Hace tres paradas | Gabriel Ortiz

Por Gabriel Ortiz

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Ocho treinta de la noche, sábado que sabe a martes y pasó como viernes de feriado. La estación del Ecovía está atestada de gente, todos quieren llegar a la estación. Las ventajas son absolutas, si bajas del bus y subes a otro sin salir del lugar no pagas ningún extra. Subieron, faltando diez paradas para el final, dos mujeres y media.

La embarazada permitió que consiguieran asiento a excepción de la nena, que del lado de su mamá se acostó sobre la caja de metal al final del articulado. Quién sabe para qué sirve esa cosa, pero ahí está, estorbando un espacio donde fácilmente caben diez personas más. Avanzaban como nunca, lento, cada semáforo paraba al transporte. La pequeña de vestido y mallas se recostó mientras su mamá le brindaba el brazo como almohada sin importar la incomodidad.

Parada tras parada el viaje se alargaba extrañamente, parecería que el acelerador sentía también el desasosiego del fin de semana echado a perder por el trabajo. Para colmo por cada dos que se bajaban subían cuatro. Así es esto, las matemáticas y la física no son respetadas en el transporte público. Sorprende que otros tres no hayan hecho los mismo que la nena del vestido, que ahora estaba dormida. Inmóvil con la seguridad de la mano materna y sin sentir siquiera el movimiento del auto.

Su sueño enternecía a los que iban parados y le veían con el rabillo del ojo. Una muñeca de cachitos y vestido rosa recostada sobre una caja que sabía a nube. Era real, era pequeñita, no más de cinco años. La madre con ese brazo como si no lo sintiera hablaba con su acompañante. Y la nena adormilada de seguro soñaba en un lugar mejor que el hacinamiento obligado al que los pasajeros se sometían. No se movió, no se acomodó, ni se puso de lado. Permaneció boca arriba ocupando una mínima parte de la cama de metal improvisada.

Penúltima parada.

Los últimos se subieron para consumir el poco oxígeno que quedaba en la cabina con ruedas. Sin mover el brazo-almohada la madre la quiso despertar.

—Carla, despierte mijita, ya vamos a llegar.

Pero ella nada, la luna ya iluminaba la noche en sus ensoñaciones y se escondía en la ciudad.

—Levántese ya nos vamos a la casa —mientras levemente la movía para despertarla.

Nada, no se inmutaba, se pudo ver su pecho inflándose.

—¡Despierta! —preparando las cosas para bajar—. No se despierta oye —le dijo a su compañera.

—Ya la levanto —dijo la amiga, moviendo a la niña pues la madre estaba prisionera.

No despertaba. La niña yacía ahí, sobre el metal helado y el cálido brazo de mamá. Era un bebé tomando una siesta con su cara era de sueño. Carla estaba ahí, pero se había vuelto más pesada y algo pálida. Permanecía sin reaccionar a los empujones delicados que su mamá le daba.

—¡Despierta! ¡Despierta! —repetía la embarazada con desesperación.

La gente que no se daba cuenta salía apresurada del transporte para poder volver a respirar un poco. Y mientras tanto la mamá de Carla empezó a empujarla; la levantó, la sacudió y la nena nada. Quién sabe qué fue, lo único seguro es que fue, siquiera, hace tres paradas.

 


Gabriel Ortiz es un joven de 20 años, estudiante de Artes Liberales, con gran gusto por la narrativa corta y la poesía. Es parte del Grupo de Teatro Durión en Ibarra, como técnico en iluminación y actor. Con interés en la fenomenología, la historia del arte y la literatura infantil. En su tiempo libre suele escribir un poco.

 


Foto portada tomada de: https://www.piqsels.com/es/search?q=trabajo+diario&page=23

 

 

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