Rumor de río | Juma Paredes

Por Juma Paredes

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

«Soñó contigo la noche anterior», me dice cuatro años después, a mis cuatro. «¿Quién?», respondo, y también: «¿me cantas?». Pero esta noche no quiere cantarme, prefiere contarme. Lleva un dedo a su lengua, limpia una mancha al lado de mis labios, da forma a sus palabras en la pizarra de mi rostro. Ante mí está la imagen en sepia: ella resiste de pie, casi recostada en el piso. Un féretro al lado del vientre hinchado de miedo, crecido ante la ausencia que retendrá sus facciones durante días, imprimiendo en su rostro sombras en carbón de una espera permanente. De pie con el pañuelo, los lentes oscuros, llora el cauce de un río seco. Una mano sobre su vientre, la otra extendida hacia desconocidos intentando evitar la retengan ante ofrecimientos de pésames sentidos, vacíos, palabras sin vocales.

Solía velar mi sueño entre pollitos que dicen, sujetarme fuerte cuando Pulgarcito caía del avión, pero en esta noche crezco de improviso. No más biberón. Esta noche me cuenta sobre el sueño que tuvo ese hombre conmigo antes del inicio de mis días junto a ella, cuando aún corría agua en su cauce y él yacía en su lecho. Lo hace, me cuenta. Abro los ojos como platos resquebrajados. Mis dedos rozan su rostro de arrugas incipientes. De rodillas me habla, vuelca en mí el peso de un recuerdo marchito. Yo me levanto, lo hago. La miro, está serena, pero tiembla. No entiendo, no comprendo su historia sobre la partida de un padre joven, irresponsable. Un padre casi niño, cercano a los treinta, que pisó el acelerador más de la cuenta durante esa madrugada prohibida, vigilada.

Fuma. Un auto asoma veloz desde la esquina de sus ojos. Da una última pitada. Tenía órdenes. Arroja el cigarro al pavimento. Sabía qué hacer. Lo pisa. Sabía. Lo piensa un poco. El auto avanza. Lo piensa un poco, no lo piensa. Obediente, siempre obediente. Tenía frío, estaba cansado, aburrido. Qué hacía ahí ese tipo, a esa hora. Loco. El auto avanza. Mira el reloj. ¿Lo duda? Mira el reloj. El dedo acaricia el gatillo. No lo pensé, pensar no es lo mío. Cierra un ojo.

Despierta asustada, esas manos mueven sus hombros. La risa contenida en un bostezo, el insomnio persistente de sus noches junto a ella, desde que ella concibió. Bosteza, se niega a dormir, la despierta. «Soñé con él», le dice, acaricia su cabeza, enreda la mano en sus cabellos. «Sus ojos son enormes», ella duerme, dormita, «enormes». La abraza. Le habla de los ojos que acaba de soñar, mientras revuelve su cabello. ¿Quién, gordo? Lo he visto. Ya duérmete. Pero esa noche no quiso dormir, prefirió decir, contarle. Y cuando lo hizo, pegó el oído junto a sus entrañas, el vientre crecido. Solía hacerla reír, hacerle compañía. La vio de pie en el jardín, a través de la ventana. Es un día soleado, sus cabellos rozan las mejillas del pequeño, sus brazos lo acunan, lo atesoran. Pero nada de esto pudo decirle. La ve dormida, ahora acurrucada en su regazo. No le contó. Sonó el teléfono. Monosílabos de aceptación y urgencia. Las llaves suenan en su mano. Corre. La puerta entrecerrada detrás de su prisa. No más abrazos. Allá van sus pasos lejanos.

El féretro avanza sobre andares cansinos. La mujer avanza tras esos andares. La mujer cubre su vientre. El pañuelo, los lentes oscuros. «Era tan joven», le dicen, y también: «tan joven». No siente los pésames, solo consonantes sentidas, y la pregunta resonando en sus oídos, bien adentro: «¿es usted la viuda?». No aceleres, se ve a sí misma diciendo, no salgas a esta hora. Aquella llamada nocturna, aquella urgencia pudo esperar.

Se pregunta si debe, es extraño, no tiene por costumbre preguntar. Piensa, qué más da. Piensa: «es uno más». Piensa, mira el timón. La medalla de su niña cuelga cual amuleto, su amuleto. Por un instante imagina qué pasaría sin él en su vida. Pero tan solo es un instante. Es tarde, restriega sus ojos. Apunta, está apuntando. El auto avanza, se va, se está yendo. No puede. No pudo. Escapa de su alcance veloz, lentamente. No pudo, no lo hizo, nadie lo notará.

Pero eso no fue lo que ocurrió.

Obediente, siempre obediente. El dedo en el gatillo. Está apuntando. Apunta, aguarda un poco. Cierra un ojo, apunta. Presiona las muelas…, rastrilla.

Pregunto si murió, sí, amor, pregunto qué es morir, qué sintió, es como si se hubiese quedado dormido, ¿entiendes? Pregunto dónde está. Está aquí, baja sus manos junto a las mías, hasta mi pecho, cruza sus brazos despacio y mis latidos penden de su mirada angustiada al contemplar mi inocencia partir. Sus cabellos largos, el lunar en el rostro que rasco mientras la escucho sin comprender. Las letras emanan a borbotones de sus labios temblorosos, aquí mismo, sus manos sobre las mías.

Enciende un cigarro. El auto detenido en la esquina de sus ojos, al revés, panza arriba. Voltea la gorra, la acomoda hacia atrás. Fuma. Mira a los lados, avanza. Cruza la pista. La lluvia-llovizna pica en sus ojos, en su sien. De pie mira el auto. Se agacha, inclina la cabeza. Verifica. Una llamada, una confirmación. Camina. Los faroles iluminan escasamente el malecón. Más allá el mar. Patea una piedra. Da una pitada, dos. Tenía órdenes. Regresa a su puesto. Siente el fresco de aquel malecón.

 

* * *

Pasaron meses, minutos, años. Nunca encontré al padre joven e irresponsable hasta ayer, cuando despertaba del sopor del tráfico de las seis a punto de no frenar. Detuve el auto antes pasar al carril contrario. Ahí, en medio de nada, vino a mí un recuerdo remoto. Llegué hasta mi padre a través de Pulgarcito y los arrullos de mamá. Nunca lo encontré, nunca intenté buscarlo. Hasta que ayer, antes de arrancar, miré el retrovisor y lo sorprendí auscultando al hijo viejo e irresponsable, cuarenta años después, preguntándose en quién se había convertido, que había sido de esa pequeña vida. ¿Habrá sido como la soñó?

 


Juma Paredes nació en Lima en 1977. Estudió Ingeniería de Sistemas y ejerció la carrera por quince años antes de dedicarse a la docencia y la literatura. Actualmente escribe en un blog de relatos (“Inmaduro Narrador”) y ejerce como docente en cursos relacionados con comunicación y escritura. Cursa la Maestría en Escritura Creativa de la Pontifica Universidad Católica del Perú. Ha publicado un relato en la complicación de cuentos Superhéroes de Ediciones Altazor.

 


Foto portada tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/ligero-gente-mujer-relajacion-3449122/

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s