El Zorro de Andahuaylas | Richard Jiménez A.

Por Richard Jiménez A.

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Dedicado a Juan Pablo Neira, arguediano

 

En el día y mes de mi nacimiento (28 de noviembre), pero muchos años atrás, José María Arguedas se encerraba en uno de los baños de la Universidad Agraria La Molina para dispararse un tiro en la cabeza. Tras cinco días de agonía su espíritu abandonaría este mundo, no sin antes dejar todo un legado que perdura hasta el día de hoy. El año pasado se conmemoró medio siglo de su partida (2 de diciembre de 2019), en tal día las circunstancias hicieron que traiga a mi mente un libro que hacía tiempo me esperaba: El zorro de arriba y el zorro de abajo (novela póstuma, sexta y última, publicada en 1971). ¿Por qué no leerlo ya? –pensé–, acercarme a lo último que produjo su pluma, descubrir las intimidades antes de que efectuara lo que hizo; empaparme de su testamento literario. Y lo leí, lo disfruté, me enterneció y me hizo recordar la tenaz lucha contra la muerte a través de la escritura –antes ya había investigado al respecto, a propósito de un análisis que hice sobre la obra del poeta guayaquileño David Ledesma Vázquez–. Esa suerte de engarzamiento a la vida por medio de la escritura; un posible llamado de auxilio, la última ancla que le mantiene asentado a ese ser que tiende a levitar, o como diría el mismo Arguedas: “porque yo si no escribo y publico, me pego un tiro”. Si las palabras no dicen nada, si la escritura no es vinculante, si este tipo de escritor ya no puede producir se apagan las luces y se dice adiós.

Antes de embarcarme en la lectura de los zorros, investigué y recordé algunas cosas relacionadas con la vida y obra de Arguedas –para ese entonces, mi único acercamiento hacia él había sido a través de breves notas biográficas y de sus cuentos–. Tenía ante mí la figura de un escritor peruano harto conocedor del mundo indígena; investigador, profesor, folklorista y antropólogo. Un personaje que había entendido y teorizado sobre la división del Perú –y de la mayoría de los territorios latinoamericanos–, es decir, esa condición esquizofrénica fruto del choque entre dos culturas: la de origen indígena y la traída por los españoles. A raíz de los zorros –y sus propias dualidades–, y de un par de textos sobre su vida, se me hizo más presente su afán de preservar, promover y contagiar un apego inocente hacia lo nuestro, hacia nuestras raíces y ancestralidades. También se me hizo presente su carácter perfumado de una sensibilidad fuera de lo común. Un pathos que le permitió adentrarse en lo telúrico y que también lo desgastó hasta la muerte.

Pocas novelas he visto que conjugan tan perfecto la materialidad de una vida y la materialidad de una narración. Porque en los Zorros no solo tenemos la crónica de la hechura de la novela trunca, tenemos la historia del boom pesquero en Chimbote, vida y fortuna de los pescadores de anchoveta, el nomadismo de la gente de arriba –sierra– que se asienta abajo –costa–, y viceversa. Tenemos una colección de figuras, colores, culturas, formas de hablar, costumbres y sentires de ambas regiones. Todo ello intercalado por las páginas íntimas de sus últimos diarios, en donde expresa no solo aquella recrudecida dificultad para escribir, decaimiento, fatiga, ansiedad y angustia; también enuncia su sentir hacia la literatura, hacia su labor y profesión, sus defensas contra los críticos y sus últimas voluntades.

 

Sobre la novela diré

En general se desarrolla dentro de un ambiente violento, lugar en el que triunfa el más vivo (Arguedas maneja con destreza el hablado costeño y el modo de ser y de pensar de los pescadores; hace libre uso de su experiencia como etnógrafo). Quienes dominan la industria de harina y productos de pescado –y pertenecen a las “mafias”–, quienes son dueños de lanchas y quienes reciben dinero del mar son los que ostentan el poder; experimentado a diferentes niveles e intensidades. Porque todos los caminos llevan a Chimbote, epicentro al que emigra la gente de la sierra –de arriba– a buscar fortuna, a formar familia y a fundar barriadas –invasión de tierras–; sin importar los eventuales riesgos. Las “mafias” son las encargadas de regar rumores sobre vacantes y así “salvar” a los próximos peones del trabajo en las haciendas. Las “mafias” acondicionan tugurios que mantienen a los trabajadores controlados y ajustados de su bolsillo; éstos se sienten superiores cuando van a la cama con alguna prostituta cotizada, basta con mencionar el episodio en donde Asto, de la lancha del zambo Mendieta, paga por la Argentina. Todas estas particularidades y la mecánica del negocio las conocemos a través de la conversación que sostienen don Ángel Rincón Jaramillo, jefe de la fábrica de harina de pescado “Nautilus Fishing” y don Diego, enviado especial de Braschi.

