Alberto | Oswaldo Castro Aldaro

Por Oswaldo Castro Aldaro

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Toda la vida supuse que Alberto tenía dones especiales, pero nunca comprobé lo que la gente decía de él. Entre amigos se comentaba que desde pequeño estuvo rodeado de misterios y adivinanzas. Luego que hizo la primera comunión en el colegio parroquial, fue el preferido de los curas para asistirlos en las misas de los viernes. Decían que parecía un ángel y hasta lo imaginaban ejerciendo el sacerdocio. Cuando finalizó la secundaria no ingresó al seminario y ganó fama de extravagante gracias a las locuras cometidas en esa etapa de su vida. Sin dificultades, y no habiéndose preparado en alguna academia preuniversitaria, ingresó a la facultad de Historia. Por esos años las asignaturas pasaron frente a él sin repetir un solo ciclo. Los envidiosos afirmaban que tenía un pacto con el diablo, quien le daba las respuestas de los exámenes mientras dormía. Alberto se graduó y nunca ejerció la profesión, disgustando a sus padres. Por el contrario, se interesó en la quiromancia y, a decir de ciertos suspicaces, ayudaba a la policía leyendo la palma de los cadáveres a fin de encontrar a los asesinos. Además de esta habilidad, irrumpió en la clarividencia. Sostenía que era capaz de ver imágenes en un plato blanco de cerámica lleno con agua. Descifraba a las almas en pena y seguía las huellas de sus tormentos en las casas embrujadas de la ciudad. En el campo andino descubrió numerosos entierros incas y estuvo obsesionado con la ubicación de El Dorado.

Como si fuera poco, los duendes, gnomos y trolls se escondían cuando paseaba su perro chusco por los parques. Un millonario boliviano lo contrató para curar su casa infestada por estas criaturas. Se decía que, con solo mirar a la persona, sabía qué males padecía y le corregía el aura negativa y administraba vibraciones positivas para mejorar el ambiente del afectado. Olfateaba las habitaciones y afirmaba con absoluta seriedad si había ángeles dando vueltas por ahí. Soñaba en colores todos los días y semanalmente realizaba viajes astrales para visitar a los amigos lejanos; regresaba y no estaba despeinado ni cansado. Ir al cine con él era un problema porque siempre arruinaba la película contando el final. La memoria prodigiosa que poseía le permitía recordar hasta el color de las medias que alguien usó en determinada ocasión y esta cualidad le valió el reconocimiento como testigo incidental de atropellos, asaltos bancarios y robos a cambistas de dólares. Una municipalidad distrital lo sentó en un vehículo y recorría las calles y observaba. De esa manera controlaron la venta de drogas, secuestros al paso y choques con fuga. Aseguraba que los arcanos mayores del tarot le lanzaban los naipes precisos para satisfacer a los curiosos y el oráculo angélico no le despertaba tanta emoción como las cartas astrales. Premunido de un crucifijo de plata, constantemente era contratado para expulsar los espíritus malignos atrapados en las habitaciones por las malas prácticas de la ouija. En las Huaringas hizo un curso acelerado con un gran maestro norteño y fue tal la fama adquirida, que a su gabinete del centro de Lima asistían políticos, candidatos presidenciales, vedettes, entusiastas a Miss Perú y cuanto mortal aquejado por penas de amor, problemas de dinero, infidelidad, paternidad desconocida, susto y enfermedades del cuerpo. A la semana dedicaba un día especial para atender los casos no resueltos de la policía y con cierta frecuencia se ausentaba del país para brindar consejería en Venezuela, Brasil y el Caribe. Una cadena de televisión norteamericana grabó un especial sobre las casas embrujadas que había limpiado.

Pero los dados que el destino lanzó una mañana de septiembre, mientras corría por el circuito de playas, cayeron volteados y el automóvil conducido por un ebrio que regresaba de un bacanal en una de las playas del sur, impactó su humanidad, estrellándola contra las piedras de La Pampilla. Terminó en Cuidados Intensivos del Casimiro Ulloa, con hemorragia interna, seis costillas fracturadas y múltiples golpes en la cabeza. Estuvo en coma tres semanas y cuando despertó logró ubicarme por medio de una técnica que se afanaba en colocarle la chata para defecar, limpiarle el trasero, darle de comer en la boca y asearlo con esponja. Paralizado del cuello para abajo, ningún médico se atrevía a vaticinar su futuro y menos asegurarle si volvería a caminar o confinado a solo mirar el techo de las habitaciones. A pesar de lo crítico de su estado, daba dura batalla contra las infecciones que se diseminaban en su organismo. Mantenía cierto buen humor y me contó que conversaba con los pacientes que habían muerto en la unidad y no podía precisar si los hombres de blanco que salían de su cubículo eran verdaderos o producto de los analgésicos y sedantes que le inyectaban.

—Jorge, sé que en el bolsillo de tu saco traes las cartas…

—Cierto, Alberto —sorprendido por lo que siempre imaginé y que ahora comprobaba, le pregunté:

— ¿Quieres que te las lea?

—Por favor, gracias…

Saqué la baraja, la extendí sobre la cama y le pedí que con la vista indicara la que quisiera. Alberto señaló una.

—En octubre no hay milagros —le dije con tristeza luego de verla.


Oswaldo Castro Aldaro. Piura, Perú, Médico. Administrador de Escribideces-Oswaldo Castro (Facebook, dedicado al micro y mini relato). Publicaciones de cuentos en más de cuarenta revistas y plataformas virtuales peruanas y extranjeras. Premios literarios en certámenes internacionales.


Foto portada tomada de: https://www.pxfuel.com/es/free-photo-otvhw

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