Cuenca | Silvia Pérez Loose

Por Silvia Pérez Loose

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Las mañanas en Cuenca son frías como cualquier otra ciudad de la sierra ecuatoriana. Sus montañas amanecen perezosas y arropadas por nubarrones blancos como sábanas. Pero poco a poco se van desvaneciendo y queda la cordillera descubierta e impetuosamente erguida.

Las mañanas de cuenca suenan a ríos, incansables, pedregosos, siempre entonando una particular melodía. Las mañanas en Cuenca huelen a pan. Este es el orgullo de sus habitantes, sean del barrio que sea. Las mañanas en Cuenca son afables, todos te saludan ya sea con un “Buenos días”, ¿cómo le va? O simplemente “Buenas”…

Al principio me costaba entender el acento cantado y creo que a ellos les incomodaba mi entonación un tanto gritona y ciertas bromas que no las entendían.

Cuenca, al estilo de una ciudad medieval, está cercada por murallas, pero murallas de eucaliptos y pinos. Sin embargo, a los cuencanos no les importa ser tomados por asalto siempre y cuando seamos capaces de asombrarnos y sobrevivir a la maravilla del Cajas. Si tenemos suerte con el clima, disfrutamos el espectáculo de observar un gigante colchón de algodón cual un mar blanquecino que se rehúsa a que nuestros sentidos calculen el final de tan peculiar paisaje.

Cuenca es una ciudad para ser caminada. La herencia de los chasquis sigue impregnada en ADN de sus habitantes y quienes somos afuereños adquirimos pronto la tradición de esta “tribu caminante”. Es un deleite transitar por las calles empedradas, ya lisas y gastadas por el paso del tiempo, tanto cronológico como de las pisadas del sector antiguo. Las cuencanas vanidosas y de altísimos tacones son expertas en sortear los peligros de estas vías. Yo las miro y me admiro.

Como la mayoría de las ciudades. Existe la parte antigua y la moderna. Caminar por el centro es fácil, divertido, hay absolutamente de todo y cualquier transeúnte te da rápidamente indicaciones sobre alguna calle en particular. Es como una extensa familia, quienes cuando ya empieza a enfriarse la tarde, se van retirando con la certeza de que mañana volverán a encontrarse.

Siendo una mona, desordena y un tanto arrebatada, al principio estiraba mi mano pretendiendo tomar el bus donde se me antojara o necesitara. Hasta que una tarde un chofer con cara impersonal y casi enojado me hizo señas breves, pero las entendí enseguida: los buses solo se detienen dónde deben hacerlo, en las paradas organizadas por la Municipalidad y propiamente señaladas. Dentro de estos confortables buses, una voz que carece de acento te va indicando la próxima parada. La última vez que experimenté tanta organización en el sistema de transporte fue en Paris en el año 1984.

Cuenca es hoy una aventura invadida por “gringos”. Todos tendrán un motivo particular de por qué escogieron Cuenca y no Costa Rica o las islas Caimanes, sin embargo, lo que sea que los haya motivado no importa. Sus rostros, que reflejan eternas vacaciones, lo justifican.

Un coro de cuatro ríos retorcidos acecha a Cuenca. Solo si ponemos mucha atención podríamos descifrar los secretos que guardan sus redondas y macizas piedras. Yo aún no comprendo del todo ese lenguaje panteísta…pero en esas estoy.

 


Silvia Pérez Loose (1965) Guayaquil. Estudió Literatura y Filosofía en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. Participé en varios talleres Literarios organizados por la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas. Ha publicado dos libros de cuentos Una cortísima situación (1998) y Aguajes y sequías (2016). Profesora de Literatura, Filosofía e Historia del arte.

 


Foto portada tomada de: https://www.pxfuel.com/es/free-photo-ebboo

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