Las sombras | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

La fachada de la casa se ve imponente, grande, como si estuviera toda forrada de enormes piedras y con algo de musgo crecido entre ellas. Se asemeja a las iglesias coloniales que incluso dicen que, a algunas, las construyó el demonio. Es uno de aquellos edificios antiguos en los que, según los habitantes de décadas pasadas, se convivía con fantasmas, con espíritus, con entes que no quieren marcharse, que adquieren el aspecto de sombras y nos acompañan porque necesitan sentir nuestra presencia viva. Ahí funciona ahora el Albergue San Joaquín. Llegan a diario, desde infantes abandonados detrás de basureros o matorrales, hasta niños de máximo cinco años que han quedado huérfanos o que han sido separados de sus padres por maltrato o por cualquier otro tipo de abuso infantil, hasta que Servicio Social encuentre la adopción correcta para cada uno.

Damián, está en el límite de edad para quedarse. Pronto tendrá que cambiar de centro e ingresar a una escuela pública. Aunque el tono de su voz se escucha muy poco, aprendió a hablar en San Joaquín; por lo tanto, tiene el acento de provincia de Marcela, una de las auxiliares que trabaja en el albergue siete años cumplidos y que conoce a Damián desde que era un infante. Al bebé se lo encontró en las gradas de la entrada al centro, una mañana en la que la persona que hace la limpieza abrió la puerta para ir a comprar el pan. Nadie supo nunca quién lo dejó ahí, de dónde procedía o quienes fueron sus padres.

Marcela, mujer sencilla y de mediana edad, carácter resignado y complaciente, tiene una relación muy especial con los niños. Ama a las criaturas desvalidas que necesitan afecto, atención y cuidado. “Son como hijos propios” —dice ella— “reemplazan a los críos que no he tenido”. Además, cubren sus vacíos, sus carencias y su soledad, pero siente un apego muy especial por Damián.

A este pequeño, tanto los empleados, trabajadores sociales, enfermeras, auxiliares, como gente de fuera, grupos de beneficencia y demás, lo consideran un niño especial, diferente. Los médicos y psicólogos que atienden las emergencias del orfanato le han dado varios diagnósticos temporales que han variado desde autismo, TDAH, (trastorno por deficiencia de atención), síndrome de Asperger, depresión infantil, cierto nivel de retraso mental, raros trastornos neurobiológicos y psíquicos a los que la ciencia ni siquiera ha podido todavía encasillar dentro de un nombre específico, pues aún son materia de investigación y estudio. Por lo tanto, todos los intentos por determinar un diagnóstico certero son truncados con frecuencia porque Damián muestra síntomas ambiguos. Tiene respuestas distintas frente a las múltiples pruebas usadas para determinar diversos trastornos mentales y se comporta de manera completamente diferente, según etapas y circunstancias. Confunde a los profesionales y misteriosamente, los hace dudar de sus apreciaciones. Su comportamiento, sus acciones y reacciones son demasiado imprevisibles y confusas.

Lo que casi nunca cambia es su extraño rasgo introvertido y callado. Aislado y solitario. Su vocabulario es muy reducido, no porque no sepa usar el lenguaje, sino porque no le agrada hacerlo a menos que sea imprescindible. Parece que siempre estuviera maquinando algún enigmático plan. Que su mente se hallara ocupada por pensamientos complejos. Que su alma permaneciera conectada con otras que no pertenecen a este planeta. Que su espíritu se comunicara, la mayor parte del tiempo, con cierto tipo de ángeles blancos o negros. Con duendes elementales de temperamentos e intenciones complejas o con hadas misteriosas y arcanas. Con recónditos personajes de otros mundos que lo escuchan y con los cuales dialoga. Marcela dice que parece que tiene tantos asuntos en el “más allá”, que no tiene tiempo para relacionarse con los habitantes del “más acá”. Lo dice como broma, pero sin poder evitar que se le erice la piel al temer que, de alguna manera, eso pudiera ser verdad y por supuesto, con ese comentario consigue sacar una que otra sonrisa sarcástica de la gente. Los otros niños que comparten la habitación con Damián dicen que cuando él ya está en su cama, habla muy bajito. Solo. Como si rezara o más bien platicara. Estefanía, la niña que duerme cerca de Damián, asegura que su amigo conversa con el viento que entra por la ventana semi abierta en el verano, o más bien con seres que se camuflan en medio de esa brisa gris.

