Tómbola | Malú Suárez

Por Malú Suárez

 

Fue en febrero, en ese día que no se decide entre Urano y Neptuno. Fue en las praderas erosionadas de una tierra infértil que, sin embargo, me regaló frondosos árboles de capulí y muchos pinos, cuyas alturas me invadían y me obligaban a poner la vista en el cielo. Y desde entonces, creo no haberla bajado jamás. Luego, vino el sentimiento de pérdida, la separación de lo conocido, el terrible llanto que conducía a Quito. Tres años y una herida que no dejaría de supurar hasta bien llegada la adolescencia.

Mi temprana octava anudada al diez primario de mis años, no se imaginó jamás, aunque quizás ya lo sabía, la brisa vuelta anillo que en sus dedos se tejía, mis tempranas piernas contemplaban los tardíos brazos del amanecer en el ocaso de su treintava. Suspiros atolondrados brotaban del rostro aún suave de mis pies. Fue una mañana muy quebradiza en la que el sol se me hizo trizas, desiertos de misterios sin nombre poblaban mi sed, las gradas que se agitaban bajo mis pies eran avispas borrosas, era la vacuidad de la búsqueda de “ser”, el vacío que actuaba por mí, el desamparo inefable de vivir, de morir, de sentir y de todos los “ir”. Búhas miradas que se vertían en ciegos llantos. Y, bueno, bajaba las gradas de la desesperación, alumbrando unas precipitadas nupcias. El ruin y suntuoso cementerio bordo que él conducía aparcó junto a mí, no sé qué dije, no sé qué dijiste, tampoco me importa, pero una suicida necesidad de vivir me adormeció los pasos hacia el sentimiento de alejarme. Brusca estupidez, que me ha enseñado sobre la meticulosidad con la que se deben dar ciertos pasos. Arrojé la mirada al sol y me dejé quemar, habría de incendiarme todas las primeras veces en aquella última vez. ¿Qué ocurría? ¿Existen pernos sin gloriosas paredes? ¿Al alivio de las carencias le llamamos amor?

La vida puede reducirse a cualquier capricho cuando el suicida no se atreve a la muerte. Mi vida no sabía cómo ser vivida, así que firmé mi cadáver dentro de ti, con la tinta que me prometía hacerme ganar esta vez, sólo esta vez. El mismo día del matrimonio civil, llamó la infidelidad anunciando un conato de panza en vientre que no era el mío, pero yo, yo debía ganar esta vez, así que premeditadamente, decidimos la cópula para engendrar. Para engendrar un vientre hermoso de raíces vanas, pero de flores bellas e infinitamente vastas.

Tu mutismo cerebral habría de agotarme un día, tu estagnación espiritual habría de hastiarme, terminaría fugándome de ti.

Ahora heme aquí, soy yo, al fin yo.

 


Foto portada tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/al-aire-libre-arte-bokeh-brillante-580631/

 

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