Agustín Cueva: el laberinto de “Cien Años de Soledad” | Mayra Aguirre Robayo

Por Mayra Aguirre Robayo

 

Macondo: la aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. Es la materialización de la infancia, de lo lúdico del pueblo mítico que sufre la fatalidad de la compañía bananera Unit Fruit.

Agustín Cueva (1937-1992): sociólogo y culturalista ecuatoriano –nacido en Ibarra–, en el estudio que escribe para la publicación del volumen conjunto de las obras de Gabriel García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de Soledad, por la Biblioteca de Ayacucho de Venezuela (1989), afirma que dos obras son autosuficientes para lograr el Premio Nobel de Literatura, justamente a las que le dedica su atención: El coronel no tiene quien le escriba (1961) y Cien años de Soledad (1967). En efecto, luego García Márquez recibió el afamado premio en 1982. Las dos novelas surgen de la interrupción de la escritura del literato colombiano de Aracataca (1927-2014) del Otoño del Patriarca (1975) –los receptores han derivado hacia la crítica política del autoritarismo–.

Cien años de soledad –escrita en 18 meses entre 1965-1966 en México– mantiene una continuidad temática con su producción literaria y genera un salto cualitativo creando la epopeya del pueblo olvidado.

Hay un antes y un después de 1967, fecha en la que se publicó la obra en Buenos Aires. Los relatos de su abuela tomaron pista en la novela: las creencias de la gente, los mitos, las leyendas eran parte natural de lo cotidiano. Pensar en ella significaba no inventar nada, sino que la novela contenía presagios, terapias, premoniciones, supersticiones. El escritor logra un desplazamiento entre lo real y lo imaginario y se ubica desde la verosimilitud en lo precientífico de las relaciones: hombre-naturaleza.

En un plano están inventos triviales como el imán, la lupa o una dentadura postiza aparecen como objetos insólitos. Luego está el diluvio que se asemeja a un fenómeno político de la compañía bananera para acabar con un conflicto. Y pronto emana la forma literaria enmarcada en las estructuras del colonialismo interno y la dependencia. Esta lleva a los personajes aldeanos hasta las últimas consecuencias con escritura transparente, que el autor ha denominado: simple, fluida y lineal sin interferir en los personajes mágicos.

El Gabo no busca realizar ninguna filosofía irracionalista, sino –a través del realismo mágico– perfila estratos profundos de nuestra realidad cultural. Sus narraciones son inocentes sin mayores tortuosidades. Su imaginación es anterior no solo al pecado sino también al uso de la razón occidental. Él resuelve los problemas simbólicamente. Así, la peste del insomnio que asuela a Macondo no es porque no pueda dormir, sino que provoca una evolución hacia el olvido. Recupera la historia con la daguerrotipia de Melquiades o máquinas de recordar, los líricos naipes de Pilar Ternera. Sin duda remite también a una concepción literaria como antídoto contra el olvido. Cien años de soledad se convirtió, de este modo, en un parangón literario de la grandeza de la novela Don Quijote de la Mancha (1605) de Miguel de Cervantes Nuestra América (1891), denominada así por el poeta, independentista y cronista José Martí.

Álvaro Mutis considera que cada generación recibirá la obra Cien años de soledad como una llamada del destino y del tiempo y sus mudanzas poco podrán con él.

 


Mayra Aguirre Robayo. Columnista de La Hora, docente universitaria (UTE), periodista, socióloga, crítica de cine y crítica literaria.

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