En cuanto a los personajes –de toda la gama creada por Arguedas–, por su relevancia dentro de la historia, personalidad, destino y peculiaridad, me quedo con los siguientes:

  • Braschi, máximo patrón de Chimbote, uno de los primeros en levantar una fábrica en donde solo había desierto. Admirado y odiado a la vez. Se deja sodomizar por el Mudo y otros pescadores en el prostíbulo de la ciudad. Cuando “Mantequilla” visita a Chaucato, para advertirle que Braschi le iba a quitar su lancha por haber financiado a quienes difaman la industria (Solano, Zavala y Maxwell), nos enteramos de que el susodicho es difícil de encontrar; sin casa ni familia, vive en el Club y no se sabe cuándo está o no en Lima.
  • Chaucato, patrón de la bolichera “Sansón I” y parte de la “mafia” antigua. Aprendió todo lo que sabe gracias a Braschi, fue su guardaespaldas y llegó a considerarlo como a un hermano; luego se vuelve su rival. Tiene la plata suficiente que le da el derecho a estar con varias prostitutas a la vez.
  • Antolín Crispín, músico ciego encargado de cantar las historias de los pescadores. Vive en la casa de Florinda, hermana de Asto.
  • Moncada, en sus días sanos se desenvuelve como jalador de pescado, pero en los días de locura se disfraza de un personaje diferente, realiza una suerte de performance y predica en los mercados. Compadre de don Esteban. Crítico de Braschi y sus negocios con el poder. Cuando tiene la audacia de entrar al Gran Hotel Chimú –y es apresado–, la mujer de don Ángel Rincón piensa que el loco habla como alguien instruido y que inclusive podría ser descendiente del Mariscal Obregozo y Moncada.
  • Don Esteban, chupetero, antes de establecerse en Chimbote trabajó en una mina de carbón. Jesusa, su mujer, tiene un puesto en el mercado de Bolívar Alto, en una zona urbana “calificada”. Producto de sus días de minero padece de una afección en los pulmones que le debilita y le hace toser escupitajos negros; guarda la esperanza de lograr botar cinco onzas del carbón de sus pulmones para poder limpiarlos (la mayoría de los mineros de Cocalón, compañeros de don Esteban, están muertos).
  • Maxwell, gringo, ayudante permanente de albañilería y ex miembro del Cuerpo de Paz. Al principio de la novela –la primera noche de su licenciamiento legal del Cuerpo– va al prostíbulo y baila con la “China”, produciéndose un altercado con el Mudo. Al final de la novela solicita al cura Cardozo su consentimiento de no ser excomulgado y permitírsele casarse con Fredesbinda y establecerse en Chimbote.

 

Sobre los zorros diré

Pintura en homenaje a José María Arguedas y su pueblo (Elizher Portuguez Palacios, 2014) (Tomado de: https://ay.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:Todas_las_sangres.jpg)

Según Mario Vargas Llosa (La utopía arcaica, 1996), los Zorros de Arguedas son personajes mitológicos tomados de las leyendas indígenas recopiladas por el doctrinero hispanoperauano don Francisco de Ávila en la provincia de Huarochirí (estas leyendas fueron traducidas del quechua por Arguedas y publicadas bajo el título de Dioses y hombres de Huarochirí). Según las intenciones del autor –motivos que no se llegan a cristalizar del todo–, los zorros debían entrometerse de vez en cuando en los sucesos de la novela con el objetivo de comentarlos y orientarlos.