Murmuran que platica con habitantes del albergue que solo él puede ver, oír e interactuar. Antiguas criaturas, tiernas o ancianas, carentes de un cuerpo pero que aún conservan las sombras que solo él puede ver.

A Damián le gusta el aire libre y el sol, pero tampoco le asusta la oscuridad. Después del desayuno, le agrada salir al patio. Es un área cuadrada en el centro de la enorme y vieja casa. Alrededor de este, están los cuatro pasillos forrados de baldosas que anteceden a las habitaciones y a las oficinas del albergue. En este jardincito, hay unos estrechos senderos entre ramas verdes, pequeñas plantitas y geranios en macetas. Piedras acomodadas para darles la función de adorno, algunas pintadas por los propios niños. Flores rosadas y blancas que se tambalean con el viento y con el correr de los que juegan. El patio es chico pero acogedor. Detrás de la casa hay una especie de bosque reducido y cercado, cuyos árboles proyectan sombras que a Damián también le gusta visitar.

A mediodía, cuando los rayos del sol caen perpendiculares sobre las cabezas de los pequeños, Damián camina en círculos. Nervioso. A menudo, suele dar vueltas en zigzag buscando inquieto las sombras que no encuentra, pero no se relaciona con nadie. Damián camina con pasos lentos y mantiene su cabeza agachada. Casi siempre, evita permanecer dentro de la casa. No le agrada el llanto de los más pequeños, ni el alboroto que se arma a la hora del baño y de la comida. No tiene tolerancia al ruido ajeno y, muchas veces, grita sin control frente a cualquier cosa que no soporta. Los únicos momentos que se queda en el interior son los que incluyen el permiso para pintar; colorear imágenes en las que Damián utiliza tonos grises y plomos, y a veces, hojear cuentos infantiles ilustrados. Además, ingresa cuando llueve o empieza a oscurecer pues en esos escenarios, la norma del albergue es la de entrar.

—De grande vas a ser un buen lector—, le dice Marcela cuando lo ve con un folleto o un librito en la mano.

A Damián prácticamente le alucina mirar su sombra. A ratos, pareciera que no la reconoce como suya. La admira. A Marcela le llama la atención su persistencia y también se ha dado cuenta de que Damián se altera cuando su sombra desaparece. La busca. La necesita. En algunas ocasiones, Marcela le ha preguntado el por qué de jugar tanto con esta. El por qué de cambiar tan a menudo el sentido de su propia ubicación para ver cómo su reflejo se mueve. Pero él no tiene una respuesta que a ella la satisfaga. Solo la mira, alza sus hombros y no contesta nada. Además, al niño también le inquieta la sombra de los demás.

Marcela ha notado que, con el tiempo, va desarrollado una especia de fascinación con el tema de la proyección de las sombras, incluso con las de sus compañeros. Se obsesiona, tanto por las que se develan en el patio con el sol, como por las que aparecen de noche en las paredes con la luz de los focos. Se fascina con la imagen que se esboza en la esquina del lado opuesto a las barandas y escaleras, pues esta se deforma aparentando ser las gradas risueñas del infierno. Le alucinan las siluetas de los marcos de las ventanas y de las tiras de madera que separan a los vidrios, siluetas que parecen cruces oscuras augurando fatalidades.

Marcela se da cuenta de que no solo analiza su sombra y le da el atributo de un ser vivo y hasta de compañía, sino también de algo así como un complemento indispensable, material e independiente con el que le ha parecido que, en muchas ocasiones, conversa.

Una mañana, Marcela no aguanta más y lo mira. Se acerca despacio. Toma su mano y lo invita a sentarse con ella en una grada del jardín.

