Los otros | Juan David Cruz Duarte

Por Juan David Cruz Duarte

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Colombia)

 

Faltaban pocos días para las elecciones locales y regionales. Era octubre. Corría el año de 1997. Los paracos entraron al pueblo en gavilla, se metían a las casas y sacabas a rastras a la gente para torturarla y mutilarla. Varias mujeres fueron violadas. Dicen que la orden la dio Mancuso, otros dicen que la dio Castaño. No importa. Los muertos van a seguir muertos, y los culpables van a seguir siendo culpables. Yo traté de correr, de escaparme por entre el monte. Una ráfaga de fusil me alcanzó por la espalda. En el suelo, mientras agonizaba, pude oír el rugido de un motor retumbando entre las nubes. Algunos dicen que era el helicóptero de la gobernación. Yo no sé. Mis ojos se cerraron antes de que los paracos fueran a buscarme. Ahora sé que mi suerte pudo haber sido mucho peor.

Después de la masacre vino el desplazamiento. El Aro le pertenecía ahora a las AUC. Tomarse el corregimiento les convenía, porque así podían controlar todo ese corredor de la coca. Al final, todo siempre es cuestión de plata. Yo me desplacé junto con mi familia. No había de otra. Fuimos de pueblo en pueblo, visitando primos y tías y cuñados. Mi madre, que sobrevivió a la masacre, trataba de conseguir un trabajo que le permitiera sostener a mi abuelo y a mis hermanos. Nosotros los muertos no somos una carga; no hay que alimentarnos ni vestirnos. Pero a veces sí somos una carga, un peso infinito que se lleva clavado en el alma. “La procesión va por dentro,” dicen por ahí. Yo solo sé que nada pesa más que la impunidad.

Con el tiempo me fui apiadando de mi madre y mis hermanos. A un enfermo al menos lo pueden cuidar; prepararle un caldo al desayuno y un café después del almuerzo, darle ibuprofeno en las tardes y leche con brandi en las noches. Estas humildes atenciones suelen reconfortar más a quien cuida al enfermo que al mismo convaleciente. Pero por los muertos no hay nada que se pueda hacer, nada puede devolverles la vida. En la muerte se pierde todo, incluso a uno mismo. En mi caso, solamente pido que mi muerte no quede impune. Pero este precario consuelo es insuficiente.

Mi madre se había instalado en Medellín. Sus padres y abuelos habían trabajado la tierra, eso era todo lo que ella conocía. En la ciudad se ganaba la vida limpiando las casas de familias de clase media. Mis hermanos hacían lo que podían: por las tardes vendían dulces en la calle, estudiaban duro para sacar adelante a la familia. A mí me dolía no poder darles una mano. No es mucho lo que puede hacer un muerto en esta economía de mercado. Cada vez que me veían caminando por la casa o vagando sin rumbo por el barrio mi madre y mis hermanos se ponían tristes. Mi simple presencia les llenaba la cabeza de malos recuerdos. Por eso me fui. Me alejé de todos, caminando por las calles y las carreteras sin pavimenta, deambulando por los cerros o mojándome los pies en los riachuelos de las montañas.

Y así pasaron los meses y los años. Conocí a otros muertos; algunos de ellos venían de otras regiones del país. Conocí a varios que fueron desmembrados con motosierras en la masacre de Mapiripán, conocí a un hombre que llevaba su cabeza en un costal de fique. Decía que los paracos lo habían decapitado con un machete. Decía que el ejército había dejado entrar a las AUC a su pueblo, y que se habían hecho los de la vista gorda mientras masacraban, violaban, torturaban y desmembraban a los que se les daba la gana. La masacre duró varios días. Una eternidad.

En el 2002 empezaron a llegar a la región grupos de muertos que yo no había visto antes. Algunos se arrastraban por el piso, porque solamente tenían un brazo o una pierna para moverse. Decían que venían de un pueblito llamado Bojayá, cerca de la costa del Pacífico. La gente de los pueblos y municipios se conmovía al verlos, y les servían un café endulzado con panela o un chocolate caliente. Los invitaban a pasar y les sonreían con la mirada triste. Pero los muertos no comen ni beben. Apenas si sonríen para dar las gracias y se quedan calladitos, mirándose las manos o los pies (si los tienen), los codos bien firmes sobre la mesa. No quieren incomodar a nadie. Nosotros sabemos bien que este mundo les pertenece a los vivos.

Los muertos de Bojayá eran negros; bueno, casi todos. Por eso se distinguían de los muertos de mi pueblo. Me rompía el corazón ver a los niños, vagando sin un pie o sin una mano. Una pequeña me contó que ella y sus padres se habían refugiado en la iglesia. Los paramilitares y los guerrilleros estaban enfrascados en un combate que parecía no tener fin. Ambos grupos querían obtener el control del río Atrato. Por cuestiones del tráfico de coca, supongo yo. Los miembros de las AUC se agruparon alrededor de la iglesia, desde donde disparaban sus fusiles sin tregua. Había un muro pequeño alrededor del templo que los resguardaba del fuego enemigo. Los guerrilleros de las FARC disparaban sus fusiles rusos como si quisieran acabar con la iglesia, con el pueblo y con el mundo entero. Finalmente se oyó el silbido de la pipeta de gas volando por los aires. El cilindro atravesó el techo de la iglesia y estalló cerca del púlpito. Brazos, piernas, dientes y dedos volaron por doquier. Mis ojos se llenaron de lágrimas al oír esta historia. La niña quería seguir su relato, pero yo tuve que pedirle que se detuviera. Que yo haya muerto a mis 30 años es una cosa, pero que la vida le haya sido arrebatada a estos niños que tan poco han vivido, que nada saben ni entienden del conflicto, eso es infame.

Supongo que hay cosas peores que estar muerto. Algunas vidas, lo sé bien, son peores que la muerte. Pero hay muertes peores que la peor de las vidas. Yo no sé muy bien lo que quiero. Los muertos no tenemos sueños ni deseos. Yo no pido venganza, solamente que se haga justicia. Nosotros, los que nos negamos a irnos, nada ganamos con más sangre derramada. Tampoco quiero que nadie me venga a pedir perdón; el perdón es para los vivos, para los que se quedaron atrás. Estas cosas poco nos importan a nosotros, que nos hallamos en tan extraña situación. Yo solamente pido que no nos olviden. Que recuerden nuestros nombres; que sepan quiénes fuimos y cómo vivimos. Nunca he odiado a mis verdugos, solamente odio la niebla infinita de la impunidad. Solamente pido paz para mi familia, y una tumba en donde descansar.

 

 


Juan David Cruz Duarte nació en Bogotá, Colombia. En el 2018 obtuvo su doctorado en literatura comparada en la University of South Carolina. Sus cuentos y poemas han aparecido en Máquina Combinatoria, Five:2: OneBurningwordJasperBlue Collar Reviewthe Dead Mule School of Southern LiteratureEscarabeo, etc. Sus ensayos han sido publicados en Variaciones Borges y Divergencias. Su trabajo académico se ha enfocado en el estudio de la ciencia ficción latinoamericana de los siglos XX y XXI. Cruz Duarte es el autor de la colección de relatos Dream a Little dream of me: cuentos siniestros (2011), la novela breve La noche del fin del mundo (2012), y la colección de pomas Léase después de mi muerte (Poemas 2005-2017). Actualmente Cruz Duarte vive en Bogotá.

 


Foto portada tomada de: https://www.pxfuel.com/es/free-photo-jxajb

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