Su aparición inicial se da en el Primer diario (Santiago de Chile, 1968), 17 de mayo. Durante su diálogo mencionan la salvajina (ima sapra, Virgen del ima sapra), mencionan a Fidela preñada que fornica con el niño –¿Arguedas?– y la “zorra” de las prostitutas –vagina–. Luego se los alude varias veces en el Capítulo I: Tutaykire queda atrapado por una “zorra” dulce. En el prostíbulo el “corral” las putas muestran la “zorra” –vagina– afeitada. Los pescadores se cogen a la gran “zorra” –el mar– a la que también empiezan a cogérsela los extranjeros. La puta Paula Melchora alza su queja a las gaviotas y reclama que los borrachos le lastimaron su “zorra”. Ambos zorros vuelven a entablar un diálogo, mencionan el mundo de abajo (donde no llueve, una tierra cálida cerca al mar) y el mundo de arriba (llanos, montañas que el hombre hace producir a fuerza de golpes y canciones). Narran algún mito relacionado con Huatyacuri, hijo artesano del Dios Patriarca, quien superó todos los retos que le puso el yerno de Tamtañamca y fue capaz de hacer danzar a las montañas con un tamborcito hecho por un zorro; danzó disfrazado, convirtió a su rival en venado y a su mujer en ramera de piedra. También cuando Tutaykire, guerrero de arriba e hijo del patriarca, fue detenido en Urin Allauka –mundo de abajo– por una virgen ramera que quería adormecerlo y dispersarlo. En el Capítulo III los zorros trasmutan en la figura de don Ángel Rincón Jaramillo –de arriba– y don Diego –de abajo–; don Ángel dice que en los cuentos de la patria se llama Diego al zorro. Al salir del prostíbulo don Diego se encuentra con un hombre pequeño de hocico largo –“zorro” de arriba– que le advierte no fiarse de don Ángel. En el Tercer diario (Santiago de Chile, 1969), 20 de mayo, Arguedas revela que para seguir el hilo de los “zorros” debió “aprender” la técnica de ellos y haber vivido como ellos. Los “zorros” se le corrieron y pusieron fuera de alcance (Arguedas visitó varias veces Chimbote con la finalidad de hacer una correcta etnografía; aprender y vivir con los pescadores). En la Segunda parte, la primera noche del licenciamiento legal de Maxwell, luego de haber bailado con la “China” y haber tenido el altercado, despreció a la gorda y le dejó con la “zorra” encendida. En el ¿Último diario? (trozos seleccionados y corregidos en Lima, 28 de octubre), 20 de agosto de 1969, el autor se lamenta de que los zorros no podrán narrar la lucha entre los líderes del sindicato de pescadores. Los zorros iban a comentar y danzar el sermón que enjuicia al mar y a la tierra. Ellos corren de un lado al otro de los mundos, hilvanan los materiales del relato (vale recordar que nuestro autor era un gran aficionado de la música y danza tradicional, también fue un gran cantor).

 

Sobre la crítica diré

Para contextualizar un poco, los dos golpes propinados a Arguedas, que se sumaron a la cadena que finalizó en el agotamiento total, desequilibrio emocional, sinsentido existencial e inutilidad en este mundo, provinieron de dos encontrones con la crítica –crítica hacia su obra–. En 1964 publica su proyecto más extenso y ambicioso Todas las sangres, novela en la que quiso retratar la gran variedad de escenarios geográficos y sociales del Perú –diferentes tipos humanos–, además de exponer los cambios y devenires que deja a su paso la voracidad capitalista y el problema de la modernización del mundo indígena. Sin embargo, la novela fue atacada con severidad durante una mesa redonda organizada por el Instituto de Estudios Peruanos, el 23 de junio de 1965. Se cuestionó la visión de Arguedas acerca de la sociedad peruana. Esto hizo que el autor se confronte sobre si había vivido en vano –Vargas Llosa recoge lo escrito aquella misma noche: “…casi demostrado por dos sabios sociólogos y un economista, (…), que mi libro Todas las sangres es negativo para el país, no tengo nada que hacer ya en este mundo. Mis fuerzas han declinado creo que irremediablemente” (La utopía arcaica, 1996). Sebastián Salazar Bondy –y compañía–, habían criticado al ganador del Premio Nacional de Fomento a la Cultura Ricardo Palma; criticaron a quien, junto a su padre (abogado de provincias), conoció más de doscientos pueblos; a quien, en 1952 y en compañía de su esposa, realizó un viaje por la región central andina para recopilar material folclórico –publicado bajo el título Cuentos mágico–realistas y canciones de fiestas tradicionales: Folclor del valle del Mantaro, 1953–; criticaron al que fuera director del Instituto de Estudios Etnológicos; criticaron a quien se especializó en la Universidad de San Marcos en Etnología y con su tesis –La evolución de las comunidades indígenas– ganaría el Premio Nacional Fomento a la Cultura Javier Prado, de 1958; a quien fue becado por la UNESCO para efectuar estudios en España y Francia; al ilustre ganador del premio Inca Garcilaso de la Vega de 1968, por haber contribuido al arte y a las letras del Perú.