—Damián, ¿te gusta mucho mirar las sombras y en especial la tuya? ¿Verdad? ¿Qué piensas de estas?

Sorpresivamente, el niño responde con fluidez.

—Nada, señorita Marcela. Solo pienso que las sombras son iguales a los otros niños, pero sin colores. Se mueven, caminan y pueden ser tus amigas o amigos, pero son más calladas y no hacen bulla. Siempre te acompañan.

Marcela, se queda sorprendida y le pregunta:

—Quisieras que yo te explique, ¿qué son en realidad las sombras que proyectamos?

Damián duda en responder porque cree tenerlo todo claro, pero acepta.

—Mmm… Bueno.

—Mira, nuestras sombras, no son más que la imagen oscura que proyecta nuestro cuerpo sobre una superficie, sea esta el piso del patio o las paredes del albergue, porque bloqueamos los rayos directos de la luz del sol o de las lámparas o focos. Incluso los animales y por supuesto los objetos, proyectan su sombra cuando obstaculizan el paso de alguna luz.

La mujer le explica y para que el niño entienda mejor, representa lo que dice con el movimiento de sus manos y hasta de sus dedos.

—Pero no es lo mismo hablar de las sombras de los seres vivos que de las sombras de las cosas.

—¿Por qué crees que no es lo mismo?

—Porque las sombras de las personas son como su otro yo. Siguen a tu movimiento, juegan y casi nunca te abandonan. No me gusta que la mía se vaya. Me quedo incompleto, señorita Marcela. Como un dibujo que aún no he terminado de colorear.

—No, Damián. Escucha bien: El movimiento de las sombras se debe a la posición de la luz. La del sol en el día y la artificial en las noches. Como ya te lo acabo de decir, cuando la luz se desplaza, la sombra se alarga, se acorta o desaparece, de acuerdo con la modificación de la distancia del objeto que bloquea su paso. La luz se propaga en línea recta. Esto hace fácil el poder entender que la sombra reproduzca la silueta de un objeto, de una persona o de cualquier animal, incluso de un insecto chiquito o grande, de manera exacta, o más o menos deformada según la posición de la luz.

—Pero ellas pueden hacer muchas cosas solas, por su propia cuenta. Cambian de tamaño. Se acercan. Se alejan. Te cuentan increíbles cosas sobre el infinito.

—A ver. Varían su tamaño y su distancia porque cuando un objeto interrumpe el recorrido de la luz, se forma una sombra detrás de él. Si el objeto, la persona o animal, está muy cerca de la luz, la bloquea más, entonces la sombra es grande. Si está lejos, la bloquea menos y la sombra es pequeña. ¿Me explico bien?

El niño la mira fijamente a los ojos como si sintiera pena de que ella no comprenda nada y después de unos segundos le dice:

—Señorita Marcela, ¿usted sabe por qué el universo es negro? ¿Negro como la noche? Porque está compuesto de miles y millones de sombras. De las sombras negras de los seres que no están en la Tierra. Por eso, señorita Marcela, por eso la gente le tiene tanto miedo a la oscuridad. ¿Usted nunca ha visto, alguna vez, pasar una sombra al otro lado de la puerta semi abierta de su cuarto? ¿No la ha visto pasar sin que necesariamente sea el reflejo de un objeto provocado por el bloqueo del paso de la luz? Ciertas sombras, son solo un fragmento vivo de las negruras del cosmos, como lo es un granito de arena en relación con toda la que hay en el mar.

Marcela siente miedo. Angustia. Terror. Se estremece al escuchar aquel discurso del pequeño que casi nunca habla y entonces Damián se levanta, pone su manita en el hombro de ella y, como si no fuera un niño, le dice:

—Deje esta noche la puerta abierta de su habitación, señorita Marcela, y verá que puede verlas. Se escapan de las tinieblas del universo para venir a vernos. Usted puede tenerles miedo o también puede ser su amiga. Inténtelo. Ellas no nos temen. Pruebe usted, señorita Marcela. Pruebe y verá.

 

 


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).

 


Foto portada tomada de: https://www.pxfuel.com/en/free-photo-emmtv

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