo a sentir que mi yo se desvanece, escucho los zumbidos, los murmullos, los balbuceos. Sigo sin comprender sus planes. Parece que están trabajando en algo que los ajetrea porque para ellos, se acerca el momento crucial.

 

∞∞∞∞

Abro los ojos y me impacta un destello colosal. No entiendo qué es, dónde estoy. Tampoco despierto de un simple sueño. Demoro unos segundos en recordar que me han operado. No puedo moverme, estoy paralizado. No puedo respirar.

—¡ME MUERO! —pienso. Nadie se da cuenta.

—El paciente está despertando —afirma uno de los médicos mientras yo me asfixio. No consigo sorber aire. No logro mover un solo dedo de mi mano. No puedo parpadear.

—Sáquele el tubo —ordena una voz ronca.

Halan algo que me atraviesa la garganta y retiran un artefacto invasivo y duro. Hostil. No puedo tragar saliva. No me puedo mover. Necesito gritar para pedir ayuda y no puedo. Trato de abrir la boca para meter aire y no lo consigo. La parálisis es total. Absoluta. Entonces, los veo. Veo las siluetas de los espectros. Las asumo satisfechas. Me sujetan. Me inmovilizan. Impiden mi movimiento. Presionan mi garganta y me ahogan. Lo están logrando. Los médicos no se dan cuenta. Una enfermera alerta a los doctores sobre una taquicardia y acerca de que parece que no respiro bien.

—Todo está perfecto —responde el cirujano—, es normal porque está regresando de la anestesia, en breve se recupera.

Pero no es así. Sé que las entidades amorfas están logrando su propósito. Van a llevarme con ellos. Van a incorporarme a su grupo de entes hambrientos y resentidos que viven dentro de este hospital.

Halan de mí. Musitan alterados como si estuvieran en peligro de perderme. Me sujetan e intentan succionarme, absorberme. La fuerza que me aspira es enorme. No puedo luchar contra esa energía fortísima mientras me asfixio. De pronto, algo sucede a mi favor y consigo sentir una minúscula cantidad de aire que entra en mi sistema respiratorio y puedo emitir un leve sonido desesperado mientras mi expresión es angustiosa. El cirujano se voltea para mirarme y al ver mis ojos desorbitados por la agonía de la asfixia, se alarma. Ordena poner una mascarilla con urgencia en mi cara y me suministran oxígeno. Al fin recibo asistencia y me ayudan. Creo que desde que regresé de la anestesia, han pasado decenas de minutos, pero parece que estoy equivocado, solo han sido unos pocos segundos.

Respiro. Al fin trago y siento un sabor a sangre. Vuelvo a sentir la vida dentro de mi cuerpo. Experimento algo parecido a una regresión que me traslada hasta el momento mismo de mi alumbramiento. El evento se repite. Vuelvo a nacer aterrado. Los murmullos bajan de tono. Veo a las gráciles sombras de mariposas negras, evaporarse como polvo, como cenizas que se esparcen, se difuminan y se pierden en el ambiente. De repente, ya no las escucho más. Se han marchado.

Una doctora que tiene solo los ojos descubiertos, pues lleva mascarilla azul y gorro quirúrgico, se acerca y me habla:

—Todo ha salido perfecto, su cirugía fue exitosa. No tuvimos ningún inconveniente excepto que tuvo unos leves segundos en los que se le dificultó un poco la respiración. En breve le pasaremos a su habitación.

Yo le agradezco con un movimiento de cabeza y no comprendo cómo el tiempo puede pasar de forma tan distinta para unos y para otros.

Me quedo tranquilo. Ya no voy a escuchar los susurros alrededor de esta camilla de quirófano donde, quizás, también estuvieron muchos de los entes susurrantes que hoy deambulan por este hospital. Tampoco volverán a la habitación a la que ahora regreso. Ni bordearán otra vez la cama en la que tal vez alguno de ellos abandonó su cuerpo. No lo harán porque, por lo pronto, ya no soy candidato para morir como desean.

Sigue lloviendo. Ha llovido todo el día. Mi familia y amigos están contentos. A ellos les informaron que la cirugía fue un éxito y lo celebran. Nadie supo ni sabrá nunca lo que viví, ni dónde estuve ni a dónde fui.

Después de unos días, ya en casa, vienen a mí pensamientos efímeros. Recuerdos huidizos y frágiles. Remembranzas de experiencias raras de mundologías anómalas. ¿Estuve en sus infiernos? ¿Compartí sus tétricos abismos repulsivos? ¿Sus viles venganzas pavorosas? ¿Formé parte de aquella dimensión recóndita e inexplícita mientras permanecí anestesiado?

Si no fue así ¿dónde estuve yo, Matías Ruiz, mientras el tiempo nunca pasó para mí?

 


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).


Foto portada por Marcelo Leal, tomada de: https://unsplash.com/photos/taF3klwwAWA

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