El otro golpe provino de una polémica internacional con Julio Cortázar, discusión que se extendió entre 1967 y 1969, y versó sobre la tradición, la influencia extranjera y la importancia de las lenguas que se hablan en la región además del español. Todo comenzó con una carta abierta de Cortázar, publicada en la revista de Casa de las Américas, en la que éste arremete contra el “telurismo” de la literatura latinoamericana. Arguedas responde desde las páginas de la revista Amaru, con una reivindicación de su condición de provinciano y con su apreciación sobre la profesionalización del escritor. En una entrevista en la revista Life de 1969, Cortázar le achaca un complejo de inferioridad y hace una diferenciación entre ser un provinciano de la talla de Lezama Lima y ser uno de “obediencia”. Arguedas, quizás en un afán de cerrar el tema, le dedica un par de líneas en sus diarios.

En el Primer diario, 11 de mayo, recuerda un poco a algunos de los escritores con los cuales convivió. A Rulfo lo ve como igual, a Carpentier como a un erudito europeo, Carlos Fuentes muy artificioso, de Cortázar dice que le asustaron las instrucciones para leer Rayuela, a Lezama lo ve como un devorador de Cuba y un transfigurador de la miel y hiel de Europa. En la entrada del 13 de mayo no está de acuerdo con la “genialidad” que aguijonea del escritor argentino. A García Márquez –a quien no conoció– le considera una mezcla viva entre Carpentier, Rulfo y Carmen Taripha –experta en contar cuentos de animales al curato–. Guimarães Rosa le hizo sentir un igual pues él también había “descendido” hasta el cuajo de su pueblo. Nicanor Parra, mucha ciudad en su interior, muy inteligente, tierno, escéptico, con una coraza de protección que deja entrar todo pero filtrado y con una herida abierta para opiniones negativas de su obra. El 15 de mayo, contrario a Cortázar, cree que escribir no es una profesión (ni él, ni Rulfo, García Márquez o Guimarães Rosa son profesionales). Así lo entienden los escritores provinciales, que no se sientan orondos a planear la próxima novela con el afán de conseguir dinero. Dice que se escribe por amor, por goce y necesidad; se lucha contra la muerte al escribir. En el Segundo diario (Lima, 13 de febrero de 1969) recuerda su novela Todas las sangres pues, a pesar de la imposibilidad de conocer y creerse conocedor de una ciudad, se escribe sobre ellas. En el Tercer diario cuenta que Cortázar, en la revista Life, le ha lanzado algunos dados desde la fama; pero eso no importa porque él tiene sus saberes de provinciano igual de válidos que los saberes de un erudito. El 20 de mayo, luego de su regreso de Valparaíso, escribe unas líneas de respuesta a Cortázar y considera que, al ocuparse de él y otros escritores, se había animado a comenzar El zorro de arriba y el zorro de abajo.

 

Sobre su muerte diré

Al parecer la muerte fue la compañera más fiel de José María Arguedas; con su juego de estirar el hilo hasta hacerle creer a la víctima que ha vencido, pero enseguida recogiéndolo con seducción hasta el tirón y corte final. En el Primer diario, 11 de mayo, Arguedas le confiesa al lector que la muerte no le quiso llevar en el maizal de Huallpamayo, ni en la oficina de la Dirección del Museo Nacional de Historia de Lima, luego de 37 píldoras de Seconal. En cambio, el 17 de mayo, revela que, de niño, en una tarde solemne le rogó al santo patrón del pueblo y a la Virgen que le hicieran morir. ¿Por qué ese deseo de fenecer desde tan corta edad? Quizás las crueldades de la vida y la infausta suerte, sumadas a su extrema sensibilidad, lo hayan dañado hasta pensar en una salida liberadora de los infiernos que nos depara la existencia –deseos solo frenados por la utilidad de su labor creadora y comunicadora–. Huérfano de madre, con un padre ausente que lo dejó en manos de una madrastra maltratadora y un hermanastro gamonal, abusivo, cruel y lujurioso. Obligado a hacer las labores domésticas, enviado a convivir con los sirvientes indígenas –hecho que lo cambiaría para bien, pues esta gente le arropó en su seno y le dio de comer esa sustancia cultural y ancestral–. Quizás Arguedas fue de esos que nacen enfermos o heridos en el alma. En sus diarios menciona la ayaq sapatillan (zapatilla de muerto), el insecto huayronqo que goza en el fondo de la “bolsita afelpada que es flor de los cadáveres”.

