Un artista humilde | Alejandro Andrade Coello

Por Alejandro Andrade Coello

(Publicado originalmente en Crónicas quiteñas, motivos nacionales de Alejandro Andrade Coello. Tomo Segundo. Imprenta de la Escuela de Artes y Oficios, Quito, 1927, pp. l98-200)

 

Era en el interior del majestuoso San Francisco de Quito. Desde el ornamental y artesonado coro, a través de sus pintadas rejillas, la inmensidad del augusto templo semejaba un relicario de oro. Todo relucía en rededor, haciendo olvidar la afiligranada antigüedad de la joya.

Dirigiendo la mirada desde lo alto, se dominaba el abismo artístico y reluciente. Solo una mancha negra, en mitad de la nave central, cerca del altar mayor, contrastaba con las áureas decoraciones arquitectónicas, los primorosos retablos, las archivoltas minuciosas, los arcos atrevidos, los cornisamentos inimitables, los chapiteles de inconcebible esmero, las esculturas famosas, los cuadros sorprendentes, los marcos estupendos, recordándonos la miseria humana, la nada, el final luto.

Tallados sitiales, en dos planos, con expresivos relieves de las figuras de la orden en los respaldos, alternados con serafines de argentadas alas, hablaban de la oración y el recogimiento.

Eu los brazos de la secular sillería, sendos devocionarios, en humildísimos estuches de trapo unos, sin vestidura alguna y desencuadernados otros, mostraban las huellas del uso cotidiano y las señales de las preces favoritas.

En el centro, el cuadrangular y tallado facistol giratorio, soportaba los grandes libros distribuidos para el canto. El coronamiento, entre lucecillas diminutas en arco, ostentaba una virgínea miniatura del inmortal escultor indígena Caspicara.

En un ángulo, junto a la pasamanería que da a la Iglesia, está el órgano, demostrando la blancura de su doble teclado. No es de los modernos que, como el gigantesco de la Catedral de Colonia, descubre una selva de tubos sonoros, de millares de ellos que complican la colosal orquestación.

Apenas es un viejo Foligno, llegado a Quito allá por l895 o 1896, cuando la República del Ecuador se conmovía toda al golpe de la Reforma.

—¿Quieren oír tocar al gran dominador del órgano? —pregunta con dulzura a mis compañeros y al cronista, Fray Fidel Varona, el simpático burgalés.

Como le demostramos entusiasmo, añade:

—Voy a ver si está de buen humor, asequible.

La última palabra murmura sonriendo, como una caricia seráfica, atenuadora de egoísmos.

No tarda mucho. Se abre suavemente ancha puerta, custodiada por un arcángel de flamígera espada, que remeda al que guardaba la del paraíso.

Con paso lento entra un franciscano. Se arrodilla al llegar a la mitad del coro. Somos presentados por el amable cicerone. El formidable músico es de aspecto juvenil, un tanto marchito por el estudio y la prisión austera. En las líneas de su fisonomía se destaca su fuerza de voluntad, su temperamento vasco, paisano del férreo caballero Loyola, célebre soldado de Azpeitia. Vino a Quito casi niño, más o menos de catorce años.

Se transforma el religioso, desde que se sienta frente al órgano. Asoma el artista inspirado, henchido de la unción musical.

—No toco nada de memoria —dice—, no tengo tiempo para repasar nada.

Abre las portezuelas alargadas del instrumento, arregla los registros. El motor eléctrico empieza a funcionar imperceptiblemente.

Abajo, en el templo, se oyen ruidos de cerrojos. Los fieles desalojan el recinto. Las mamparas quedan clausuradas. En el fondo, un túmulo pone su nota funeraria en mitad de la urna de oro.

Suenan los acordes de la «Patética». Es interpretado Beethoven por un puro corazón. Quieren los burdos hábitos estorbar los movimientos del músico: se los arregla Fray Fidel, prolijamente.

Se desgranan las notas, llegan a lo sublime. La Sonata abre sus recónditos encantos, y al dirigir la mirada a lo profundo, pienso en la muerte. El gozo espiritual tiene no sé qué de melancólico e inexplicable. En seguida Chopin, una marcha fúnebre clásica y los compases conmovedores de Grieg que llora la postrera partida de As. ¡Sones de miserere; preludios de ultratumba!

—¿Dónde ha estudiado usted música? —le pregunto sorprendido—. ¿En algún conservatorio europeo? ¿En Milán acaso?

—En ninguna parte —me responde con humildad—. Llegué muchacho a Quito. Solo me he consagrado al divino arte. En mi pueblo todos son músicos. Todos tararean aún los más difíciles aires que oyen. Hasta los herreros trabajan rítmicamente, cantando.

Su herencia musical –en su familia hay artistas, uno de ellos laureado en Buenos Aires– despuntó gracias a su autoeducación. De España trajo la base del solfeo. Ha hecho sus estudios vocacionalmente, sin maestros. Es asombro de carácter y de afición. Su ilustre abolengo no borró ni con el tosco sayal la gallardía de los movimientos aristocráticos.

Tal es el P. Agustín de Askúnaga, el noble artista vasco, que en el silencio y en el aislamiento, ha seguido en la Capital del Ecuador, desde el misterio del claustro, triunfal carrera artística, severa, disciplinadamente.

Fray Agustín de Askúnaga ha compuesto algunas obras musicales que andan hasta en pianolas. Últimamente, se han entregado a la música incásica, Tocó un San Juanito de Navidad, típicamente alegre.

Termina el momento artístico con una chispeante jota de su solar, tumultuoso, animado aire español, y un zorcico de su tierruca nativa.

Las horas habían fugado rápidas, fantásticas, sin darme cuenta, como si un paréntesis de paz que no se calcula, nos hubiera paralizado.

La comunidad había entrado ya al refectorio.

 

 


Alejandro Andrade Coello (Quito, 1875-1943). Escritor, periodista y educador. Trabajó en el Colegio Nacional Mejía, académico y miembro de varias organizaciones literarias. Ha publicado, entre otros: El vía crucis del orador, El titán de la tragedia, El Ecuador intelectual, Vargas Vila, hojeada crítica, Rodó, Motivos nacionales (en 2 tomos).

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