Mientras ejercía el profesorado en los colegios nacionales Alfonso Ugarte, Nuestra Señora de Guadalupe y Mariano Melgar, año de 1944, presentó un episodio depresivo. A pesar de los tratamientos psiquiátricos su malestar recrudeció en 1966, lo que le llevó a su primer intento de suicidio. En carta a John Murra, 28 de abril de 1961, dirá: “He vuelto fatigadísimo, sin poder dormir y angustiado. Tengo que ir a donde el médico nuevamente; aunque estos caballeros nunca llegan a entender bien lo que uno sufre ni las causas. Lo malo es que esto me viene desde mi infancia” (Las cartas de Arguedas, 1998). Y en misiva a su hermano Arístides, 10 de abril de 1966: “Un poco por miedo otro poco porque se me necesitaba o creo que se me necesitaba he sobrevivido hasta hoy y será hasta el lunes o martes. Temo que el Seconal no me haga el efecto deseado. Pero creo que ya nada puedo hacer. Hoy me siento más aniquilado y quienes viven junto a mí no lo creen o acaso sea más psíquico que orgánico” (Arguedas en familia, 1999).

La psiquiatra chilena Lola Hoffmann le recomienda como tratamiento seguir con la escritura. Así se gestan sus últimas obras, en especial los zorros. En el Primer diario explica que ha tratado de convencerse de que si atina a escribir logrará recuperarse, pero le vence la incapacidad de trabajar a gusto; “¿para qué vivir así?” se pregunta. Le queda buscar un método no tan doloroso y tratar de no molestar a nadie. Si bien dice en el Tercer diario, 20 de mayo, que la visita a la casa de su amigo Nelson Osorio le repuso en algo, en el ¿Último diario?, 20 de agosto de 1969, le otorga el triunfo a la muerte y a sus aliados. El 22 de octubre escribirá: “si el balazo se da y acierta. Estoy seguro de que es la única chispa que puedo encender.”

Todo lo anterior se resume en una carta dirigida a su esposa Sybila: “¡Perdóname! Desde 1943 me han visto muchos médicos peruanos, y desde el 62, Lola, de Santiago. Y antes también padecí mucho con los insomnios y decaimientos. Pero ahora, en estos meses últimos, tú lo sabes, ya casi no puedo leer; no me es posible escribir sino a saltos, con temor. No puedo dictar clases porque me fatigo. No puedo subir a la Sierra porque me causa trastornos. Y sabes que luchar y contribuir es para mí la vida. No hacer nada es peor que la muerte, y tú has de comprender y, finalmente, aprobar lo que hago” (Recopilación de textos sobre José María Arguedas, 1976).

 

Epílogo

En el Epílogo de los zorros, Carta a Gonzalo Losada, Buenos Aires, el autor le solicita se publique una edición popular para el Perú de Todas las sangres y también una de El zorro de arriba y el zorro de abajo ya que, dice, algún día los libros y todo lo útil no será motivo de comercio lucrativo. Pide se ponga a manera de prólogo su discurso de agradecimiento por el premio Inca Garcilaso de la Vega –fue colocado al final–. Que Sybila y su amigo Emilio Adolfo Westphalen –amigo desde 1933, gran difusor de la cultura peruana a quien dedica la novela– revisen las pruebas y aconsejen sobre la edición.

En carta al Señor Rector de la Universidad Agraria y estudiantes explica la decisión tomada, invoca a un vínculo intelectual que suponga comprensión al respecto y pide se acoja su cuerpo en su casa de todas las edades; sitio en donde han estado todas sus energías y que le impulsó una devoción por el Perú y el ser humano. Que si hay ceremonias y discursos sea Alberto Escobar, profesor universitario a quien más quiere y admira, el encargado de leer el ¿Último diario? y se le permita dar unas palabras a un estudiante de La Molina.

El día de su entierro, tal como Arguedas pidió en su diario y últimas cartas, el músico y entrañable amigo Máximo Damián tocó el violín acompañado por el arpista Luciano Chiara y los danzantes de tijera Gerardo y Zacarías Chiara. Se pronunció un discurso que transmitió el sentir del pueblo indígena ante tan irreparable pérdida.

 

 


Richard Jiménez A. (Neal Moriarty). Escritor a ratos, Licenciado en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y Máster en Estudios de la Cultura (Mención Literatura Hispanoamericana) por la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Quito. Fundador y miembro activo de la Revista Literaria Independiente Matapalo y Revista Heptaedro. Ha colaborado en varios cafés filosóficos y recitales poéticos en Quito. Ha participado en talleres de escritura y lectura precedidos por escritores como: Huilo Ruales Hualca, Juan Carlos Cucalón y Raúl Serrano Sánchez. Investigador independiente, redactor de contenidos en Revista Súper Pandilla (suplemento para niños de diario El Comercio) y documentalista en diario El Comercio de Ecuador. Ha publicado una biografía novelada sobre el poeta Gastón Hidalgo Ortega, dentro del libro Los 7 que fueron cinco, y viceversa (2017).

 

 

 

 

 

 

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